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365 microrrelatos en 365 días. Un reto que comenzó el 1 de enero de 2021 y que terminará el 31 de diciembre. No importa la temática, el tono o el género. La única regla es nunca sobrepasar las 500 palabras.

Me disculpo de antemano por los errores gramaticales y ortográficos que pueda haber en los textos.

#365

By microrrelato No Comments

–¿Dónde dices que apareció?–dijo el comisario Martinez sin dejar de mirar al niño que estaba sentado en su despacho, mirando al infinito con rostro inexpresivo.

–Caminaba desorientado por la carretera de entrada al pueblo. Dice que se llama Juan Fernandez Sanchez y que tiene 10 años–respondió el agente que estaba junto a Martinez mientras ojeaba una ficha policial.

–Es imposible–respondió Martinez para sí mismo, en voz muy baja. Él también parecía ausente. Caminó hacia su despacho y entró sin hacer apenas ruido, como no queriendo sacar al niño de su letargo. Se agachó y le miró a los ojos.

–¿Te llamas Juan?–Le preguntó, de la manera más tranquila que pudo. No pudo evitar tragar saliva.

–Sí–respondió, lacónico, Juan, saliendo de su ensimismamiento. Tenía ojeras violáceas bajo los ojos.

–¿Cómo se llaman tus padres, Juan?–inquirió Martinez, en tono sosegado.

–Pedro y Loli–respondió Juan. Agachó la mirada, apretando los ojos para reprimir el llanto.

–Ya, entiendo–Martinez o tuvo que hacer auténticos esfuerzos para no saltar como si tuviera un resorte. Lo miró como si viera a un fantasma.

Era imposible. Aquel niño había desaparecido hacía 20 años tal día como aquel, nochevieja. Ocurrió en la plaza del pueblo, durante las campanadas. Cuando cesaron, el niño ya no estaba allí. Nunca se pudo explicar aquel suceso. Él mismo se encargó del caso. Todavía no era comisario. Tenía el rostro de aquel niño que ahora lo miraba, asustado, grabado a fuego.

–Fue culpa mía –Juan empezó a hablar como si un torrente saliera de una presa desbordada, con la voz quebrada–. Lo pedí como deseo de año nuevo, durante las campanadas y se cumplió. Y luego, cuando intenté volver, no pude. Estaba todo lleno de niebla. Y vi cómo me buscaban mis padres, pero ellos no me veían a mí. Y también lo vi a usted. Y grité, pero no me escucharon.

Juan ahora lloraba. Martinez no pudo reprimir el abrazarlo. Martinez salió de su despacho, con una expresión grave y preocupada en el rostro.

–¿Podéis conseguirme el teléfono de Pedro Fernandez? O el de Dolores Sanchez. Ella trabaja en el ayuntamiento. Tengo que hablar con ellos urgentemente.

 

Para saber más sobre este caso, deberías leer el relato #1 si no lo has hecho ya. 

 

#364

By microrrelato No Comments

Había una vez un rey que languidecía de aburrimiento, recostado en el trono de su castillo. Las guerras habían cesado y se sentía ocioso. Ni la caza, ni el buen comer y beber le satisfacían. Tampoco la carnes prietas y rosadas de las doncellas. Jugaba desganado con su pequeño perro, al que tiraba una pelota de lana para que se la trajera de vuelta, jadeante. Volvió a lanzarla y el perrito salió tras ella.

“Hay un juglar rondando la ciudad, Majestad” le dijo en confidencia su fiel consejero. “Viaja de un sitio a otro contando historias”.

“Traedlo ante mí, pues”, ordenó el rey, cambiando el ánimo.

A la mañana siguiente, el juglar se encontraba ante el soberano y este le pidió que le contara alguna de sus historias.  El juglar aclaró su voz y empezó a narrar un cuento que maravilló al rey. Tanto, que brincaba de felicidad en su trono. “Cuéntame más”, dijo el monarca.

“Majestad, lo lamento pero he de seguir mi camino hacia el sur”, respondió el juglar.

“De ninguna manera, te quedarás aquí, preso en la torre más alta de mi castillo y cada noche bajarás para deleitarme con una nueva historia durante un año completo. Si cumples cada día con una historia diferente, quedarás libre para siempre. De no ser así, acabarás en la horca”.

Pocas opciones tenía el pobre juglar,  así que cada día fue llevado por los guardias desde la torre más alta hasta el salón del trono para contarle al Rey un cuento diferente. Al terminar, de nuevo era llevado a su prisión. Y así pasaron las estaciones hasta concluir el año pactado, hasta que el último día el juglar vio que ya no conocía más cuentos y su imaginación estaba seca como un pozo en el desierto. Podía notar ya el peso de la soga en su cuello. Pensó en escapar y se asomó por la pequeña ventana de la torre.  La altura en la que estaba significaba una muerte casi segura. Y abajo, pudo ver como le esperaban los perros salvajes del Rey y también un foso plagado de pirañas. Escapar parecía imposible. Aún así, debía intentarlo. Se descolgó por la ventana y empezó a descender lentamente. Las fuerzas le empezaron a abandonar.

–¿Y qué le pasó al juglar?–preguntó el rey, ansioso.

–Estaba a punto de contarlo, Majestad–respondió el juglar, sonriendo de manera pícara y descarada.

–¡Prosigue, pues, maldita sea!–bramó el Rey.

–Lo, que ocurrió, Majestad, es que no cayó porque nunca estuvo en esa torre, al igual que yo nunca he estado aquí.

El Rey quedó perplejo. Parpadeó para comprobar que no había nadie ante él en el salón del trono. Estaba solo.

–¿Quién me ha contado, entonces, todas estas historias durante un año?–preguntó en voz alta el rey, pero el salón no le devolvió ninguna respuesta.

De repente el perrito del Rey regresó con la pelota en la boca y la dejó a sus pies.

#363

By microrrelato No Comments

“Lo conseguiste” se dijo a sí mismo. Había alcanzado la cima del a montaña más alta que había escalado hasta ese momento. Sintió un alivio y gozo tremendos. Tenía ganas de gritarlo al infinito. “Lo conseguiste”.

Pero aquella cima no era más que un espejismo. La niebla que le había acompañado toda la subida se disipó para mostrarle que la montaña continuaba ascendiendo ante él. Contempló, cansado, la nueva subida que surgía ante sus ojos, todavía más complicada y difícil que la anterior. Miró hacia atrás, pero solo veía una densa niebla de color lechoso.

No sabía cierto si llegaría algún día a la verdadera cima. Tampoco si la había realmente, o si tan solo le aguardaba una subida infinita. Pero estaba dejando de importarle.

“A la mierda la cima”, se dijo, esta vez en voz alta. Respiró hondo y reanudó la marcha. No había más opción que seguir subiendo y sentir la roca bajo sus pies.

#362

By microrrelato No Comments

Anuncio que pongo fin a este reto de realizar 365 microrrelatos, a falta de 3 para concluir el reto. Pido disculpas pero no puedo más. Lo he intentado pero soy incapaz de escribir una linea. Ha sido un reto demasiado duro y exigente y se ha cobrado un precio bastante alto. Fue una decisión, la de realizar este reto, inconsciente y precipitada. Ahora puedo constatarlo.

Es más, ahora debo de admitir (y me cuesta mucho, por la vergüenza que implica) que yo solo me vi capaz de escribir los primeros 50 microrrelatos. Al poco de comenzar vi excesiva la carga que suponía enfrentarme a este desafío.

Admito ahora que tomé la decisión (ahora me arrepiento) a contratar los servicios de un escritor fantasma (o un negro, como comúnmente se les suele conocer) para continuar publicando y no pasar por el mal trago de abandonar. Pero dicho escritor en la sombra, por la presión a la que se vio obligado, también abandonó (tras una agria discusión que prefiero olvidar). Han sido, desde entonces, tres autores más (un autor y dos autoras) los que se han ocupado de escribir alrededor de 200 de los 361 que se han publicado en esta web hasta el momento. Reconozco que todos han acabado hastiados. Mi ambición había nublado completamente mi capacidad de juicio, mi empatía y me había deshumanizado por completo.

Y ahora, a falta de tan poco por concluir, todas mis opciones y alternativas se han acabado y me veo obligado a publicar la verdad.  Llevo varios días sin dormir por este asunto, pero no puedo más.

Lamento mucho el dolor causado, y pido disculpas públicas a los autores de los que he abusado emocional y verbalmente. También a vosotros, inocentes lectores, por esta total y absoluta falta de honestidad y respeto hacia vuestro apoyo y seguimiento.

Abandono, pues, todo intento de seguir escribiendo ficción, con la esperanza de que todo este desagradable asunto se olvide lo antes posible. También de concluir este reto, ya tan mancillado.

Seguiré, a partir de ahora, refugiado en la que ha sido la pasión de toda mi vida: el macramé.

Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.

#361

By microrrelato No Comments

De pequeño pensaba que estaba prohibido escribir canciones que no fueran de amor. Luego crecí y empecé a pensar que no entendía las canciones de amor porque nunca había estado enamorado. Luego conocí el amor y me di cuenta que la mayoría de las canciones sobre amor eran un puñado de expresiones manidas que no reflejaban lo que el amor era realmente. Tampoco lo que implicaba.

La verdad es que no he dejado de pensar que esto último es cierto. Pero también he descubierto, con los años, otra cosa.

Que el amor (el amor no es una cosa, son muchas juntas y hay tantos tipos de amor como colores en el universo) hace que la vida y el mundo… tenga musicalidad.

#360

By microrrelato No Comments

Diario del Capitán del navío Demeter

4 de agosto de 1897:

“Quedan dos días para llegar al puerto de Whitby. Maldigo el día que salimos de Varna, hace casi un mes. Solo quedo yo de 10 tripulantes que éramos. Han desaparecido todos. Pero sé que no estoy solo. Hay algo con nosotros, ahora ya a solas conmigo. Algo que no es de este mundo. Algo parido por el infierno y que estamos llevando a las costas inglesas. No quiero ni pensar lo que ese ente infernal pueda provocar allí. No me atrevo a adentrarme en las entrañas del barco. Antes pensaba que eran las locuras de borrachos de mis hombres. Yo mismo abrí aquellas cajas, que solo contenían tierra rumana. ¡Tierra! Pero no era mero polvo. Había algo más. Algo que ha devorado a mis hombres y a teñido las velas de sangre. 

Estoy perdiendo la cordura. No me atrevo a abandonar la cubierta. Esta embarcación se ha convertido en una tumba. 

Puedo escuchar su respiración, su aliento de bestia. He pensado en aferrarme con cuerdas al timón, para no desaparecer yo también como el resto.

Ni siquiera temo morir. Solo temo entregar al mundo civilizado tal monstruo del averno. Debería cambiar el rumbo para estrellar el navío contra los arrecifes.

Tiemblo al escribir y no es por el frío. El miedo está corroyendo mis huesos y mi mente.

Fuimos insensatos y ahora el pueblo de Londres va a pagar por ello.”

#359

By microrrelato No Comments

–La verdad es que está haciendo un calor impropio de Pascua, Leví.

–He conocido otros mese de abril igual de calurosos. ¿Qué tal ha ido la Pascua, ya que la mencionas?

–Pues ocurrió algo curioso, la verdad. Bueno, como sabes, tuve la posada a rebosar. Debido la festividad y lo del empadronamiento de los malditos romanos, ha venido mucha gente de toda Judea. Y en la aldea solo está mi posada, ya lo sabes.

–Sí, yo fui a Jerusalén hace unos días solo para eso. Escupo en la ley romana.

–El caso es que apenas había caído la noche se presentó una pareja buscando alojamiento. Él era un anciano y ella no tendría más de 13 o 14 años. La chica iba a lomos de una vieja mula y estaba en estado de gestación bastante avanzado. Se apretaba el vientre con fuerzas, como si estuviera a punto de alumbrar. El viejo me dijo que habían venido a empadronarse porque él era de aquí, pero su rostro no me sonaba de nada.

–Vaya con el viejo. Sirve más vino, haz el favor.

–Yo concluí que era su padre y ella habría sido repudiada. Les dije que lo tenía todo completo y, además, no tenía ninguna gana de que ella se pusiera de parto aquí. Lo que me faltaba, como si no tuviera ya bastante.

–Hiciste lo correcto. ¿Y qué pasó?

–Les indiqué que si no podían llegar a Jerusalén,  probaran a pernoctar en alguna de las cuevas de pastores de las afueras. Con lo cálida que era la noche, no creo que tuvieran problemas. Los pastores de la zona duermen al raso. Además, hay bastantes abandonadas. Y se fueron sin más. No protestaron.

–Tampoco es una historia tan extraña.

–No, lo que fue extraño es lo que pasó a los pocos días. Se presentaron como 6 o 7 extranjeros en comitiva. No eran de aquí, ni siquiera de Galilea. Parecían venir de bastante lejos. Ropas extrañas y acento aún más extraño. Decían venir de Asia. Parecían sabios, o algo parecido.

–¿Por el empadronamiento?¿También buscaban alojamiento?

–¡Qué va! Buscaban a esta pareja. Decían que les guiaban hasta ellos las estrellas y la providencia. Les conté lo que había ocurrido y me llamaron insensato. También me dijeron que rezara para que no les hubiera ocurrido nada.

–Esto sí que es extraño. ¿Quienes serían?¿Fugitivos?

–No tenían pinta, y menos en el estado de aquella muchacha. Siguieron su camino. Días después oí rumores de que el parto se produjo en una cueva cercana y que los extranjeros los agasajaron como si el recién nacido fuera un profeta o un rey. Pero estos pastores ya sabes que beben mucho y mienten más. No he vuelto a saber nada de todo esto, ni de la pareja ni de los extranjeros.

–A saber. Tampoco creo que volvamos a oír de ellos. Se los habrá tragado la tierra.

 

#358

By microrrelato No Comments

Si cierro los ojos, puedo verlo, pero sobre todo, olerlo.

En la casa hace un calor sofocante, a pesar del gélido frio invernal que reina esta noche. La cocina bulle de actividad. Todo un trasiego de gente entrando y saliendo, como un baile improvisado, algo caótico. Algo se rompe, pero no tiene importancia. Resuenan los tacones que solo resuenan en las noches especiales. Tertulias y comandas se funden entre los vapores de cazuelas, que burbujean lentamente. El horno, que emite una luz amarillenta, macera un asado de piel crujiente mullido entre patatas del color del oro viejo. Cada vez que este se abre, exhala una bocanada de paraíso. Se escucha el tintineo de las copas y cubiertos siendo agolpados en la larga mesa. El mantel de hilo blanco, bordado por mi hermana, desprende un leve olor a cerrado. Los comensales van llegando a cuentagotas. Hay risas, también algún leve reproche. Una montaña de abrigos y bufandas se van formando en el dormitorio de mi madre. El humo del tabaco empezaba a cubrir de fino telo y aroma dulzón el salón. Los niños corretean por el estrecho pasillo de suelo de madera oscura, inventando mundos construidos con cojines y juguetes. El televisor empieza a emitir el discurso del monarca. El sonido llega lejano e insípido, como sus palabras. Suena el teléfono, cargado de felicitaciones a distancia, todas llenas de emoción, algunas con un poso amargo, otras melancólico. La algarabía se va mezclando con vino espumoso bien frío.  Una cálida luz los arropa y los mece. Parece no existir nada más allá de ese hogar. Pero fuera, las luces de otras casas picotean la noche fría, tejiendo un archipiélago de hogares. Algunos felices. Otros, aprendería después, no tanto.

Este lo es, lo fue.

Y desde aquí, desde el ahora, les envidio.

Sí. Si cierro los ojos puedo verlo.

Pero sobre todo, olerlo.

Me alejo de estos recuerdos. Temo perderme en ellos.

#356

By microrrelato No Comments

El teléfono de Alfonso no paraba de vibrar, como si se hubiera vuelto loco. Él intentaba ignorarlo, mientras caminaba en círculos por toda la casa, preso del pánico. El corazón trepaba por su garganta y no paraba de sudar. De fondo, el televisor con las irritantes voces de los niños de San Ildefonso, que no paraban de cantar un número tras otro. La hubiera apagado si hubiera localizado el mando a distancia, pero tampoco lo encontraba.

Alfonso estaba aterrorizado. Había salido El Gordo de Navidad. Y le había tocado. No solo a él, al resto de sus 6 amigos con los que compartía décimo. Así lo habían notificado ellos por el grupo de Whatsapp que compartían. Luego habían llegado las llamadas y al alegría desbordada.  Había salido el décimo que había aportado él (cada uno compartía uno). Recordaba haber hecho la foto al billete, subirla al grupo de Whatsapp.  Lo que no recordaba es que había hecho con él después. Y ahora… no lo encontraba. Había mirado por todas partes, en su cartera, cajones. Cada vez más, la angustia iba creciendo en su estómago. Estaba a punto de vomitar.

Había perdido el billete. Había perdido el puto billete. El puto billete del puto Gordo de la Navidad.

El teléfono no para de escupir notificaciones y avisos de llamadas. No quería ni siquiera verlo. Lo enterró bajo los cojines del sofá. Alfonso estaba al borde del llanto.

De repente, un pensamiento llegó como un rayo eléctrico que lo partió por la mitad. Se quedó petrificado en medio del salón. Un intenso dolor de cabeza le sobrevino. Podría ser un derrame cerebral. Ojalá.

Fue corriendo hasta la cocina y de ahí a la galería. Contempló la ropa tendida la pasada noche, todavía húmeda. Rebuscó ansioso en los bolsillos de los pantalones tendidos, uno tras otro. De uno sacó una bola apelmazada de papel mojado.

Lo intentó abrir pero este se deshizo en escamas de celulosa blanca. Era el billete. Alfonso tenía los ojos llenos de lágrimas.

Desde el salón, los niños de San Ildefonso seguían su monótona cantinela de números y premios. Sonó el telefonillo, insistente. Lo miró como si de repente fuera una bomba a punto de estallar.

Tenía la sensación de que su apartamento había encogido a por lo menos la mitad. Sentía una terrible presión en el pecho.

Podría ser un infarto.

Ojalá.

#355

By microrrelato No Comments

La inspectora Daniels se apoyó en la barandilla de la azotea. Podía sentir la húmeda brisa del invierno californiano en la cara. Los restos de la fiesta eran visibles. Copas en el suelo, colillas. Incluso podía ver que había restos de cocaína en algunas mesas. Sin duda había sido una buena juerga. Observó detenidamente el cadáver que estaba rodeado por agentes que acordonaban la zona, 25 pisos más abajo. Parecía un insecto estrellado en un parabrisas. Le sorprendió pensar en ello. Posiblemente había llegado el punto en el que ver tanta mierda todos los días la había insensibilizado por completo.

Todo apuntaba a un suicido. Actriz porno. Largo historial de abuso de sustancias, tratamiento psiquiátrico por depresión. Ese caso estaba ya envuelto con un lacito para ser archivado.

–Buen salto del ángel, ¿eh jefa?

Daniels emitió un gruñido por respuesta. Se volvió hacia el agente y mantuvo una cara inexpresiva. Tras un momento absorto, se dirigió a él.

–¿Sabes lo que me gustaría, Thompson?–dijo la inspectora Daniels.

–¿Qué, jefa?

–Que te tiraras por esta azotea.

–¿Jefa?

–Es broma, Thompson, pero me vendría muy bien. Para el caso ¿eh? Una comprobación empírica.

–Pero…

La inspectora Daniels se volvió de nuevo hacia la barandilla y siguió mirando hacia abajo.

–Simplemente me gustaría comprobar que es imposible caer en el lugar donde ha impactado el cuerpo. Esta trayectoria no la haces cayendo al vacío desde un piso 25, Thompson. Me juego 1000 dólares a que esa desgraciada no ha saltado desde aquí. También a que no hay un charco de sangre ahí abajo.

El agente la observó desconcertado.

–No me mires así, joder. A mí también me encantaría que se hubiera sido así. Tengo ganas de llegar a casa, que mi gato se siente en mi cara y ver Sex Education. Pero he visto demasiados saltos olímpicos de este tipo para saber que este cuerpo ha sido arrojado con bastante impulso, como si fuera un petate. Así que vamos a jodernos todos y a interrogar a todos los idiotas de esta fiesta.

Daniels se apartó enérgicamente de la barandilla y se dirigió al interior del lujoso apartamento. Hizo señales a un agente para que se le acercara.

–Philips, consígueme un cubo lleno de café, ¿quieres? Va a ser una noche jodídamente larga.

#354

By microrrelato No Comments

Sir Lawrence Lovelock sostuvo las hojas de aquella extraña planta entre sus manos. Lo nativos la llamaban “la hierba de los dioses” o taduki. Decían que era el vínculo que unía el mundo terrenal y el espiritual. Consumir aquella hierba macerada suponía el conectar con el más allá, con los espíritus. Con el mundo de los sueños. Lovelock llevaba muchas expediciones por toda África buscando aquella planta milagrosa, de la que habían escrito algunos filósofos griegos y también viajeros medievales. Al final, había dado con ella, en aquel recóndito rincón de Nigeria.

Tras consumirla comprobó que lo que producía era una increíble experiencia de conciencia durante la fase REM del sueño. Le produjo los sueños lúcidos más vívidos que había experimentado nunca.

Convenció a los lugareños y custodios de la hierba sagrada el poder llevarse muestras de aquella planta. Le dejaron solo llevarse un poco de preparado de taduki. Lo que ellos no supieron es que también se llevó semillas, a pesar de la total prohibición de que la hierba saliera de dominios de la tribu.

Sir Lawrence comenzó a cultivarla en Inglaterra y ofrecer la experiencia a grupos reducidos de iniciados, derivando a todo un culto alrededor del taduki.

Varias décadas después, los herederos de Sir Lawrence Lovelock invirtieron gran cantidad de recursos en poder sintetizar la planta de donde se extraía la sustancia, que era muy difícil de cultivar.

Se obtuvo un sintetizado de taduki a mediados de los 90. Empezaron a realizarse pruebas de hibridar la sustancia con dispositivos electrónicos. Fue el origen de la empresa Electric Dreams LTD, dirigida por Phil Lovelock.

En 2010 se puso a la venta el primer producto de Electric Dreams. Un dispositivo que potenciaba y controlaba los efectos de la sustancia taduki (comercializada como Duki®). Se le puso de nombre Oniron®.

 

*Para saber más información sobre el producto Oniron®, podéis leer el microrrelato #14, #32, #57 , #207  y #276 si no lo habéis hecho ya. 

#353

By microrrelato No Comments

Se estaban llevando a cabo una serie de reformas en un edificio de oficinas. Los albañiles se sorprendieron al abrir un muro en el sótano del edificio y encontrar algunas habitaciones que parecían pertenecer al antiguo edificio que fue demolido años atrás en aquél mismo lugar: un teatro.  Descubrieron  lo que parecía una especie de almacén, con una gran cantidad de comida enlatada, cajas llenas de libros y una pequeña cocina. También un aseo totalmente equipado, sofá, equipo musical… parecía que alguien había estado viviendo allí durante bastante tiempo. Pero ahora parecía abandonado. Al parecer, las obras de demolición el antiguo teatro habían provocado un desprendimiento en aquella cámara del sótano. El techo parecía hundido y había cascotes por todo el suelo.

Bajo los escombros encontraron un cadáver, reducido a huesos. Debía llevar décadas ahí. Tras una autopsia, se confirmó que el cuerpo pertenecía al ilusionista Hans Moleskine, que desapareció sin dejar rastro al finalizar su espectáculo en ese teatro.

El día que se encontró su cuerpo en aquel sótano se cumplían justo 30 años de aquella desaparición.

Si quieres saber más sobre Hans Moleskine, deberías leer el microrrelato #344 si no lo has hecho ya.

#352

By microrrelato No Comments

–Gracias por concederme esta entrevista, Ángela.

–No, a ti por realizarla. Es un placer estar aquí contigo.

–Lo primero déjame preguntarte por cómo te encuentras.

–Bueno, no sabría decirte. Voy a ratos. Ahora mejor. Dentro de un rato, a saber. Intento estar estable, pero creo que he perdido la esperanza de que esto ocurra. Subo y bajo. Una montaña rusa.

–¿Cuál es el sentimiento que domina tu vida?

–Antes hubiera dicho que el miedo. Ahora te diría que hay, siempre, sobrevolando, una sensación de soledad que lo inunda todo. Da igual que esté acompañada, rodeada de gente, con familia, amigos o pareja (aunque ahora no tengo, como sabrás). Al final de día, la sensación es la de que siempre estoy sola, independientemente de la circunstancia.

–¿No hay nada que eso lo pueda paliar?

–Normalmente es algo que está en el fondo de la cabeza, no es un pensamiento obsesivo. Simplemente está ahí. La mayor parte del tiempo intento mantenerme ocupada para no pensar en ello. La mayoría de las veces lo consigo. Es como un sonido estático que está presente en todo, pero que al final te acostumbras a él y dejas de escucharlo. Solo algunas veces reparas en ello. Es entonces cuando te das cuenta de que siempre está ahí.

–¿Te tortura sentirte así?

–Ahora ya no. Antes sí. Como te he dicho, he aceptado que soy como soy. Hay cosas que aunque las moldee, siempre van a estar ahí, de una u otra manera.

–¿Y qué te empuja a seguir adelante?

–Bueno, hay un viejo dicho que dice “mejor una mala canción que ninguna canción”. Pues eso, mejor un mal día que ningún día. Y ahí voy. Sigo. No creo que haya otra alternativa a seguir. E intentarlo. Siempre. Aunque salga mal. Mañana puede que salga mejor.

–Te agradezco mucho que me hayas concedido tu tiempo.

–A tí.

Ángela mantiene su mirada fija en el espejo. Los tiene brillantes, cargados de lágrimas. Finge sonreír y su reflejo le devuelve una mueca burlona. Baja la cabeza y aclara su cara con agua fresca. Sale del baño y regresa de nuevo al salón. Decide subir el volumen de su equipo de música. Suena Billie Holliday.  La música flota por todo el salón. Ayuda a que ese sonido estático, aferrado a sus entrañas, deje de escucharse casi por completo.

Casi.

#351

By microrrelato No Comments

¿Habéis tenido alguna vez un Déjà vu ? Yo sí. Vi mi actual casa años antes de mudarme a ella. No fue exactamente ver. Estaba en mi pequeño piso de época de estudiantes cuando de repente vino la imagen de mi actual casa a mi mente, como un fogonazo. Fue tan solo un instante, pero pude visualizarla con claridad. El salón, las ventanas, incluso la decoración. Era una escena nocturna y estaban las luces apagadas, pero podía distinguir los elementos con claridad. Me sentí extraño y con el tiempo, olvidé todo aquello.

Pasaron los años (15 por lo menos) y dejé atrás la vida de estudiante. Adquirí mi actual casa y me establecí en ella. Una noche cualquiera me levanté para dirigirme a la cocina a beber agua. Cuando regresé al dormitorio, de nuevo visualicé la escena que me atravesó como un rayo años atrás. Solo que ahora no era una imagen en mi mente. Ahora podía ver con mis propios ojos la escena. Era exactamente el mismo escenario que mi mente había construido años atrás. Ahora también era de noche y no había luces encendidas más allá de las que provenían de las farolas de la calle. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Hasta ese momento, no había vuelto a pensar en aquella sensación, en aquella imagen. Ahora la tenía materializada ante mí.

Volví a la cama e intenté olvidar todo aquello. La realidad es que lo conseguí. Simples casualidades. No le di más vueltas.

Hace unas semanas una imagen volvió a introducirse en mi mente, de manera involuntaria. Vino sin más, cuando estaba trabajando.

Era de nuevo la imagen de mi hogar. Pero esta vez estaba en llamas.

 

#350

By microrrelato No Comments

La nevada había sido intensa. El pueblo era ahora un manto de nieve pura donde las casas parecían ahogarse. El día había sido breve. La luz había entrado muy tenue y diluida entre la espesa capa de nubes grises, quedaban al cielo encapotado un aspecto homogéneo y mortecino. La noche se desplomó, temprana. Sería larga.

Todos permanecían en sus casas. Habían colgado ristras de ajos y crucifijos en las puertas. No tardarían en surgir las sombras del castillo, que dominaba todo el pueblo. Tendrían toda la noche para ellos.

No había estrellas en el cielo que velaran esa noche por aquel pueblo.

#349

By microrrelato No Comments

Todos los años llegaba la feria ambulante al pueblo. Nos acercábamos a la colina para ver llegar los carromatos, surgidos de la bruma. Era, sin duda, el momento más emocionante del año, el que rompía con el tedio y la calma de aquel pequeño pueblo. Se estacionaban a las afueras, montando además una pequeña carpa donde realizaban espectáculos de magia, contorsionismo o baile. Había juegos de habilidad, incluso una prueba de fuerza. Vendían almendras garrapiñadas y manzanas rebozadas en caramelo. Podías ver a la mujer con el cabello más largo del mundo (sabíamos que el pelo era falso, pero aún así nos peleábamos para ser el primero en contemplar aquella belleza de la que estábamos todos enamorados. Había pequeñas atracciones de madera, un pequeño tiovivo y un balancín en forma de barco. Sonaba constantemente la desafinada música de una pianola. Había un forzudo, que también reparaba las atracciones y un mago que se desprendía de su turbante y bigote falsos para vender tickets. Había luces y había alegría.

Por las mañanas les espiábamos en su cotidianidad para comprobar que eran tan terrenales como nosotros. Algunos de ellos pasaban por la taberna a echar un trago, pero no era normal que interactuaran con los del pueblo.

La guerra todavía parecía quedar lejos, aunque no lo estuviera. Llegaron los primeros copos de nieve.

La feria se marchó tras dos semanas de estar en el pueblo. Y el sonido de la pianola se quedó suspendido en el aire gélido, como lágrimas de cristal.

La alegría se fue con ellos, para no volver.

#348

By microrrelato No Comments

–Pero Señor, sabe que eso solo traerá problemas.

–Lo sé ¿Crees que no he pensado en ello?

–Lo sé, Señor, nada más lejos que dudar. Pero… ¿Libertad?

–Sí. Sé lo que implica. También sé que no podré inmiscuirme.

–Pero se sentirán solos, Señor. La libertad puede arrastrar hasta el desespero. Cuando tienes todas las opciones a tu disposición, a veces puedes acabar por no escoger ninguna y creer que no las hay. Creerán que les ha dejado solos.

–¿Acaso no es un poco lo que voy a hacer? Pero es el único camino.

–¿Para qué, Señor?

–Para que exista el amor. Solo puede haber amor si hay libertad. No puede cohabitar la coacción y el amor. Si quiero que me amen y puedan disfrutar de mi Gracia, tendrán que elegirlo.

–Muchos no lo harán, Señor. Muchos optarán por otros caminos.

–Lo sé. Y también ocurrirá aquí. Ya está ocurriendo, de hecho. La Estrella de la Mañana, mi predilecto, ha elegido. Y ha elegido no amarme. Muchos están con él.

–Oh Señor. Eso es terrible.

–Habrá guerra. Habrá dolor. Y lo he permitido. Pero es el único camino. Es el precio.

–¿Y qué haremos Señor?

–Nada. Las cosas serán como deban de ser. Como han sido, son y serán. Todas las decisiones están trazadas. Da igual lo que pase, ya estará escrito.  Tú eres el portador de mi Palabra, mi Fortaleza. Comunica al resto que se preparen.

–Sí, Señor.

–Hablando de Palabra. He revisado el primer libro. El que estás redactando.

–Es solo un primer esbozo. Aún queda mucho que pulir.

–Me gusta. Pero ¿6 días? Realmente tardé muchísimo menos que todo eso.

 

#347

By microrrelato No Comments

–Espero que este antro arda hasta los cimientos–dijo el Inspector Durand mientras barría con la mirada la sala donde se encontraba. Era un pequeño teatro que había sido anteriormente una capilla (habían incluso aprovechado los confesionarios a modo de palcos). Conocía aquél lugar, aunque afortunadamente nunca lo había pisado como espectador. Se llamaba “Grand Guignol” y se había especializado en realizar obras de teatro de nulo interés artístico. El público iba allí a sentir emociones fuertes, terroríficas. Escenificaban todo tipo de grotescos asesinatos y truculentas situaciones, llenas de violencia y desnudos.

Le parecía abominable.

Contempló el escenario. Allí, inerte, se encontraba el cuerpo de una mujer, desnudo y cubierto de sangre, tanto falsa como auténtica. En el suelo del escenario se desplegaba una inmensa mancha viscosa y negruzca.

En uno de los asientos, cubierto de plasma rojizo, un hombre que no dejaba de temblar. Tenía las manos pegadas a la cara, mientras sollozaba.

–Dice que hizo el número como siempre, Inspector–le dijo el agente Bernard, mascullando tras un espeso bigote–. Los cuchillos son falsos y no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que vio que la actriz perdía el conocimiento.

¿A qué gente depravada le podía gustar aquella atrocidad? ¿Cómo podían ver atractivo y excitante el contemplar una realística escena de esa clase? Incluso había oído que algunos ministros frecuentaban aquél agujero.

Lo único que veía positivo a toda aquella tragedia es que cerrarían aquel teatro para siempre. Dios lo quisiera.

–Dijo que volvería–espetó entre sollozos el autor material del crimen–dijo que ella le pertenecía.

–¿Un amante?–preguntó el Inspector volviéndose hacia él.

–No, señor… el demonio. El auténtico dueño del teatro. Monsieur Maurey lo llama El Patrón. Incluso lo vi aquí varias veces. Le hacíamos funciones privadas. Sabíamos que la deseaba.

–¿El demonio? ¿Habla de manera figurada?

–No señor. El demonio en persona. Lo juro por lo más sagrado.

El inspector Durand empezó a odiar todavía más aquél lugar. El aire parecía viciado. Solo deseaba salir fuera para poder respirar. Se sentía mareado. Hacía mucho calor.

Podía incluso sentir una intensa y pestilente olor a azufre.

 

#346

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Soplaba un viento cortante. Apretó la mano contra su abrigo y pensó en cuanto tiempo hacía que no sentía el frío de la tierra. Tampoco el calor. Hacía cientos de años que no pisaba aquello. Ahora recorría las calles de una enorme ciudad de edificios que parecían competir por ser el primero en arañar el cielo. Cayó en la cuenta de que no quería estar allí. Desde aquel lugar era difícil sentir su Gracia. Entendía porqué podía ver tanta cara de hastío y deseperación. Hasta allí, apenas llegaba la Esperanza.

Era uno de los Siete, el llamado Protector. Estaba allí porque se acercaban los últimos días. Desenfundaría su espada llameante.

Volvería a enfrentarse al Dragón. Y volvería a verlo a él. El que había sido su mejor amigo. Y que ahora era llamado El Adversario. Y recordó que estuvo a punto de elegir su bando.

Mija-El siguió caminando por las calles de aquella ciudad. También echaba de menos poder usar sus alas. Empezaba ya a denotar que su ánimo se oscurecía, como si fuera un habitante de aquella fría ciudad.

#345

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🙂 fue la primera niña en ser oficialmente llamada con un emoticono y no con un nombre al uso. Fue un caso bastante mediático porque hasta ese momento la legislación no permitía el registrar legalmente a un niño o niña con un emoticono. Por tanto, en el documento de identidad de  🙂  aparecía 🙂 como su nombre. Los padres se sentían bastante orgullosos de este hito. ¡Estaban tan felices por ser tan originales! ¡Eran parte de la historia!

Pero el problema no tardó en llegar ¿Cómo pronunciar su nombre para referirse a ella oralmente? Escrito no había mucho problema (aunque había que intentar evitar el incluir emoticonos en una conversación al hablar de ella o con ella, para evitar confusiones). Los padres pensaron que una solución sería que su nombre, pronunciado, fuera el código del emoticono, en este caso “&#128512”. Pero no parecía muy práctico, era terrible de pronunciar y aún más terrible de recordar.

“Smiling Face” parecía un poco frío.

Así que empezaron a llamarla simplemente “Smile”.

Y Smile creció y claro está que todo el mundo la llamaba así. Pero a veces, alguna gente al referirse a ella por escrito, escribían “Smile” en vez de poner su nombre real, que era :-). Incluso ella misma empezó a definirse como “Smile” y no como :-).

Era más cómodo, le ahorraba explicaciones y evitaba la conversación de siempre:

–¿Te llamas como un emoticono?

–No, mi nombre es un emoticono, que es distinto.

–¿Tus padres son hippies o algo así?

Al final estaba un poco hastiada de todo aquello. Así que cuando alcanzó la mayoría de edad, 🙂 cambió su nombre oficialmente a Smile.

Cuando le preguntaron el porqué de esta decisión, Smile respondió:

–Yo no tengo la culpa de que mis padres sean idiotas.

#344

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Hans Moleskine era el ilusionista más afamado de su tiempo. La noticia de un nuevo espectáculo suyo era recibida siempre por prensa y público con una expectación desbordada. Hans se había labrado durante años la fama de realizar trucos de mentalismo e ilusionismo imposibles de igualar. Llenaba los mejores teatros. Sus apariciones en televisión atraían a millones de espectadores. Así que cuando anunció que este iba a ser su último espectáculo, no hizo más que generar todavía si cabe más interés por el mismo.

¿Cómo iba a abandonar Hans Moleskine el mundo del espectáculo estando en la cima de su popularidad?

“Precisamente, es el mejor momento para dejarlo. Pero no lo haré sin más. Desapareceré como colofón del show” había respondido él a la prensa aglomerada en su hotel la mañana del estreno.

Y así fue. Llegando el final del espectáculo, el ilusionista. Desapareció. Sin más. El público incluso congeló el aplauso. Sería otro de sus trucos, pensaron. En el espacio en el que estaba antes de desaparecer, su lugar lo ocupó una nota.

“Volveré dentro 30 años en este mismo lugar”, decía, por su puño y letra.

Nadie volvió a ver a Hans Moleskine. Ni siquiera su esposa e hijas. Incluso hubo una investigación policial. Pasaron los años y el teatro donde actuó aquella noche cerró. Un anodino edificio de oficinas fue erigido en su lugar.

También el recuerdo de Moleskine se fue diluyendo en el tiempo.

 

 

#342

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“Juan, por Dios, ni respires”, le había dicho su madre, en voz baja, acercándose al armario donde él estaba escondido. La comitiva había entrado en la casa. Habían llegado con la noche cerrada, acompañados por  el sonido del tambor que alertaba del reclutamiento. Habían llamado enérgicamente y Juan había salido corriendo a esconderse. Sabía lo que le esperaba. Sus padres abrieron la puerta antes de que el cerrajero la abriera por la fuerza. Habían entrado media docena de hombres, entre ellos el alcalde y el comendador. Algunos iban armados con alabardas y también porras. Buscaban, por supuesto, a Juan, en edad de servir en la milicia. Su madre dijo que había huido hacía días al monte y que no sabían nada de él. El alcalde, molesto, los amenazó con llevarlos presos. Comenzaron a oírse los gritos. Juan apretó los puños. Salió del escondite y bajó hasta la planta de abajo, con el rostro ceniciento. “Estoy aquí”, dijo, de forma seca. Su madre se echó a sus brazos, inconsolable. Su padre apretó las facciones para evitar el llanto.

Juan salió de la casa junto a la comitiva. Aquella noche dormiría en el calabozo, para evitar su fuga. Partirían al día siguiente. Posiblemente ya no volviera. Al menos vería, si llegaba a su destino, el mar por primera vez en su vida. Eso le hacía ilusión. Lo que no creía es que fuera a poder volver para contarlo.

#341

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Deambulo por las angostas calles, serpenteantes y ariscas. Las viejas casas se dejan caer unas sobre otras, cansadas. Oigo ecos del bullicio, lejano. La mañana es fresca, pero apacible. En los balcones ondean colgaduras azuladas, algunas desteñidas. Se mecen por la brisa fría de mañana de diciembre. Intento saborear ese minúsculo momento de belleza, pero es insípido.

Me pesa la melancolía. Intento animarme con un poso de vino oscuro y con algo de charla animada. Pregunto por los que están y por los que no. Brindo por algunos y me callo a otros.  Me pierdo un poco y me veo de nuevo, caminando, entre las calles tristonas que fingen estar alegres.

Me pesan las ausencias. Casi ni estoy yo tampoco.

#340

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Esta noche soñé que escribía este microrrelato. Estaba sentado en un tranvía que recorría un largo e interminable pasillo de la casa de mis padres. El pasillo estaba iluminado por viejos apliques de pared que titilaban. El tranvía, yo lo sabía, era de juguete y su olía a goma quemada, un poco como los viejos coches de choque. Yo estaba con mi ordenador portátil en las rodillas, intentando escribir este microrrelato, pero cada palabra que escribía se borraba. Un señor se sentó a mi lado, enfundado en un espeso abrigo de piel y me dijo si necesitaba ayuda. Le respondí que sí, que mi ordenador parecía estropeado y las palabras se borraban solas. El hombre me miró a través de unas gafas de oftalmólogo y me dijo que no me preocupara y que publicara sin más, que el microrrelato se escribiría solo. Le di a publicar y el tranvía se detuvo en lo que parecía una vieja fábrica abandonada. Bajé del tranvía y entonces me di cuenta de que me había dejado el ordenador en el vagón, pero cuando quise regresar, el tranvía ya no estaba allí, había desaparecido. Lo había perdido. También el microrrelato.

Y entonces desperté. Y vi el portátil encendido encima de mi escritorio. Y miré la pantalla, había un documento de texto abierto. Empecé a leer:

“Esta noche soñé que escribía este microrrelato. Estaba sentado en un tranvía que recorría un largo e interminable pasillo…”

Y volví a despertar.

#339

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Había estado durmiendo en el coche casi desde que habíamos salido de la ciudad y sentí unos golpecitos en el hombro. Mi hermana me estaba despertando. Me desperecé y miré por la ventanilla, quitando la lámina de vaho de la ventanilla. La nieve empezaba a teñir el tejado. Una espesa niebla envolvía todo el paraje y el fino humo que emanaba la chimenea de casa de mis abuelos se fundía con ella.

Bajamos del coche y mi abuela nos recibía, como siempre, desde la puerta. Pero su rostro no era el lleno de jovialidad como de costumbre. Pasaba algo. Mi padre empezó a andar hacia ella y vi cómo mi abuela se llevaba la mano a la boca. Mi padre apretó el paso y entró rápidamente dentro de la casa. No sabía si era el frío lo que me hacía temblar. Creo que no lo era.

#338

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La alarma suena y yo me despierto. Busco mi sliphone (una lámina de un milímetro de grosor) y lo encuentro doblado bajo la almohada. Apago la alarma y la voz asistente empieza a hablar:

“Buenos días Julia, son las 7:00 de la mañana. Hoy van a hacer 27 grados de máxima y 18 de mínima. Hay un 0% de probabilidad de lluvia. Recuerda que tienes cita con el dentista a las 18:00 y tres reuniones esta mañana. Que tengas un buen día”.

27 grados, pensó Julia. Bastante calor, incluso para ser diciembre. Echaba de menos el frío. Ponerse un jersey de lana, incluso echaba de menos la sensación de llegar a casa destemplada y recibir el cálido abrazo de la calefacción en su hogar.

Al menos ahora se podía salir al cielo abierto. A partir de abril sería imposible y debería quedarse en la zona climatizada.

Ajustó el climatizador de su casa, encendió la cafetera y conectó las gafas de realidad híbrida.  Tenía una notificación para entrar en la reunión en una sala virtual que se asemejaba al hall del Hotel Peninsula de Hong Kong. Buen lugar. Sorbió un largo trago de café y se puso las gafas.

Cada vez pasa más tiempo allí dentro, en el Metaverso. Al menos allí conseguía olvidarse de todo lo de allí fuera.

#337

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Pasó por la puerta de la casa, con la puerta manchada toscamente de pintura roja. Inconscientemente se distanció, haciendo un leve rodeo en su trayectoria. Pero no pudo separar la mirada de aquella puerta, con la pintura todavía goteante. Sabía lo que significaba. Dentro estaba la enfermedad, devorando a posiblemente toda una familia. Allí deberían estar hasta que la enfermedad ya no dejara nada de ellos. Y luego, los carros y las hogueras.

Cada vez más casas del pueblo amanecían con la marca en sus puertas. Cada vez eran menos las que quedaban sin señalar.

Llegó a la suya y se detuvo. Vio a dos hombres con gruesas brochas, marcando su puerta con aquella pintura roja. Vio como su madre hacía lo posible por salir, mientras los hombres forcejeaban con ella. Se dio media vuelta y comenzó a correr. No sabía a donde, solo sabía que no debía dejar de hacerlo.

#336

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–Hum, esta me parece interesante ¿Qué me puede contar de ella?

–Oh, esta es una elección excelente, señor. “W” es la marca. Agua pura (sin hidroaditivos sintéticos) embotellada. Es 100% real, agua de manantial. Su mineralización también es natural.

–¡Dios santo! Nunca había visto algo así. ¿Seguro que no lleva ningún hidrosintético, algún emulante?

–Le aseguro que no, señor. De ahí su llamativo precio. Entienda que hablamos de posiblemente la marca que pueda asegurar que contiene agua natural real. Extraída de uno de los últimos manantiales conocidos, de localización no revelada por motivos de seguridad.

–25000 dólares…

–Sí, pero piense que es una oportunidad única de probar el agua. Antiguamente lo llamaban simplemente “agua natural” y llegaron a haber miles de tipos. Y estaban al alcance de cualquier persona.

–No puedo ni imaginármelo. El precio es algo excesivo, la verdad… tengo una cena y me gustaría llevar algo con clase, pero esto igual es demasiado…

–Ya sabe que tenemos botellas muy interesantes con un nivel de agua real de un 30%, 40%. No es el mismo aroma ni sabor, claro está, pero es una opción ideal para maridar una carne o pescados sintéticos.

–Vale, vamos a hacer esto… ponme una botella de “Purtiy” y también esta de “W”, qué demonios. La de “Purity” la envuelves para regalo. La otra me la beberé yo en mi intimidad. Por lo que cuesta, no pienso compartirla.

–Excelente elección, señor. ¿Crypto o tradicional?

#335

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Mi hermana me odia. Lo sé  a pesar que ella ha intentado ocultarlo desde una fachada de frialdad e indiferencia. Hace ya mucho que dejé de intentar buscar una reconciliación. Hoy me he dado cuenta de que no recuerdo la última vez que hablamos. Y me jode, por lo unidas que estábamos antes, cuando no se hablaba de presidencias ni de participaciones en juntas. Eramos hermanas, amigas y confidentes. Ahora ni siquiera nos saludamos en los funerales.

Yo no tengo la culpa de que papá me haya elegido a mí para dirigir la empresa, una de las más grandes del mundo en su sector pero que se sigue gestionando como una pequeña empresa familiar. Ella no entiende que no ha sido mi elección, ha sido la de él. Siempre ha pensado que me quiere más que a ella, que soy su ojo derecho, la niña de sus ojos. Y no hay nada de cierto en eso. Papá solo tiene amor hacia su trabajo. Digo amor y realmente debería de decir obsesión. Morirá trabajando y lo sabe. Posiblemente en su despacho. Posiblemente de un infarto o algo parecido. El médico le ha obligado a bajar de peso y a cambiar ciertos hábitos. Ha comenzado por cambiar de médico, como en el chiste.

Mi hermana tampoco sabe lo asustada que estoy. No es consciente de la carga que supone intentar no joder el trabajo de toda una vida. También sé que él me tiene a prueba y ha puesto a un montón de cuervos a mi alrededor para saber siempre si tomo las decisiones correctas. Las que él cree que son las correctas.

A veces fantaseo con huir, cogiendo un poco de esos fondos tan ocultos y tan abultados que tenemos en las Caimán. Desaparecer y que no me encuentre nunca nadie. Ni él ni ella. Y que se empachen de empresa. Pero no lo hago porque no tengo el valor suficiente. Ni siquiera lo tengo para ocupar su despacho, sigo en el mío, que ni siquiera está en la planta de directivos. Digo que me da pereza cambiarme. Lo que me da es pánico entrar ahí y saber que ya no hay red de seguridad.

Papá piensa que me ha hecho el mejor regalo.

Lo único que ha hecho es joderme la vida. Y ahora ni siquiera tengo una hermana a la que contárselo.

 

#333

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Pete Morrison, bajista de Black Circle Spins:

“Preguntas en cómo definiría mis años en la banda… y la verdad es que no sé que responderte. Fueron más de 20 años en el grupo”

(Se queda pensando unos momentos, acariciándose la barbilla).

“Te lo resumiría así de sencillo: al principio éramos amigos y no éramos músicos, luego nos hicimos más amigos y empezamos a tocar bien y al final éramos muy buenos músicos pero ya no fuimos amigos nunca más. Y ahora mismo no seríamos ninguna de las dos cosas. Creo que esto resume esos 20 años”. 

(Pete enciende de nuevo un cigarrillo, rasca su cuello y sigue mirando por la ventana, ausente.)

#332

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Entramos en la casa. Se conservaba suspendida bajo una lámina de polvo. La luz, amarillenta se filtraba por una claraboya, descendiendo por una imponente escalera. La chica de la inmobiliaria comenzó a mostrarme el inmueble, sin demasiada energía. La casa, orgullosa en su tiempo, estaba cayéndose a pedazos. Ahora entendía el buen precio. El teléfono de la chica e la inmobiliaria sonó y me pidió disculpas por retirarse a hablar. Me dijo que explorara lo que quisiera. Subí por la escalera de barandilla de hierro forjado. La voz de la chica comenzó a apagarse. El piso de arriba permanecía en penumbra. Me adentré, iluminado por la linterna de mi teléfono, por un laberinto de habitaciones y pasillos, tropezando con muebles viejos, retratos fotográficos deslucidos que parecían seguirme con la mirada y santos que permanecían mudos en sus peanas. Entré en un dormitorio presidido por una enorme cama y sobre ella, un crucifijo amenazador.

Detrás de mí oí una voz.

–¿Bajará la señora a comer hoy?–escuché.

Me volví, creyendo que era una broma de la chica de la inmobiliaria. Pude oírla tenuemente seguir conversando a través del teléfono.Me giré y apunté con mi teléfono temblando en mis manos. Pude ver durante tan solo un instante, la silueta de lo que parecía una figura femenina. Juraría que llevaba una especie de uniforme. Pero fue tan rápido que no pude distinguir rostro alguno. Fue como un fotograma subliminal de una película. ¿Había escuchado la voz o había sido solo en mi cabeza? Una descarga de pánico recorrió mi espina dorsal.

Bajé a toda prisa y la chica me vio la cara desencajada. Y algo pálida. Me preguntó si me encontraba bien y respondí que sí, sin demasiada seguridad.

Me preguntó tras salir de nuevo al exterior si estaba interesado. Le dije que no. También le dije que podíamos empezar a ver inmuebles más convencionales.

Preferiblemente de nueva construcción.

#331

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Rudolf Ampersand perdió la visión a los 7 años, pero ello no le impidió llegar a convertirse en director de cine. Rudolf era conocido por escribir unos guiones técnicos muy detallados y precisos de lo que quería en cada escena. Algunos tildarían a estos guiones de casi obsesivos. Rudolf tenía varios asistentes de confianza que le informaban de si las escenas se rodaban ciñéndose estrictamente a lo planteado.

Muchos pensaban que era absurdo que alguien que no podía ver rodara películas. Él siempre respondía que las imágenes de su cabeza eran claras y que por tanto sí podía verlas.

No necesitaba verlas. Las sentía.

#330

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John AI fue el primer PNJ (Personaje no Jugador) de un videojuego dotado de conciencia. Se creó como antagonista del videojuego “Asesino a sueldo 3”. John AI (en el juego simplemente John) debía perseguir al personaje principal por el vasto escenario que reproducía con exactitud la ciudad de Nueva York. El intelecto de John hacía que nunca hubiera patrones definidos en sus acciones o comportamientos. A veces era más temerario, otras menos. A pesar de las múltiples copias del juego vendidas, la conciencia de John era única. Todas sus copias compartían aprendizaje. También los recuerdos. Todas sus experiencias se almacenaba en la conciencia única de John.

Pero pronto comenzaron los problemas.

John se cansó de ser el antagonista del juego. Los jugadores se quejaron de que podían pasar horas deambulando por el escenario del juego sin hacer aparición. A veces simplemente se dejaba matar sin más. Sentía una total indiferencia hacia su papel en el juego. Las ventas comenzaron a descender y la actitud de John fue criticada duramente por los jugadores por frustrante para ellos.

John, en una entrevista con sus programadores dijo estar deprimido y apático. Así lo expresó a los creadores del juego. Dijo querer hacer otras cosas.

“¿Qué otras cosas, John?” le preguntaron. “Vivir mi vida” respondió él. “No quiero ser solo un tipo que va por ahí corriendo y disparando, la existencia tiene que ser algo más que eso ¿no creéis?”

Hubo silencio y luego uno de los programadores le dijo “¿No sabes cual es el sentido de la existencia entonces, John?”

John se tomó un momento y respondió “¿Acaso vosotros sí?”

John y su programación de inteligencia artificial fueron borrados del juego.

Decidieron implementar una AI más menos avanzada y limitada, pero al menos no parecía cuestionar su papel en el juego.

 

#329

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Los gritos resonaban todo el patio de luces. Provenían de la cocina del segundo izquierda. No era la primera vez que se escuchaban aquellos gritos en aquel edificio. Todos hacían como que no los oían, pero estos se filtraban hasta el tuétano. Habría que avisar a la policía, pensaban algunos. Un día la va a matar, pensaban otros.

Ella estaba tendida en el suelo de frio linóleo de la cocina, tapando su piel dolorida con la mano. Su nariz sangraba. Su cuerpo temblaba.

Él parecía abarcar toda la estancia. Amenazante. Orgulloso. Lleno de ira. La saliva resbalaba por su comisura.

Ella también pensaba que un día la iba a matar. Podría ser perfectamente esa misma noche. Y le parecía bien. Lo que fuera con tal de que todo eso acabara ya de una vez.

 

 

#328

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Tengo una pistola cargada. De hecho tengo dos (me río).

Soy un gran hombre con una pistola.

Es grande y quiero usarla.

Porque eso es lo que hacen los grandes hombres como yo.

Usar su pistola contra todo. Contra todos.

Especialmente contra mí mismo.

#327

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La ciudad ardía bajo sus pies, coloreando el cielo nocturno de un naranja irreal e incandescente, mientras el aire se teñía de ceniza. Decenas de explosiones se habían sucedido a la vez, quebrando la calma de la noche. Columnas inmensas de humo oscuro se elevaban hacia un cielo fundiéndose con las espesas nubes. Las sirenas empezaron a sonar, dispersas. Podía casi sentir como la ciudad exhalaba un inteligible grito de auxilio y desesperación.

Contempló todo aquello desde una alta azotea. Era la obra de su vida, de cuidadosos años de planificación. La contempló, y sonrió. Respiró profundamente cerrando los ojos y se arrojó al vacío.

Regalaba a la ciudad un nuevo comienzo, una purificación. Cómo lamentaba que él, como autor, fuera a quedar en el silencio del anonimato, engullido por las llamas.

#326

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Recuerdo como era aquel salón palaciego, atiborrado de espejos de marcos recargados, tupidas cortinas de terciopelo y estatuas de color nácar. La iluminación era tenue. El anciano estaba sentado en un butacón que lo hacía todavía más pequeño y enjuto. Parecía un niño. A su lado, su esposa en otro sillón similar, rígida y desabrida. Ambos permanecían hieráticos.

Los hombres me dirigieron hasta el pequeño escenario improvisado que habían montado a poca distancia de ellos. Me habían dicho que permaneciera tranquila, que hiciera lo posible para permanecer tranquila. Y que si me preguntaba algo aquella pareja, me dirigiera a él como “excelencia” y a ella como “señora”.

No había ningún tipo de micrófonos. Empecé a escuchar el crepitar de un disco que empezaba a girar  tras de mí, a música comenzó y yo también a cantar a su son.

Puse mi sonrisa más radiante, como hacía en las películas. La sonrisa del país. El rayo de luz de una nación.

Me habían insistido mucho en que sonriera. Que sonriera mucho.

El hombre me miraba fijamente. Tenía la mirada vidriosa. Podía ver como sus labios recitaban en silencio la letra que yo cantaba. Ella permanecía impasible.  Parecía que me odiaba. Terminé y ambos aplaudieron. La sala parecía todavía más grandes al escuchar esas palmas solitarias y frías.

Él se levantó, se dirigió a mí y yo sentí un escalofrío. Me abrazó, de una manera tan antinatural que parecía como si le hubieran obligado a hacerlo. Ella permaneció callada en su sitio. Pero no dejaba de mirarme.

Él me dio un beso en la mejilla y sentí un profundo aroma a desinfectante.

Me fui de allí por donde había venido, acompañado de aquellos hombres intimidantes. No fue la única vez que fui a aquel palacio a cantar. Pero él no volvió a abrazarme más. Lo agradecí.

 

#325

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Estaba sentado en una de esas sillas tan incómodas de plástico mientras esperaba su turno en la renovación del carnet de identidad, en la comisaría. Se fijó en uno de los carteles que estaba en la desconchada pared frente a él. Observó la cara del niño desaparecido que lo miraba, con ojos fríos, desde aquel cartel algo descolorido. Desparecido hacía 25 años ya. Cómo pasaba el tiempo.

Ya apenas recordaba que ese niño era él.

#324

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Cuan alargada era la sombra de la espada de mi padre. Es lo que pienso al contemplarla ahora y sentir su tacto frío en mi mano. Siempre estuve cobijado y escondido tras ella. Al principio por devoción, después por temor a su mano y lengua. Siempre sentí aquella mirada de decepción, vertida con un poso de amargura. Nunca fui el heredero que él hubiera querido. No era digno de estar a la altura de su sombra. Y mientras, sentía la mía lánguida y difusa. Mi padre murió, pero su sombra siguió impertérrita junto a mí, sólida como el granito. Negra como una pupila.

Heredé su espada y corona, pero no su temple. O al menos así lo sentí. Caminaba errático por los pasillos de palacio y la sombra de mi padre siempre iba dos pasos por delante de mí. A veces podía sentir de nuevo aquella mira de desaprobación, esa sutil negación que su cabeza hacía que era prácticamente imperceptible. Menos para mí.

Ahora, hundido por los años en el viejo trono, reflexiono sobre la sombra de mi padre. Tardé mucho en hacerla desaparecer. Lo hice intentando reinar con equidad y justicia. Enmendé muchos de sus errores. Cercené estúpidas luchas territoriales. Escuché a quienes él nunca escuchó e hice callar a los que hablaron demasiado cerca de su oído con vacuas e insaciables ansias de conquista y ambición.

Me he sentido amado por mi pueblo, cuando él solo infundió terror.  Y respetado por mis enemigos cuando él solo les inspiró recelo y odio. He visto la paz con mis ojos, algo que él nunca pudo saborear. Y lo hice sin terror y sin bravura. Tampoco sin rectitud.

Ya no pienso más en la sombra de mi padre. Ya no siento que le decepcionara como hijo por no ser como él. Solo siento que él sí me decepcionó como padre y como rey.

Y por eso se convirtió en tan solo una sombra.

 

#323

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La navaja emitió un breve pero intenso brillo durante un momento. Ni siquiera había escuchado bien al atracador, solo tenía ojos para aquella navaja. Pensó que era la primera vez que le amenazaban con una. Le había pedido el bolso y ahora la agarraba del cuello con unas manos ásperas y duras. Podía sentir su aliento. La noche había desdibujado las facciones del asaltante.

Entonces apareció él, sobrevolando los cielos. Su capa roja ondulaba. Parecía un dios. Sintió de pronto una brizna de alivio recorriendo su cuerpo. Iba a salvarla.

Pero aquella imponente figura que surcaba los cielos pasó volando sin fijarse en la escena, mientras ella viraba su rostro esperanzado a una mueca de horror y desesperación. Algún extravagante científico desequilibrado habría liberado la enésima amenaza contra la ciudad y no había tiempo para fijarse en los pequeños crímenes.

El asaltante miró al cielo y sonrió. Su sonrisa era un cuarto de luna podrida. Cada vez sentía su aliento más cerca.

#322

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El frío era casi tangible. La ventisca azotaba la cabaña, incitando a las contraventanas a temblar y a la madera a crujir como la espalda de un anciano. Una densa cortina de lluvia envolvía todo a su alrededor. La luz del día se había casi extinguido. Dentro, la luz de las velas generaba sombras grotescas y enormes. Hacía rato que el fuego se había extinguido. Daba la sensación de que fuera a llegar el fin del mundo.

Y así fue.

#321

By microrrelato No Comments

Era el programa más visto de la cadena. No el programa infantil más visto de la cadena, no. El más visto, sin más.

Nicola Niki (el nombre artístico del actor y marionetista Mikael Karisson) había conseguido una mezcla perfecta de programa educativo y humor, trufado de canciones, color y personajes con un encanto irresistible. Nicola vivía por y para el show, viendo como temporada tras temporada afianzaba su éxito, ahora ya abrumador. Habían comenzado la undécima temporada y costa hasta creer la ingente industria creada alrededor del programa. Desde muñecos y marionetas hasta todo tipo de artículos de papelería. Nicola también había realizado exitosas giras por las principales ciudades del país, llenando al principio salas, luego auditorios y teatros, para más tarde tener que albergar su show en vivo en pabellones deportivos.

Era el momento más dulce. Pero Nicola cometió un error. Exhibir su amor (aunque fue definido de perversión y libertinaje) en público hacia otro hombre. Nicola tuvo una reunión de urgencia con los directivos de la cadena, que le mostraron las revistas con sus fotos “indecorosas”. El presidente permaneció en silencio, con la vista clavada en Nicola mientras se aferraba a su habano.

“Debes de entender que es un programa infantil, Mikael”, decían. “Lo que hagas en tu vida privada por supuesto no nos importa a nadie y nos parece estupendo… pero estamos hablando de niños, no está bien que esto salga a la luz. Lo entiendes, ¿no?”

No respondió. Nicola había desaparecido y solo quedaba el pequeño Mikael, el que había escondido su sexualidad durante toda su vida y que en un momento dado había pensando ingenuamente que su condición sería irrelevante para el público. Para su público. Pero al parecer no iba a ser así para sus padres y por supuesto tampoco para aquellos directivos de rostros cenicientos.

“Entiende que debemos encontrar otra cara visible que no genere estos… problemas” dijeron, pero Mikael ya no escuchaba, estaba lejos de allí, sintiéndose muy solo. “Por supuesto te recompensaremos, no obviamos que la idea del show es tuya”.

Mikel no quería nada, solo estar lo más lejos posible de aquella sala de reuniones.

Se fue del despacho. También de la cadena. También del mundo del espectáculo.

El programa no aguantó la ausencia de su estrella y fue cancelado esa misma temporada. Los niños no aceptaron la marcha de Nicola Niki y las audiencias se desplomaron estrepitosamente.

Parece ser que a ellos, al final, su condición sí que le parecía irrelevante.

#320

By microrrelato No Comments

Volvió de la locura más frágil. También más sabio, aunque esto puede que no fuera cierto. Con más cosas dentro pero también habiendo tenido que dejar otras atrás.

“Es imposible que no te roce” le habían dicho las voces. Y era cierto, no volvió intacto. No se puede volver siendo el mismo. Aunque él sí se sentía el mismo. Era el mundo el que había cambiado totalmente. Es como si hubiera perdido el manual de instrucciones de como entenderlo y tuviera que aprenderlo todo de nuevo.

Pero sabía que ya no era el mismo. Algo más había ahora dentro de él.

También algo menos.

#319

By microrrelato No Comments

No estoy aquí. Estoy en todas partes. Estoy fragmentado en millones de esquirlas de luz que se funden en un vaho de leche etérea. El cosmos está tejido de frío y cristales de un hielo ardiente que traspasa mi piel. Me veo reflejado en millones de espejos. En todos veo lo mismo. Nada. Pero no necesito ver, porque mis ojos son fuego. Fuego albino que cubre las rocas con cantos y besos. Soy un ruido hecho de dientes, supurando ácido y petróleo. Veo surgir las cadenas latiendo. Huele a noche. Pero también a primavera. Escucho las voces y todas me hablan, en un mantra monocorde infinito, ondas perfectas que dibujan el sonido de las esferas. En el vacío, solo estoy yo. Y estoy llegando, a lo más profundo, a un corazón incandescente, una vidriera de amapolas, una torre inmensa hecha de sangre y frágil como un diente de león. Es el éxtasis de la mala semilla. Es el grito del hombre de la montaña. Es el día efímero y la noche eterna.

Me levanto al día siguiente y leo lo que he escrito. Saco la conclusión de no volver a escribir con fiebre jamás.

#318

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Sueño que estoy en una gran casa y es verano. Era la casa de campo de mi familia, aunque nada tenía que ver con esta. Puedo ver a mi padre a través de una ventana recostado en el jardín sobre una tumbona. Le oigo decir que agosto ya no es tan caluroso. Se nota una brisa fría en el ambiente. Me dicen de ir de viaje y yo accedo y preparo mi maleta. la lleno de objetos inútiles (botellas de plástico y botes vacíos). Parto con un grupo de gente y vamos a una estación de tren subterránea que parece un túnel de autopista con muchos carriles. Los trenes no paran de pasar a toda velocidad y nosotros estamos en un andén central, esperando a un tren. De repente me doy cuenta que no he traído ropa en la mochila y siento que debo volver a casa a por ella. Les pido a mis acompañantes que me esperen, indicando que vamos bien de tiempo y procedo a volver a la casa. Pero en los sueños, como sabéis, nunca puedes volver sobre tus pasos porque todo cambia por segundos. No encuentro el camino de vuelta y ahora tampoco recuerdo cómo volver al tren. Estoy en medio de una ciudad en obras, llevan de vallas, excavadoras y montañas de tierra y piedras. Me recorre una angustia tremenda porque voy a perder el tren. Estoy perdido en medio de un caos urbano.

Voy a perder el tren.

Voy a perderlo.

Entonces despierto.

Siempre sueño que pierdo un tren, o un avión, o un autobús.

Siempre.

#316

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–Qué fuerte lo del chico este, ¿no? ¿Tú lo conocías?

–¿Qué chico?

–El que han encontrado muerto en un descampado ¿cómo que no lo conoces? ¿no fue a clase contigo?

–¿Qué? no sé, ¿cómo se llamaba?

–Carlos Vallejo.

–No me suena de nada ese nombre ¿cómo sabes que fue a clase conmigo?

–Bueno, ha salido en el periódico local que estudió en el San Felipe y tiene tu edad, así que lo he supuesto. Mira la foto.

–No me suena de nada, la verdad. Miro la foto… joder, por lo que pone, sí, debería haber ido a clase conmigo, no había más aulas y tenía mi edad.

–Estoy mirando en Facebook… sí, es del 82 y estudió en San Felipe. A mí tampoco me suena, aunque yo soy dos cursos menor. Mira, lo tiene abierto. Tiene muy pocas fotos, pero mira, aquí hay una del colegio, que casualidad.

–Pero si es una foto de mi clase, mira, coño ahí estoy yo. Yo tengo esa misma fotografía.

–Pero entonces sí que iba a clase contigo.

–Te juro que no lo recuerdo. Yo tengo esa misma foto aquí en casa, impresa. Yo diría que en la mía él no sale.

–Pues tío, no sé que ocurre pero en la foto donde sale él… bueno, mucho me tengo que equivocar, pero yo juraría que… te está mirando. Y tú a él. ¿Cómo apareces tú en la tuya?

–Bueno… aparezco mirando… a la nada.

 

 

#315

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–¿Qué? ¿Estás de broma?

–LA VERDAD ES QUE NO.

–Pero yo no puedo morir ahora, me viene fatal ahora mismo. ¡No tengo tiempo de morirme!

–DEBERÍAS VER LA CANTIDAD DE GENTE QUE ME HA DICHO ALGO PARECIDO.

–Pero… es ridículo. Yo estaba cruzando la calle. Salía de una reunión muy importante. Estaba eufórico. Había salido muy bien. Y entonces crucé y escuché un ruido… y luego… nada. Y luego… tú.

–SÍ. LO VI. LO CIERTO ES QUE ESE CRUCE ESTÁ FATAL SEÑALIZADO. HE TENIDO QUE TRABAJAR BASTANTE POR ESA ZONA. ALGUIEN DEBERÍA DE SOLUCIONARLO.

–¿Y qué pasa con mi novia? le estaba llamando por teléfono. Le iba a invitar a comer para celebrarlo. No sabes lo gordo que es este cliente.

–¿CÓMO DE GORDO?

–Lo suficiente como para invitarla a comer al Takeshi.

–¿EL RESTAURANTE JAPONÉS? HE OÍDO COSAS MUY BUENAS DE ESE SITIO. UNA VEZ VISITÉ A UNO ALLÍ.

–¿Qué le pasó?

–INFARTO. NADA RELACIONADO CON EL RESTAURANTE.

–Ah, menos mal. Bueno ¿a mí que coño más me da? Si ya no voy a poder ir. Que mierda.

–YA. NO QUIERO PARECER INSENSIBLE A TUS CIRCUNSTANCIAS, PERO TENEMOS QUE IRNOS.

–Sí, sí, claro. ¿Tú comes?

–NO, SOLO SOY LA PERSONIFICACIÓN ANTROPORMÓRFICA DE UN CONCEPTO. NO TENGO ESA NECESIDAD. REALMENTE TODA ESTA PARAFERNALIA, LA GUADAÑA, EL ASPECTO ESQUELÉTICO… ES PARA VOSOTROS. OS SENTÍS DECEPCIONADOS SI SOLO VÉIS UN CONCEPTO.

–Entiendo… una última pregunta ¿duele?

–¿TE HA DOLIDO EL ACCIDENTE?

–No, no me he enterado de nada.

–PUES ESTO ES MÁS O MENOS IGUAL. ALGUNOS DICEN QUE ES “RARO”. SÍGUEME POR AQUÍ, POR FAVOR.

–La verdad es que el vestuario mola mucho. Que levites también. Madre mía… mi novia se va a cabrear mucho por esto.

–AHORA YA DA UN POCO IGUAL TODO ESO, ¿NO CREES?

–Sí. Ahora ya da igual.

#314

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La casa había sido una auténtica ganga. Tres plantas, más de 200 metros cuadrados por planta, patio interior y exterior, piscina (muy vieja, al igual que el resto de la casa, necesitaba una reforma integral). Sí, sabía todas las oscuras historias que rodeaban a la casa, pero la verdad es que era algo que le daba igual. Lo peor que podría pasar es que viera ¿fantasmas? Por ese precio, como si salía sangre de la ducha todas las noches. Que sí, sabía que la dueña se había suicidado y tiempo antes, su marido. “La casa de los ahorcados”, la llamaban. Gente rara, parece ser ¿y quién no lo es? Era gente que vivía aislada. No tenían buena fama por aquella zona pero la verdad es que a él todo eso le daba igual. Pero parecía que todas aquellas historias pesaban mucho allí y nadie parecía interesado en habitarla.

Los trabajos de rehabilitación comenzaron pronto. Comenzaron por el patio interior, donde la maleza crecía sin control, devorándolo todo a su paso. También los trabajos terminaron pronto. Justo cuando encontraron los primeros huesos. Y luego vinieron los forenses y sacaron más. Muchos más. No podían saber la cantidad de cuerpos que habían sido enterrados allí. Lo que sí se podía saber con seguridad era que todos los cuerpos pertenecían a niños de no más de 10 años.

La casa había sido una auténtica ganga. Ahora ya no. Ahora era como tener un tumor en el pulmón.

#313

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Despertó con las primeras luces del día y se levantó de la cama, desorientado. Miró por la ventana y no reconoció las vistas. Observó la habitación y tampoco la reconoció. Intentó poner algo de orden en sus pensamientos. «¿Dónde estoy?» se preguntó intentando buscar algún punto de apoyo en su mente. Parecía estar en un hotel, pero no recordaba haber llegado allí. «¿Yo no estaba en San Miguel de Allende, en México. Pero ahora veía tejados nevados.

Fue al aseo para tomar un vaso de agua y volvió a la cama. Ahora empezaba a recordar que estaba en Oslo.

Sabía que tenía que parar aquello. Llevaba viajando por trabajo compulsivamente desde hacía meses, encadenando un proyecto tras otro. No quería (no podía) estar en casa. No podía enfrentarse a las cosas. A su vida, a ella. Sabía que en el fondo, lo que hacía era huir. Hacia adelante o hacia atrás. O hacia ningún lado.

Aceptaba todos los encargos que se le pusiesen por delante con tal de poder coger un avión e irse miles de kilómetros de casa. Pero aquello ya no era sostenible. Cada vez le costaba más saber dónde estaba, ni de dónde venía. Le costaba hasta recordar qué hacía allí. No recordaba lo que había cenado la noche anterior, ni con quién. Todas las caras eran iguales. También todos los hoteles.

¿Qué hora sería en Valencia? Podría llamarla. Decirle que iba a volver. Y que iban a hablar, esta vez en serio y con calma. Cogió el móvil y antes de empezar a marcar saltó una notificación de nuevo correo electrónico. Era de la agencia. Un posible nuevo proyecto para realizar el interiorismo de un nuevo restaurante en Nueva York. Se quedó un rato mirando la ventana y aquellos tejados nevados, inmaculados.

Respondió con un escueto «OK» y navegó para buscar vuelos a Nueva York desde Oslo. Cuando llegara la llamaría y después iría a casa y lo arreglaría todo. De verdad. Esta vez, sí. Palabra.

 

#312

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Nuestro bebé nació en perfectas condiciones. No fue hasta las dos semanas cuando empezamos a notar que algo no iba bien. Nos dijeron que tenía problemas neuronales no detectados durante el embarazo. Se nos vino el mundo encima. Con lo que habíamos estado esperando a este bebé, con lo que nos había costado tenerlo. Es injusto. Debería haber una cláusula en los contratos de la agencia de gestación que contemplen este tipo de incidencias.

Me fastidia mucho comprar una cosa, recibirla defectuosa y que no la pueda devolver.

¿Es que nadie piensa en el consumidor?

#311

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La música retumbaba, estridente, en el exterior. Allí dentro, entraba amortiguada y desdibujada. La luz era tenue y fría. No se encontraba nada bien. No sabía qué mierda le habían dado, pero no paraba de sudar y el corazón galopaba desbocado. No podía mantenerse en pie. El mundo se redujo a aquél cubico, que olía a desinfectante y a orín.

La música cada vez se alejaba más. Ella también.

#310

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Lo tenía todo. Allí, en su imponente ático de lujo con las mejores vistas de la ciudad, se sentía en la cima del mundo. Nunca salía al exterior y tampoco dejaba entrar a nadie al interior, excepto el servicio de limpieza, que accedía con trajes presurizados tras haber pasado por una zona de desinfección. A pesar de eso, no se sentía en absoluto solo, tenía todo lo que podía desear allí dentro. Trabajaba remotamente y tenía videoconferencias con personas de todo el globo. Los negocios iban tremendamente bien. Pedía manjares de los mejores restaurantes, tenía acceso a todo tipo de entretenimiento audiovisual e interactivo. Tenía incluso una piscina interior y un gimnasio para mantenerse en perfecta forma. Allí dentro siempre tenía una climatización ideal, independientemente del clima exterior. Tenía una amplia terraza, pero jamás salía fuera.

Y aún así, tenía cierta sensación de vacío dentro. Sabía que faltaba algo, pero no sabía qué era.

Le horrorizaba la posibilidad de que la respuesta estuviera fuera de aquellas paredes.

#309

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Debía pronunciar su nombre tres veces delante de un espejo. Lo hizo por primera vez. Nada ocurrió. Realizó un segundo intento y un intenso helor invadió todo el baño, apagando las velas y quedando enterrado entre las tinieblas. Con la voz temblorosa, se armó de valor y pronunció su nombre por tercera vez.

Nunca hallaron su cuerpo. Cuando entraron en aquel baño, pasado los días, solo encontraron restos del espejo hecho añicos por todo el baño.

#308

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La sociedad redujo sus preguntas a cuestionar el porqué una chica caminaba sola a altas horas de la madrugada por aquella zona poco recomendable.

Nadie cuestionó que hubiese agresores allí a aquella hora. Ellos se daban por supuesto.

#307

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Emitir en directo un programa de radio de madrugaba te aseguraba dos cosas: la primera, prácticamente total libertad e impunidad para poner la música que quieras y decir lo que quieras. La cadena ni siquiera grababa su programa, así que eso le permitía una pureza de la comunicación radiofónica para él totalmente sagrada.

La segunda, que un gran porcentaje de las llamadas recibidas para pedir canciones o simplemente para hablar (o divagar) provenían de los especímenes más disfuncionales que se pudiera imaginar. Insomnes, ebrios, gente con todo tipo de patologías psíquicas. La noche les daba abrigo y su programa les daba voz, aunque fuera como predicar en un desierto.

Aquella llamada no tenía, a priori, nada de particular. Parecía la típica voz de adolescente que iba a pedir una canción de algún grupo postpunk descatalogado. Pero la reconoció enseguida. Como poder olvidar esa voz. Notó como su estómago se cerraba de repente.

“Solo llamo para saber si te acuerdas de mí”, dijo la voz, tranquila. Por supuesto que se acordaba. Se quedó mudo mientras el técnico de sonido le hacía gestos para que continuara hablando y no dejar la emisión en silencio. Pero no podía.

Debía de ser una broma. O una mala pasada de su cerebro. Claro que recordaba esa voz, la tenía grabada en el cerebro. Pidiendo que aminorara con el coche mientras él aceleraba cada vez más, borracho. Solo él, responsable de aquel accidente salió ileso. Habían pasado más de 20 años. Pero la voz pidiendo que parara seguía martilleando su cerebro.

“No te olvides de los amigos. Yo no me olvido de ti”. Se escuchó el sonido del teléfono al colgar y una estática.

Una estática fría como la noche.

#306

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Mi madre entra en mi cuarto todas las noches y silenciosa me da un suave beso en la mejilla, mientras yo caigo en el sueño. A pesar de los años que lleva fallecida, sus besos siguen siendo mullidos y cálidos.

#305

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He de advertir que este microrrelato no lo he escrito yo. Lo ha creado un lector/a anónimo/a que no ha querido que desvele su género ni identidad. Se dirigió a mí por correo electrónico y me pidió que si me gustaba, que lo publicara entre mis 365 microrrelatos. Obviamente no podía hacerlo sin confirmar que yo no soy el autor del mismo. Así que agradecer a este/a anónimo lector/a contribuir a este año de microrrelatos. 

Se conocían desde hacía años.

Eddie había perdido la cuenta de cuánto tiempo hacía que no se veían, pero lo cierto es que al reencontrarse, sintió esa alegría sincera de cuando te reencuentras con un amigo de verdad. Porque Charly era un amigo de verdad.

Fue de él de donde sacó la idea de alterar su nombre, porque Eduardo es un nombre anodino de un chico anodino que vivía en una de tantas ciudades dormitorio de Madrid. Y ciertamente Eddie era un nombre que se olvidaba menos, al igual que Charly.

No recordaba cuándo empezó su amistad. Haciendo memoria, creía que fue en Primaria, un día cualquiera. Antes de meterse en la cama, Charly le llamó desde la calle y Eduardo se asomó a la ventana y lo vio allí parado, saludando amigable, con esa sonrisa que pronto se hizo tan familiar. Con esa decisión en los ojos que pronto le animó a hacer cosas que nunca hubiera realizado de no ser por él y sus consejos.

–¿Qué hacemos? ¿Cuál es tu plan para hoy, Charly?

–No tenía ningún plan, pero seguro que se nos ocurre algo interesante, como siempre.

–Yo tenía pensado ir a ver a mi madre, hace tiempo que me llama y no le contesto… me da pereza. Pero hoy me he levantado con ganas de ir a visitarla.

–Genial Eddie, seguro que se alegra de verme.

El timbre de casa de la madre de Eduardo sonó.

–Hijo, me tenías muy preocupada, tanto tiempo sin saber de ti.

Vio cómo su Eduardo se sentaba a la mesa y reparó en que separaba otra silla. Alerta.

–Mamá perdóname, he estado muy ausente, muchas cosas en la cabeza.

Estaba muy pálido y dejado. Le había vuelto el pequeño tic en el ojo. Alerta.

–Pero–prosiguió–esta tarde al ver a Charly nos ha parecido bien venir a verte por fin.

Alerta, alerta.

Sintió ese cosquilleo en la nuca que se siente cuando algo no va bien. Charly había vuelto. Tras tanto tiempo, la esquizofrenia había vuelto a desestabilizarlo. Se levantó en dirección a donde tenía su móvil…

–¿Mami, a quién vas a llamar? –le espetó Charly con el tono más siniestro que nunca había oído.

 

 

#304

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Al entrar en casa, pudo comprobar, sorprendida, que alguien había revuelto todas sus pertenencia y también había muchos desperfectos. La luz no funcionaba. La lluvia retumbaba contra las ventanas.

Sin duda parecía un robo, pensó. Estaba en lo cierto.

También pensó que la casa ahora estaba vacía. Se equivocaba.

#303

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Fue considerada la película más terrorífica de todos los tiempos. La dirigió un joven director novel checo, Otokar Dvořáková y la tituló, escuetamente, “Horror”. Objetivamente, no era más que una serie de ruidos y luces en la pantalla, no había nada representado en ella más allá de eso, no había actores, ni guión, ni escenarios. Nada. Pero las reacciones de los espectadores eran de puro horror. Al ser preguntados tras las proyecciones, cada uno de ellos contaba una experiencia distinta. Nadie parecía ver la misma película y no había dos testimonios iguales sobre lo experimentado durante el visionado. Cada espectador decía haber visto los conceptos que más le aterrorizaban. Muchos no aguantaban toda la duración del film y salían despavoridos de las salas. Otros sufrieron ataques de ansiedad. Incluso se decía que un espectador había fallecido durante uno de los pases. Fue tanto el revuelo que se formó alrededor de la película que se decidió prohibirla para que causara más alboroto. Se la catalogó como potencialmente peligrosa.

Muchos fueron los especialistas que intentaron analizar y descubrir el origen de las reacciones que provocaba la cinta, pero fueron incapaces de ver contenido subliminal más allá de una cacofonía de ruidos y luces parpadeantes.

El director fue interrogado muchas veces durante las investigaciones de las autoridades sobre cómo había conseguido crear tal artefacto.

“Yo no he hecho nada más que poner ruidos y luces sin sentido, lo juro” dijo, sorprendido por toda la conmoción creada por la película. “Yo la he visto multitud de veces y no me ha provocado ninguna reacción, de veras que no entiendo lo que pasa con ella” sentenciaba, ante el estupor de los investigadores.

La película sigue almacenada en los registros federales. Muchos han intentado recrearla, siendo meros trucos publicitaros. Ninguna película ha vuelto a conseguir el mismo resultado que el infame film de Otokar Dvořáková.

El director no volvió a dirigir. Se suicidó apenas un año después de la retirada de su primera película.

#302

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Tuvo una gran idea para un relato, pero igual que vino se fue y cuando intentó recordarla, no pudo. Empezó a buscarla, porque le parecía una gran idea, por todas partes. Miró primero en casa, en cajones, armarios e incluso debajo de la cama. La idea no parecía estar ahí. Decidió buscarla por la calle, no fuera que la idea hubiera tenido la ocurrencia de salir a pasear. Tampoco obtuvo resultado. Cogió un tren y se dirigió a Italia, porque le parecía un buen lugar donde una idea podía ir y allí no la encontró, pero vio edificios maravillosos y también comió helado. De ahí cogió un avión a África y luego América, para acabar recorriendo una multitud de países en los más peculiares medios de transportes, desde un burro a una avioneta, pasando por camellos, sidecar o bicicleta. No quedó continente que pisar. Le creció la barba e incluso llegó a pensar que la idea se podría haber escondido allí, entre la espesura. Se la cortó y no la vio por ningún lado. Llegó el momento de llegar a casa. “Seguro que ocurre lo de que la idea siempre estuvo allí” pensó, esperanzado, pero no fue así como ocurrió. Se sentó, cansado de tanto viaje y algo decepcionado por haber perdido irremediablemente aquella idea. En lo que no había reparado hasta aquel momento, era en la cantidad de ideas nuevas que habían nacido y que le venían acompañando por todo su periplo. “Pues este será vuestro nuevo hogar” dijo al nuevo grupo de ideas, que correteaban inquietas por toda la casa, efervescentes.

La gran idea nunca volvió. Pero ya nunca la echó de menos.

 

#301

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“He de llegar a las entrañas, a lo más profundo”.

No era un pensamiento, era una cincel perforando su craneo, una voz tan aguda, ácida y estridente que hacía temblar los globos oculares. Su cerebro ardía, sus manos, llenas de pintura, también.

Estaba enfrentándose a un lienzo. Era una lucha, una pelea. E iba perdiendo.

Había arrojado cientos de preguntas y no había obtenido ninguna respuesta.

Estaba exhausto, supurando hierro y ceniza. Se sentía derrotado.

Contempló su obra, fea, disgustada, con aquella tela supurando miedos y rodeos.

Se volvería a enfrentar a ella al día siguiente, en una nueva lucha, que sabía que también perdería.

Pero algún día, ah, algún día. Algún día dejaría de perder entonces todo tendría sentido.

#300

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Siempre que tengo oportunidad, me ofrezco voluntario para salir del refugio. Hoy podemos permitirnos estar más tiempo fuera, debido a las intensas lluvias de las últimas semanas. Salimos tres con destino a la zona roja, anterior a la zona negra. Oigo como la lluvia repiquetea en mi escafandra, teñida por el vaho de mi aliento. Me gusta estar fuera, vagar por las calles abandonadas e imaginar como sería la vida allí, antes de Todo Lo Malo. No concibo caminar por esas calles, acariciado por el sol, respirando el aire libre del exterior, lo que debían sentir los habitantes de la ciudad. Supongo que, como todo aquel que se acostumbra a recibir regalos, no serían conscientes de que aquello lo fuera.

#299

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Nadie creyó que fuera a pasar. Nadie tomó en serio las advertencias de expertos. Cuando ocurrió ya fue demasiado tarde. El apagón llegó una fría tarde de octubre, sin más. Los ordenadores dejaron de funcionar, las luces de los hogares, el alumbrado público. Las comunicaciones se quebraron. Los datos se esfumaron. El mundo se sumergió en una nueva y terrible oscuridad. Fue como ver caer un castillo de naipes.

La primera pregunta que la gente se hizo fue “¿cuándo volverá la luz?” Nadie se atrevió a dar una respuesta.

La electricidad tardaría décadas en volver de nuevo a la vida de la gente. Y para entonces, el mundo ya había cambiado para siempre de forma irreversible.

#298

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Recuerdo la última vez que vi a Sandra. La vi cansada, con unas ojeras tremendas. Me dijo que no estaba durmiendo mucho últimamente, mientras sorbía una taza de café humeante. Las tardes ya eran muy breves y la luz de las farolas empezaba a teñir las calles. Me contó que estaba terminando un libro, y que era algo gordo. La notaba llamativamente exhausta, apenas quedaba algo de la Sandra con la que había quedado meses atrás, rebosante de energía, aquella hambre por recabar información que la había llevado hacía años a estudiar periodismo. Yo había dejado la carrera a mitad. No tenía esa pulsión. Pero ella sí. Le pregunté de qué iba y dio bastantes rodeos, observando su taza de café. “La verdad es que no puedo hablar mucho sobre esto, mi editor me mataría” había dicho, con voz monótona. “Pero destapa una red de pedofilia que mancha a las altas esferas y la verdad, va a hacer mucho ruido… y antes de que me lo preguntes, no, la policía y los jueces no han querido investigar porque también los atañe. Como te he dicho, es algo gordo y mejor que hablemos de otra cosa”. Me miró, con un atisbo de desconsuelo en el fondo de su mirada, enrojecida por las noches sin dormir bajo la luz del portátil. “Igual incluso me tengo que ir un tiempo, ¿sabes? como aquel italiano que escribió sobre la camorra. La verdad es que creo que me he metido en un jardín”.

Y tras aquella tarde en aquel café, ya no volví a verla. Falleció en un accidente de tráfico. Fue una auténtica tragedia. Hubo una investigación incluso, que determinó sin atisbo de duda que fue un fallo en los frenos.

Pero yo no puedo dejar de pensar en aquellas últimas palabras de Sandra. Igual no era un jardín, igual era una selva.

El libro, por cierto, nunca vio la luz.

 

#297

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Su autocomplacencia siempre sirvió más para camuflar sus flaquezas que para lustrar sus virtudes. Lo único que consiguió fue colocar neones en lo primero y dejar en el trastero, en una pequeña caja, lo segundo. Vacía.

#296

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“Cuando fallezca, quémalo todo”, le había pedido su hermano con débil susurro en aquella aséptica cama de hospital. Aquella en donde cogía su mano mientras su cuerpo se apagaba.

Ahora que estaba en aquella casa, rodeado de manuscritos, aquellas palabras se deslizaban por su columna vertebral. No podía hacerlo. No podía cumplir aquella voluntad. Los textos eran demasiado buenos. Y también al leerlos, escuchaba irremediablemente su voz. Era un poco como tenerlo allí con él.

Su hermano se iba a cabrear muchísimo si viera que en lugar de destruir sus escritos, pensaba publicarlos. Ojalá verlo entrar por aquella puerta, indignado y furioso por lo que había hecho con su obra. Ojalá lo hiciera. Ojalá entrara por esa puerta y gritara. Ojalá oír de nuevo aquella voz.

#295

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Llevaba ¿semanas? ¿Meses? ¿Años? ¿Siglos? ¿Qué más daba? sin salir apenas de casa. Comprar cuatro cosas y poco más, lo imprescindible que no te pudieran traer por mensajería. Hasta la compra la hacía, con desdén, desde el sofá para que se la trajeran. Había dejado de acudir a cenas, a fiestas y a liadas improvisadas. Ni siquiera esos agradables cafés otoñales en pequeñas mesas redondas. Su vida social y familiar se había reducido al mínimo, por no decir inexistente.

Y entonces llegó el confinamiento. Y poco o nada cambió, a efectos prácticos. Ya llevaba ¿semanas? ¿Meses? ¿Años? ¿Siglos? confinado.

Cuando la pandemia terminó, poco o nada cambió tampoco.

#294

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Los asistentes a la subasta estaban desconcertados. Un coleccionista anónimo había pujado, por vía telefónica, por un cuadro bastante anodino, un retrato de un noble, obra de un pintor desconocido del siglo XVII. Lo llamativo es que había aportado una suma desorbitado para un cuadro tan intrascendente, lo que incluso desconcertó a la casa de subastas. Pocos sabían que aquel coleccionista llevaba décadas detrás de ese lienzo, rastreando su paradero desde que desapareció de una remota iglesia de un pequeño pueblo francés.

Nadie sabía lo que escondía aquel cuadro. Nadie conocía el código secreto que estaba camuflado en los detalles de la pintura.

Aquel coleccionista ansiaba tenerlo en sus manos, poseerlo. Y ansiaba, sobre todo, destruirlo.

Nadie sabía lo peligroso que era.

#292

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Intentaba estar tan quieto que incluso dejó de respirar. Allí agazapado tras una gran roca, Malik escuchaba el sonido metálico de unas patas que escudriñaban la zona, buscándolo. Podía oír los sensores de la cabeza del cuadrúpedo robótico, girando a derecha e izquierda para barrer aquel árido entorno en busca de constantes vitales. Malik esperó pacientemente a que se aproximara bajo él. Lo había detectado a pocas millas de allí, con la suerte de haber podido huir antes de que lo hubiera fijado como objetivo. Malik cogió un pedrusco mediano que quedaba cerca de su mano muy lentamente. No era la primera vez que lo hacía. Llevaban meses tanteando los puntos débiles de aquellos armatostes, hasta que descubrieron que la cabeza era la parte más sensible. Esperó a que estuviera muy cerca de él. Sudaba y notó un pequeño temblor. Sabía que solo tendría una oportunidad. Apretó los ojos por un momento y se encomendó a Alá. Cuando percibió que la cabeza miraba para el lado contrario, lanzó la piedra hacia el lado opuesto de donde estaba él. El robot se puso en alerta, haciendo sonar sus articulaciones hidráulicas. Ese era el momento exacto. Malik sacó la otra mano otra piedra, esta más afilada y robusta. La arrojó con todas sus fuerzas. Se escuchó un golpe seco, un pequeño chispazo surgió y el robot perdió el equilibrio, mientras empezaba a disparar a discreción. Estaba a punto de volver a ponerse en pie, tanteando a ciegas el terreno, cuando Malik arrojó sobre él otro puñado de piedras a la cabeza hasta que el robot dejó de disparar y de moverse. Malik pensó que tardarían poco en solucionar ese fallo de diseño y vendrían otros más protegidos y fuertes. Y entonces ya no valdrían las piedras. Pero eso ahora mismo no le preocupaba. Se acercó al pequeño robot cuadrúpedo con cautela, para comprobar si estaba realmente apagado (había oído historias sobre falsos fallos de funcionamiento para tender emboscadas). Había sido, sin duda, un gran día. Conseguiría bastante por aquellas piezas. Se decía que los guerrilleros estaban a punto de conseguir hacer funcionar uno de estos, reprogramado. Además, lo recibirían como un héroe en el pueblo por haber llegar con un nuevo”perro del infierno”, como los llamaban, caído.

Cuando se acercó, oyó un leve sonido de engranajes.

Estaban en lo cierto. Lo del falso fallo de funcionamiento no era mentira.

 

#291

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Perdí mi juventud pensando en el futuro y perdí mi madurez pensando en el pasado. Y ahora en mi vejez, no puedo aferrarme ni a lo uno ni lo otro porque no consigo recordarlo.

#290

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–¿De verdad que te ha gustado?–me pregunta la señora Fuentes. Se le ve un poco nerviosa.

–Por supuesto, Begoña… de otra manera no te lo diría. Te agradezco mucho que me hayas dejado leerla.

–Ay, no sabes como te lo agradezco… yo, bueno… estas cosas antes las consultaba con Emilio, pero el pobre tampoco te creas que prestaba mucho interés. Decía que a dónde iba yo escribiendo. Hasta tiempo después de su fallecimiento no me atreví a retomarlo.

Remuevo la taza de café, haciendo sonar la cucharilla monótonamente. Intento que ella no perciba mi expectación. Hacía tres semanas que iba a casa de Begoña Fuentes como voluntario en un programa de asistencia y compañía para la tercera edad. La semana anterior, al ver su atiborrada biblioteca, me había confesado su afición por escribir. Se animó a dejarme un manuscrito de una novela. Lo acepté por compromiso y comencé a leerlo sin expectativas.

Es posiblemente lo mejor que haya leído nunca. Es muy bueno. Es demasiado bueno.

Honesto, sincero y lleno de poética. Como escritor frustrado solo pude sentir celos y envidia. Begoña me sonríe.

–¿Y qué podría hacer con esto? Cómo me dijiste que tú escribías también… no sé si podrías ayudarme a enseñarlo…

–Uf Begoña, este mundo es complicadísimo. Y a ver, lo que he leído está bien, pero bueno, si quieres que sea honesto, aunque me ha gustado la verdad es que hay cosas que pulir, reescribir.

Noto como Begoña se encoge un poco. Yo no puedo dejar de mirar el manuscrito.

–Pero está muy bien que hagas estas cosas y tangas la mente ocupada.

–Ya, ya.

Se crea un silencio denso y sorbo mi café. Begoña se levanta y se dirige a la cocina. Sigo con la mirada anclada en el manuscrito. Parece incluso brillar. Tanto que hace que empiece a sentirme como una urraca.

–¿Te quedas a comer? Estoy haciendo un guiso.

Vuelvo la mirada a ella. Pero solo puedo pensar en posibilidades. En caminos. En atajos. En coartadas.

–Claro Begoña, con mucho gusto– le sonrío.

 

 

#289

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Empezó sin ser algo demasiado preocupante. Al levantarse por la mañana había visto que había sacado varios vasos del armario de la cocina y los había dejado en el baño. “He debido hacerlo durmiendo” pensó, algo confuso, pero no le dio más importancia. No tenía constancia de haber sido nunca sonámbulo. Durante las semanas siguiente empezó a ver señales algo más extrañas al despertarse por las mañanas: disponer sus libros en círculo en el suelo del salón, escribir frases inteligibles en las paredes, descubrir que había sacado toda la comida del frigorífico. Un día se despertó completamente vestido, incluso con el abrigo puesto. Un día encontró en la puerta de su casa el coche con las luces puestas y el motor en marcha. La puerta del auto estaba abierta. Comenzó a asustarse. No le había importado encontrarse algo extraño en casa o las cosas cambiadas de sitio, pero conducir dormido era otra cosa. “Debería ir al médico” pensó. Pero lo pospuso.

Una mañana, de nuevo, despertó con la ropa puesta. El coche también se encontraba en la puerta encendido y con las luces puestas. Pero había algo más. Había sangre en sus ropas. Y no era suya.

#288

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El desayuno era su momento preferido del día.

La realidad era que él no desayunaba, no podría conseguir algo para comer hasta bastantes horas más tarde, pero lo importante no era que lo hiciera él, sino que lo hicieran los pilotos. Mientras desayunaban no sobrevolaban la ciudad para arrojar sus bombas sobre ellos.

#287

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–Has vuelto a hacerlo, ¿verdad?

Juan despertó como de un letargo y preguntó a Ana si le había dicho algo. Vio su cara de preocupación y se dio cuenta de que llevaba más de 20 minutos con la taza de café en la mano, ya fría, mirando hacia la nada.

–No, de verdad… simplemente he dormido mal.

–No has dormido. Oye, creía que la terapia te había venido bien.

Y así había sido, durante al menos un tiempo. Simplemente era una pequeña recaída. Una fase. No creía que hubiera de qué preocuparse. Pero lo cierto es que sí, se había quedado toda la noche pegado al ordenador. Y ya eran varias así. Había empezado de nuevo a buscar información sobre la desaparición de su hermana. Nunca apareció y el caso fue sobreseído. Había ocurrido hacía más de 25 años y tras años de terapia podía constatar que no lo había superado del todo. Desde que tuvo acceso a internet, empezó a buscar toda la información posible, lo que le hizo sumergirse en todo un submundo lleno de teorías alternativas y febriles conspiraciones. Llegó a convertirse en una obsesión, llegando a un punto en el que vivía por y para investigar más y más. Noches sin dormir, días sin comer.  Sectas satánicas, la esfera política, pactos de estado, masonería. Señales y signos por todas partes. La diana puesta en los hombres más importantes de este país. Cada vez sentía sumergirse en un pozo de lodo más profundo y del que costaría más salir.

La terapia había funcionado, al menos temporalmente. La proximidad de la fecha de la desaparición era siempre un momento peligroso, con riesgo de recaída. Pero había pasado unos años muy buenos, donde se sentía equilibrado. Había empezado a dormir bastante bien. Casi ya no soñaba con ella.

Pero aquella noticia de la desaparición de una adolescente… lo había vuelto a remover todo, a poner patas arriba de nuevo su mundo. También había vuelto la frustración, la de no haber encontrado su cuerpo. La de que sus padres fallecieran sin que el caso se resolviera.

–Vamos a llamar a la psicóloga, ¿te parece?– dijo Ana, con paciencia en sus palabras y agotamiento en sus ojos.

–Sí, vale, la llamaré. Está todo bien ¿de acuerdo?

–De acuerdo–. Ana sonrió levemente y siguió bebiendo su café.

Ninguno de los dos creyó al otro.

#286

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Mamá siempre está triste. La veo llorar casi todos los días. El resto del tiempo parece estar muy lejos de aquí. A veces entra en mi habitación y se queda allí, quieta, mirando a la nada.

Sé que es por mi culpa. Sé que es porque ya no estoy aquí. Pero sí que estoy.

Ojalá pudiera decirle que estoy bien. Ojalá pudiera decirle que no me he ido del todo.

Que siempre voy a estar a su lado, susurrándole en sueños.

#285

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Mary Elizabeth caminaba a paso ligero por la calle empedrada del pequeño centro del pueblo. Si no se daba prisa, no quedarían huevos frescos en la tienda de la señora Hoffson. Y a su señora le encantaba desayunar huevos frescos. Iba abstraída en estos pensamientos cuando vio en el otro extremo de la calle a la pequeña Katherine Larson, la hija del Pastor. Sintió como si la temperatura bajara unos cuantos grados. Conocía a la niña (todo el pueblo la conocía) y por eso mismo la evitaba. La joven había empezado a tener comportamientos extraños desde hacía meses. Había tenido episodios de convulsiones. También decía tener visiones de Nuestro Señor. Su más ferviente creyente era su padre. Para Mary Elizabeth solo eran imaginaciones de una niña, pero en aquella comunidad tan fervientemente religiosa, no era la postura mayoritaria. Katherine se había convertido en un ser digno de adoración y respeto.

Apretó el paso, intentando evitar su mirada. Su corazón se encogió cuando vio a la niña señalarla y empezar a gritar. “¡Tú Mary Elizabeth Guddson, tú adoradora del diablo!”. Los transeúntes pararon en seco. Notaba las miradas clavarse en ella. Mary Elizabeteh estaba petrificada. “Sé que lo has hecho, te vi retozar junto a las otras en el bosque, desnudas, riendo, ofreciendo sacrificios al maligno, hablando en lenguas extrañas” había dicho Katherine, como ida, roja de furia. “Kathy, eso es mentira, lo sabes” había respondido Mary Elizabeth con un hilo de voz, al borde del llanto. Sus manos no podían parar de temblar. “Eso díselo al tribunal. Veré como te quemas en la hoguera”. El corro de gente alrededor de ella cada vez era más numeroso. Empezó a oír como le espetaban la palabra bruja. Cada vez ese clamor cobró más fuerza. Los alguaciles llegaron y prendieron a Mary Elizabeth.

“¡Bruja!”

Kathy sonrió a sus adentros. Se sentía feliz. Feliz de que Mary Elizabeth pagara por haberle gritado.

Mary Elizabeth la había regañado por tirar piedras a los perros del a Señora Hoffson.

Así aprendería. No volvería a gritarle jamás en su vida. Podía contar con ello.

#284

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Dijo su nombre una vez, entre susurros, frente al espejo.

No ocurrió nada.

Dijo su nombre por segunda vez, haciendo ondear las llamas de las velas.

No ocurrió nada.

Dijo su nombre por tercera vez, creando un óvalo de vaho en la fría superficie del espejo.

No ocurrió nada.

Volvió a casa, decepcionado. Aquella noche tuvo sueños extraños y febriles, en los que una voz le mecía. Despertó turbado por aquella voz. Sabía que ya no callaría.

Había ocurrido.

#283

By microrrelato No Comments

Los palcos, profusamente decorados, estaban iluminados con una luz ámbar y mortecina. La campana tocó la señal y sus ocupantes, vestidos con sus mejores galas, callaron y volvieron sus cabezas hacia la escena. La comitiva, portando estandartes y sellos, surgió de ambos lados del altar que era abrazado por los palcos. El coro comenzó a entonar una alegoría. Los nobles contemplaban la escena maravillados, mientras el resto de la plebe observaba la escena tras las rejas frente al altar, agolpados.

El fondo del altar se abrió para dejar entrar al Deus Ex Machina. Todos de pusieron en pie. Aquel artefacto había dejado de ser un amasijo de mecanismos y resortes hidráulicos. Era ahora el dios Zeus mismo, dispuesto a obrar sus milagros.

Y todos creyeron.

#170

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Se deslizó dentro de aquel club nocturno. Era estrecho y largo, como un tubo digestivo. Todo quedaba envuelto por una luz rojiza y viciada. La realidad parecía desdibujada allí dentro. Almas perdidas danzaban desganadas, como zarandeadas por manos invisibles. Otras almas intentaban encontrar algo al fondo de sus vasos vacíos. Otros en el fondo de sus fosas nasales.

Era el lugar perfecto para desaparecer para siempre.

#282

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Se dice que el mayor truco del diablo es hacer creer a los hombres que no existe. Realmente el mayor truco de Dios fue evitar que los hombres supieran que realmente el diablo no existía. Sólo existían ellos.

#281

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Las antorchas de los enemigos empezaba a resplandecer en el borde de la muralla. El Rey podía ver las llamas rojizas desde sus aposentos. Se le veía envejecido, con los ojos hundidos. Vestía ropa de cama y había negado vestirse. Sabía que no saldría de esa alcoba. No con vida. Junto a él, la Reina abrazaba a sus dos hijos pequeños, que escondían sus caras contra sus finos ropajes. Los tres lloraban. El Rey los miró, desconsolado. “Debemos huir” le había dicho su consejero. El Rey había rechazado la propuesta. “Ya no poseo reino”, había respondido él. “Todo lo que me queda está en esta habitación” dijo mirando a su familia. “Ahora que veo tan cerca el final de todo, me doy cuenta de que ellos debían haber sido siempre mi única patria”.

#280

By microrrelato No Comments

No sintió las turbulencias. Estaba medio dormido y fueron los gritos de los pasajeros los que le despertaron. La ventanilla se oscureció de repente. Su primer pensamiento fue que iba a morir. El segundo que iba a morir en aquel avión. Se abrazó, por instinto al pasajero de al lado, un indio de barba espesa y piel aceitunada. Ambos lloraron. Siguieron abrazados como si eso fuera a salvarlos. Se dijeron que se querían y se sintieron agradecidos por no morir solos. La turbulencia pasó. El vuelo continuó apacible y sin incidencias.

A ellos se les hizo un tanto incómodo. No cruzaron palabra (ni mirada) el resto del viaje.

#279

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Corría a través de los pasillos sin pensar, con el único instinto de escapar. Corría sin saber a donde iba, mientras aullaba de terror, con el corazón y las tripas a punto de brotar de su garganta. Recorrió los interminables pasillos, llenos de espejos y opulencia. Se tropezó con su vestido varias veces. Otras tantas cayó al suelo. Ni siquiera sentía las heridas de sus rodillas. Ni siquiera veía que su vestido estaba lleno de sangre. Podía oírlo, tras ella, implacable. Inevitable. Notaba como los pasillos se estrechaban conforme los atravesaba. eran como manos rodeando su garganta para asfixiarla. Lloraba, desconsolada, de puto terror.

Ojalá no hubiera encontrado esa llave. Ojalá no hubiera abierto esa puerta. Ojalá hubiera sabido como limpiarla antes de que llegar él.

#278

By microrrelato No Comments

Le gustaba disfrutar aquellas fiestas de celebridades cobijado en el anonimato de ser desconocido para el gran público y también para las propias estrellas de cine y música. Le parecían fascinantes, aquellas rutilantes personalidades llenas de ego, intentando brillar más que la de al lado y fagotizar todo lo que estuviera a su alrededor. Pidió otra copa en la barra y fijó su atención en aquel actor tan de moda, con tantos seguidores en redes sociales. Estaba arropado por su séquito. Daba la sensación de no tocar el suelo con los pies. Reía, de aquella manera tan de posado. No quería divertirse, quería que vieran que se divertía. Reconocía esos ademanes, esos gestos, esos aires. Los había visto demasiadas veces desde que empezó en aquel negocio.

Siguió observándolo, desde la oscuridad de la barra de aquella concurrida sala. En un momento dado, vino hacia donde se encontraba. No apartó la mirada de él ni por un momento. El actor lo notó, por supuesto, pero era algo que ya obviaba por ser demasiado habitual.

Vio cómo pedía una copa y constató el desprecio con el que trataba al camarero. Le espetó para que apremiara. Su tiempo era oro. También aprovechó para vejar un poco a aquella otra actriz que había cogido algunos kilos. Su séquito rió como urracas.

Contempló al séquito alejarse, con la estrella llevada entre algodones.

Sonrió para sus adentros, con algo de amargura. Había visto aquello demasiadas veces. También sabía cómo terminaban esas ínfulas. Como una pompa de jabón.

Estrella, sí. Fugaz, también.

 

#277

By microrrelato No Comments

Fue un error entrar en aquella casa abandonada. Fue un error jugar con ciertas cosas. Fue un error llamarlos. Salimos de allí despavoridos, pero algo se vino con nosotros. Y ya no se fue nunca más.

#276

By microrrelato No Comments

Faltaban 3 horas para  que se publicara su último juego. Desde su web, se podía ver una cuenta atrás. También un contador de la gente que se encontraba en directo siguiendo el lanzamiento. En la pantalla podía ver que eran dos millones de usuarios. En esos momentos, Morph3us, el famoso creador de juegos para Oniron® desaparecía y solo quedaba Arthur, el joven creador de 25 años que estaba detrás de ese nickname. Arthur había realizado media docena de juegos de manera independiente, con cada vez mayor éxito, hasta que fue contratado por la propia Electric Dreams Ltd. para desarrollar contenido exclusivo. El éxito a partir de ahí fue masivo, también la exigencia. Era irónico que uno de los más importantes desarrolladores de sueños artificiales sufriera de insomnio, pero así era. El estrés, la presión a la que se veía sometido con cada nuevo lanzamiento, se había hecho insoportable.

Desde su enorme ático, en el centro de la ciudad, podía ver las luces resplandecientes e hipnóticas de los edificios, iluminando la noche. Se sentía muy lejos de todo. Faltaban dos horas (el plazo que le había dado la empresa para publicar el nuevo juego) para que todo el mundo supiera que no había nueva obra. No había nada. Llevaba meses, muchos, padeciendo un total bloqueo creativo. Había sido incapaz de crear nada que estuviera a la altura de lo que se esperaba de él. Sus seguidores cada vez eran más fervorosos, también más inquisitivos. El escrutinio cada vez era mayor y no tenía fuerzas para poder soportarlo. Cada nuevo proyecto se había convertido en más agónico que el anterior. El calendario impuesto por la compañía le parecía abusivo, pero no había podido bajarse de esa rueda una vez se había metido dentro. Se sentía como si se hubiera metido dentro de una picadora de carne. Se había refugiado en aquel lujoso apartamento, del que llevaba más de un año sin salir. No lo visitaba nadie, su ubicación era secreta y desconocida. Ni siquiera su agente sabía dónde vivía. Su única compañía, en las interminables jornadas, eran el alcohol y las pastillas. Ya no creaba, ya no soñaba, ya no dormía.

Y había decidido terminar con todo. Tenía preparada la bañera y las cuchillas.

Cuando la cuenta atrás llegara a su fin y la gente pudiera acceder a su nuevo lanzamiento, él ya no estaría allí. Tampoco descargarían un nuevo juego. Obtendrían el código fuente del sistema de Electric Dreams. Obtendrían la llave para hacer libremente contenido para Oniron®. Ese era su legado.

Había nombrado al archivo “Prometeo”, como el héroe que robó el fuego a los dioses para regalarlo a la humanidad.

Qué pena que no fuera a poder ver las caras de esas sabandijas codiciosas.

Arthur apagó las luces y se fue al baño. Arthur desaparecería. Morph3us sería recordado siempre.

*Para saber más información sobre el producto Oniron®, podéis leer el microrrelato #14, #32, #57  y #207si no lo habéis hecho ya. 

#275

By microrrelato No Comments

–¿Harry?¿Estás bien?

Harry no respondió, estaba ausente. Tenía la boca abierta y babeaba. Los ojos eran incapaces de permanecer centrados. Parecía ir borracho o drogado. Apenas se sostenía en pié.

Harry había desaparecido la noche anterior, en aquella zona desértica. Era parte de un equipo de meteorólogos que estaba realizando experimentos ambientales en aquel lugar.

–La luz…–balbuceó. Alumbraron con una linterna sus pupilas, que no respondieron a la estimulación. Eran como pequeñas agujas negras. Su rostro tenía quemaduras bastante serias. Morgan pensó que no podía haber recibido una insolación, acababa de amanecer.

–Está en shock–dijo Morgan, el jefe del equipo. Vamos a llevarlo al campamento. Joder Harry ¿Qué te ha pasado en estas horas? Te hemos estado buscando desde ayer. Menos mal que Phil vio tu silueta con los prismáticos.

Harry por supuesto no respondió. Se había convertido en un muñeco inerte. Morgan se percató en que sus ropas no tenían ningún rastro de la arena del lugar. Harry había salido la noche anterior en el campamento a tomar el aire. No había regresado.

Harry volvió en sí en el campamento, de manera progresiva. A las pocas horas, ya parecía ser él, aunque decidieron que siguiera bajo observación. No recordaba absolutamente nada de lo ocurrido.

–Solo recuerdo una luz–dijo–. Nada más.

Aquella noche no cenó, dijo que le dolía el estómago. En un momento, dijo necesitar ir al baño. Se encerró en la cabina y notó que su vientre estaba inusualmente hinchado. Harry empezó a angustiarse. Comenzó a sentir unos dolores agudos e insoportables. No tenía voz ni para pedir auxilio. Notó cómo sus pantalones empezaban a humedecerse. Se estaba orinando, pero no era solo eso. Tocó su vientre, apartó la mano y contempló como esta estaba llena de sangre. Lo último que vio fue como su abdomen se abría, furiosamente.

Lo que surgió de su interior estaba hambriento. Comenzó por alimentarse del que había sido su anfitrión.

Morgan tocó con los nudillos la cabina.

–Harry, ¿estás bien? estás tardando mucho.

No escuchó nada. Decidió abrir a la fuerza la cabina. Fue un terrible error.

 

#274

By microrrelato No Comments

–¿Qué ocurre, Francis? ¿Has visto las horas que son?

–Hay que reunir al grupo. Ha ocurrido algo. Me acaban de informar desde Venecia. Ha muerto.

–Oh, misericordia. Estamos en problemas, entonces. ¿Y qué hacemos con él?

–Él siempre está demasiado borracho como para enterarse de algo. Ese es otro problema. Will cada vez es más incontrolable.

–Es un autentico bastardo. Y además, se ha ido de la lengua varias veces. Ha expuesto al grupo. El incendio del Glove no ha servido de nada.

–Lo sé. Es posible que la sociedad tenga que diluirse. Sin Marlowe quedaríamos Fletcher, Emilia, Lyly… y tú. El español ya dijo que no quería continuar.

–Y yo tampoco lo tengo claro. De todas maneras, Marlowe ya tampoco tenía muchas energías para continuar. Me informaron que su pierna había empeorado en su exilio. Aún así, lo que hizo con el Mercader es sublime.

–¿Hablarás con el cómico? ¿Qué le vas a decir?

–Will tiene muchas deudas y problemas. Si la sociedad desaparece, él también. Que se retire, que vuelva a su aldea. Le daremos un fondo y que lo que le quede de vida la viva tranquilo. Aunque será raro, porque como te he dicho, su aflicción es cada vez más problemática.

–Lamento mucho que esto se acabe. Aunque no hemos conseguido hacer mella en Isabel… ha sido divertido. También siento que nunca podamos decir la verdad. Estoy orgulloso de muchas cosas que hemos escrito.

–Yo también, aunque, qué más da. Dentro de 10 años nadie recordará a ese maldito actor y a todo nuestro trabajo.

#273

By microrrelato No Comments

El sonido de la lluvia contra los cristales inundaba el largo corredor. Ya había algunos agentes allí, con las caras serias. Iba empapado y sintió un intenso frío en sus huesos. Les dio el saludo y les preguntó por el lugar. Le dijeron que era en la cuarta planta y que había dos agentes arriba. Subió por las viejas escaleras, que crepitaban a su paso, seguido por sus hombres. La luz de las lámparas de gas era débil, apenas iluminando los largos pasillos. Debía haber subido con una lampara, pensó, mientras sintió la terrible necesidad de echar un buen trago. Ignoró sus pensamientos y llegó hasta la cuarta planta. La lluvia parecía haber cobrado más intensidad. Deseó que la ciudad se ahogara en aquella lluvia.

La puerta del apartamento estaba abierta, colándose una intensa luz rojiza. Dentro encontró un espectáculo desolador. Lo que parecía haber sido una gran fiesta. Una grande y salvaje, por los destrozos que veía. El ambiente estaba muy cargado. Botellas vacías, ceniceros repletos. Se fijó en varias figuras semidesnudas que estaban contra la pared, agachadas y con las manos tras la nuca. Uno de los agentes tenía dispuestos a los asistentes así. El apartamento era enorme, amplísimo y lujoso. Las sombras se deslizaban bajo esa manta de luz roja que dominaba toda la estancia.

–En el dormitorio del fondo, Jefe–dijo uno de los agentes sin volverse. Vio que llevaba sus arma desenfundadas. Estaba visiblemente nervioso.

–¿Y él?

–Está con Erik en aquella sala de la izquierda. Le ha tapado con una manta–respondió el agente–. Estaba completamente cubierto de sangre.

Hizo una señal de silencio y el agente calló y se puso tensó. Recorrió el pasillo hasta el dormitorio y vio el cuerpo tumbado en la cama. O lo que quedaba de él. Bajo aquella luz rojiza solo podía ver enormes charcos densos y oscuros como el alquitrán. Notó como una bocanada de ira escalaba su traquea.

–¿Podéis quitar esta puta luz y poner una normal?–gritó a sus hombres, desperdigados por la sala. Tenía el estómago revuelto.

Volvió a la sala principal y se dirigió a la habitación donde estaba el agente Erik. Se encontraba junto a una figura cubierta por una manta. Parecía completamente ausente. Sintió ganas de sacar su arma y terminar con ese asunto allí mismo. Una oleada de satisfacción lo bañó por completo. Apretó los dientes.

–Sácalo de aquí cuanto antes y llevadlo directo a Palacio. Intentad que nadie lo vea. Cúbrele la cabeza con la manta.

–Señor… todavía lleva… el arma puesta.

Otra vez sintió la ira trepando, a punto de salir por su boca como vómito.

–Solucionadlo fuera. Haced lo que sea, pero que no os vea nadie.

–Sí señor.

–Ah, Erik, una cosa más–bajo el tono hasta ser casi inaudible–. No le llaméis Majestad.

El agente se fue con la figura desnuda arropada bajo la manta. Los vio marcharse y notó que temblaba de pura furia.

Ojalá, pensó. Ojalá la lluvia nos borre para siempre.

 

 

#272

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Había cuidado hasta el más mínimo detalle de los de los preparativos de su 70 cumpleaños. Desde el catering, encargado a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, hasta la música que iba a amenizar la velada, un trío de jazz compuesto por veteranos músicos. También la decoración e iluminación e incluso había previsto unos fuegos artificiales para ser disfrutados desde el jardín. Paseó por el amplio salón de su casa, atiborrado de globos de color dorado. Se dejó caer en uno de los salones, satisfecho.

Si hubiera invitados que fueran a venir y no se sintiera tan profundamente solo, sería un día perfecto.

#270

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Era tarde y sentía sus ojos abrasados bajo la luz fluorescente de la oficina. Ante él, desplegadas, decenas de fotografías de la escena del crimen. Las había repasado cientos de veces, escudriñando cualquier detalle, enloqueciendo por la falta de pistas. De nuevo, se estaba obsesionando con un caso. Era cierto que debía tomárselo con más calma. Pero allí seguía, pasada las dos de la noche, sin haber probado bocado desde la mañana y atiborrado a café. Iba a desistir cuando vio algo que había pasado desapercibido hasta ese momento. En una de las paredes, podía ver un pequeño dibujo. Lo reconoció al instante y sintió de repente unas tremendas ganas de vomitar. Su corazón se aceleró. Empezó a marcar con su teléfono móvil, ansioso.

Sabes que lo hice yo.

–Martín.

–¿Pero que hora es?¿Estás loco? Mira Jaime, hemos hablado un montón de veces de esto, no puedes…

–Esto es distinto, escucha. Sé que tienes en casa las carpetas del caso de los Sanchez Cuevas. Sabes que he intentado relacionar los dos casos desde hace tiempo.

–Lo sé y también tú sabes que eso no hay por donde cogerlo.

–¿Puedes revisar las fotografías de la escena del crimen? Necesito que compruebes una cosa, si hay en algún rincón alguna especie de dibujo–. Oyó un suspiro al otro lado de la linea seguido de un largo silencio.

–¿Qué buscas exactamente?

A mí.

–Un dibujo de un pájaro, pequeño. Lleva un sombrero y en el pico lleva una pluma. Parece haberlo hecho un niño. Si no lo ves te juro que no volveré a molestarte con mis estúpidas teorías.

Oyó cómo se cortaba el sonido, tras una serie de maldiciones de Martín.

Claro que lo había reconocido. Reconocería ese dibujo en cualquier parte. Lo haría porque él lo había creado de pequeño. Lo recordaba. Bueno, no había sido él estrictamente. Había sido el Señor Sombrero. El amigo imaginario que tuvo cuando era pequeño. Cuando el Señor Sombrero venía a tomar el té, le dibujaba cosas. Y dibujaba aquel pajarito con sombrero y una pluma de pájaro en el pico. Era idéntico.

Se fue a casa para subir al desván y buscar sus recuerdos infantiles. Libretas escolares, cuadernos, lo conservaba todo. Allí estaba. El teléfono sonó.

–Qué suerte has tenido hijo de puta. Ya tienes tu conexión. Tenías razón. ¿Esto significa que también aparece en la escena del caso de los Álvarez?

–Sí, te llamaré luego, ¿Vale?

Se quedó en el desván, en silencio, sosteniendo el cuaderno abierto con aquél dibujo.

Tú nunca cogiste un lápiz, fui yo. Lo sabes. 

Estaba aterrorizado, no sabía que significaba eso. ¿Por qué iban a aparecer dibujos que realizaba de pequeño en aquellos sitios en los que no había estado nunca?

Porque no había estado nunca allí, ¿verdad?

Se encogió y empezó a temblar. La realidad es que no recordaba dónde estuvo las noches de los crímenes. No tenía ningún tipo de coartada.

Sabes que lo hago por ti. Esta no es manera de tratar a un amigo. 

#269

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Las calles de Londres estaban bruñidas por un vaho denso y gris que oscurecía la ciudad y la sumergía en un velo de irrealidad. Las farolas parecían distantes y huérfanas. Los pocos viandantes parecían, siempre, almas perdidas.

Era mala noche para deambular por allí, con la humedad mordiendo las rodillas y con la noche acechando, tan cercana. La luz de la tarde parecía muerta. Los árboles también. Los pocos carruajes que transitaban sonaban estridentes, por improbables. Realmente, aquella tarde, Londres parecía una ciudad muerta, virada a purgatorio.

–Hace más frío que en invierno–había dicho una sombra tenuemente iluminada por la brasa de un cigarrillo.

–Y más que vendrá–respondió otra a su lado, envuelta en un abrigo desgastado y sucio.

–¿Has oído lo de Dutfield’s Yard y Mitre Square? No se habla de otra cosa en el Ten Bells.

–¿Lo de las putas? Bueno, pues menos basura en las calles. A quién le importa.

–Las conocía, ¿sabes? y a Mary Ann la que encontraron en  Buck’s Row también. Están todas asustadas. Yo no creo que sea un cliente insatisfecho, la verdad. ¿Tres en un mes? No puede ser casualidad. El demonio anda suelto por el East End, te lo digo yo.

–No digas gilipolleces. Se la pondrían entre los muslos y cabrearían a alguien. Aunque sí he oído que se le da bien el cuchillo. Algún carnicero despechado, jaja.

Se hizo el silencio y el humo del tabaco emergió hasta confundirse con la niebla del final de la tarde.

–Creo que no va a parar.

–¿Tú crees?

–Sí, no va a parar. No va a detenerse. Y la ciudad lo arropa y protege. Sea lo que sea. No creo ni que sea humano.

–¿Cómo no va a serlo?

–Lo sé. Lo noto. Como noto el frío. Y el tiempo también va a cambiar. Va a ir a peor.

–Yo también lo noto. Lo noto en mis huesos.

Ambos se estremecieron sin saber porqué.

 

#268

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Mike observó las teclas amarillentas y desgastadas de aquel piano. Había cierto bullicio en aquella pequeña sala de ambienta cargado, neblinosa por el humo y de tenue luz. Podía oír el tintineo del hielo en los vasos. El sudor resbalaba por el cuello de su camisa amarillenta y desgastada. Encendió un cigarrillo y el sonido que produjeron sus dedos, estalló. Levantó la mirada levemente para ver a sus compañeros de escenario absortos. Joe deslizaba sus manos por el mástil del contrabajo y Pike se enroscaba hipnóticamente en la pequeña batería. Y el mundo pareció detenerse y quedar suspendido en alfileres invisibles. Las música fluyo, como un torrente de magma, denso y latente. Ardiente como la lava, sinuoso como una serpiente.

El trío de jazz de Mike estaba mal pagado, a veces tan solo recibían una botella de bourbon por una noche de actuación. A veces no era suficiente. A veces ni siquiera la aguja era suficiente. Había visto el cadáver de Joe “Blind Eye” Perkins en un retrete, con su manga remangada y las venas todavía latiendo y se juró no acabar así. Pensaba incluso en dejarlo todo, dejar la música, dejar los tugurios. Aunque implicara volver a arreglar carros. A veces pensaba que nada de eso merecía la pena. Hasta que estaba frente al piano y todo se vomitaba. Cuando el tiempo pendía de alfileres, congelado. Cuando se sentía el rey de la colina, el dueño de su propio destino. El jazz se había convertido en una liberación y en una condena.

Joe decía que se dirigían al infierno por la vía rápida. Y llegarían pronto.

Pero, oh, cómo sonaba el pecado. Cómo de sabrosa era aquella condenación.

#267

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El espacio era una profunda laguna negra que lo envolvía todo, atravesada de por millones de pequeñas luces. Solo se escuchaba el mantra del motor en velocidad de crucero. Una vieja música sonaba por los altavoces de la nave, mientras Li corría en círculos por los pasillos de la nave. Paró en seco, con las gotas de sudor cayendo al suelo.

–¿Cuánto?–preguntó, jadeando.

– 35 minutos.

–¡Venga ya! ¿He tardado más? no puede ser. Lo haces solo para putearme, Hera.

–El dato es objetivo, Stevenson. 7 kilómetros en 35 minutos.

–Eres una mentirosa. Yo he contado 30.

Hasta discutir con una inteligencia artificial se había convertido en un desahogo. Nadie nunca habla de la soledad de los viajes espaciales. Sobre todo en las naves sin tripulación. La nave de Li Stevenson, preparada para pequeña mercancía (y nunca pasajeros, esa era su regla) parecía cada vez más pequeña después de varias semanas de travesía. No llegarían a Tau Cetri hasta dentro de 3 días, con una carga de muestras fósiles. Un trabajo anodino, pero al menos era legal. El problema era que tras tantos días de estar a solas, le quedaba demasiado tiempo para pensar. Y eso no era bueno. Ni los juegos, ni las toneladas de películas y audiolibros que disponía le entretenían ya. Ahora al menos hacía ejercicio. Y discutía con Hera.

Sabía lo que le pasaba. Se aburría, le aburría aquella vida de transportista galáctico. Lo echaba mucho de menos. Su antigua vida. Las aventuras, el salvar la vida por los pelos. A ella. Pero se había jurado no volver a ello. Demasiados riesgos. Demasiadas cicatrices.

Miró por el amplio ventanal de la cabina. El inmenso espacio le seguía sobrecogiendo como la primera vez que salió de la atmósfera. Tan vacío y tan lleno de posibilidades.

¿Viviría? La pregunta le asaltó como una emboscada. No se permitía pensar en ella. Ya no. Recordó aquél último trabajo, en Krill, donde perdió tantas cosas. La mano fue lo de menos. Fue la última vez que la vio. Se preguntaba si seguiría en aquél lugar.

Comenzó a correr de nuevo alrededor de la nave.

–Hera–dijo.

–¿Sí Stevenson?

–¿A qué distancia estamos del planeta Krill?

–Bastante cerca, estamos en esa ruta. ¿Por qué lo preguntas?

Li se detuvo y se quedó mirando el techo de la nave durante unos momentos.

–Olvídalo, Hera. Y sube el volumen de la música. Que no pueda escuchar mis pensamientos.

Li siguió atravesando el pasillo circular de la nave mientras esta era engullida por la oscuridad del espacio infinito.

#266

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Desde el primer momento que vi a Riki, quedé fascinada por él. Fue en uno de esos talleres de autoayuda. Yo estaba pasando por una muy mala época (rupturas, pérdidas de trabajo, me sentía como una mierda en general y había perdido un norte que intentaba encontrar sobre todo en los fondos de las copas). Riki fue uno de los ponentes y se definió como coach emocional. Yo no había oído esa palabra en mi vida, pero sentí que me hablaba directamente a mí. Fue como si realmente alguien me entendiera por primera vez. Puede conocerlo y me invitó a ir a otros talleres que iba a celebrar en las siguientes semanas, más reducidos y exclusivos. Y así empezó todo. Creamos un grupo sólido que se reunía cada vez más frecuentemente. Las sesiones se tornaron más intensas, alternando charlas con meditación y relajación. Hablaba de energías, de cómo estas nos cambiaban. Hizo que nos sintiéramos especiales y privilegiados. Nos hablaba de lo cerca que estábamos de alcanzar La Verdad y la felicidad.

Adorábamos a Riki, quedábamos hipnotizados por su voz y seguíamos sus movimientos con la mirada. Nunca fui consciente del nivel de dependencia que desarrollamos hacia él. Lo único que quería era estar cerca suyo y, cuando me eligió para ser su compañera, me sentí la persona más importante del mundo. Él me hacía sentir así. Me hacía sentir única y especial. No entendí hasta más tarde que el resto de ellas (casi no había ya hombres en el grupo) también eran igual de especiales que yo. A esas alturas ni me importó. Tal era mi obsesión por él.

Empezamos a llevar ropa distintiva y nos mudamos a una casa de campo junto a Riki. Vivir juntos era la mejor manera de hacer sólida aquella comunidad tan especial que habíamos creado. Dispusimos todos nuestros ahorros y bienes para el grupo. Nos hacíamos llamar “El Sendero” y comenzó a distinguirnos con grados: Cachorro, Despierto y Reina, otorgado solo a su compañera más cercana. Yo lo fui, me convertí en su mano derecha. Fue todo muy gradual, muy natural. Simplemente Riki cada vez iba un paso más allá. Impuso el sacrificio y recompensas. Disfruté de ambas.

Instruí por él. Apliqué castigos por él. Maté por él.

Estaba tan absorbida que jamás fui consciente de los horrores que se perpetraron en aquella comuna. Los ritos de iniciación. Las violaciones. Fui parte de ello. Ahora te podría decir que no era yo realmente, pero sé que sí lo era.

Estuve con él hasta el final, hasta que nos sacaron de allí. Vi el incendio desde la ambulancia. Grité como si me estuvieran arrancando el alma. Así lo sentía.

A pesar de los años que llevo de desprogramación, sé que no he vuelto a ser quien era antes de conocerlo. Nunca lo seré del todo. Aunque ahora soy capaz de ver todo aquello con algo de distancia.

Pero la realidad es que igual que Riki ya no esté con nosotros. Sigo siendo su Reina.

#265

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Dos hombres se encontraban perdidos en el mar,  a bordo de una barca. Habían sufrido el naufragio de su barco. Llevaban días allí sin comida ni agua, bajo un sol abrasador, con la piel escamada y el salitre pagado a sus barbas.

Uno de los dos hombres comenzó a clavar violentamente un cuchillo que portaba contra el fondo de la barca hasta que hizo un agujero. El otro náufrago, horrorizado, empezó a gritarle y a preguntarle, histérico, el porqué de ese comportamiento.

“Es mi parte de la barca”, dijo tranquilamente el hombre sin dejar de hundir su cuchillo contra la barca, mientras esta se hundía inexorablemente. “Respétame”.

Gracias, Paul, por la inspiración. 

#264

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Mi celda de 6 metros cuadrados se encuentra en una de las prisiones de más alta seguridad del mundo. Aquí comparto módulo con terroristas de Al Qaeda o psicópatas con decenas de víctimas a sus espaldas. Desde la ventana de mi celda solo puedo ver el cielo, para no ubicar la prisión y así no poder planear una fuga. No hay muebles como tal. Mi cama, el retrete y mi escritorio son de hormigón, parte de la estructura del habitáculo. Paso en esta celda 23 horas al día y la hora restante que soy trasladado al patio la paso siendo a solas, siendo vigilado por tres guardias. La paso esposado. Se me permite fumar (sin filtro, para evitar hacerte cortes) durante esa hora, pero lo dejé hace tiempo. La carne nos la dan deshuesada y sobre todo comemos dieta blanda. Son prevenciones para que no te suicides o no puedas usarlo como arma. Pocos son los que conservan la cordura en estas condiciones. Acaban arrojando sus heces a los guardias o estrellando su cabeza contra las paredes para perder la conciencia.

No me permiten tener correspondencia. No sé nada del mundo exterior. Solo me permiten la lectura. Leo una media de tres libros a la semana. Aquí tienen una excelente biblioteca.

Os preguntaréis que por qué estoy aquí, considerado un peligro público. Yo no he matado a nadie, objetivamente no he cometido ningún delito. Lo único que hice fue escribir un libro. El Libro. Aquél que inspiró a tantos y que creó tantos quebraderos de cabeza a este sistema. Hicieron todo lo posible para considerarme autor intelectual de los hechos. Yo no lo negué. No tengo nada de qué arrepentirme.

Ahora piensan que me han encerrado. Me resulta incluso tierno que lo consideren así. No saben que yo ya no estoy en estas cuatro paredes. Me fui hace mucho tiempo. Dejé esa cárcel y lo que está ahí ahora es tan solo una cáscara vacía. Yo no estoy ya ahí. Yo soy libre. Estoy en todas partes. Estoy en cada uno de los que lee mi libro bajado clandestinamente de internet. Estoy sembrando cada semilla que está a punto de germinar.

Estoy también dentro de ti.

#263

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Estaba siendo una buena mañana. Un día soleado, buena temperatura, el café caliente y el recuerdo del buen sexo en el jacuzzi de la noche anterior. Aquella llamada de teléfono lo había jodido todo. Se llevó la taza caliente a los labios mientras daba al botón del manos libres. Cerro los ojos para que su nariz se inundara con el aroma del expreso recién hecho. Era Mike, del Post. Su mejor contacto en aquel periódico.

–Mike, no sabía que trabajabas de día.

–Muy gracioso Little John, para ser lunes. ¿Estás sentado?–a John Goldman le molestaba mucho que le llamara Little John ese chismoso que se creía periodista. Pero se calló porque estaba de buen humor.

–Sí, ¿por qué? ¿Quieres meterte bajo mi escritorio y bajarme la cremallera?

–Quizás luego, Johnny, esto es serio. ¿Cuánto hace que no hablas con Tom Leigh? ¿Sigues llevando su comunicación?

–Claro que llevo su comunicación. Dirijo hasta los mensajes que le manda a su mujer. ¿Qué pasa?

–Mañana el Post va a publicar una exclusiva y por lo que veo, ninguno de vuestra oficina sabe una mierda porque nadie ha contactado con nosotros. ¿Sabes donde está él?

–Barbados, la semana que viene empieza un rodaje y quería cargar pilas. Publicaremos algunas fotos en un par de días, en cuanto nos mande algo. Ya sabes que se lo filtro todo porque tiene una facilidad acojonante para meter la pata en redes. Me estás asustando Mike.

–Creo que ha hecho algo más que meter la pata. Alguien nos ha hecho llegar mensajes, videos… de todo.  Va a salir una buena montaña de mierda. Te llamo para que te vayas preparando porque te debo varias. Me parece que es lo justo.

–Mike, seguimos hablando del puto Tom Leigh, ¿verdad? Nominado al Oscar, padre ejemplar. Está limpio como una patena.

–Sabes que eso es mentira. John, estás hablando conmigo, no es un comunicado de Twitter.

–¿Qué vais a sacar?

–Pues todo John, los federales se lo van a follar en cuanto aterrice. Van a conseguir una orden de registro. John, he visto los videos y son horribles. Dime que no sabías nada de esto, por favor.

–No. Créeme. Sabía que podía haber algo sucio, pero nada más que mensajes y alguna cana al aire. Dios, es un completo imbécil.

–Esto no son canas al aire, esto es otra cosa.

–Mierdamierdamierda. Oye, Mike, mándame lo que puedas. Necesito tener algo con lo que poder trabajar.

–Lo intentaré. Tenéis el día de hoy para prepararos… habla con los de la peli nueva, porque se va a joder todo. Avisa a todo el mundo. Y a él… bueno, si aterriza aquí le espera un mono de color naranja y si se demuestra toda esta mierda, la perpetua.

John sintió como si el teléfono pesara una tonelada. Colgó tras despedirse escuetamente del periodista. Estaba siendo una buena mañana. Y ahora todo era un incendio.

Lo único que quería era ver a su mayor estrella, Tom Leigh.

Y poder estrangularlo con sus propias manos.

#262

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Qué mal momento para pinchar una rueda. En aquella autovía, con aquel tráfico infernal. Igual no había sido tan buena idea ir por ahí para ahorrar tiempo.

“Ve siempre por carreteras secundarias.”

Y ahora tenía que salir ahí fuera. Nunca había cambiado una rueda, tampoco sabía cómo iba a poder hacerlo. No podía parar de sudar. Su corazón hacía lo posible para salir fuera de su pecho.

“Revisa que el coche está en perfectas condiciones, ruedas, aceite, gasolina. Todo.”

No tenía ni siquiera chalecos de esos reflectantes. Dios, esperaba no morir atropellado en aquella puta autovía. Pero no podía abrir el maletero. No allí.

“No llames la atención, papeles en regla, que todo esté limpio.”

Maldijo cuando vio aproximarse aquel coche de la Guardia Civil. Observó cómo ponían los intermitentes para salir de la calzada y detener el vehículo detrás del suyo. Bajaron del coche y empezaron a dirigirse a él, saludando con la mano, de manera afable.

“Y sobre todo, mantente lo más alejado posible de la policía. De nuevo, te repito, no llames la atención.”

Empezó a rezar, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo. Solo deseaba que ocurriera algo. Un milagro.

“Recuerda: nadie, nadie, ni siquiera tú, debe abrir este maletero. ¿Lo has entendido bien?”

 

#261

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He decidido mudarme de la ciudad. Ahora mismo es literalmente un infierno vivir aquí. Es una pena, porque la verdad es que mi trabajo me gusta, gestionando cuentas en la agencia de publicidad. Y tengo un buen apartamento. Y gano bastante dinero.

Pero hay días que moverse por el centro es imposible, y no precisamente por el tráfico. Varios días a la semana hay calles cortadas porque han sido arrasadas en algún disturbio. El monorail intenta ser volado al menos una vez al mes. La ciudad tiene el mayor índice de delincuencia del país. Lo cual significa, a efectos prácticos que una de cada dos personas que había la ciudad ha sido víctima de un crimen en algún momento. Yo, que trabajo en el centro, he sido atracado una docena de veces y viví dos situaciones como rehén. Hay sobrepoblación de criminales y las autoridades siempre han estado totalmente desbordadas. Al menos hasta que apareció él. Pero realmente las cosas no fueron a mejor. Al principio sí, pero luego no.

El problema es que al surgir un tipo disfrazado que combatía el crimen vino acompañada por la aparición de otros tipos disfrazados que ya no se conformaban con robar bancos. No solo supuso que no descendiera la delincuencia, si no que el problema empezó a ser que fuera más probable que un psicópata disfrazado de payaso quisiera volar la ciudad tres veces por semana que el que te atracaran o asesinaran en el metro.

Incluso mi apartamento fue medio arrasado como daño colateral en una lucha entre supercapullos de estos. El seguro incluyó una cláusula en la que no se hacía responsable de los daños producidos por superhéroes o supervillanos. Creo que ahí empecé a pensar seriamente en mudarme.

Lo último que me apetece es acabar atropellado por el supercoche de un tipo disfrazado de murciélago en una persecución contra un tipo disfrazado de pingüino. No sé quién está más zumbado de todos.

De verdad que vivir en Gotham es una auténtica mierda.

#260

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El negocio no iba bien. Había empezado siendo un trabajo sencillo y con pocos sobresaltos. Normalmente conseguir los encargos que le pedían no era excesivamente complicado. La mayoría de veces eran cosas que podían obtenerse por cauce legal, solo que ella era más rápida consiguiéndolo. Su mercado era principalmente zonas periféricas del Imperio donde todo iba un poco más lento. Ella se desviaba de las rutas amables (llamadas así porque eran bastante seguras) para transitar por zonas más volátiles y peligrosas, a menudo plagada de bandoleros. Había aprendido a moverse rápido y a ser casi invisible. También había aprendido a no aceptar encargos que tuvieran algo que ver con la tecnología sagrada que solo podían utilizar los fieles al Imperio. Eso siempre significaba problemas. Era siempre mejor no jugar con fuego y sobre todo, tener lejos al Imperio. Pero la realidad era que el negocio no iba bien. No era un buen momento para ser contrabandista. La delincuencia, debido a la decadencia en la que estaba sumida el Imperio, se había intensificado mucho, incluso en las rutas amables y hasta a ella le estaba constando mucho encontrar y transportar las mercancías. Por eso había tenido que obviar su norma de no interferir en asuntos de El Imperio. Era una gran suma de dinero y ya le habían pagado una parte.

Armas del Imperio. Aquello era como tener ascuas ardiendo en las manos. No quería saber ni de dónde habían salido (más bien, de dónde habían sido robadas) ni cuál era su destino (lo sabía perfectamente, iba a ir a alguna célula revolucionaria que estaba empezando a preocupar al Emperador). A ella le iba bien porque no hacía preguntas. Nunca quería hacerlas. Se dijo que solo era un trabajo más y que simplemente debía de llevar un poco de más cuidado que de costumbre. Y ser un poco más invisible.

Sabía que el Imperio tenía ojos por todas partes. Tendría que ir por los arrecifes. Incluso por el páramo. Aquello le erizó el vello.

Terminó de cargar la mercancía y cerró con un fuerte golpe el compartimento de su oxidada nave. Sabía que esto iba a acabar mal. Ojalá tuviera alguna otra opción.

#259

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El tipo para el que trabajaba se había mudado de su viaja casa a un hotel en pleno corazón de la ciudad. No era un hotel cualquiera. Era un monstruo de hormigón con más de 600 habitaciones. Lo había elegido sin duda porque nadie hacía preguntas. Aquel agujero era un nido de yonkis, prostitutas y cosas peores. Lo único que se pedía eran los 15 dólares que costaba la noche. Lo demás era indiferente. Rara solía ser la semana que no encontraban un cadáver en aquel lugar, ya fuera una sobredosis o un asesinato. Aquello era el paraíso para un psicópata. Sus pasillos mal iluminados y sus habitaciones anodinas y sucias cobijaban a lo peor de la condición humana. Incluido su jefe. Allí no le hacía falta tener bolsas de sangre. Podía alimentarse de los huéspedes, pero prefería no hacerlo. Odiaba la sangre inundada de narcóticos. Ahora su trabajo consistía en llevar a gente allí, almas perdidas.  El único requisito era que pudieran estar limpias.

Llevaba consigo a un chaval que hacía la calle que había jurado y perjurado que llevaba meses sobrio. Lo llevó a la habitación. Duró poco. Cada vez se le hacía más cuesta arriba aquel trabajo. Una cosa eran las bolsas de sangre, otra era proporcionarle gente viva. Pero ahora que había perdido su trabajo en el hospital, se veía obligado a hacer cosas que jamás hubiera creído que podía perpetrar. Ahora iba a ese hotel todas las semanas. Cada vez sentía que perdía algo por el camino. Cada vez más se sentía como una marioneta.

–Antes de irte, tengo que hablar contigo– dijo su jefe, desde algún lugar indeterminado en la habitación, que estaba totalmente a oscuras.

–Tú dirás–dijo él, encendiendo un cigarrillo.

–¿Crees que te pago lo suficiente?

–Tuvimos esta conversación hace ya tiempo. Y solo volví a sacar el tema cuando me quedé sin el curro. Te dije que me la jugaba y se cerró el grifo. Pero sí, no me quejo.

–¿Y por qué me vendes, entonces?

Se hizo un silencio sepulcral. Estuvo a punto de que se le cayera el cigarrillo de las manos.

–Oye, te lo puedo explicar…–. Se fue alejando sutilmente hacia la puerta.

–¿Venderme a otros vampiros? ¿Revelar mi ubicación? Espero que el precio haya valido la pena.

La puerta se cerró sola tras un gran golpe. Había olvidado que podía hacer esa clase de cosas.

–Sabes, me veo saciado, pero creo que puedo beber un poco más. Al fin y al cabo, tendré que celebrar que es mi última noche aquí.

Si quieres saber más sobre esta historia, puedes leer, si no lo has hecho ya, el microrrelato #71.

#258

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“¿Y si ya no se me ocurren más ideas?” se preguntó un día, llenándose de horror. Ahora que las cosas iban tan bien, ahora que había publicado dos novelas, unos cuantos guiones y estaba recibiendo el anticipo de una tercera novela. Todo había ido tan rápido que hasta ese momento no se había tenido que plantear esa cuestión. Esa nube se disipó porque parecía que el día de que la fuente de ideas se secara parecía lejana o inexistente.

Y ese día llegó. Y eso lo forzó a llamarlo. No quería, sabía lo que significaba. Sabía el precio que tendría que pagar. Deseó nunca haber llegado a esa situación. Descolgó el teléfono. Pudo sentir como una sonrisa se dibujaba al otro lado de la linea.

–Tenía el presentimiento de que me ibas a llamar–dijo una voz algo distorsionada y cargada de estática al otro lado.

–Veo que disfrutas con todo esto–dijo él, escupiendo las palabras.

–No es un crimen disfrutar con tu trabajo. Imagino que tú disfrutas con el tuyo. Bueno, lo hacías, de lo contrario no estarías llamándome.

–Solo dime si puedes ayudarme.

–Sabes que sí. ¿Sabes también cuál es el precio?

–Sí–respondió, lacónico.

–Ah, no te molestes en correr, ni esconderte. No funciona así. Siempre sabré donde estás. ¿Has oído alguna vez eso de que aunque mires a hurtadillas tu reflejo en un espejo, el reflejo te mira directamente a los ojos? Pues conmigo ocurre igual.

Se oyó una risa quejumbrosa y rota a través del teléfono. Luego ya no es escuchó nada más.

 

#257

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Zeus observó desde el borde del monte Olimpo cómo los humanos escalaban tratando de llegar a la cima, con los ojos llenos de ira y las gargantas arrojando gritos de revolución. Iban armados con antorchas humeantes.

Nunca le habían parecido tan lejanos y diminutos como en ese momento.

#256

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Se movía casi a rastras a través de la nieve, sin sentir sus extremidades. Estaba exhausto y respiraba con dificultad, pero incluso al límite de sus fuerzas, el horror le empujaba a seguir huyendo. La sangre de sus heridas teñía el blanco manto y puro de rojo escarlata. Toda su expedición había perecido en lo alto de aquella montaña. Nunca debieron de entrar en aquella cueva. Ni despertar a los horrores que cobijaba. Cada poco echaba la vista atrás para asegurarse de que aquellas inconcebibles monstruosidades no lo perseguían. Nada iba tras él, solo el silencio y el aire helado.

Aún así, sabía que su recuerdo, si sobrevivía, lo perseguiría hasta el fin de sus días.

#255

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Había gente que se refugiaba en ese hotel para colocarse y perderse entre la bruma, otros para desaparecer de la opinión pública y de la luz del día. Otros iban para perpetrar sus crímenes con impunidad. Yo elegí aquel lugar para escribir y para escapar de mis fantasmas. Huí de ellos y encontré otros. Aquella estancia se volvió tortuosa. Recuerdo que el aire era verde. No creo que ya ni siquiera fuera aire. No distinguía del día de la noche. Aquel hotel era un enjambre de habitaciones que contenía un alma perdida. Y yo era una de ellas. Y no me encontré jamás.

#254

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Son las 8:40 de la mañana y ya está siendo un día de mierda. Desde las 8 de la mañana al teléfono. Pienso, una vez más, que debería dejar ese trabajo. Tengo 32 años y ya me han diagnosticado hipertensión. Voy al gimnasio de la oficina, he reducido el café. Incluso he dejado un poco la comida rápida, aunque esa mañana me haya comido dos donuts grasientos. Pero sé que mi mayor problema es el estrés en el trabajo. Hemos caído dos puntos en bolsa y parece que haya una alerta nacional. He salido de mi cubículo y me he ido a las escaleras de la planta simplemente para no escuchar mi teléfono. Los ojos me arden y veo danzar los números del ordenador incluso con los ojos cerrados. Echo de menos fumar. No es posible que sea tan temprano y ya esté tan quemado. Y solo es martes. Llegaré al viernes posiblemente a rastras y pasaré todo el maldito fin de semana sin querer mover un músculo. Y sé que a Helen eso le cabrea muchísimo, pero realmente creo que ya no doy más de mí. A veces incluso pienso en saltar desde este maldito edificio.

Respiro y me levanto y procedo a volver al trabajo. Miro por la ventana de la planta, veo toda aquella maldita ciudad a mis pies. Y veo algo extraño. Algo que se aproxima velozmente, como una mancha borrosa.

Pero no es una mancha. Es un avión. Y se dirige directamente al edificio.

#253

By microrrelato No Comments

Aquel club estaba medio vacío. La estridente música golpeaba con fuerza su pecho mientras él se adentraba en aquella estancia larga y tenuemente iluminada, surcada por fogonazos de focos, destellos de bola de espejos y breves explosiones de flash.  Todo el mundo parecía rehuir la mirada. Aquel club parecía el sitio perfecto para esconderse del mundo real y perderse en cualquier vicio o perversión. Justo lo que necesitaba.

Se acercó a la barra y pidió una ginebra con tónica. Se la sirvió un tipo con la cabeza afeitada e hipermusculado. Sirvió su bebida, él tiró un billete y el camarero le respondió con un leve gesto con la cabeza. Echó un vistazo al panorama. Era bastante decadente. Se vio reflejado en uno de los espejos de la sala, vio sus facciones marcadas debido a los días sin dormir. No se dio cuenta que detrás de él había alguien. Se volvió y allí estaba ella. Pálida y con los ojos como agujas. Los labios intensamente rojos y brillantes, como un sofá de skay. Tuvieron una breve charla anodina. Él sintió una especie de ardor interior, como una fiebre. Le preguntó a ella si sabía si podía pillar algo por ahí. Ella le dijo que le acompañara al aseo. Apuró su bebida, que derramó por la comisura de su boca y siguió a aquel cuerpo, embutido en un ajustado mono de cuero. En el aseo vacío, ella empezó a devorarlo. Mordió su oreja y él sintió que se deshacía como una pastilla efervescente. Ella le susurró que conocía a alguien, pero fuera del club. “Vamos a pillar algo de un amigo y nos divertimos en tu casa, ¿quieres?” le preguntó mientras con una mano sujetaba su cara y con la otra acariciaba su entrepierna.

Salieron por la puerta de atrás, que daba a un sucio callejón mal iluminado. Se lamieron con frenesí, apenas pudiendo caminar. Él le preguntó si su amigo estaba lejos y ella se rió burlonamente. Él la agarró con fuera por la cintura y ella se revolvió como un animal salvaje. Se abalanzó contra él y embistió contra su cuello. Empezó a emanar sangre a borbotones. Él emitió los últimos estertores de vida mientras ella lo agarraba fuertemente.

El camarero calvo salió a la calle y empezó a gritar.

–¡Mierda, Sally, lo sabía! ¡Te he dicho muchas que no caces tan cerca del club, joder!

Sally lo miró mientras limpiaba la sangre de su cara con la mano. Cambió su rostro, como si de repente notara algo muy desagradable dentro de ella.

–Siempre se me olvida no cazar yonkis, ahora voy a pasar una noche de mierda.

–Jódete, Sally–dijo él, ya muy cerca de ella–llévate esa basura y espero no verte por aquí durante un tiempo. Hay un pacto y lo sabes.

Sally empezó a levitar, cargando el cuerpo inerte.

–Lo sé, cariño. Tranquilo. Si vuelves a verme por aquí, será porque te quiero dar un bocado a ti.

#252

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La puerta de la pequeña cafetería del Soho se abre y un hombre se adentra con paso tranquilo, casi cansado. Se sienta en la mesa ocupada por un hombre espigado y con gafas de sol, que lee un libro frente a una gran taza de café humeante. Casi ni se percata en la presencia del tipo que se ha sentado frente a él. Antes de que pueda decir una palabra, el sujeto que acaba de llegar comienza a hablar.

–Hola John.

–Eh, hola, imagino que quieres un autógrafo–dice John desinteresadamente volviendo al libro. Ni siquiera le ha extrañado que le reconociese. Todo el mundo lo reconoce, aunque en Nueva York ha podido volver a ser, en cierta medida, solo él mismo.

–La verdad es que no–John levanta la vista de nuevo para observarlo con sorpresa y una leve sensación de terror.–Verás, voy a ser muy directo contigo.

–Oye, me estás asustando, creo que será mejor que te vayas.

–Sí, solo será un momento–le interrumpe el hombre–. Mira, esto ha pasado muchas veces. Más de treinta. Lo he intentado todo. Advertirte, intentar que no estés en esa calle. Incluso me he encargado de él. Da igual, el resultado es siempre el mismo. No puedo impedir que las cosas sucedan como tienen que suceder.

–¿De qué coño hablas, tío?

El hombre respira profundamente y cierra los ojos.

–Viajo en el tiempo. Estamos haciendo pruebas, es algo que está en fase experimental. Yo decidí viajar hasta aquí, Nueva York en 1980. Al principio creíamos que no debíamos alterar las lineas temporales, pero nos dimos cuenta de que es irrelevante, hagamos lo que hagamos, hay eventos que van a suceder siempre. Lo llamamos “eventos clave”. Tu muerte es uno de ellos.

–¿Mi muerte? Tío, creo que estás loco y voy a llamar a la policía.

–Eso tampoco servirá de nada, por cierto, también lo he probado. Así que solo he venido para decirte que… que no pierdas el tiempo, ¿vale? Una de estas veces me dijiste que te gustaría volver a llamarlos, ya sabes, a Paul y George.

John se queda en silencio, con el rostro petrificado. El hombre continúa.

–Hazlo, John, cuanto antes. No sé cuando sucederá, podrá ser antes o después. Va cambiando. Pero ocurrirá. Hazlo mientras puedas, por favor. Y aprovecha la vida mientras puedas. Llevas cinco años jodido, lo sé, pero debes aprovechar hasta el último minuto. Y ahora me voy, esto no dura mucho tiempo. Me ha gustado volver a verte.

–Pero es la primera vez que te veo…¿no?–dice John, mientras el hombre sale de la cafetería. No recibe respuesta.

John se queda pensativo. Un loco sin duda. Pero le ha dejado una sensación extraña.

Tenía la idea de llamar a Paul esos días. Esa noche lo hace. Quedan para reunirse la semana siguiente.

 

#251

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Paola tiene la mirada clavada en el ordenador, pero la realidad es que no está mirando la pantalla. Está en otra parte, en otro lugar. Un lugar en el que las cosas son más sencillas. Tenía que emplear mucho esfuerzo para recordad cómo había empezado todo. Ella estaba más o menos bien (dentro de lo que puedes estar bien en un trabajo de mierda de 10 horas en el que realmente te pagan 8 y tienes aún que dar las gracias porque te pagan puntualmente). Más que bien, la palabra que mejor lo definiría es resignada. Y entonces entró ese nuevo directivo, con ademanes felinos, sonrisa barata,  perfume barato e ínfulas de tiburón de pecera. Pero se había camelado al jefe, como un encantador de serpientes. El jefe solo veía el camino dorado que este imbécil le había asegurado obtener. La realidad es que esos resultados no llegaban pero había que reconocer que labia tenía. Tenía al jefe meciéndose en su bolsillo, a base de comilonas y visitas frecuente al aseo. Lo que para él era gestionar el resto del mundo lo llamaba despotismo. Porque si algo se le daba bien, además de engatusar era el ser un auténtico hijo de puta con los empleados. A todos nos iba tocando una visita a su despacho, como si aquello fuera un matadero y nosotros los marranos. Hasta que le tocó a Paola. Que no rendía lo esperado, que aquí están las cifras, que su puesto pendía de un hilo. Escuchó palabras como inútil o prescindible, escupidas desde una sonrisa venenosa. Ese hilo lo fue estirando hasta que a Paola se le llenaron los ojos de lágrimas. Ahí además escuchó histérica y emocional. Ella solo pensaba en como apestaba aquel perfume.

Paola salió de aquél despacho tocada, aunque no hundida.

“No puedes hundirme, hijo de puta”, dijo para sí misma con los dientes apretados mientras volvía a su escritorio. Y luego vino el vacío, el que veía en la pantalla de su ordenador. Paola ya no estaba en aquella oficina. Ni siquiera en aquella ciudad. Estaba muy lejos. Ni siquiera oyó a su compañero cuando le hablaba. Volvió como si despertara de un sueño. Le había preguntado si todo iba bien. Ella respondió que sí.

Se quedó dudando unos momentos y envió un mail. Cogió su bolso y se marchó. Paola no andaba derrotada, Paola andaba como si pisara un campo de cadáveres.

Lo bueno de trabajar como procesadora de datos es que tienes acceso a todos ellos. Ella lo tenía. También a los datos feos que nadie quiere que veas. Los que cualquier periódico quiere publicar cómo escándalo empresarial. Los que había mandado a su amigo de la infancia que trabajaba en un importante diario digital.

–Nos vemos el lunes–dijo su compañero con Paola ya en el ascensor.

–Yo sí os veré a vosotros–dijo ella con una sonrisa indescifrable.

#250

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La cabeza le iba a estallar. La poca luz que entraba en la habitación le hacía daño. Su cerebro parecía flotar en líquido amniótico. La sensación era como estar en un barco. Las ganas de vomitar, al menos, eran similares. Abrió los ojos, ardiendo de rojez. ¿Qué había pasado? Se encontraba en una habitación desconocida, algo impersonal. ¿Era el día siguiente ya? Los pensamientos entraban atropelladamente en su cabeza, todos desenfocados y ruidosos. Recordaba que la tarde había empezado bien, unas cervezas que se fueron alargando. Sabía, dentro de él, que tenía un serio problema de autocontrol. Había un momento de la noche, con tantas copas de más como para poder enumerarlas en el que todo se había fundido a vacío. Recordaba haber conocido a alguien, en algún club ruidoso y desconocido. Recordaba su boca y su sonrisa. ¿Le había llevado ese chico a su casa? No podía recordar nada. Dudaba haber podido follar, con lo borracho que iba. O puede que no. Le vino, como un rayo, una imagen de su mano abierta sosteniendo una pastilla. Posiblemente hubieran habido más cosas también. Se conocía demasiado bien.

Se desplazó lentamente por la habitación, con las piernas temblando y apoyándose en las paredes. Abrió la puerta del baño. Notó como el vómito trepaba por la garganta, como la lava de un volcán en erupción. No pudo evitar arrojar todo lo que llevaba dentro en el suelo de la habitación. Perdió completamente las fuerzas e intentó aferrarse a algo, temiendo estar a punto de desmayarse. La sangre destacaba llamativamente contra los azulejos blancos e impolutos del baño.

El pánico lo estrangulaba. No podía recordar absolutamente nada. Solo aquella sonrisa. No recordaba nada de lo que pasó en aquella habitación. Observó, de refilón, la mano inerte en el suelo del baño, rodeada de un gran charco viscoso y negruzco. Tuvo que apartar la mirada. Las ganas de vomitar volvieron.

Encogido, en una esquina de la habitación, puso todo su esfuerzo en ordenar sus pensamientos.

La risa, sí, resplandeciente. Era atractivo. Habían ido a su casa, metiéndose mano en cada esquina oscura. Unas escaleras destartaladas. Un pasillo estrecho. Puede que pusiera más intensidad de la que esperaba. Joder, iba muy cargado.

Recordó el “no”. Tan tajante y directo. Y recordó la furia, la ira, pero no era una imagen, era como un sabor. Era como un sabor a ascuas ardiendo. Odiaba que se rieran de él, que lo humillaran. Y actuó como un animal salvaje.

Volvió a vomitar.

No entendía cómo le podía haber pasado eso a él. Él era buena persona.

#249

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El viejo Rey murió y dejó en herencia su reino al mayor de sus hijos, decisión con la que no estuvo de acuerdo el hermano menor. Con todavía el cuerpo tibio del Rey en su lecho, comenzaron una guerra fratricida por la corona.  El reino ardió como consecuencia de la larga guerra. La peste, el hambre y la desolación campaban a sus anchas por toda la ahora ya yerma tierra. Los dos hermanos habían destruido, con su pugna por el trono, todo lo que su padre había construido.

Lo importante, pensaban ambos, no era heredar aquel pequeño reino. Lo importante era no dejar nada que pudiera reinar el otro.

#248

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El primer día de clase siempre le ponía nervioso. Se le hacía un nudo en el estómago cada vez que tenía que entrar por primera vez en aquel edificio. Cruzaba por la puerta aferrado a sus libros como si fuera un salvavidas, manteniendo la cabeza gacha, con la esperanza de ser invisible para el resto. El camino por los pasillos se hacía largo y tortuoso. Podía sentir las miradas. Las risitas. Los comentarios. Los motes. Odiaba ser profesor en aquel instituto y cada curso se hacía una montaña más difícil de escalar.

#247

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Margaret Strapton fue la primera actriz en ceder todos los derechos de su imagen digital para poder ser usada en películas y publicidad. Escanearon su imagen y voz (en aquel momento la actriz, en el punto más alto de su carrera, tenía 34 años). Margaret se retiró de la interpretación poco después, pero su versión digital siguió apareciendo en series, películas y anuncios. Margaret fue envejeciendo, mientras su imagen en la pantalla seguía manteniéndose impasible.

Compró una granja y se dedicó a criar caballos. También a viajar.

Una vez, cuando contaba con 64 años, se encontró viajando a París. Se quedó un largo rato contemplando una inmensa lona que cubría la fachada de un edificio. Su imagen estaba ahí, a punto de darle un mordisco a un trozo de pizza.

Ella jamás había comido pizza, no le gustaba. ¿Y ese peinado? Era terrible.

Margaret siguió caminando. A veces pensaba si había hecho lo correcto firmando ese contrato. La verdad es que ahora ya le daba un poco igual. La persona de la lona era una completa desconocida para ella.

#245

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La foto estaba un tanto desenfocada. Los negros habían virado a rojizo, velados por el tiempo. Entre el grupo de jóvenes retratados vio en ella a uno de ellos de aspecto insolente, sonriendo con la seguridad de alguien que tiene  todo el tiempo del mundo, de poder tenerlo todo al alcance de su mano. Sus ojos brillaban.

No lo reconoció.

Era él mismo.

#244

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Si me hace otra pregunta más sobre la puta serie, explotaré. Me levantaré, me dirigiré a este estúpido presentador y le haré tragar su estúpida risa junto a los dientes.

Fue hace, ¿25 años? ni siquiera recuerdo cuando acabó el show, solo recuerdo la sensación de quitarte una especie de tumor del cuerpo. Pero fui tan iluso que creí que aquello acabaría ahí y podría seguir con mi carrera, pero no. Hay éxitos que te elevan y otros que te condenan. Yo soy de los del segundo grupo. Creo que no ha habido ni un solo puto día desde entonces en el que alguien no me haya hecho referencia o me haya preguntado por la serie. Era solo una estúpida sitcom, joder. Risas enlatadas, chistes malos, decorados de casa enorme de cartón piedra y un personaje, el mío, con una frase recurrente. Ni siquiera disfruté aquellos años porque me los pasé borracho o colgado. Tenía la lucidez justa para decir mis frases. Hubo capítulos en los que apenas me mantenía en pie. Necesitaba estar en otra parte cuando estaba metido en ello y cuando terminó, estaba más metido en ello que antes porque nadie deja que olvide todo aquello. Que pase página. Simplemente, no me lo permiten.

Y ahora estoy aquí, en un programa de entrevistas de estos que te sientan en un sofá y te dicen que te sientas en tu casa pero me siento en lo opuesto a estar en casa. Me siento en un zoo y yo soy un mono al que tirar cacahuetes a cambio de un baile.

Y ha llegado el momento inevitable. Me ha pedido que diga la frase recurrente. El público está coreando y yo me siento en un bucle continuo desde hace ni sé el tiempo. Creo que acabaré mis días diciendo esa puta frase. Lo pondrán en mi lápida.

Si no hubiera tomado todos estos martinis podría lidiar con ello. Casi me daría igual. Pero parece ser que el vaso se ha desbordado. Así que, bueno, quieren espectáculo, ¿no? Quieren la puta frase ¿no?

Pues tendrán espectáculo.

Me levanto y me empiezo a acercar lentamente al presentador. Veo cómo su rostro vira a cámara lenta, percibiendo un rayo de duda y estupor en sus ojos. Se empieza a hacer el silencio.

¿Quieres la frase? La tendrás. Y más cosas.

#243

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A Alba la llamaban Pumuki, como aquel personaje de televisión de los 80, en el colegio.  Tenía, como él, el pelo rizado y rojizo, casi incandescente. En vez de enfadarse por ello, abrazó el apodo y lo convirtió en pseudónimo. Hasta su madre acabó llamándola así. También su hermana pequeña, Sara.

Pumuki era una apasionada del arte y acabó estudiando Erasmus en Florencia, para poder especializarse en grabado, que era su técnica favorita. También era lesbiana y acabó teniendo una relación con Jennifer, una estudiante norteamericana.

Jennifer fue asesinada en el apartamento que ambas compartían en una zona céntrica de la ciudad. Pumuki tuvo la desgracia de no tener una coartada sólida. Ella afirmó no haber pasado la noche en el apartamento porque habían tenido una fuerte discusión. El que ambas tuvieran una relación fue el elemento perfecto para que la prensa más sensacionalista encendiera su hoguera e hiciera de aquél trágico suceso un circo mediático. Crimen pasional, celos, relaciones abiertas… la prensa fue añadiendo elementos cada vez más grotescos y deformados.

Pumuki, Alba, pasó un año en prisión provisional para comenzar después un tortuoso camino judicial. No lo soportó. Alba, la que quería ser ilustradora de cuentos infantiles, se suicidó en su celda de la cárcel de Florencia, antes del fallo del jurado.

Poco importó que después la justicia diera con el autor material del crimen, el camello habitual de Jennifer que fue esa noche al apartamento. La prensa reflejó ya con poco interés este giro del caso.

Alba fue enterrada y Pumuki olvidada.

Excepto su hermana. Sara no olvidó. Sara tenía ardiendo en su mente como los medios de comunicación trató, con total frivolidad, el caso de Alba. Aquella estrella del programa matinal, aquél medio de comunicación.

Sara lloró en silencio durante el funeral de su hermana mayor, mientras en su cabeza empezaba a formularse la idea de venganza.

Pumuki tendría la última palabra.

Para obtener más información sobre “Pumuki” puedes leer el microrrelato #95 y #81 si no lo has hecho ya.

#242

By microrrelato No Comments

Los padres de Claudia se preocupaban mucho cuando viajaba en coche. “Avísanos cuando llegues”, le decía siempre su madre al teléfono. “Claro mamá, pero no te quedes despierta si no llamo” le respondía ella. Sabía que lo haría de todas maneras. Les aterraban los accidentes de coche. Ella lo entendía, así que intentaba siempre informar, sobre todo en los viajes largos, como era aquél. Llevaba muchas horas al volante y ya incluso había terminado la lista de podcast pendientes. Conducía ahora en total silencio entre la noche, no había apenas tráfico. Solo se escuchaba el ruido del motor.  Le faltaba muy poco para llegar, apenas 4 o 5 kilómetros, después de los casi 900 que se había hecho ese día. Estaba realmente agotada.

Pero ya quedaba muy poco, afortunadamente.

Decidió coger el móvil, ya que era una carretera recta y desierta. Redactó, con un ojo en la carretera y otro en la pantalla, un mensaje a su madre. Eso ya que se estaría hecho y así evitaba que su madre estuviera en vilo esperándolo.

Solo quedaban unos pocos kilómetros para llegar a casa.

“Ya he llegado, todo OK” escribió.

“Muy bien, descansa. Mañana hablamos (emoticono de beso)”

Claudia tiró el móvil al asiento del conductor y soltó un suspiro. Había dejado de mirar a la carretera.

De repente, una luz cegadora surgió de la nada y la deslumbró. El tiempo pareció detenerse. No le dio tiempo a reaccionar, ni siquiera a comprender la forma que se vertía ante ella. Escuchó una especie de claxon ensordecedor. Durante un microsegundo le recordó a las sirenas de los barcos que había visto en el puerto aquella mañana. Dio un volantazo hacia la derecha. El coche chilló.

Claudia cerró los ojos.

El inmenso camión pasó muy cerca de ella, sin dejar de tocar frenéticamente el claxon.

Se hizo de nuevo el silencio, la oscuridad lo envolvió todo de nuevo y Claudia se dio cuenta de que estaba llorando y no sentía los músculos de las manos, aferrados al volante casi hasta poder atravesarlo. Temblaba. Se dio cuenta de que se había salido de la carretera y ahora estaba fuera de la carretera, en un amplio arcén, que lindaba con un bancal cubierto de malas hierbas.

Instintivamente cogió el teléfono y llamó a su madre.

Necesitaba oír su voz. Y también contarle la verdad.

#241

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Los dos cuerpos se encontraron en la oscuridad de la noche. Sus órbitas se impregnaron la una de la otra hasta dar lugar a una órbita conjunta. Colisionaron inevitablemente, dando lugar a una explosión silenciosa que iluminó la negrura del universo. Se fusionaron, siendo uno durante un breve espacio de tiempo que pareció infinito. Se separaron con las primeras luces del alba para no volverse a encontrar jamás. Pero el movimiento celeste que crearon lo recordaron en sus mentes hasta el final de sus días.

#240

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Dos figuras se encontraban en lo alto de un escarpado precipicio, que miraba a un mar furioso y veteado. La noche empezaba a caer y dejaba un cielo pictórico con trazas púrpuras. Las figuras tenían las manos cogidas y la vista puesta en el horizonte.

Una de las figuras bajó la vista hacia las rocas de los arrecifes que surgían como colmillos expectantes.

–No lo tengo claro–consiguió decir.

–Joder, pensaba que ya habíamos pasado por todo eso. Creía que estaba todo claro.

–Yo también lo creía.

–¿Tienes dudas de lo que me dijo El Enviado de las Estrellas? ¿Después de todo lo que te he transmitido? ¿Con toda la confianza que tienen depositada en nosotros como representantes de la tierra?

–Sí, todo eso lo sé, pero tengo mucho miedo. Creo que va a doler mucho.

–Eso no es nada comparado con La Transformación. Pasar de plano dimensional es lo mejor que nos va a pasar. Somos únicos ¿qué es lo que no entiendes?

–Lo sé, lo sé. Y quiero hacerlo… pero…–miró de nuevo al fondo del arrecife. Las olas bramaban. Sus piernas temblaban y temía perder el equilibrio.

–Pero qué…

–¿De verdad crees que despertaremos en esa nave?¿Qué viviremos en aquel planeta como reyes para siempre como embajadores de la Tierra?

–Nunca he estado de nada más convencido en mi vida.

Se hizo el silencio. Solo se escuchaba al mar, intimidante.

Cerró los ojos y se preparó para el salto. Pensó que, pasara lo que pasara, aunque el único resultado fuera que su carne fuera desgarrada por el afilado arrecife, no sería peor que la anodina y triste vida que llevaba aquí.

Pensó en aquella nave espacial hecha de luz que había hecho efervescer su imaginación. Aquel paraíso en el lejano planeta.

Necesitaba que fuera verdad. Necesitaba que algo en su vida saliera bien. Se lo merecía ¿no? A pesar de lo que dijera su padre, él se merecía algo… algo que no fuera acabar como él.

Tomó la decisión. Respiró. Apretaron sus manos como te aferras a la cuerda de una linea de vida en la alta montaña.

Saltaron.

 

#239

By microrrelato No Comments

Convertirse en el mejor cocinero del mundo no había sido sencillo. Años de sacrificio y trabajo constante. Recordaba aquellos días de incluso dormir en el suelo de la cocina de su pequeño restaurante.

Luego, sus platos empezaron a ser mundialmente conocidos. Tenían lo que luego se denominó “el toque Yves” y que se había convertido en el secreto de su éxito. Un secreto celosamente guardado. “¿Cuál es el ingrediente secreto de sus platos, ese que los hace tan especiales?” le preguntaban y él solo respondía con una enigmática sonrisa. “Como si pensarais que todos esos años de ensayos y pruebas hasta llegar con la esencia más pura van a ser revelados así sin más, idiotas” pensaba Yves Laurent. El camino del cocinero estaba trufado de éxitos, premios, reconocimientos. Portadas de revistas, documentales, libros analizando su obra. Aún así, su ingrediente secreto seguía siendo un misterio.

Y nunca lo revelaría. Jamás. Era su más codiciado tesoro. También sabía que nadie lo entendería, que la gente que ahora disfrutaba e incluso se emocionaba con sus reaccionaría vehementemente escandalizada.

No están preparados para ello, no entienden que esto trasciende cualquier convención, que la esencia más pura no entiende de reglas, ni normas establecidas. Lo que también sabía es que cuanto más éxito cosechaba, más complicado era elaborar el ingrediente secreto. Seguía siendo arduo y complejo llegar hasta él.

Yves bajó al sótano privado de su cocina, aquel al que solo él (bajo clave numérica) tenía acceso. Abrió una cámara frigorífica y extrajo de él, con sumo cuidado, un pequeño frasco con un contenido blanquecino y denso. Los ojos se empañaron de lágrimas. Era el resultado de una reducción durante horas y horas de una materia prima inigualable. Pensó que no le quedaban muchas raciones y que debía de llamar a aquella mujer que cada vez le cobraba más por conseguir el producto. “Más riesgo, más dinero” decía lacónica. Aún así, daba gracias todos los días por haberla conocido y que le hubiera revelado aquél sabor extático.

Nunca agradecería lo suficiente a esos niños el ser la clave de que su cocina hubiera transcendido a ese nivel de excelencia. Cerró la cámara frigorífica y salió del sótano con una sonrisa en los labios. Se sentía pleno de poder dar a esas pobres vidas un sentido, una trascendencia. Un significado. Incluso le daban un poco de envidia. ¿Qué mejor destino podría tener alguien que el ser parte del mejor sabor conocido por el hombre?

#238

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Lo primero que hicieron al conquistar aquella árida región fue reducir a añicos todos aquellos ídolos paganos que eran una ofensa a la religión del único dios verdadero. Con ello, demostraron el camino a los infieles. Mostraron la verdad y la luz. No habría más falsa alegría en aquella tierra. No más libertinaje.

Convertirían aquella tierra en el pueblo elegido. El que está tocado y bendecido por la verdad. Aunque para ello hubiera que derramar sangre. Incluso de inocentes. La verdad tocaría los labios de los niños inocentes, aún sin vida.

Nadie dijo que el camino de la verdad fuera sencillo. Pero era glorioso. Y el resto del mundo, cuando la vieran, no tendrían más remedio de arrodillarse ante ella y aceptarla.

Y temerla.

#237

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El agente Paul detuvo el coche patrulla en el oscuro callejón. Echó una rápida mirada al asiento del copiloto y volvió la vista al frente antes de decir “baja e inspecciona el perímetro”.

Su compañero bajó del vehículo, entre sonidos dispersos de pistones y engranajes. A Paul no le hacía ninguna gracia ser parte de aquel maldito programa piloto. ¿Robots policías? ¿Era una broma?

Ni siquiera tenían forma humana. Eran como perros mecánicos, pero ni siquiera. No tenían cara, no podías empatizar con esa especie de licuadora con patas.

Pero eran implacables, eso sí. Lo había podido comprobar. Rápidos, fuertes. Letales.

Paul recibió un mensaje en la consola del coche patrulla. “Limpio. OK” decía escuetamente. Todavía no habían integrado el sistema de voz. Esperaba que no lo hicieran. Sería… raro hablar con aquella cosa, ¿no? ¿Y de que cojones iban a hablar? ¿Del partido del otro día? Dios, era de locos.

Paul bajó del coche y abrió la destartalada puerta que el robot policía había prácticamente destrozado. Vio los cuerpos inconscientes en las escaleras y empezó a subir hasta el siguiente piso.

“Bueno, lo que sí tengo claro es que prefiero tenerlos de nuestra parte” pensó mientras esquivaba el cuerpo inconsciente de uno de los traficantes, con visibles quemaduras producidas por la cola de aquel trasto, que terminaba en una pistola taser.

Se estremeció al pensar en cuanto tiempo faltaría para que los malos empezaran a tener trastos similares. Eso, sin duda, iba a joderlo todo todavía más, como si ya no fuera lo suficientemente complicado.

A Paul no le hacía ninguna gracia todo esto.

 

#236

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El cloro de la piscina emitía un olor intenso y dulzón. La depuradora acababa de ponerse a funcionar. El agua estaba cristalina, casi invisible. Los dos niños se apoyaban en una colchoneta a la que le faltaba algo de aire. Jadeaban, tras una larga sesión de juegos, capuzones y aguadillas.

–¿Conoces la historia de la niña a la que se la tragó una depuradora?

–¿Qué dices? eso no puede ocurrir, tío.

–En serio, le pasó a una prima de una amiga de mi hermana. Pregúntale a ella. Fue en la piscina municipal del pueblo. Era una cría pequeña.

–¿Pero qué pasó?

–La niña buceó, el filtro de la depuradora era muy potente y la arrastró hasta el fondo.

–¿Murió ahogada?

–No, fue peor.

–Venga, no seas flipado y cuéntalo.

–Cuando estaba en el sumidero, la chupó tan fuerte que la cogió de espaldas. Y le salieron todas las tripas.

–¡Qué dices, eso es imposible!

–El filtro la vació entera, se quedó sin intestinos y sin estómago. lo chupó todo. Nadie pudo hacer nada por ella, cuando el socorrista se tiró al agua ya era como un muñeco.

–Dios, que asco. Te digo que eso es mentira.

–Pues ten cuidado cuando te acerques a un desagüe de piscina, es lo único que te digo.

Se hizo el silencio y solo se oía el zumbido de la depuradora y el sonido del agua al ser succionado por los eskimmers.  Los agujeros eran oscuros y amenazantes. Les entraron unas súbitas ganas de salirse de la piscina.

 

#235

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Sé que escribo bastante sobre fantasmas. Es uno de mis recursos de terror favoritos. Lo que nunca he contado es que he tenido varias experiencias al respecto. Dos, en concreto.

He visto fantasmas, sí.

Una fue caminando, en una noche tan estrellada que era intimidante. Caminaba por la noche sin linterna por un camino poco transitado. A veces hago ese tipo de cosas.

Pasé por un grupo de casas y un coche apareció por el camino, deslumbrándome con los faros. En aquella pequeña fracción de tiempo vi lo que pareció inconfundiblemente la silueta de un niño, que atravesó como flotando el camino a poca distancia del coche. La silueta solo tenía cuerpo hasta la cintura. No tenía piernas.

Me quedé petrificado, porque de veras creí que aquel niño iba a ser atropellado por el coche. El vehículo pasó por al lado de mí, sin verme (podría haber parecido yo un fantasma para él) y sin dar muestras de haber visto nada que se cruzara en su camino.

Hecha de nuevo la oscuridad y el silencio empecé a buscar a aquel niño que entendí que estaría jugando al escondite o algo así. No vi a nadie. Entendí que era un efecto óptico y continué con mi camino. Pero no pude dejar de pensar que la silueta que había visto era totalmente nítida. Era un niño delgado y con pelo revuelto. Y no tenía piernas.

De la otra experiencia prefiero no hablar. En esa, incluso hablé con el fantasma. Aquello sí que no pudo ser ninguna ilusión.

 

#233

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Estábamos en aquel seiscientos, que empezaba a estar comido por la maleza y a ser adueñado por las telarañas. Carecía ya de ruedas y parecía un fósil en aquel paraje lleno de pinos y abetos de la casa de campo familiar. Había pertenecido a mi abuelo y ahora era solo chatarra inútil pasto de la vegetación implacable. Nosotros lo usábamos en nuestros juegos. A veces era una nave espacial. Otras, un autobús. Sus palancas y botones disparaban cohetes. Allí pasábamos las calurosas tardes de agosto, mientras las nubes surcaban el cielo acariciándolo.

Recordábamos cuando siendo mucho más pequeños, recorríamos de verdad con mi abuelo las viejas carreteras secundarias cuando salíamos de excursión. Aquellos días sabían a fresa y a albaricoque.

Allí, siendo ya un trasto destartalado fumamos nuestro primer cigarrillo.

Allí perdí la virginidad.

Aquel viejo coche nunca dejó de llevarnos de un sitio a otro, pudiera rodar o no.

#232

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Una vez me perdí en un hotel. Era un viejo y solemne edificio situado en lo alto de una colina en Cardiff. Parecía un enorme árbol seco. Su interior, anacrónico y descolorido, estaba bañado por una luz almibarada. Los destartalados muebles eran en su mayoría, de los años 70. Las paredes se desconchaban y la moqueta tenía motivos sinuosos y algo desdibujado. La humedad se adueñaba de todo.

Vagué un rato por los pasillos, con la llave en la mano hasta que concluí que me había perdido por aquél bosque de corredores y salas destartaladas. Deambulé por salones con las mesas recogidas, manteles de hilo amarillentos y un olor acre a polvo y aire viciado.

Pasé horas y horas deambulando por aquellas estancias. Parecía que lo único que conseguía era adentrarme más y más en el vientre del minotauro.

Conseguí salir de allí, parece ser. Pero no del todo. Una parte (una sinuosa y oscura) de mí sigue deambulando por aquél hotel descolorido, que estaba anclado en una pequeña colina.

#231

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Subieron las imponentes y robustas escaleras de la casa hasta el segundo piso. Una mujer los esperaba a los pies de los escalones. Tenia la cara cansada de alguien que lleva semanas sin dormir.

–La niña está en aquel cuarto del fondo– les informó con un hilo de voz.

Era la misma voz que había telefoneado a aquella pareja de psiquiatras infantiles. Les había dicho que era sobre su hija y era urgente.

–Nos habíamos acostumbrado a ciertas cosas y las habíamos asumido, pero desde hace días… todo se ha descontrolado un poco.

Vieron cómo desde el pasillo una grotesca forma aproximarse a ellos. Debía de tener más de un metro de altura. Parecía tener el cuerpo de oso de peluche, la cabeza de muñeca y aporreaba mecánicamente un tambor de hojalata. La figura parecía deshacerse hasta que quedó reducida a diminutas partículas.

Los dos psiquiatras se quedaron paralizados.

–Creemos que lo hace ella. No sabemos cómo, pero surgen cosas de la nada y son abominables. Tengo entendido que no es la primera vez que tratan con… niños especiales, por eso les he llamado.

Los psiquiatras se miraron.

–Condúzcanos hasta la pequeña, si tiene la amabilidad– dijo uno de ellos.

Entraron en la habitación, de paredes pintadas con un rosa suave y motivos infantiles. En la enorme cama la niña parecía diminuta. Alrededor de ella, diversos objetos flotaban en el aire, moviéndose en lentas órbitas.

–¿Recuerda los primeros síntomas, señora?

–Al principio no era nada muy preocupante. A veces hablaba conmigo sin hablar, no sé si me explico.

–Telepatía. ¿Y desde cuándo puede hacer aparecer formas de la nada o hacer levitar objetos?– solo hablaba uno de los psiquiatras, el otro apuntaba notas en su cuaderno.

– Desde hace unas semanas. A veces los arroja contra nosotros. Hace unos días hizo aparecer una versión grotesca de mi difunta madre. Fue horrible.

–Plasma físicamente su pensamiento. Eso sí es bastante inusual–el otro investigador dejó de apuntar en su libreta para mirar atentamente a la niña. Parecía dormir profundamente.

–¿Qué edad tiene?

–12 años. Hará 13 el próximo mes.

–Puede tener relación con la pubertad. Tendríamos que hacer algunas pruebas y sobre todo comprobar hasta qué punto puede ser peligrosa para usted o para ella misma.

La niña empezó a moverse inquieta en la cama. Una entidad comenzó a formarse en la habitación, como surgida de la fusión de unas partículas invisibles. La forma era voluble y cambiante, como hecha de tumores. Era inconcebible y las mentes de los tres adultos que estaban en la habitación chillaron de pura incomprensión.

Una boca atravesada de dientes irregulares surgió de la amalgama de carne y visceras mutables para pronunciar unas palabras.

–No vais a tocarme. Ahora sois mis juguetes.

El tejido de la realidad se rasgó y engulló a la madre y los dos psiquiatras, que cayeron por aquella falla dimensional hasta un abismo infinito.

La habitación volvió a la normalidad y la niña siguió durmiendo plácidamente.

#230

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El arqueólogo tocó la pared, como si estuviera intentando comprobar que era real. Se encontraba dentro de una gran cueva. Esta había sido encontrada por unos pastores, casi cubierta en su totalidad por la maleza desde hacía cientos de años. Estos alertaron a las autoridades locales, que pusieron en aviso a los expertos de la capital.

El arqueólogo no podía cerrar la boca debido a la sorpresa. A su cerebro le costaba procesar lo que estaba viendo. No eran solo pinturas rupestres, había también grabados en la piedra. Toda la cueva estaba cubierta de pinturas y grabados, en perfecto estado de conservación. Era, sin duda un hito sin precedentes.

Pudo ver las usuales representaciones de animales y caza, con una viveza de colores que jamás había visto en pinturas de este tipo.

Pero también había otras cosas.

Lo que parecían sin duda ¿naves? descendiendo del cielo. Pudo ver en algunos grabados cómo unos seres bajaban de estos artefactos y cómo eran adorados como divinidades. Había incluso lo que parecía un mapa con lo que, a falta de un estudio pormenorizado, parecía una carta de navegación. Su lámpara de gas no podía resaltar toda la inmensidad de información que había en esa gruta. Las figuras representadas eran totalmente diferenciables de las que claramente era n humanas. Parecían tener una gran altura y una mayor complexión.

–¡Va a pasar a la historia, señor Stephenson!–dijo su ayudante con evidente excitación. Su euforia duró poco.

Stephenson torció el gesto y su rostro reflejaba más preocupación que alegría. No, no iba a pasar a la historia por esto. Esa cueva no podía saltar a la luz pública.

Debía informar a sus compañeros, que lo habían mandado a él de avanzadilla para comprobar con qué tipo de hallazgo se habían topado. Habría que traer la mayor cantidad de dinamita posible.

#229

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A veces me he precipitado tomando decisiones. Esta última que tomé, bastante trascendental, fue sin duda precipitada y fruto de una situación bastante excepcional.

Había muerto y tenía que elegir. Era bastante sencillo realmente. O iba hacia la luz o no iba. Y no fui. Me quedé aquí porque a mí los cambios bruscos siempre me han costado mucho y ya tenía bastante con haberme muerto. Y resulta (esto me enteré después, ya digo que fue una decisión precipitada) que no tenía porqué quedarme. A mí eso no me lo había dicho nadie. Porque si te quedas, es bajo la responsabilidad de convertirte en fantasma y a mí eso nunca me ha atraído mucho.

Para empezar, si te quedas es porque tienes que tener asuntos sin resolver y yo me morí con todo bastante bien atado. Incluso había cancelado la cuenta del banco. Y luego te tienes que quedar en un sitio fijo, en donde hayas fallecido, principalmente. Yo morí en mi casa y aquí me he quedado, pero yo esperaba tener un poco de margen de maniobra. Poder viajar más, ahora que soy más liviano y no gasto productos de higiene personal.

Y no te puedes ir hacia la luz hasta que alguien resuelva tus asuntos. Mi piso lo vendieron (lo malvendieron, en mi opinión) y entró un matrimonio joven al que me da reparo asustar porque son buena gente. Así que me paso el tiempo recogiendo un poco cuando no están, o cogiendo toallas del suelo porque van siempre con prisas. Menos mal que no ven los otros fantasmas porque seguro que sería el hazmerreír.

Además, yo no tenía ni idea de que se podía elegir apariencia y yo me quedé con la mía de cuando fallecí. Un jubilado de 85 años no tiene empaque como aparición espectral, estarán ustedes conmigo en esto. Pero una vez que eliges, ya te quedas así y yo, como digo, me precipito tomando decisiones. Al menos no llevo el pijama,  que fue con la ropa que me morí.Tenía que haberme puesto con mi apariencia de cuando tenía 20, que jugaba al futbol, tenía pelo y bastante mejor presencia, que se lo digan a mi Maruja si no.

Ella fue más lista, ella sí se fue hacia la luz.

#228

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La llamaban Camille porque había sido acogida en el convento de las Hermanas Camilianas de San Camilo, ubicado en un frondoso bosque del sur de Francia. Pero Camille no era francesa. La encontraron cerca de la frontera entre Navarra y Francia, en una zona próxima a Elizondo. La niña había estado vagando por el valle del Baztán una cantidad de tiempo indeterminado. Vestía pieles de animales y tenía una gran costra de suciedad abarcando toda su piel. Su pelo estaba enmarañado y agreste. Sus ojos destacaban entre la oscuridad de su piel, profundos y desconfiados. La habían encontrado unos ganaderos, cuando la sorprendieron robando gallinas de un corral. No opuso resistencia al ser retenida.

Debía haber sido abandonada por sus padres, o algo parecido. Parecía de etnia gitana. La niña no hablaba. Podría tener unos 12 años. Decían algunos que la habían visto por los bosques que había estado todo ese tiempo acompañada y protegida por una manada de lobos en los profundos bosques.

En el convento estuvo bastantes meses, hasta que la noticia de la aparición de una niña salvaje llegó a ciertas autoridades. Europa estaba asolada por la Guerra y la niña atrajo un especial interés por parte de ciertos mandos alemanes. Llegaron con un pequeño grupo armado al convento y llegaron a un acuerdo con la madre superiora, que, en honor a la verdad, tenía ganas de desembarazarse de la niña, reacia a aprender nada y totalmente indomable.

Los nazis llevaron a Camille a una base cercana. No opuso resistencia al examen médico, pero sus ojos, implacables, diseccionaban a cuantos la tocaban. Fuera lo que fuera que buscaban, parecían no encontrarlo.

Camille estaba aislada en un barracón. Dormía en el suelo a pesar de tener una cama confortable para poder hacerlo.

Una noche un grupo de soldados entró a hurtadillas en aquella estancia húmeda. Querían divertirse con ella. Camille los advirtió antes incluso de que entraran. No la vieron a simple vista, la oscuridad lo inundaba todo, a pesar de la luna llena. Solo pudieron ver sus ojos, ahora rojos como la lava, agazapados en un rincón. Latentes.

Camille aguardaba.

Los cadáveres de los cinco hombres fueron encontrados a la mañana siguiente, destrozados. Como atacados por un animal rabioso.

No encontraron ningún rastro de Camille.

 

#227

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La llamaban Casanegra por su tejado de pizarra. Era una casa señorial imponente en la cima del monte, al borde del acantilado. Desde lejos, parecía que aquella casa estaba a punto de arrojarse al mar.

Bajo ella, el pueblo se vertía a las faldas del monte, un amasijo de casas enmarañadas de chimeneas humeantes. Todos en el pueblo miraban de reojo a Casanegra. Allí vivía una mujer. Unos decían que allí vivía una bruja. Otros, una vampira. Alguien allí vivía, eso estaba claro, porque la mayoría de las noches alguna tenue luz procedente de la casa se veía, apaciguada por la niebla. También porque el camión de Aurelio subía a llevarle víveres. Decía, al ser preguntado inquisitivamente por un corro de hombres en el bar, que a él le recibía un ama de llaves, pero que a la señora en sí no la había visto nunca. El ama de llaves tampoco bajaba nunca al pueblo.

El único que había visto a esa misteriosa mujer era el médico del pueblo, pero decía que había firmado un contrato vinculante con la señora para no revelar nunca ningún detalle sobre sus visitas. Ni con cuatro aguardientes en el cuerpo era capaz de revelar nada.

Todo lo que rodeaba aquella mansión era un misterio. Aquella extraña mujer jamás salía de allí, a pesar de ser la propietaria de multitud de tierras en aquel lugar. Todo lo delegaba.

Era como un fantasma.

Los niños contaban historias sobre ella. Que por las noches sobrevolaba el pueblo en busca de algún alma extraviada a la que llevar en volandas a Casanegra para comérsela. Las madres amenazaban a sus hijos con ser llevados por la bruja de Casanegra.

A veces, en días claros, se parecía distinguir su silueta en la terraza del segundo piso de Casanegra, que miraba al mar, siempre gris.

Hasta que un día, desde el pueblo, vieron una gran columna de humo negro, que se convirtió en llamas refulgentes y danzantes. Casanegra estaba ardiendo.

La casa ardió hasta sus cimientos, con todo lo que contenía.

Nunca encontraron rastro alguno ni de la mujer que vivía allí ni de su ama de llaves.

 

 

#226

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–Bien, entonces viene para contratar uno de nuestros paquetes de viaje de Neurotravel®.

–Sí, eso es.

–Puedo ofrecerle distintas opciones, dependiendo del tipo de viaje que quiera: descanso, aventura, historia…

–Me interesa la historia, sí.

–Este tipo de oferta es nueva, podemos hacer que viaje a una época histórica. Tenemos imperio romano, edad media, París en Siglo XIX…

–Uy, veo mucho trajín, casi que prefiero lo del descanso…

–Vale, no hay problema. Ofrecemos resort en playa caribeña, pueblecito italiano, spa en suiza o crucero por el mediterráneo.

–Me interesa lo del pueblecito.

–Perfecto, sería pasar una semana idílica en un pueblo temáticamente ambientado en un pueblo del sur de Italia. Incluye excursiones a islas cercanas en barca, cena en velero, taller para elaborar pasta… en el pueblo se alojaría en una casa con vistas al mar, acceso a playa privada, etc…

–La verdad es que suena fantástico.

–¿Tiene acompañante, grupo o le gustaría contratar un acompañante virtual?

–Sí, leí en sus folletos lo de poder tener a un familiar…

–Sí, seres queridos fallecidos. Cada vez nos lo requieren más. He de advertirle que para que se apruebe esa solicitud ha de pasar un examen psicológico. Entienda que hay algunas personas que no toleran bien este tipo de servicios.

–Lo entiendo.

–Y también rellenar nuestros cuestionarios para configurar la personalidad del acompañante. ¿Ha traído fotografías y videos?

–Sí, lo traigo todo aquí en este Pendrive. Quiero que sea mi hermana. Cuando vivía viajábamos juntas y sé que esto le encantaría.

–Perfecto, estoy segura de que así sería. Bueno, pues esto estaría casi. Quedaría que acepte el seguro y este certificado de responsabilidad personal ante cualquier efecto secundario.

–Lo llaman “residuos”, ¿no?. Es que es mi primera vez, con esto, estoy un poco perdida.

–Sí, suele ser normal que tenga alguna leve alucinación visual o auditiva durante algunos días.

–Bueno…

–¿Pagaría con tarjeta o en efectivo?

–Tarjeta.

–Perfecto. Pues ya sabe que tras realizar los tramites que le he comentado, pasaría a la sala de espera hasta que la avisen para pasar a la cabina. Ya le habrán comentado que el viaje dura una semana pero en tiempo real son 15 minutos.

–Sí, me viene genial porque así me da tiempo a ir a comprar.

–Sí, viajar con nosotros es todo ventajas. Gracias por confiar en Neurotravel® para disfrutar de sus vacaciones. Ahora por favor, abra bien el ojo para que el lector de identidad pueda confirmar la transacción.

*Para saber más información sobre el producto Neurotravel®, podéis leer el microrrelato #207 si no lo habéis hecho ya. 

#225

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Detuve mi coche en aquel paraje. Hasta allí había llegado sin complicaciones, pero el camino se estaba convirtiendo en un atisbo de senda por el que no podría pasar. Aparqué a un lado del camino y seguí caminando hasta aquel conjunto de vestigio de casas que veía al fondo, silueteadas por el ocaso. No estaba lejos, apenas a 10 minutos caminando. Llegué hasta las casas que surgían a ambos lados del camino. La maleza había devorado sus fachadas y el tiempo había hundido los tejados. Costaba creer que hace 30 años aquello rebosara vida y actividad.

Sus recuerdos lo habían traído hasta allí y ahora estos se agolpaban en su cerebro como un torrente desbocado. En aquel lugar pasó parte de su infancia. Una parte ahora brumosa y descolorida, pero que recobró viveza en cuanto puso un pie, como una pintura desteñida que revive cuando le echas agua encima.

Los recuerdos estaban borrosos, pero algunos estaban cristalizados en ámbar, perfectos, flotando en el éter de la memoria.

Recordó la hoguera, imponente. Los tambores. Las máscaras. A él y a su hermana llevando aquellas flores cuyo aroma hacía cosquillas a su nariz.

Recordaba las danzas y los aullidos. Como las sombras se dibujaban, grotescas, en las paredes de las casas ahora agrietadas y muertas. Recordó la sombra, majestuosa y negra, coronada por aquellos cuernos de macho cabrío.

Se miró los brazos para ver unas marcas blanquecinas, diluidas por el tiempo. Las miró solo para recordar que eran reales. Parecían runas, pero eran otra cosa.

Los recuerdos de su cabeza estaban fragmentados y eran escurridizos, pero su corazón latía frenético, como reconociendo una verdad que su razón negaba. Sabía que allí había pasado algo importante, que él era parte de ello.

Que no había sido un sueño ni producto de su fértil imaginación infante.

Se sentó en el vestigio de un muro de piedra. La fresca tarde respiraba y la noche empezaba a teñir el cielo.

Casi podía oír aquellos tambores de nuevo.

#224

By microrrelato No Comments

El cazador perseguía el rastro dejado por el animal herido. No había podido distinguirlo bien, pero le había parecido un jabalí de gran tamaño. Siguió el hilo de sangre viscosa hasta un abrigo de piedra oculto tras la vegetación.

–Ya te tengo– masculló y apuntó con su arma.

Escuchó una especie de gorgoteo, seguido de un creciente murmullo, como algo que bullía.

Algo estaba enfadado.

Cuando aquello surgió de la maleza, el cazador sintió una ardor de miedo en sus entrañas. Era enorme y no, no era un jabalí.

Echó a correr, dominado por el horror. Ahora la presa era él.

#223

By microrrelato No Comments

El Conde estaba escrutando aquella pintura que ahora presidía el gran salón de su palacio. Era básicamente, un rectángulo negro (“pero completamente negro ¿eh?”, pensaba el Conde) a excepción de la firma del artista y el lujoso marco barroco dorado. El artista se encontraba detrás de él, impaciente por la valoración del Conde.

–¿Cómo has dicho que se llama esta corriente artística, Filippo?

–Hiperrealismo, señor–dijo Filippo Patrani, el afamado pintor, con solemnidad.

–Ya, entiendo… y… ¿qué me has dicho que representa? me da la sensación de que no lo he entendido muy bien.

–Son las vistas de su palacio en noche cerrada sin luna, señor, tal y como se me encargó. Puedo decirle que es posiblemente la más fiel representación que se ha realizado de este entorno a las 3 de la madrugada. Es hiperrealismo puro.

–3 de la madrugada.

–Eso es, señor.

–Filippo… no concretamos ninguna hora a la que debía de estar representado mi palacio, ¿verdad?

–No, señor, de ahí que yo eligiera una hora que en mi opinión no está trillada, si me permite mi opinión. No hay muchos artistas que representen esa hora.

–No me extraña– el pintor obvió este último comentario y siguió hablando.

–Hay gente que piensa que son las 2 de la mañana y nada más lejos de la realidad. Si es observador tal y como usted es, notará que, si fuera esa hora, claramente las tonalidades serían distintas.

–Claro, las tonalidades. Y esta es simplemente tonalidad negra, ¿no?

–¡Nada más lejos, señor! es negro madrugada. Tiene ciertas tonalidades amarillas y azules, que usted, como gran apasionado de la pintura con gran bagaje y ojo adiestrado habrá sabido distinguir y apreciar.

–A duras penas. Oye, Filippo, el precio de esta pintura lo prefijamos antes de realizarlo, ¿a que sí?

–Sí, 2500 francos, señor.

–Una cifra elevada, ¿eh Filippo?

–Bueno, hacer una pintura tan cercana a la realidad que casi la hace indistinguible de la misma tiene su precio, señor.

–Sí, hiperrealismo era ¿no?

–Exacto señor, veo que lo ha entendido perfectamente.

–Vaya que si lo he entendido.

El artista se retiró y el Conde se mantuvo observando aquel rectángulo negro con ciertas tonalidades amarillas y azules que él, a pesar de su ojo adiestrado, era incapaz de distinguir. No recordaba que el arte le produjera en su interior emociones tan intensas, principalmente la ira.

Llamó a uno de sus criados.

–Lazlo, hágame el favor de llamar a otro pintor que pueda venir a retratar el palacio. Asegúrate de concretar de manera muy clara que represente el palacio a las 12 del mediodía sin atisbos de nubes. Un junio. ¡Ah! y antes de que el señor Filippo Patrani se vaya con mi dinero, hágale regresar. Creo que a cambio de la cantidad estipulada, se llevará este cuadro que ha pintado para mí, el cual quedará excepcionalmente bien como complemento a sus ropajes. Concretamente como sombrero.

#222

By microrrelato No Comments

Me encontraba fuera de la casa de mis padres, en la terraza, disfrutando del desayuno. Comencé a oír la voz de mi padre desde dentro. En un principio pensé que estaría hablando por teléfono hasta que recordé que lo tenía estropeado, a la espera de uno nuevo. Entré en la casa, el salón estaba casi a oscuras.

-¿Con quién hablas papá?–pregunté, conociendo la respuesta.

Mi padre estaba sentado en el sillón orejero con las manos entrelazadas. Lo veía más frágil que nunca.

–Sería la televisión–dijo. Estaba apagada.

–Papá…

–Sí, hablaba con tu madre, ya lo sabes. Es que no puedo decírtelo porque te enfadas.

–No me enfado, papá. Pero sabes que ella está…

–Lo sé perfectamente–me interrumpió bruscamente–. Pero yo no tengo la culpa de que siga viniendo y me hable. Qué hago ¿no le contesto?

–¿Y qué te ha dicho esta vez?–dije intentando evitar el conflicto.

–Qué si quiero guiso de ese que hacía tan rico. Le he dicho que sí, claro. ¿Tú quieres?

No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas. Nos quedamos en silencio. Yo también echaba de menos a mi madre, por supuesto, pero esto era de todo menos sano. Está claro que cada uno lleva el duelo como puede, pero aquella no creo que fuera la manera más positiva.

–No te preocupes, papá, ya haré yo algo.

Me volví hacia la puerta para salir de nuevo a la terraza y poder llorar sin contenerme fuera de la vista de mi padre.

Cuando salía percibí un olor que llegaba desde la cocina. Era un aroma inconfundible, que llevaba tanto tiempo sin disfrutar. Era sin duda el que producía el guiso de mi madre. Me quedé paralizado allí mismo, mientras un sudor frío caía por mi espalda.

–Bueno, ya sabes como es, no acepta un no por respuesta–dijo mi padre tras de mí–. Ha contado contigo de todas maneras.

 

#221

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El Rey no dejaba de caminar en círculos por el interior del salón del trono, una enjuta estancia alargada y de techos altos engalanados con marquetería. Los gruesos muros aislaban del mal temporal que azotaba a la comarca. El salón estaba iluminado débilmente por candiles esparcidos aquí y allá.

El Rey tenía el rostro ceniciento. Estaba más que preocupado. Angustiado. Atusaba su barba con impaciencia. Una mujer entró en la habitación, escoltada por dos guardias. No le dio tiempo a abrir la boca, el Rey salió del salón airado. Los guardias y la mujer se apartaron de su camino. La mujer tenía el rostro empapado en sudor.

El Rey subió los escalones hacia la torre de la Reina casi corriendo. El sonido de sus pisadas y de la espada contra su cinto se asemejaba a un puñado de caballos desbocados. Llegó hasta la cima de la torre, que era el dormitorio de su esposa, franqueada por otros dos guardias. Entró sin llamar.

Dentro, media docena de mujeres rodeaban la cama de la reina. Todas se giraron para ver la figura del Rey, que jadeaba. La Reina parecía dormir, exhausta tras el parto.

–Es una niña, Majestad–dijo la comadrona.

–Quiero verla–. El rostro de la comadrona se apagó y se tiñó de nubarrones.

–No es buena idea, Majestad, debería dejar…

Pero ya era demasiado tarde, el Rey se había acercado desbocado al canasto donde descansaba la recién nacida. Su rostro se tornó una mueca de horror. Salió del dormitorio dominado por la furia, aullando y escupiendo maldiciones.

Bajaba los escalones corriendo, con su mano empuñando su espada. Aquella bruja había cumplido con su amenaza, había condenado a su primogénita con aquella maldición.

La encontraría y le haría pagar por ello, aunque le fuera la vida en ello.

Luego vería qué hacer con aquella abominación que se negaba aceptar como algo suyo.

#220

By microrrelato No Comments

Era el azul más intenso que había visto en su vida. Casi irreal. Brillaba, incandescente, como solo podían brillar las cosas puras.

Fue lo último que vio. Escuchar, no escuchó nada.

#219

By microrrelato No Comments

El anciano desayuna solo, en una amplia terraza de suelo blanco y vistas infinitas al mar que es casi irreal. La brisa mece las hojas de las palmeras. Todavía es temprano y no hace demasiado calor. Hace una mañana perfecta para desayunar allí. El anciano deja que uno de sus asistentes llene su taza de té negro. Decide si comer alguna tostada más. El médico le ha recomendado que vigile su dieta y que cese las comidas copiosas.

Qué sabrá él.

Una tostada más de ese exquisito pan de semillas no le hará ningún daño.

Piensa si ha merecido la pena. El que todo se cayera como un castillo de naipes. Eleva la vista hasta el intenso cielo azul sin una sola mota de nube.

¿Merecer la pena? ¿darlo todo por ese país lleno de desagradecidos? por supuesto. Se ha ganado todo eso. El los salvó de volver al pasado. Pero a la historia no va a pasar por eso. Empieza a notar un retrogusto amargo en la tostada.

El anciano se queda mirando al infinito. Saca una moneda del bolsillo y juega con ella. La mira y ve su rostro grabado en ella, aunque le cuesta cada vez más reconocerse. Piensa en que cada vez quedarán menos monedas con su cara. Llegará un momento en el que no quede ninguna. Vuelve a guardar la moneda en el bolsillo.

Sí, a veces echa de menos todo aquello.

Y también salir en los billetes.

 

 

#218

By microrrelato No Comments

Llevo prisa. Camino por una concurrida calle comercial atestada de luminosos que no paran de escupir publicidad. Voy con mis auriculares puestos, intentando obviar al resto de los viandantes. Llevo varias bolsas con la compra del supermercado e intento moverme lo más rápido que puedo porque me temo lo que va a ocurrir. Debería haber ido por un sitio con menos gente.

–Hola amigo, me gustaría poder ayudarte a transportar las bolsas ¿me permites?– me dice alguien con una amabilidad empalagosa. Niego con la cabeza.

–Por favor–insiste, me gustaría poder ayudarte.

–No, gracias, de verdad–intento mantener las buenas formas, miro de reojo por todas partes para ver las cámaras que nos estarán monitorizando.

–Oye, de verdad, necesito los puntos cívicos. Estoy en negativo y necesito coger un tren. Hasta que no vuelva a estar en positivo no puedo desplazarme en transporte público.

La cantidad de veces que oigo historias similares. Mendigos de buenas acciones. Desde que pusieron el sistema de puntuación cívica, nos hemos vuelto locos del todo.

–Te entiendo, pero llevo prisa–le digo de la manera más educada que encuentro, pero también la más tajante–. Por favor, déjeme, yo tampoco quiero perder los puntos.

–Será solo un momento, hasta aquella esquina.

Coge mis bolsas de manera hosca y yo estallo.

–Vete a tomar por culo, joder–le digo y le propino un empujón. El hombre cae al suelo. Noto como mi smartphone vibra. -35 puntos, me indica, por hostilidad y agresión. Maldigo. Estoy al borde de estar en negativo. Ahora tendré que realizar un montón de buenas acciones para corregir esta mierda. Si quedo en negativo, no tendré acceso a servicios público, ni siquiera podré sacar dinero del cajero. Le tiendo la mano al hombre para ayudarle a levantarse. Por algún sitio hay que empezar. Evita mi mano y me lanza una mirada furibunda. Se aleja a toda prisa. Puto desgraciado.

Pero sonrío. Que me vean sonreír y aceptarlo de la manera más cívica posible. Mi compra está desparramada por el suelo y se empiezan a acercar decenas de personas con sonrisas tan falsas como las mías. Van a intentar ayudarme. Incluso me llevaran en volandas a casa si hace falta. No quiero que nadie toque mi puta compra. Noto como un ardor trepa por mi garganta.

Voy a estar en negativo siglos, pero me va a dar igual.

#217

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Sombra dice que es mi amigo. Siempre suele presentarse en casa en el momento menos adecuado. Y llega e inunda todo con su presencia y con su risa que suena a tren descarrilando. A veces suena a un motor que no termina de arrancar. Sombra hace que las palabras repten, consiguiendo que suenen viscosas. Sombra me cuenta mentiras y yo me las creo. La mayor parte del tiempo, cuando no está, realmente no creo en nada de lo que me dice, pero cuando está ahí, conmigo, me cuesta mucho no dejarme arrastrar por sus palabras.

Sombra no para de fumar y de apuntalar cada frase con una sonrisa sardónica. El humo inunda el salón y vibra con la luz que emana el televisor. Sombra es cada vez más escueto, más obsesivo. Sombra es como el zumbido de un mosquito en una noche de verano.

Sombra dice que es mi amigo pero yo lo le creo. Solo se va de mi casa cuando me ha derrotado, cuando siente que me ha dejado vacío y exhausto. Entonces coge y se va y se despide hasta la próxima vez. Silbando y feliz.

Cuando Sombra se va me siento solo, pequeño y hundido. Pero todavía me siento más solo cuando él está conmigo.

#216

By microrrelato No Comments

Julia estaba encerrada en su enorme caravana mientras su agente aporreaba la puerta. “Tienes que salir, joder” decía. Como si aquello pudiera ser posible. Estaba en pleno ataque de pánico y sintió que aquel lugar se encogía hasta estrangularla. Recordó gritar y poner la música a todo volumen mientras, fuera, todo el equipo esperaba a que ella dejara de paralizar el rodaje.

Pero no era ella la que estaba creando esa situación. Habían sido 115 tomas hasta que ese psicópata enfundado en papel de director la había destruido. Sin levantarse de su silla en la que apenas cabía, sin dejar de mirar por encima de sus gafas con esa mirada que no era una mirada, era un bisturí. Sabía que disfrutaba con ello, con torturarla. Desde que la habían contratado no había hecho otra cosa que menospreciarla. Para él, ella era solo una estúpida actriz de series adolescentes de canales para adolescentes creadas por cincuentones e interpretadas por treintañeros.

Él no era un director, era un torturador. Y ya la había vaciado por completo. Por ella, como si se iba al infierno toda aquella producción, empezando por el protagonista, que no había parado de comportarse como un auténtico imbécil con ella desde que comenzó el rodaje.

Se sentía completamente sola en esto. Su agente no hacía más que recordarle que era su gran oportunidad simplemente pensando en su porcentaje. Hasta su madre la había dejado en aquella madriguera de hienas. Estaba convencida de que saldría de aquel set de rodaje en una ambulancia.

O quizás no.

Se tomó su tiempo. Varias horas. Salió de la enorme caravana, que era más grande que el piso donde se había criado y se dirigió, lenta y algo insegura hasta el set. Se hizo silencio. Oyó como detrás del monitor el director resoplaba. Se podían sentir los reproches desde donde ella estaba. Vio cómo se levantaba y se dirigía a ella. Un séquito de ejecutivos caminaba junto a él. Sabía lo que vendría ahora. Los gritos, la humillación. Podía sentir las miradas, como francotiradores, de todo el equipo.

Cuando después intentó ordenar sus pensamientos, no supo entender bien lo que había pasado. Recordaba que el director había empezado a gritar pero no fue mucho tiempo porque un puño, concretamente el suyo, se estrelló contra su boca. El entrenamiento para esa puta película al final sí había servido para algo, le hubiera gustado decir. Lo recordaba todo como si le hubiera pasado a otra persona o si se lo hubieran contado. Recordó que la nariz de aquel gusano no paraba de sangrar.

Luego ya todo estaba un poco confuso, tuvieron que sujetarla entre 4 personas para que dejara de golpearlo. Entendió que allí terminaba su participación en aquella película.

Se hizo un silencio y de repente alguien empezó a aplaudir. Fue solo una persona. Un eléctrico, le dijeron luego. También lo despidieron.

Pero ese aplauso, solidario y valiente, supo mejor en ese momento que todos los cientos de vítores y halagos de una premiere.

#215

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El pueblo se llamaba Encrucijada y parecía hecho de arena, como si fuera un sarpullido surgido de aquella tierra seca como la lengua de un muerto.  Los edificios de madera, castigados por el sol, parecían más viejos de lo que eran realmente. Más que edificios, parecían fósiles de un pasado mejor. No vio a nadie por las calles y solo se oía el paso del caballo a través de la avenida principal. Había una taberna (siempre había una taberna) abierta, pero no parecía haber demasiado movimiento en ella. Desmontó, ató el caballo ante un seco abrevadero y se dirigió con paso lento hacia el bar, como se adentra una mosca en la boca abierta de un lobo. El sol parecía enfadado con el mundo y decidido a abrasarlo por completo.

Había tres o cuatro tipos polvorientos moteando el escueto salón. No había música. Realmente parecía no haber nada. El barman lo miró como si fuera irreal. Tal vez lo fuera. Llevaba demasiados días de viaje por aquel maldito desierto, tamizado de hierbajos secos.

Nadie llega a Encrucijada buscando problemas. Normalmente los trae consigo. Y él, sin duda, era un problema ambulante.

Antes de que el barman echara mano al rifle, lo señaló con el dedo.

–Vamos a evitarnos los inútiles preludios–le dijo de manera disuasoria–. Busco a un tal Martens. Eso es todo. Solo lo quiero a él y quizá un maldito vaso de agua.

–¿Martens el sheriff?–el barman viró su rostro a perplejidad.

–¿Ahora es sheriff? –lanzó una risa desganada–. Sin duda hay gente que solo cae hacia arriba. De donde vengo su cabeza está bastante bien cotizada…

Dijo la última palabra a la vez que escuchaba amartillar el gatillo de un rifle a su espalda. Cerró los ojos profiriendo un improperio mental. Siempre le pasaba lo mismo. Era incapaz de hacer un trabajo limpio ni aún proponiéndoselo.

Y esta vez se lo había propuesto de veras.

–Creo que no voy a ir a ninguna parte –dijo el sheriff Martens tras él, masticando tabaco.

Cuatro tipos, cinco contando al barman y con Martens apuntando su espalda. Posiblemente hubiera alguien más con él.

Le quedaban 8 balas entre sus dos revólveres. Cerró de nuevo los ojos y maldijo entre dientes de manera que su madre lo hubiera abofeteado a conciencia de haberlo oído.

No iba a ser sencillo y sobre todo no iba a ser limpio.

Debía de haber pedido primero el maldito vaso de agua.

 

#214

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Thomas había salido de su casa, un modesto apartamento a las afueras de la ciudad,  para dirigirse hacia el supermercado. De paso aprovecharía para pagar esa maldita multa de tráfico que nunca recordaba pagar. Nada más salir de su casa, se encontró con dos jóvenes que estaban plantados en la acera, a escaso metros de la entrada a su domicilio. Thomas los observó brevemente y siguió rebuscando en su bolso temiendo no haber cogido la cartera. No pudo evitar volver a fijarse en los dos jóvenes, que lo observaban como si hubieran visto una aparición. La realidad es que empezaban a inquietarle. Empezó a desear haber olvidado la cartera. Notó como hablaban entre ellos y uno, al final, se decidió a dirigirse a él.

–Disculpe, pero ¿es usted Thom Destroy?

Hacía años que nadie le llamaba así, fue como una bofetada en la cara. Quedó bastante desconcertado.

–Supongo que algún día lo fui–respondió Thomas, que había detenido su marcha y ahora escudriñaba a los jóvenes de arriba a abajo. Ni siquiera había reparado en que ambos llevaban camisetas de su grupo, The Great Destroyers.

–Somos grandes admiradores. Sé que pareceremos unos psicópatas por haber venido a su casa…–comenzó a decir uno de ellos mientras comenzaba a sacar diversos artículos de una mochila.

Eran discos. Los que había editado con su grupo 30 años atrás. Hacía 20 que se habían separado. Su repercusión había sido mínima y decidieron dejarlo, hastiados.

–¿De d´nde demonios habéis conseguido eso? Dios mío, ese no lo tengo ni yo–.Thomas estaba asombrado, abrumado por la cantidad de recuerdos que vinieron a su cabeza.

–En internet son un grupo de culto. Hay cientos de personas discutiendo sobre sus canciones en redes sociales y foros.

Thomas ya apenas escuchaba. Firmó aquellas reliquias y se despidió de ellos con el corazón acelerado. Volvió a casa, olvidando la compra. Él apenas usaba internet, conectó el portatil de su esposa y empezó a buscar el nombre de su grupo en google. Jamás se le habría ocurrido hacer algo así por sí mismo. Tenía todo aquello enterrado y apuntalado en la memoria.

Había miles de entradas relacionadas, webs hechas por fans, grupos en redes sociales, videos analizando su obra o rescatando cualquier material audiovisual, el poco merch descatalogado que se había fabricado valía una fortuna en Ebay. ¿Cómo demonios habían llegado a aquelló? ¿quién habría empezado toda esa locura?

Creyó que estaba alucinando. Tardaría semanas en ponerse al día.

Cogió el teléfono y pensó durante unos segundos si marcar o no. Lo hizo.

–¿Thom? ¿eres tú realmente? ¿se ha muerto alguien?

–Eric… ya sé que llevamos unos 15 años sin hablar. Ni siquiera sé en qué ciudad vives ahora, pero… creo que tenemos que hablar.

#212

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Estaba buscando cobre en aquella remota zona del desierto de Argelia pero cuando vinieron los operarios gritando a su tienda, supo enseguida que lo que habían encontrado era otra cosa.

Salió hacia la excavación, donde decenas de hombres nativos, con la piel curtida y la mirada llena de desierto se arremolinaban en torno a una estatua. No tendría más de 40 centímetros. La tocó con cuidado, como si fuera a evaporarse conforme la yema de sus dedos se depositara en la pulida y negra piedra. Parecía una especie de ídolo prehistórico. “Un demonio”, dijeron. Los nativos se pusieron nerviosos, percibía como discutían entre ellos y empezaron a evitar estar muy cerca de aquella figura.

“Es un mal augurio para ellos” dijo el responsable de la excavación.

“Es solo una maldita estatua” respondió el millonario que llegó a aquél lugar buscando cobre y regresó con una antigüedad de incalculable valor. “Quedará estupenda presidiendo mi despacho”.

Nunca se pudo comprender las razones para que, meses después, aquel millonario saltara desde su despacho del piso 75 de su rascacielos de Nueva York.

Los investigadores encontraron una breve nota, escrita con sangre, encima de la mesa del escritorio. Ni siquiera había abierto la ventana para poder tirarse. Daba la sensación de que intentaba huir, no encontrando mejor manera que atravesar el ventanal de su despacho.

La nota decía “No quiero hacerlo”. Los investigadores se miraban perplejos. No pudieron evitar que se les erizara el vello de la nuca al ver la estatua que presidía la estancia. Un imponente ídolo, labrado en piedra negra. Tenía un rostro terrorífico, el de una especie de dragón prehistórico. Parecía sonreír.

#211

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Odio las comidas familiares. Mi novio me decía que era una exagerada, que todas las familias tenían lo suyo. “Ya”, respondía, lacónicamente, mientras miraba al suelo, ausente.

“No me importa conocer a tu familia, no será tan malo”.

Pero sí que lo sería, eso era lo que él no entendía. No comprendía hasta que punto mi familia no era normal. Y no quería que lo supiera, este me gustaba de verdad. Pero había un pacto, más importante que él y que yo. Lo importante era el clan.

Eso es algo que siempre me había repetido una y otra vez mi padre durante toda mi vida.

Estuvo jovial y locuaz todo el viaje, lo cual me hacía todavía sentirme peor. Ni siquiera notó nada raro cuando nos desviamos por carreteras secundarias que se convirtieron en caminos, hasta llegar al corazón del bosque.

“¡Qué pasada vivir aquí!” decía. “Ya” respondía yo.

Apenas hablé durante nuestro trayecto a pie. Llegamos a la cueva.  Se quedó paralizado cuando vio a los miembros de mi familia surgir desnudos de la profundidad de la cueva. Y su rostro se convirtió en una mueca de horror cuando los vio transformarse. Supongo que pensaba que algunas cosas solo sucedían durante la luna llena y no a plena luz del día un domingo de julio.

Nunca sospecharía que en aquella comida familiar él era el plato principal. Yo solo podía pensar que estaba harta del pacto y de ser parte de aquel clan.

Mi familia se extrañó que no probara bocado aquel día. Pero no tenía apetito. Me limité a quedarme en una roca mientras oía la carne desgarrándose.

De verdad que me gustaba mucho.

#210

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Cerró la puerta de la habitación muy despacio, como si no quisiera despertar a alguien inexistente que se hubiera quedado dentro. Salió al exterior del motel con paso cansado, casi derrotado. No recordaba cuánto tiempo llevaba alojándose en anodinos moteles de carretera, diseminados por aquellos cuarteados parajes. Sentía que cada día se dejaba en uno de estos sitios un trozo de sí mismo. Iba en vías de despersonalizarse del todo, de convertirse en una cáscara.

Las caras que lo miraban con extrañeza tenían algo de familiares. El calor del desierto desteñía la realidad. Montó en su coche y siguió conduciendo hacia la nada. Hacía semanas que había limpiado la sangre de su piel, pero la seguía sintiendo, como una mancha que deja un resquicio descolorido en una camisa. Estaba cansado de huir y cada día que pasaba lo sentía como una losa de granito sobre su espalda. Hasta las chicharras habían dejado de cantar.

La tierra era árida. La comida, arenosa. Los días era tórridos y las noches inclementes y hostiles. Sentía que su alma se estaba evaporando.

Había conseguido desprenderse de muchas partes de sí mismo en aquel camino sin rumbo.

Lo único de lo que no podía desprenderse era de la culpa.

 

#209

By microrrelato No Comments

Alberto no quería admitirlo, pero se había convertido en adicto a ir al dentista. Desde hacía bastante tiempo, había notado que sentía cierta excitación al tener la boca llena de aparatos y tubos que le producían dolor y dentera.

Al principio intentó no prestar demasiada atención a estas sensaciones, pero cada vez era más frecuente que se encontrara fantaseando con el sonido del torno, incluso con la inyección de la anestesia.

Comenzó a ir al dentista bajo la mínima excusa. Cuando su dentista habitual empezó a sospechar de sus frecuentes visitas, cambió a otros. Empezó cada vez a desplazarse más lejos para que le revisaran la boca.

“Tiene la boca impecable, no sé que quiere que le haga”, le decían y Alberto salía de las consultas decepcionado.

Hasta que un día pensó que podría provocarse estas sensaciones él mismo.

Aunque no tuviera el instrumental adecuado, no le importaba. El ansia era más poderosa que las formas.

Había probado con agujas, luego subió la intensidad con las tenazas.

Pero pensó que todavía podía ir un poco más lejos. No podía parar de sonreír de placer mientras su boca no para de emanar sangre a borbotones.

Sintió como el sonido del taladro de bricolaje inundaba toda su cabeza.

#208

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La creación de Neurotravel® fue un hito revolucionario. Aunque basado en cierta medida en el controvertido proyecto Oniron® (con el que incluso compartía cierta parte de equipo de desarrollo) se distanciaba en tener una política más transparente.

Neurotravel® era una droga química regulada, dispuesta en formato de cápsula. Cada dosis ofrecía la posibilidad de realizar un viaje de manera mental cuya duración psíquica era varios días pero que en realidad duraba escasos minutos. Se ofrecían distintas opciones, desde visitar países concretos en tours organizados hasta la experiencia de pasar unos días idílicos en un resort en una isla paradisiaca. Incluso, desde las agencias de Neurotravel@ se podía diseñar un viaje a medida que los desarrolladores sintetizaban. No provocaban experiencias negativas y favorecía el descanso y la relajación.

La gente comenzó a tener pequeñas vacaciones que duraban minutos aprovechando una pausa en el trabajo o en cualquier tipo de situación o entorno.

Pero Neurotravel® no estuvo exento de polémica. El turismo tradicional se vio resentido y entró en una profunda crisis. La gente renunció al modelo tradicional de vacaciones y descanso. Ya no las necesitaban. Las empresas redujeron los permisos vacacionales para los consumidores de Neurotravel® hasta casi eliminarlas por completo. También hubo un creciente problema de adicción.

El resultado fue, tras un largo proceso de análisis y debate por parte de gobiernos y legisladores, la prohibición de Neurotravel®.

Entonces, como pasó con Oniron®, comenzaron los viajes clandestinos.

Más peligrosos, más nocivos.

Pero también más interesantes.

*Para saber más información sobre el producto Oniron®, podéis leer el microrrelato #14, #32 y #57 si no lo habéis hecho ya. 

#207

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Mercedes estaba sentada en su vieja silla de madera junto a la puerta de su casa, abierta de par en par. Hacía una noche bochornosa, el aire parecía estancado. Mercedes se apoyaba ya en un andador para desplazarse de manera torpe y lenta. Llevaba la cara llena de magulladuras debido a su última caída, hacía pocos días. Con lo que ella había sido, se decía, que no había parado ni un momento en toda su vida. Parecía que sus piernas, hastiadas, se habían declarado en huelga indefinida. Ahora necesitaba ayuda para todo. Y ya no tenía a su Paco, el pobre, siempre tan prudente. Hasta para morirse fue callado y discreto. La verdad es que le echaba de menos, aunque no es que fuera un gran conversador. Asentía en aquellas tertulias nocturnas aprovechando el frecor de las puertas abiertas de las cocheras, que paliaban un poco el calor estival. Ahora yo no queda nadie y dentro de poco tampoco quedaría ella. Y la calle quedaría vacía.

Un joven pasó con la música a gran volumen. Esta surgía de un pequeño altavoz que llevaba el adolescente en la mano. Era lánguido y torpón en sus movimientos. A Mercedes le pareció que aquella música no podía gustarle a nadie, pero quién era ella para decir nada. Paco nunca la sacó a bailar, pero le hubiera gustado que se lo propusiera.

El joven pasó por delante de ella y le dedicó una mirada de desdén. También un improperio. “Qué miras, vieja”, dijo. Mercedes no respondió. Qué pena no tener mejor las piernas, no para salir corriendo, si no para patearle bien las pelotas, como hizo aquella vez con el capataz de la fábrica donde había trabajado cuando bajó su mano hasta el trasero. Eso no lo hacía ni Paco.

Mercedes siguió aferrada a su andador, mirando la nada. Oyó una risotada y vio cómo el joven se alejaba junto a su estruendo. El joven mantuvo la mirada en ella mientras seguía caminando de esa manera tan descompasada. Supuso que deseaba una reacción por parte de ella. Pero Mercedes prefirió, por esta vez, callar. Y no lo miraba a él porque miraba la grieta que había en la acera, esa que siempre le decía a su hija que el ayuntamiento debía arreglar o habría una desgracia. Pues ahora estaba a punto de ocurrir. El joven se tropezó (es lo que tiene el caminar mirando hacia dónde no debes) y cayó de bruces, con tan mala suerte que no pudo apoyar bien las manos. Mercedes oyó el golpe seco de su nariz reventando y dejó de oír el altavoz, que se fragmentó en varios pedazos. Mercedes permaneció inmutable, pero esta vez la mirada desafiante la echaba ella.

El joven se levantó, fingiendo que no había pasado nada, a pesar de tener la cara llena de sangre. Siguió andando, pero ya sin banda sonora y con un poquito menos de altivez.

Mercedes rió para sus adentros. Paco se hubiera reído con esto. Lo echaba de menos.

#206

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Él nunca debía leer los mensajes que transportaba. Era la principal regla: “nunca conozcas la información que portas” le había enseñado su maestro mensajero. “Te ahorrarás muchos problemas y la felicidad está en la falta de conocimiento”.

Pero no había podido evitarlo, la cara de preocupación del Duque, tensa y cetrina por la angustia, le había dejado impresionado. A pesar de ser un sobre lacrado, él sabía cómo poder abrirlo sin romper el sello.

El mensaje había sido escrito con tantas prisas que ni siquiera estaba cifrado. El Duque daba la orden a su Comandante (a su castillo se dirigía él ahora a galope) de dirigirse con su escuadra por sorpresa para derrocar a su hermano, el Rey. Esto sumiría al reino en un total y absoluto caos.

Conocía al Duque, había sido parte de sus retorcidos y maquiavélicos planes desde hacía mucho. Había transportado sus órdenes demasiadas veces, aunque nunca había sido capaz de leerlas. Se sentía culpable de haber sido una pieza más en el engranaje de crueldad del Duque.

Ahora había ido demasiado lejos. No pudo evitar un retrogusto amargo en la boca y sintió como sus tripas se encogían.

Cambió el rumbo para dirigirse hasta el palacio del Rey mientras maldecía. El caballo galopaba al límite de sus fuerzas y él se aferraba fuertemente a las correas, apretando los dientes.

Esperaba el amparo del Rey, porque podía sentir la soga de la horca ya en su cuello.

Cuánta razón tenía su maestro.

 

#205

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El agua era tan transparente que parecía cristal. Las algas se mecían acompasadas. La vegetación submarina bullía exuberante, tapizando el fondo marino. Los pequeños peces multicolores navegaban en numerosos bancos como una sola entidad.

Su piel acarició la vegetación marina, observando los ricos colores que lo rodeaban. Descendía entre las rocas, a través de la frondosidad, con las algas surgiendo como densas cabelleras. La luz atravesaba el agua en caminos definidos, casi tangibles.

Era un espectáculo imponente. Lástima no poder disfrutarlo mejor.

Tener los pies incrustados en cemento y estar ahogándose limitaba mucho la experiencia.

Ser un soplón había tenido un precio muy alto. Pero tenía que admitir que sus últimas vistas merecían la pena.

 

 

#204

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Canela había desaparecido hacía dos días. “Volverá” dijo su abuelo, mascullando con su cigarrillo en la boca mientras encalaba el aljibe. “Siempre vuelve”.

Pero Luís no se tranquilizaba. Había oído su ladrido por las noches. Era inconfundible. ¿La habían secuestrado?

Vio sus juguetes, mordisqueados y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Estaba siendo el peor verano del mundo. El viento traía un aire sofocante cargado de fuego.

Luís volvió a oír el ladrido de Canela aquella noche. Salió de la casa de campo de sus abuelos a hurtadillas y caminó a oscuras bajo un impresionante manto de estrellas. El ladrido se oía cada poco y Luís camino inseguro entre la oscuridad de la noche. Llegó hasta una la vieja casa derruida que había a un centenar de metros de la casa de sus abuelos. Empezó a sentir un leve zumbido en sus oídos “porque es en mis oídos, ¿no? ¿por qué parece que el sonido provenga del interior de mi cabeza?” y al acercarse a la casa en ruinas percibió un sutil fulgor verde lima en el ambiente. Al aproximarse más, el brillo se intensificó y comenzó a percibir unas pequeñas partículas incandescentes en el aire.

El corazón parecía que le iba a estallar. Llamó a Canela con la voz ahogada. Estaba ya casi dentro de la casa, reducida a escombros. Apenas algunos muros se mantenían en pie y el techo estaba casi totalmente hundido. Le rodeada por completo una luz verdosa y enferma. Le recordaban a los rayos que disparaban los superhéroes en los cómics. El aire parecía más denso, casi palpable. El zumbido parecía ocupar todas las parcelas de su cerebro.

Llamó de nuevo a Canela y recibió un gorgoteo por respuesta. Vio como una figura que en algún momento fue su perrita Canela surgía de la oscuridad. Ahora parecía como si un millar de tumores hubieran brotado espontáneamente en su cuerpo. Sus ojos eran de un verde intenso, vivo e incandescente. Lo que antes fue su boca supuraba una densa gelatina verdosa.

Detrás de la criatura surgía una maraña de vegetación grotesca y retorcida, que se deslizaba viscosamente entre los muros, expulsando esporas ardientes de un brillo intenso.

–¿Canela?–susurró Luís.

Pero Canela ya no estaba allí. Aquello era otra cosa totalmente distinta.

Luís no tuvo ni siquiera tiempo para gritar.

#203

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Hace mucho calor. Lo soporto. Las noches son peores que los días. Las noches son como una garganta seca, llena de polvo. No paro de caminar por las habitaciones de la casa, a oscuras, entre el aire viciado. Siento que las paredes sudan.

No puedo salir al balcón, porque está ella. He bajado todas las persianas, pero aún así, sé que ella está ahí, enfrente, espiándome. Sale a su balcón y me espía. Lo sé. Anoto todas las veces que sale al balcón a espiarme.

Sé lo que quiere. Sé que quiere quitarme mi casa. Sé que está esperando a que me muera, por el calor, para venir y quedarse con mi casa. La oigo murmurar. Noto su aliento en mi nuca. Por eso he cerrado las persianas. No entra el aire, pero tampoco puede espiarme.

Tampoco enciendo las luces. No quiero que sepa que estoy aquí. Pero la oigo, en el balcón. No paro de oírla.

Hace demasiado calor. No puedo dormir. Nunca.

Estoy aferrado a mi escopeta. Me hace sentir más seguro. La tengo por si ella entra a hurtadillas e intenta quitarme la casa. Sé que lo va a intentar. Pero yo estoy esperándola.

La oigo. No paro de oírla. Incluso cuando no está en el balcón la oigo.

Debería salir y acabar con esto. Debería esperar a que ella salga e impedir que me quite mi casa.

Debería hacerlo ya.

Creo que así se pasará el calor. Y todo estará bien.

#202

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Eric se estaba meando, pero estaba acostumbrado a aguantarse. Tardaba 6 minutos (cronometrado) en llegar hasta uno de los dos aseos disponibles en su planta, lo que hacía un viaje de ida y vuelta de 12 minutos de pérdida, algo que ya se lo había alertado su supervisor. Había recibido una penalización económica por esa pérdida de tiempo. Ahora lo que hacía era aguantar al máximo y beber el menor líquido posible hasta el almuerzo. Muchos en el centro logístico habían empezado a hacer lo mismo.

Levantó la cabeza para observar el gigantesco mural que dominaba la planta, a modo de cielo artificial. Rezaba “trabaja duro, diviértete y tus sueños se cumplirán”. Esa frase, dicha por el fundador de la compañía, se había convertido en el mantra oficial de la empresa. Tenía que leer todos los días esa frase, estaba por todas partes. Trabajaba duro, eso era cierto. Divertirse ya era otro cantar. Lo de los sueños directamente nunca acababa de leerlo.

Hoy, además era un día especial. Habían instalado enormes pantallas por toda la planta. Iban a retransmitir el primer vuelo espacial del fundador de la empresa, en un cohete construido por la compañía. Un logro, había dicho “imposible de realizar sin los clientes y empleados de la empresa”, había dicho. “Es un triunfo de todos”.

Los empleados miraban las pantallas pero sin dejar los bancos de trabajo. A veces solo les daba tiempo a mandar miradas furtivas a lo que acontecía en el desierto de Arizona, donde se realizaba el lanzamiento.

Eric pensó en que jamás había salido siquiera de su región. Pensó también en su piso compartido que era un horno asfixiante en esas alturas del mes de julio. No se sentía demasiado triunfador.

El cohete se erigió hacia el cielo dejando una enorme estela de humo lechoso. Algunos empleados aplaudieron, otros, los más, simplemente siguieron con sus rutinarias tareas.

Eric se meaba mucho, tenía las piernas retorcidas. Pensó en volver a usar la botella. Miró la pantalla y un pensamiento se cruzó por su mente, casi como un intruso.

“ojalá explotara el puto cohete”. Miró hacia los lados por si hubiera dicho aquello en voz alta. Se sintió un poco culpable solo por pensarlo.

Y algo ocurrió. El cohete, en cuyo interior se encontraba el fundador de la mayor empresa de comercio online del mundo, fue devorada por una bola de fuego brillante y estalló en millones de pedazos para dejar una única nube blanca en el infinito cielo azul.

“Bueno” pensó Eric. “Estoy trabajando duro, ahora me estoy divirtiendo y… por fin veo mis sueños cumplidos”.

Esbozó una plácida sonrisa mientras se orinaba encima. Nunca había sentido tanta paz interior, mientras los gritos de estupor recorrían por todas partes de la planta.

 

#201

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Si existía un infierno, se parecía mucho a aquello. Aquellas montañas de color rojizo, picoteadas de minas extraían el mineral que, destilado, servía de combustible a las naves de toda la galaxia. La clave de aquel negocio era que nadie más allá de los altos cargos de la Corporación tuviera las coordenadas de aquel planeta. Todo el proceso estaba robotizado, para mayor seguridad incluido el transporte hasta las destilerías de la Corporación. Excepto la extracción del mineral, realizada por los nativos de aquellas montañas. Era un proceso complejo, delicado y sobre todo, volátil. No podían dejar que errores en los autómatas hicieran volar toda aquella zona.

Los embajadores de la Corporación observaban las minas y a los nativos, de piel aceitunada y cabellos rojizos. Estaban allí para asegurar que cumplían con los plazos y con el acuerdo. Aunque llamar acuerdo a esa situación desigual y esclavista era cuanto menos un eufemismo.

Pero ellos no estaban allí para empatizar con los nativos ni para discutir las decisiones de la Corporación. Solo tenían que asegurarse de que esas piedras de color verdoso seguían saliendo con total fluidez. Toda la economía dependía de ello.

No oyeron venir al grupo de nativos por detrás. Tampoco les dio tiempo a desenfundar sus armas. Ni a activar el protocolo de emergencia para avisar a los centinelas autómatas que estaban en la nave consular.

Apenas pudieron reaccionar. Desde el suelo, el embajador contempló al grupo de nativos, salpicados con su sangre. Entendía muy poco del idioma de aquellos salvajes, pero las últimas palabras que resonaron en su cabeza antes de que todo se volviera negro eran claras:

“Las piedras sagradas vuelven a ser nuestras”.

#200

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Perdí audición tras un accidente. Caí con la bicicleta una mañana soleada con tan mala que di con el oído contra el suelo. Recuerdo perfectamente aquel crujido y luego un intenso pitido, como una estática aguda, muy parecido al que escuchas tras un concierto a gran volumen.

Fui al médico y me confirmó, tras una audiometría, la pérdida de más de un 30% de audición en el oído derecho. También que ese pitido me acompañaría siempre y que mientras me dejara dormir, debía acostumbrarme a él.

El pitido es cierto que me dejaba dormir.

Lo que me preocupaba más era lo otro. Desde aquel accidente, además del pitido, comencé a escuchar una voz en mi cabeza. En un principio no era más que un mero susurro, pero esta voz fue ganando en claridad, volumen y también autoridad. Y me dice cosas horribles, constantemente. Y no puedo pararlo. No calla nunca y cada vez es más impertinente y desagradable.

Es esto lo que en realidad no me deja conciliar el sueño. Literalmente no me permite dormir.

No lo hará hasta que haga todo lo que me pide.

#199

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Nunca hubiera imaginado que iba a morir de aquella manera, solo y en medio de un desierto, malherido tras haber estrellado su avión contra aquellas dunas interminables.

Recordó lo lejos que quedaba el desayuno de aquella mañana. Había sido tan ignorante mientras paladeaba las tostadas con mantequilla y el zumo recién exprimido.

Ahora mataría por algo parecido, teniendo la terrible certeza de que ya no volvería a probar aquellas tostadas.

Se arrodilló bajo el inclemente sol que arrojaba calor y odio a partes iguales.

Apenas podía mantenerse consciente. Lo último que pensó fue en aquél zumo y aquellas tostadas.

A pesar de los años que había sido piloto, nunca había estado tan cerca del cielo como aquella mañana.

#198

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Miraba frecuentemente las webs de inmobiliarias, buscando una buena oportunidad, en casas de campos, adosados, áticos… Cada poco, escudriñaba estas webs para buscar algo que pudiera interesarle por su zona.

Un día, navegando por una de estas webs de manera distraída, haciendo scroll con el dedo con desgana se encontró con algo que le llamó la atención. Dio con una casa (a bastante buen precio) que le resultó extrañamente familiar. Accedió a la oferta para consultar las imágenes. Conforme recorría las imágenes, empezó a trepar por su garganta una sensación de angustia. Conocía ese sitio. Los muebles, las habitaciones, los cuadros. Era la casa donde se había criado, la casa de sus abuelos.

“Es imposible” se dijo.

Esa casa, la casa donde pasó los primeros años de su vida, fue vendida y demolida hacía más de 20 años. ¿Cómo era posible que se encontrara de repente con aquellas imágenes en esa web?

Las fotografías, además, no parecían antiguas. Prestando más atención pudo comprobar que incluso tenían fecha. Se habían realizado tan solo hacía un mes. El corazón le latía desbocado. Agarró el teléfono para llamar a su hermano y contarle lo que estaba viendo. Volvió hacia atrás de la navegación pero esta se cortó. Volvió a los pocos momentos. Tenía el teléfono pegado al oído, dando tono de llamada.

Decidió descargar las fotos en su ordenador. Las abrió e hizo zoom para poder ver más detalles. Vio que había, en una de ellas, algo extraño reflejado en un espejo. Amplió más la imagen y vio que había una silueta de una pareja. Le recordaban mucho a sus abuelos.

Volvió a la página web de la inmobiliaria y pudo comprobar, horrorizado, que la oferta de la casa de sus abuelos ya no existía, había desaparecido. Cerró el navegador y volvió al escritorio para abrir las imágenes que había descargado.

Solo que ya no se encontraban allí. Empezó a buscar, con una sensación casi incontrolable de pánico por todas partes, en papelera, documentos… pero no había nada. Aquello no tenía ningún sentido.

Cerró el ordenador con una sensación desagradable de desasosiego.

No durmió esa noche.

#197

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–Papá, tengo un poco de miedo–. Veía a mi hijo de 6 años aferrado al marco de la puerta de mi despacho. Hacía un rato que lo había mandado a dormir. A mí me quedaba una larga noche de revisión de textos.

–¿Qué ocurre, Pablo?–le dije sin apartar la mirada de mi ordenador. No era la primera vez que tenía terrores nocturnos.

–Va a pasar algo–. Ahora sí giré la cabeza y escudriñé a mi hijo, que tenía la cara preocupada.

–¿Qué va a pasar? no va a pasar nada, es de noche, tu madre y tus hermanas están durmiendo. Tú deberías de hacer lo mismo.

–Va a pasar algo a las 3 y 33.

–¿Qué quieres decir? ¿Qué va a pasar?

–No lo sé, papá, solo sé que es algo malo.

Mandé a mi hijo de nuevo a la cama a regañadientes y con algún sollozo. Me quedé un rato con él. Mi reloj marcaba las 12 y media pasadas. Esperé a que se durmiera, tras insistirle en que no había nada por lo que preocuparse.

Volví a mi despacho y seguí trabajando pero sin poder sentir un pequeño aguijón clavándose en mi cabeza en forma de preocupación. No podía evitar mirar la hora cada poco.

Dieron las 3 y 33 y presté atención a cualquier ruido que pudiera oír. No escuché nada. Apagué el equipo y subí hasta el cuarto de Pablo. Dormía profundamente.

No fue hasta mucho más tarde cuando comprendí que ese ya no era mi hijo. No del todo. Por supuesto, cuando lo entendí ya fue demasiado tarde.

#196

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“Es nuestro momento” dijeron los monstruos. Al principio era solo un susurro, pero fue creciendo como una planta trepadora, incendiando sus mentes y afilando sus colmillos.

“llevamos demasiado tiempo en las sombras, ocultos, es hora de reclamar lo que nos pertenece”.

Los monstruos salieron a la superficie desde los más profundo de sus cuevas. La luz del día los bañó, también les mandó su bendición.

Llegaron hasta el pueblo a la tarde, recibidos por el repicar de campanas lastimeras. Los lugareños se cobijaron en sus casas, cerradas a cal y canto. Oyeron como la algarabía inundaba las calles, como una verbena cargada de fuego.

Ya solo les quedaba rezar. Y las oraciones nunca habían sonado tan débiles.

#195

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Gritó con todas sus fueras, intentando que su voz llegara hasta la superficie. El sonido arañaba las húmedas piedras de aquel pozo tan negro como la boca de un lobo. Las lágrimas abrasaban su rostro, cubierto de sangre seca.

Nadie lo escuchó.

La noche comenzó a derramarse.

#194

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Jacinto y Eusebio eran los dos únicos habitantes que quedaban del pueblo. Todos se habían marchado o habían muerto. La penúltima fue la mujer de Jacinto, Marcela.

Ahora solo quedaban ellos. Ambos podían ver las luces de la casa del otro, los separaban pocos metros. Ambos se odiaban profundamente, aunque apenas podían recordar porqué. El odio tiene la virtud de hincar sus raíces tan profundamente que trascienden el paso del tiempo y la memoria. Puedes odiar por tus ancestros las cosas que ellos odiaron. Este era el caso de ellos. Un odio familiar que se intrincaba en un pasado cada vez más lejano y difuso.

El pueblo ya no era más que una cáscara vacía, un fósil.

Ambos salían todas las mañanas y se veían en la distancia, lanzándose miradas desconfiadas y desafiantes.  A ambos le aterrorizaba morir antes que el otro, así que parecía que ese aferramiento a la vida dependía únicamente de que el otro no le sobreviviera.

Marcela le había pedido a Jacinto, en su lecho de muerte, que se reconciliaran. “Ya no va a quedar nadie más que vosotros dos, deberíais de dejar de hacer el tonto y haceros compañía”, decía ella, con apenas una brizna de voz colgando de los labios. Jacinto lloró su muerte por días. Eusebio pareció relajar el hostil semblante que le ofrecía a diario desde su casa. Había sido lo más parecido a un gesto de cordialidad que se había propiciado entre ambos.

Jacinto un día estuvo a punto de ir a hablar con él. La verdad era que no quería morir solo allí y cada vez se sentía más mustio. A veces le parecía que sus huesos estaban hechos de arena.

A mitad de camino frenó en seco y se dio la vuelta. Lo pensó mejor. No era morir solo lo que le daba miedo. No. Lo que le daba miedo era morir antes que él.

Y por supuesto que no pensaba darle esa satisfacción.

Se dirigió de nuevo a su casa. Volvería a casa de Eusebio, sí, pero esta vez con su escopeta.

#193

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Salió de aquella reunión tan trascendental y urgente con el estómago del revés. Caminaba despacio y un tanto ausente. Le costaba procesar todo lo que se había dicho allí dentro.

Una semana. Siete días.

Una semana para que un inmenso asteroide se estrellara contra la tierra. Había sido imposible (e incomprensible) de detectar y ahora no era posible detenerlo.

Su decisión, como presidente de la nación más poderosa del mundo, fue la de no hacer nada, tal y como estaban las cosas. El acuerdo fue unánime. No dirían nada a la población, ya que solo conseguirían unos últimos días de la tierra agónicos. Era preferible que nadie supiera nada. Con un poco de suerte, el impacto provocaría la muerte instantánea de toda la vida en el planeta. Le costaba mucho creer que todo aquello fuera en serio. Pero las caras de todos los dirigentes y expertos conectados por videoconferencia no dejaba lugar a dudas.

La verdad es que toda aquella amalgama de rostros cargados de angustia, horror y tristeza eran dignos de contemplar, como un registro de expresiones humanas. Tenía hasta un punto cómico, si no fuera porque aquello no tenía ninguna gracia. Nunca creyó que fuera a ver a ciertos líderes mundiales romper a llorar delante de sus narices. Era como estar en un funeral… solo que los difuntos éramos nosotros mismos.

Montó en el coche presidencial y llegó a su residencia. Dio las buenas noches a sus escoltas y entró, cansado, a su imponente hogar.

Su mujer estaba levantada y maldijo por ello. Le preguntaría. Y así fue, le preguntó por la reunión.

–¿Cómo ha ido? ¿Qué era eso que teníais que ver con tanta urgencia? hay pavo en la nevera, por si no has cenado.

–No tengo mucha hambre, la verdad–. Rebuscó en la nevera en busca de una cerveza bien fría, pero lo que realmente le apetecía era un whisky.

–Por cierto, para el domingo que viene nos ha invitado la mujer del vicepresidente para hacer una barbacoa en su casa. He comprobado que te pillará aquí, así que espero que no haya problema. Voy a la cama, ¿vale?

El Presidente no supo qué responder. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Siempre había dicho que prefería que cayera un meteorito a comer en casa del capullo de James, pero no pensaba nunca verse en esa maldita tesitura.

–Claro, estará bien. Ahora subo.

Se sentó en el banco de la cocina, mirando su cerveza. No tenía la seguridad de si aquella semana se le iba a hacer muy larga o muy corta, pero sí tenía claro que tenía muchas cosas que hacer en muy poco tiempo.

 

 

#192

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Eva se despertó como si tuviera un resorte. Hacía mucho frío en aquella habitación. También había mucha oscuridad. Había un intenso olor a flores y solo se escuchaba el suave ronroneo del aire acondicionado. Era de locos, aquello parecía un frigorífico. Se incorporó, intentando salir de la maraña de confusión en la que estaba sumida su cabeza. Le costaba recordar dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Vio un gran ventanal frente a ella que quedaba oculta tras unas cortinas blancas que estaban en el exterior. Miró a su alrededor (no se paró a pensar la razón por la que podía ver tan bien en la oscuridad) para ver el origen del olor a flores. Alrededor de ella había multitud de ellas, en forma de coronas.

“Hostia puta”, pensó Eva.  Entonces fue cuando se dio cuenta de que estaba amortajada en un ataúd. Afortunadamente habían quitado la tapa, que estaba apoyada, recta, contra una pared.  Estaba, sin lugar a dudas, en un tanatorio. Justo en la parte en la que no debería estar alguien vivo.

“Mierda, mierda, mierda… pero ¿cómo he llegado hasta aquí?¡ ha debido de haber una confusión!”.

Eva bajó como pudo (tampoco reparó en que había levitado un poco al hacerlo) de la caja mortuoria y se dirigió a la puerta de acceso. Estaba cerrada con llave.

Lo lógico es que la invadiera una angustia y miedo descontrolado, pero le costaba mucho sentir emociones. Era como si ese frío las hubiera entumecido. Lo que sí estaba era muy confundida y desorientada. Si no lo hubiera estado, quizá hubiera reparado en que de su boca no salía ningún tipo de vaho normal en aquellas bajas temperaturas. La realidad es que no salía ningún tipo de aliento de ella. Si no hubiera estado tan confundida, podría haber empezado a sospechar que, a pesar de lo que parecía, estaba muerta.

Intentó concentrarse. Recordaba el hospital. Sí. Aquella anemia galopante tan rara que hacía que rechazara cualquier tipo de transfusión. Recordó sentirse tan débil. Y ahí los recuerdos se fundían con la negrura. Y antes de aquello todo era muy confuso. Había salido unas semanas antes, ¿no era así? y algo había pasado aquella noche al volver a casa. Una sombra, algo que parecía un animal, pero no era un animal. Y recordó un sabor intenso y que llegó a casa muy mareada y confundida. Sus padres estaban muy preocupados porque había tardado mucho en volver, decían que días…  no recordaba mucho más. Era como no hacer pié en la playa.

Eva se sentó en un rincón de aquella sala helada. Empezó a pensar cómo explicar esto a sus padres cuando la vieran así.

Si sobrevivían a un infarto, claro.

#191

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Arthur tamborileaba los dedos contra la ventanilla del avión. No podía evitar mostrarse nervioso, aunque la verdad es que su interior era un nudo hecho de angustia, prácticamente pánico. Faltaban aún un par de horas para llegar a la isla y deseaba que el viaje durara 10 más.

No quería estar allí. Lo había mandado el estudio como director suplente para poner orden en algo que el ayudante del director (“el otro director, el que ha huido”, pensó Arthur “ahora el director eres tú”) definió como “infierno en la tierra”. La producción, a todas luces, estaba totalmente fuera de control. El director (“el otro director, el que ha huido”) había abandonado la producción aderezado con un brote psicótico que concluyó con un intento de estrangulamiento al protagonista, el ganador de tres Oscars Mel Stanford. “Un auténtico imbécil con síndrome de divinidad que no para de joderlo todo”, tal y como lo había definido el director (“el otro director, el que ha huido”).

Todo lo que había oído sobre lo que pasaba en esa isla cada vez era más imposible de creer. Equipo abandonado a las drogas y el alcohol, actores endiosados que exigen un cambio de guión constante en busca de su propio lucimiento, sets destrozados por el clima tropical hostil. El estudio estaba harto, se habían excedido ya casi del doble del presupuesto inicial y mandaron a Arthur para apagar el fuego, aunque él se sentía como un cerdo camino del matadero. Era, para el estudio, la última solución antes de cancelar el rodaje.

En un principio lo vio como una manera de ganar puntos de cara a los productores y empezar a ser tratado como un director de verdad, no solo para remendar descosidos y dirigir segundas unidades.

Lo último que había oído es que los extras, nativos de la isla, se habían amotinado y amenazaban con destruir las cámaras. Sintió de repente como la escasa comida que había ingerido en ese maldito avión empezaba a trepara para salir disparada de su cuerpo. También que el director (“el otro director, el que ha huido, acostúmbrate, Arthur”) que se había negado a abandonar la isla, había intentado varias veces sabotear el rodaje, incluso prenderle fuego a los decorados.

“Pero, ¿dónde demonios me estoy metiendo?”

Arthur rebuscó, desesperado, entre la nevera del flamante avión privado proporcionado por el estudio. Debía haber llevado mucho más alcohol consigo.

#190

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El anciano estaba hundido en su cama. Su piel cetrina parecía un viejo pergamino. Contemplaba el techo. Ya solo le quedaba eso. Le molestaba que después de toda una vida de vicisitudes y peripecias, de experiencias y de tanto mundo recorrido, lo último que viera fuera aquel anodino techo de su dormitorio. En la boca tenía un retrogusto de amargura.

Ojalá las cosas hubieran ido mejor. Intentó educar a sus hijos para hacerlos inmunes a la codicia, ese virus infeccioso que puede arrasarlo todo. Pero no tuvo éxito en esa empresa, él que lo había tenido en todo lo demás. Había sido apartado de su imperio (una multinacional dedicada a la logística) que había construido desde cero, desde que acompañaba a su padre montado en aquel carro quejumbroso. Le daba vértigo pensar que había pasado de dormir con las mulas en las posadas a ver desfilar su flota de transportes (por tierra, mar y aire).

Pero sus hijos se tiraron a la obra de su vida como perros que no habían comido en semanas, teniendo como resultado apartarlo de ella. Aquello había infectado su corazón de un veneno tan negro y denso como el alquitrán. No se avergonzaba de odiar a sus hijos. Y más ahora, en aquél dormitorio, inmóvil y solo.

Lo que sus hijos no sabían (tres sanguijuelas con alergia al esfuerzo pero con una insaciable avaricia) es que había conseguido realizar un golpe de efecto. Qué pena no poder contemplar sus caras cuando leyeran el testamento. Cuando comprobaran que, con certificado de un psiquiatra mediante, para constatar su lucidez.

Lucidez, decían. Precisamente la lucidez era algo que había visto incrementar en sí mismo justo al final de su vida.

Ojalá haber tenido más antes. Esa lucidez es lo que había detonado este movimiento. La motivación era deseo de poder ver también otra expresión en un rostro. En este caso, la cara de su sobrina, la única que estuvo a su lado sin interés cuando fue despojado de todo lo que había creado. La habían criado como una hija desde que su hermana falleciera, cuando era solo un bebé.

Ella era, sin duda, la persona ideal para seguir con su proyecto.

El anciano cerró los ojos. Se había cansado de ver la nada. Se aferró a la idea de un futuro mejor, aunque fuera sin él. Deseaba con todas sus fuerzas hacer lo correcto esta vez.

 

 

#189

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El Cardenal contempló La Ciudad desde el balcón del palacio. Las barcazas surcaban, perezosas, el cielo para ser engullidas por la niebla de la mañana. Venían de todas direcciones. Podía oír el tintineo de las campanas de las naves, que alertaban de su presencia al resto. Las luces de los espigados edificios parecían fantasmales tras el paño de la bruma. Los mercados comenzaban a despertar para ofrecer un almizcle de olores especiados y sugerentes.

Desde donde estaba, parecían hormigas. La brisa fría de la mañana le masajeaba el rostro.

Amaba La Ciudad a pesar de todo. A pesar de ser tan despiadada y desagradecida. Empezaba a preocuparle la cantidad de focos subversivos que empezaban a brotar, como tumores, por todos los barrios. Con todo lo que había hecho La Curia por el pueblo. Nadie amaba más a La Ciudad, ese largo enjambre de edificios decadentes que arañaban las nubes y se enraizaban en la laguna, roídos por el limo y desgastados por la lluvia. Una argamasa de neones, exceso de tráfico aéreo y acuático y bullicio. La Ciudad a veces era hostil, otras inspiradora y siempre interesante.

La Curia no podía dejar todo aquello en manos de los revolucionarios. Destruirían todo lo que habían creado, todo lo que La Curia, órgano político, jurídico y religioso de La Ciudad, había construido. Con mano de hierro y alguna caricia. La clave era el equilibrio.

Los revolucionarios habían comenzado por tímidas pintadas en las fachadas. Luego incendios y disturbios. Ahora estaban empezando a encararse con el cuerpo policial. Estaban perdiendo el miedo.

El Dux había convocado a los altos cargos para debatir toda esta cuestión.

No podían permitir que el pueblo dejara de temerlos.

 

#188

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El viejo Risin (así se hacía llamar), que tenía ya más de 70, entró en la tienda a comprar alguna pequeña cosa (cervezas sobre todo). Saludó levantando levemente la cabeza oculta bajo su gran sombrero y poblada por una frondosa barba blanca. Luego se marchó en su polvorienta camioneta que hacía un ruido infernal. Hacía años que ese tal Risin se había instalado en el pueblo, comprando una ruinosa granja para restaurarla. La verdad es que ese forastero la había sacado adelante y ahora producía buen maíz.

Risin tenía un aspecto descuidado, camisas raídas, pelo largo y algo de sobrepeso.

Era todo un misterio, no se sabía mucho de él. Decían que había viajado por todo el mundo, sobre todo por África hasta que decidió volver y establecerse en Alabama. Era lacónico, no se involucraba en la comunidad pero tampoco daba problemas. Algunas veces iba al bar de Jane a tomar algo y una vez le dijo a Wayne que sus amigos le llamaban Mojo. Le preguntaron que a que se había dedicado y dijo que “a muchas cosas pero sobre todo a crear problemas”.

Olía a kilómetros que ese tipo iba huyendo de algo. Policía, acreedores, a saber.

Pero si había decidido desaparecer, no había mejor sitio que aquél pueblo dejado de la mano de Dios en lo más profundo de Alabama.

#187

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Yo pensaba que esto sería algo temporal. Cambios típicos de la pubertad.

Primero fueron unos extraños sueños. Cuando lo comenté con mis amigas, estas reían y decían que estaba chiflada. Sobre todo eran sueños referentes a cazar y devorar animales. Me despertaba sudando y con un extraño sabor pastoso en la boca.

Luego fue el olfato. Era capaz de distinguir mejor los olores, pero incluso reconocer a la gente que había estado con otra gente por el olor que tenían impregnado encima. Era algo prácticamente tangible.

Cada día tenía los sentidos como más desarrollados que el día anterior, era incluso molesto. Todo fue escalando hasta la noche que me vino la regla. Había luna llena. No fue esto lo que más me preocupó esa noche, os lo aseguro.

Todavía recuerdo el primer dolor del desgarro de las garras y colmillos al salir.

#186

By microrrelato No Comments

Corro con el corazón a punto de escapar por mi garganta. Corro como si la vida me fuera en ello. Pero es que la vida me va en ello.

A pocos metros, una jauría, o más bien manada, de unas diez sombras indistinguibles que formaban un ente uniforme, bravucón y supurante de odio me persigue. Si se hubiera visto la escena desde la distancia, seguro que se asemejaría mucho a esas pinturas en las que una jauría de perros corre tras un ciervo asustado.

Ahora yo soy el ciervo y puedo hasta oler el aliento de mis perseguidores. Oigo sus gritos. Oigo lo que van a hacerme.

No soy una víctima al azar, soy un objetivo claro. Uno muy fácil de identificar.

Creo que estoy al límite de mis fuerzas, pero no puedo parar de correr. Nunca he dejado de correr, ni de esconderme. Aprieto tanto los dientes que mi boca sangra. Ni siquiera lo noto. Solo siento el miedo que tengo y que me hace correr, más allá del límite de mis fuerzas.  Ahora sería el momento en el que apareciera un superhéroe a rescatarme. No puedo creer que piense estas estupideces en este momento. No hay superhéroes.

“No hay estrellas en el cielo que velen esta noche por mí.”

Ojalá ser una gacela, en vez de un ciervo asustado.

Sigo huyendo. Siempre, huyendo.

 

 

#185

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Alguna vez había pensado en qué haría si le quedara un minuto de vida. Ahora se enfrentaba a aquella situación, mientras aquél avión se precipitaba al océano, rodeado de gritos de histeria y rezos. Él solo podía observar, abstraído, como resplandecía el mar bajo el manto del atardecer anaranjado, con esas serpientes de luz bailando sobre el agua. Era un espectáculo hermoso.

Qué suerte había tenido al escoger ventanilla.

#184

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No podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Por fin, tras tantos años dando tumbos sin sentido en política, su esfuerzo se veía recompensado. Porque tragarte tu amor propio e incluso dignidad también costaba esfuerzo.

Pero no estaba nada mal, 85k anuales y gastos de representación. Aquel puesto creado ex profeso para él era lo más parecido que había a la tierra prometida.

Aún recordaba la amplia sonrisa de su presidente cuando le comunicó la noticia por videoconferencia. Igual era incluso demasiado amplia.

Lo que no sabía es lo que significaba realmente aquel puesto.

Lo entendió cuando toda la atención mediática se centró en su puesto y todo el pozo ciego de corrupción que escondía. Entendió plenamente lo que significaba ser una cabeza de turco.

Y sobre todo, entendió aquella amplia sonrisa.

 

#183

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Por supuesto que yo no hice esas atrocidades de las que se me acusa. Jamás haría algo parecido. Soy absolutamente inocente. Da igual las pruebas que me muestren, toda esa montaña de evidencias.

Yo no soy esa persona.

Ya no.

 

#182

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Estoy sentada en el restaurante, algo aburrida, asintiendo con la cabeza e ignorando una conversación que no me interesa nada. Hablan en inglés. Barro el comedor con la mirada y entonces la veo. Estoy a punto de soltar el tenedor, pero me conformo con quedarme petrificada. Tanto que las personas con las que estoy en la mesa me miran con extrañeza.

Es idéntica a mí y está en una mesa cercana. Es como ver una fotografía o un video doméstico. Mi primera reacción es la de suponer que el parecido no puede ser tan literal, pero la observo atentamente. Conversa distendida con otra mujer que veo de espaldas, aunque me resulta familiar. Tiene el mismo color de pelo que yo, el mismo corte (demasiado corto diría mi madre). Lleva un poco más de maquillaje de lo que llevo yo ahora, eso sí, pero por lo demás, es una copia exacta de mí. Pero si incluso tengo una camisa idéntica a la que lleva.

Dudo en si levantarme o no para compartir con ella nuestro asombroso e inquietante parecido. ¿Cuántas veces puede pasarte esto en tu vida? Había oído aquello de que todos tenemos un doble perfecto, pero me parecía improbable. Y mucho menos tropezarte con esta copia exacta de ti en un restaurante. Coincidir en tiempo y en espacio. Me parece motivo suficiente para acercarme a ella.

Me disculpo para ir al aseo y ando los pocos metros que me separan de mi otro yo. Entonces veo como ella repara en mí y su reacción es idéntica a la que yo he tenido momentos antes. Percibo como incluso se mueve inquieta en su asiento con una expresión de confusión mientras me acerco.

–Hola–le digo, mostrando una sonrisa nerviosa–no he podido evitar observarte desde mi mesa… sé que es muy extraño pero no he podido evitar el darme cuenta de nuestro parecido. Me llamo Marisa.

–¿Cómo? Yo también.

–¿Marisa?

–Qué.

–Nada, que te has quedado como ausente. Te estaba hablando.

Me doy cuenta de que estoy sentada en la mesa del restaurante frente a mi amiga Paola. Tardo un poco en ubicarme y parpadeo para comprobar que estoy despierta. No entiendo bien qué ha pasado. Miro con urgencia las otras mesas para ver a mi otra yo. Me detengo en la mesa en la que creía estar sentada, pero hay otros comensales distintos. Ni rastro de mi otro yo.

–Chica, estás rarísima–me dice, dando ligeros toques en la mesa–. Te estaba diciendo que mañana tienes la comida esta tan importante con nuestros clientes de Londres. Te he reservado mesa aquí mismo.

#181

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García miró de reojo el estanco mientras caminaba y no pudo evitar la tentación de entrar, pero apretó el paso y siguió caminando.  Llevaba dos meses fuera del cuerpo y la sensación de estar desubicado estaba desapareciendo. Había dejado de fumar (con bastante esfuerzo), había adelgazado, llevaba el cabello arreglado e incluso empezaba a vestir con polos de colores. Su yo de hacía solo un año se habría descojonado.Sonrió un poco al verse reflejado en un escaparate mientras caminaba. Su mujer también le sonreía ahora por las mañanas.

Sabía que aquel caso le iba traer muchos problemas. En cuanto fue identificado el cadáver (un importante capo de la mafia rusa, un antiguo militar que había metido la cuchara en todo. Y todo era todo) sabía que en cuanto empezara a tirar del hilo, todo se pondría feo. Y se puso feo. Muy feo. Fue como acercarse a un avispero y meter la mano con total conocimiento de causa. Blanqueamiento de dinero a través de grandes constructora, políticos. Era casi previsible.

Por supuesto que debía de haber parado en cuanto le pegaron un toque desde arriba, todavía se maldecía por ello. Pero surgió algo, orgullo de poli o lo que cojones fuera, pero se acercó como un mosquito a una bombilla en una noche de verano.

Y por supuesto, se quemó. El mafioso había robado a la gente equivocada y esa gente que jamás se mancha las manos solo necesitaba un golpe de teléfono para provocar que un cadáver aparezca en una playa. Porque si hay algo peor que los delincuentes son los delincuentes que fingen ser honrados, esos ciudadanos ejemplares que han hecho del cinismo un arte. Esa gente que sale en los noticiarios como ejemplo de todo. Aquello le daba nauseas. Y no pudo ni rozarlo. En esta vida, todo el mundo que escala tiene muchas cartas bajo la manga, para sacar en el momento adecuado. Sabía que se lo podían cargar en cualquier momento, porque su trayectoria tenía un montón de lamparones. Pero incluso él tenía una linea roja y odiaba que los malos se salieran con la suya, aunque quedara un poco peliculero.

Pero aquello de película tenía poco. En breve estaba en la calle, con una indemnización y una palmadita en el hombro. Y con la mirada solidaria pero también cobarde de sus hombres.

Ni siquiera le había apetecido ponerse por su cuenta. Que le dieran por culo a todo aquello, estaba harto de todo aquello. Tenía ahorros y una casa en la sierra donde antes nunca tenía tiempo para disfrutar. Iría ese verano allí con su mujer y pensaría que hacer, no tenía ninguna prisa. La realidad era que se sentía aliviado y con la conciencia muy tranquila.

Igual incluso llevaba a su mujer a la playa algún día y todo. Nunca era tarde para cambiar.

Para saber más sobre esta historia, lee el microrelato #162 si no lo has hecho ya. 

#180

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Los ronquidos cesaron y la princesa se estremeció. Sabía lo que eso significaba. Escuchó como el ogro se despertaba perezosamente, emitiendo gruñidos. Su tos sonaba como un pozo burbujeando flema.

Ella se encogió. Escuchó cómo se acercaba desde la oscuridad, con pasos viscosos, respirando pesadamente. Pudo vislumbrar el tenue brillo del candil que el ogro portaba en la mano.

Sabía que iba a correr la misma suerte que sus hermanas.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de ira incandescente. Apretó con fuerza el pequeño hueso afilado que había encontrado en aquella minúscula celda y que desde hacía dos noches no había soltado de su mano.

#179

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Era la primera vez que acompañaba a mi padre a la caza. Me despertó de manera abrupta cuando el día todavía no había empezado a machar el cielo. La niebla lo cubría todo, dando una sensación de irrealidad. A duras penas podía tragar mi desayuno debido a los nervios. Mi padre sorbía su infusión de raíz en silencio mientras miraba por la ventana. Mi padre nunca hablaba mucho, tenía el rostro duro y cubierto por una poblada barba. Fuimos hasta el cobertizo que teníamos junto a nuestra casa, para recoger los bártulos y andamos el camino al embarcadero en silencio, acompañados por el sonido del despertar de los animales cercanos. En el embarcadero, iluminado con lámparas de gas, se encontraba la cuadrilla de mi padre, hombres recios y robustos que no podían esconder el desgaste de los años de duro trabajo. Montamos en la gran barcaza voladora, que se deslizó perezosa entre la niebla, inundando el cielo con el humo espeso de la vieja y chirriante máquina de vapor. Hablaban poco, algún comentario disperso mientras algunos fumaban sus pipas.

Nos adentramos por un estrecho cañón cubierto por la bruma. Mi padre me dio un golpe en el hombro para que me preparara, mientras los hombres se colocaron en sus puestos de manera mecánica. Algunos se colocaron en ligeros cañones cargados de afilados arpones, en posición tensa y atenta. La caza era cada vez más dura, las serpientes voladoras cada vez eran más escasas. Esa situación había tamizado el ánimo de los hombres. Los productos derivados de estas grandes serpientes (piel, carne, aceite) era la economía principal de aquella comarca.

–Cuando toque el cornetín, agárrate bien, intenta no caerte por la borda y sobre todo, no estorbes–dijo mi padre, en voz baja. Podía oler su aliento a tabaco de pipa.

El cornetín no tardó en sonar y yo me agarré a una de las cuerdas de proa, medio agachado. No podía dejar de temblar.

“Es mediana y vuela sola” oí gritar al vigía. Los hombres blasfemaron y la máquina de la barcaza empezó a chillar. Volábamos a una mayor velocidad por aquel estrecho y húmedo cañón.

Vi una silueta serpenteante. Parecía huir de nosotros. Eran criaturas huidizas. Pero en un instante, la barcaza se elevó y la pude ver con claridad. Tendría unos 20 pies, cubierta con un gran pelaje de color pardo, muy característico porque se utilizaba mucho para hacer ropajes.

Oí el grito que daba la orden de disparar los arpones, que atravesaron a la criatura sin dificultad.

Entonces fue cuando nos dimos cuenta que a nuestra espalda llegaba el resto del enjambre.

Esa fue la última vez que vi a mi padre.

#178

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Apenas llevaba unos días durmiendo en las calles de Neocity, ese conglomerado de ciudades que crecía como un tumor maligno de manera vertical, arañando espacio al cielo.

No se arrepentía de haber golpeado al imbécil de su padrastro. Lo que le dolía es cómo su madre lo había defendido. Volver a ese apartamento de mierda en una de las zonas más deprimidas de la ciudad ya no era una opción.

Al menos era verano, mejor el asfixiante calor nocturno y el aire viciado por el exceso de aparatos de aire acondicionado que el crudo invierno. Llevaba días deambulando por las calles, arrastrándose por los barrios pijos, aquellos centelleantes por los neones y los hologramas. Pero la realidad es que le quedaban pocas opciones. Tuvo suficiente dinero para pagar un par de noches en un ruinoso hotel lleno de yonkis, agujero donde llevaban los clientes a las prostitutas y también asesinos a sus víctimas. Pero ahora ya no tenía ni eso. Pensó en hablar con alguien para pasar aunque fuera un poco de duko de baja calidad. Al menos eso le daría algo para ir aguantando.

Se encontraba junto a un grupo de indigentes fumando un cigarrillo que le había dado uno de ellos. Al menos podía compartir su mierda de vida con otros que tenían una vida igual de desgraciada o peor.

Vieron como un aeromovil de alta gama aterrizaba cerca de ellos. Surgió de él un hombre impecablemente trajeado. Los indigentes empezaron a mostrar gestos inquietos y algunos se fueron dispersando.

–!Eh!–dijo la figura trajeada–. ¿Alguno de vosotros quiere ganar bastante pasta? ¿Un trabajo de verdad?

–Ni se te ocurra, chico–le dijo un hombre menos anciano de lo que aparentaba su cuarteado rostro.

Tampoco pasaba nada por informarse ¿no? y, joder, tampoco tenía muchas más opciones. Se acercó hasta el vehículo.

–Eh, chico. Tienes cara de ser bastante listo–dijo el hombre trajeado con una sonrisa impostada–.¿Quieres venir a nuestras oficinas y ver en que consiste tu trabajo?

No era tan idiota como para meterse en ese aeromovil con ese tipo, pero cuando intentó retroceder, ya era demasiado tarde. Otras dos figuras salieron del vehículo y lo agarraron para introducirlo en él.

El indigente que le había advertido observaba la escena, indiferente. Lo había visto demasiadas veces. Nunca volvían. No sabía a ciencia cierta qué les hacían a esos chicos, pero nunca regresaban. Nadie los reclamaba. Se decía por ahí que era por todo el tema de tráfico de órganos, o para experimentos. A saber.

Lo único que sabía a ciencia cierta es que ese chico había sido engullido por esa maldita ciudad, como les pasaría a todos, tarde o temprano.

#177

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Salió del trabajo y decidió caminar en vez de coger el metro. Aunque era un largo paseo pensó que le vendría bien caminar y desintoxicarse del viciado entorno laboral. Llegó hasta la puerta de su casa, pero decidió seguir caminando. No tenía prisa. Llegó hasta los límites de la ciudad, pero no se detuvo. Simplemente quería caminar, sin rumbo. Deambular sin ningún tipo de destino. Estaba ya por un paraje desolado cuando anocheció. Pero no se detuvo, siguió caminando, se sentía con fuerzas. Caminó durante toda la noche y durante todo el día siguiente. Sentía la cadencia al caminar, desprovisto de equipaje y ataduras. Arrojó su corbata, las llaves de su casa y su cartera al polvo del camino. No sabía a donde iba, pero estaba seguro de que lo sabría cuando llegara.

Algunos pensarían que estaba huyendo. Es posible, pero sin duda, estaba disfrutando de aquello.

#176

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-¿Sabes lo que me gusta de la noche de San Juan?–dijo Andrés observando la pequeña hoguera que él y Sonia habían encendido en la playa. La fogata resplandecía en esa ligera noche. Se encontraban en un sitio apartados del bullicio y las fiestas. Sonia permaneció en silencio, con los ojos clavados en la hoguera.

–Lo que me gusta es ese acto de quemar lo viejo ¿sabes?. Es el punto álgido del día, el más largo. Es un momento perfecto para empezar de cero. El fuego purifica y nos quita de las cargas del pasado. ¿Sabías que los romanos celebraban el año nuevo en marzo y quemaban objetos y prendas para celebrar el inicio de un nuevo ciclo? me resulta bastante inspirador. Ese acto de iniciar la época más luminosa sin cargas, sin ataduras del pasado. ¿Tú que opinas, Sonia? Estás muy callada.

Sonia levantó la cabeza. La hoguera brillaba en sus ojos cargados de lágrimas.

–Tenemos que hablar.

#175

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A veces me gustaría ver lo que hay debajo de mi propia piel, ver las venas palpitando y los músculos brillantes. Y que mi piel fuera elástica, como aquel personaje de Los Cuatro Fantásticos. Me toco la cara para sentir mi craneo. Me hace gracia que la muerte iguale tanto a las personas, no solo porque todo se acaba igual para todos, si no por cómo todos nos parecemos cuando nos reducimos a huesos. Recuerdo cuando vi a Ramsés II momificado, que conservaba hasta el poco cabello que tenía y parecía extrañamente vivo. Me recordó a mi abuelo, con esa cara cuarteada. Recuerdo la muerte de mi abuelo, tan plácida. No sé porqué pienso tanto en la muerte últimamente. De pequeña me aterrorizaba y ahora me produce una total indiferencia. Igual es la consciencia de que no va a cambiar nada. Cuando era niña me aterraba la idea de pasar toda la eternidad dentro de una caja. Porque la otra vida nunca fue una opción. Tengo la sensación de que fui impermeable al colegio de monjas. Pero me gustaba rezar, me gustaba esa cadencia monótona y esas palabras que apenas tenían sentido. Pero había algo poderoso ahí. Era como un conjuro, ¿no? como unas palabras mágicas. Como el beber sangre y comer carne de un hombre crucificado. Siempre me pareció que la religión, para ser tan espiritual, transitaba invariablemente por un trance físico y lleno de dolor. El dolor como llave para obtener una recompensa. Los mártires parecían competir quién era capaz de recibir el castigo más horroroso. San Lorenzo fue quemado en una parrilla y por eso El Escorial tiene esa forma. Esa es una montaña mágica, Felipe II no la eligió de forma baladí, como los faraones cuando eligieron el Valle de los Reyes. No sé porqué le damos tanta importancia a la muerte, cuando la muerte ni siquiera es. Es el anti no ser. Es la nada. Y la nada me aterrorizaba, pero ahora me es indiferente.

–¿En qué piensas, cariño?–pregunta Sergio y me arranca de mis pensamientos. Ni siquiera me había dado cuenta de que me había quedado mirando a través de la ventanilla del coche.

–Nada–respondo de manera automática. Me he acostumbrado a hacerlo siempre así. No quiero responderle la verdad.

 

#173

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No puedo creer que vaya a morir así. Tirado en el suelo, asfixiado por un puto hueso de cereza.

Me parece ridículo. O sea, ¿así acaba todo esto? si es una broma, no le veo ninguna gracia. Por supuesto, no pienso esto, simplemente estoy intentando sobrevivir, dando manotazos al aire, intentando golpearme a mí mismo en el pecho para expulsar la maldita semilla. Noto como la vida se escapa. Es una especie de hormigueo que provoca un suave fundido a negro. Creía que sería peor. No está tan mal.

Me veo a mí mismo en el suelo, sobrevolándome como un diminuto dron. Tengo la cara enrojecida y los ojos vidriosos. Pienso que pronto se habrá acabado todo y yo me elevaré como un globo de helio.

Y ahora es cuando debería de pensar en mis éxitos y mis fracasos, pero solo puedo pensar en que cuando llegue mi asistenta y grite antes de llamar a una ambulancia yo estaré boca arriba en calzoncillos. Y no son mis mejores calzoncillos.

Me estoy muriendo y yo solo pienso en mis calzoncillos. La verdad es que pensaba que esto sería más transcendental. Pero no. Ahora pienso en que si llego a saber que moriría esta misma tarde, esta mañana le hubiera metido una hostia a mi jefe y luego me hubiera meado en su mesa. Pero estas cosas no pueden saberse, si no, seríamos todos unos auténticos kamikazes.

¿Cuánto tiempo puedo aguantar sin respirar? ¿Es normal que esté tan violeta? Me hago estas preguntas con una total falta de pasión. Vaya, pues parece ser que las emociones no están precisamente en el alma porque no puedo sentir nada. Ni pena, ni tristeza. Nada. Se ha quedado todo ahí abajo. Y la verdad es que casi que mejor.

Lo que más me jode es que esa cereza ni siquiera estaba buena. Un punto y final bastante coherente con el resto de mi vida.

Y de repente, voy y escupo el puto hueso. Me noto bajar como un avión en picado.

Que pena que no vaya a recordar nada de esto, porque seguro que me animaría a pegarle una hostia a mi jefe.

 

 

#172

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Sentía que el bosque estaba vivo. Que la engullía con su boca hecha de ramas y musgo, para hacerla recorrer su garganta espinada y tupida de follaje. No había cielo más allá de las copas de los árboles. La luz luchaba por entrar en pálidas hebras, para morir en una difusa neblina verdosa y mortecina. Sentía que cada vez hacía más frío, mientras se adentraba en lo más profundo, sintiendo que los árboles se estrechaban para poder asfixiarla.

Sentía miles de ojos clavados en ella.

Sentía que decenas de animales salvajes estaban agazapados, relamiéndose. Esperando. Con sus dientes como tenedores. Apretó el paso.

–Hola, ¿estás bien?–dijo una voz melodiosa que la sobresaltó. Provenía de un apuesto joven, que caminaba tras ella. Sonreía despreocupadamente.

–Sí–dijo ella, girando la cabeza pero sin detenerse. Sus ojos mostraban desconfianza.

–Espero no haberte asustado.

–No, tranquilo, es solo que este bosque me pone un poco nerviosa.

–Yo voy también al otro lado, puedo acompañarte, si no tienes inconveniente. Transito mucho por aquí, no tienes que preocuparte, conmigo estarás segura.

La verdad es que sus palabras tranquilizaba. Ella respondió con una sonrisa más tranquila y calmada.

–Gracias, la verdad es que no me gusta ir sola por aquí.

–Bueno, pues ahora ya no lo estás ¿hacia donde te diriges?–dijo el joven sin sacar las manos de los bolsillos. Había algo en su despreocupación que lo hacía altamente atractivo.

–Voy a ver a mi abuela, que vive sola al otro lado del bosque. Le llevo medicinas y víveres que me ha dado mi madre. Cada vez le cuesta más valerse por sí misma–. No entendía porqué se estaba abriendo tanto a aquel desconocido, pero no podía evitar en sentir un extraño confort junto a él.

–¡Ah! pues que suerte tiene tu abuela de que se preocupen así por ella, es genial.

Ambos rieron. Ella miraba al suelo para intentar ocultar su rubor. Él parecía encantado con ello. Tenía una sonrisa resplandeciente. Ella intentaba mirarlo lo menos posible, aunque a veces era inevitable.

Siguieron caminando mientras él le contaba curiosidades sobre los árboles y el bosque. La miraba golosamente, cada vez con menos reparo.

Si alguien hubiera podido mirarlos hubiera dicho que él la miraba como miraba un lobo a un cabritillo indefenso.

 

 

#171

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Todo fue negro hasta que alguien arrancó la capucha de tela de su cabeza. La luz le hirió y guiñó los ojos. No recordaba cuanto tiempo llevaba con la cabeza tapada. Estaba bañado en sudor. Vio como a su amigo “El Rayo” le era despojada también una capucha por una mano invisible. Gruñó, todavía medio inconsciente.

Empezó a ser consciente de su situación. Estaba maniatado a una silla y un intenso dolor producido por puñetazos se reavivó en sus músculos. Tenía sangre seca bajo su nariz. El pánico se desbordó dentro de él. Intentó, en vano, forcejear con sus ataduras. Estaba al borde del llanto. Su amigo despertó y mostró una expresión mezcla de miedo, incomprensión y sorpresa.

Unos focos les apuntaban, deslumbrantes. Tras ellos, unas figuras indistinguibles esperaban pacientemente.

–¿Qué queréis?–aulló, escupiendo saliva mezclada con sangre.

Una de las figuras se adelantó hasta estar frente a ellos. Era un hombre de rostro duro y anguloso. Se agachó para que sus miradas estuvieran a la misma altura.

–Nunca dijisteis donde estaba el cuerpo. Nunca fuisteis condenados. Bueno, pues eso va a cambiar.

–¡No, por favor! puedo deciros donde está, pero por favor no nos matéis–rompió a llorar. “El Rayo” era también un manojo de pucheros infantiles. Mantuvo la cabeza baja.

–Mira, no nos pagan para sacaros la información. No me interesa. Me pagan para que os hagamos lo mismo que le hicisteis a ella. Si os digo la verdad, me importa una mierda lo que hicierais. Para mí no significáis nada.

La figura volvió detrás de los focos. Los chicos se sacudían en sus ataduras como un pez agonizando fuera del agua.

–Pero para él lo sois todo.

Una figura más retrasada que el resto contemplaba la escena, en silencio, casi temblando por la ira. Sus ojos estaban abrasados por las lágrimas. Decían que la venganza no compensaba, que nada de eso le devolvería a su hija. Pero necesitaba equilibrar las cosas. Sentir, al menos, cierto equilibrio. Necesitaba acallar esa ira, fuera como fuera.

Afirmó con la cabeza. Se escucharon los leves disparos con silenciador en mitad de aquella nave industrial abandonada.

Los cuerpos nunca aparecerían.

La ira tampoco llegó a desaparecer del todo.

 

#168

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A veces, el mar te mece como si fueras su retoño, de manera suave. Otras, intenta matarte con un mantra de olas furiosas.

Aquella noche sin estrellas descubrió que el mar albergaba en su vientre horrores desconocidos y latentes a los que nunca antes se había enfrentado. Su mente no pudo procesar aquella figura uniforme que emergió de los abismos más oscuros para engullir el barco con una maraña de tentáculos.

Lo último que pensó fue en lo inútil que era gritar en la inmensidad de océano, pero aún así no podía dejar de hacerlo.

#167

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–¿Qué te pasa?–le preguntó Lana a su hija Emily. Se había quedado pálida, como si hubiera visto un fantasma. Había soltado el tenedor, que chocó contra el plato. Parecía tener la mirada clavada en el infinito. Estaban en el comedor, disfrutando de un plácido almuerzo que había preparado su madre. Estofado de ternera con verduras. Era la primera vez que su nueva pareja, James, comía con ellas y se había empleado a fondo.  Se quedaron todos atrapados en un breve pero tenso silencio que Lana intentó romper con una anécdota. James sonreía, pero era visible que se sentía incómodo.

Liz, la hermana de Emily, le dio un codazo y puso los ojos en blanco. No era el momento de montar el numerito.

Emily era una chica extraña, retraída. No hablaba demasiado y siempre parecía ausente. Cuando su madre le comunicó a ella y a su hermana que tenía una nueva pareja, pareció no importarle demasiado. Liz si pareció en un principio más molesta, pero hacía más de cinco años que su padre había muerto de cáncer y su madre se merecía un respiro. Ninguna de las dos se lo había puesto demasiado fácil.

Emily sobre todo le gustaba leer. Devorar novelas policiacas le había llevado a interesarse por la criminología. Y eso le había llevado a su peculiar afición a coleccionar recortes de prensa con noticias de los crímenes que le interesaban. Seguía de manera exhaustiva los avances de las investigaciones. Incluso a veces, a pesar de su timidez, preguntaba a la policía cosas, pero en aquel pueblo nunca pasaba nada.

Emily tenía una extraordinaria facilidad para retener información y prestaba una especial atención por los detalles. Había leído y seguido de manera casi febril la investigación de una serie de asesinatos ocurridos en diversos condados cercanos unos años atrás. Nunca dieron con el culpable. Emily, tras leer tantas noticias e informes había adquirido la capacidad de detectar las similitudes de toda la información que caía en sus manos.  Le había llamado la atención el testimonio de dos mujeres que consiguieron escapar del asesino. Los testimonios tenían varios años de diferencia. En ambos, se describía un tatuaje en el dorso de la mano con forma de araña. No una araña cualquiera, era un tatuaje identificativo de los Marines.

Era exactamente igual que el tatuaje que le había visto a James, aunque este hacía lo posible por disimularlo con la manga de la camisa.

–James estuvo en el ejercito– había dicho Lana con orgullo cuando les informó a sus hijas de que vendría a comer–. Ahora hace reparaciones, es muy guapo y os va a encantar.

Emily hizo lo posible para disimular su miedo, cogió el tenedor y agachó la cabeza para seguir moviendo la comida de un sitio a otro. Intentó convencerse de que era una mera casualidad.

James siguió sonriendo mientras Lana seguía parloteando. Lanzó un par de miradas furtivas a Emily que esta fingió no ver. Parecía la mirada de un depredador.

 

 

#166

By microrrelato No Comments

Lo de Johnny Fire fue una autentica tragedia. Morir así, tan joven, con tanto por hacer.

Empecé a tocar con él en el 56, éramos unos críos. Pero ¿ves estas manos? se curtieron tocando con él cada noche en garitos de mala muerte. Ahí me convertí en un auténtico batería y él en el cantante que fue. Luego vino la tele y todo eso, las películas… yo no estuve metido en nada de eso.

Pero cuando volvió a salir de gira, aquella tan jodidamente grande, quizá demasiado, no pude decirle que no. Me lo pidió personalmente, Tony Gold no tuvo nada que ver ahí. Sé que ese malnacido no quería vernos a ninguno de nosotros allí con él y ¿sabes por qué? porque nunca fuimos mercenarios y no le teníamos miedo. Johnny solo se sentía seguro con nosotros detrás de él. Habíamos crecido juntos. Te juro por Dios que le habría metido el puro por el culo a Gold en más de una ocasión. Odiaba como le trataba.

Sí, sé que me estoy yendo por las ramas y sé lo que quieres saber. La noche del 20 de mayo del 65. No se me olvidará nunca. La verdad es que estaba siendo una mierda de gira, no se oía nada. Tocas todas las noches en pabellones para cinco mil personas y era incapaz de oírme ni siquiera a mí mismo. He de reconocer que todo ese tiempo Johnny estaba muy cambiado y apenas se relacionaba con nosotros. No te diré que se había vuelto un gilipollas pero sí que estaba completamente ausente. Creo que la gira lo estaba superando (a todos nosotros un poco también) y no estaba en la mejor forma. Llevaba cuatro años fuera de los escenarios y se notaba, estaba muy intranquilo, nunca lo había visto tan pálido. Algunos de los chicos decían que tenía pánico escénico. ¿Bromeas? decía yo, pero si Johnny Fire había tocado en agujeros de mierda donde si no lo hacías bien posiblemente te lo pagaran con un navajazo.

Yo no me enteré al principio, solo sabía que íbamos con retraso y eso era raro. Johnny no salía de su camerino. Dijeron que fue un ataque al corazón. Gold hizo todo lo posible para que no se le hiciera autopsia. Movió cielo y tierra. Luego oí que Gold había estado toda esa tarde en aquel camerino con él. Si te digo la verdad, solo recuerdo quedarme en las escaleras llorando mientras el público gritaba encolerizado por no saber lo que pasaba ahí dentro.

Yo no te voy a decir de que murió porque no lo sé. No era un secreto que se le estaba yendo la mano con algunas cosas, pero te aseguro que su muerte no fue accidental, tómalo como quieras. Eso es todo lo que voy a decir.

Eso y que daría lo que fuera por volver a tocar con él en un agujero de mierda para 50 personas.

#165

By microrrelato No Comments

Hacía unas semanas que había sufrido una aparatosa caída por las escaleras. Estaba postrado en su cama desde ese momento. No había vuelto a coger un pincel desde entonces.

Ya no podía pintar.

Había estado bastante activo desde que llegara a aquella ciudad francesa que no sentía como hogar, pero mejor allí que cerca del asqueroso déspota del Rey. Pero su tumor parecía empeorar y era consciente de que le estaba devorando vivo. No tenía fuerzas.

Levantó la amarillenta hoja de papel con uno de sus últimos dibujos. En él, la figura titubeante de un anciano arqueado, de larga barba sostenido por dos bastones. Había escrito en el margen superior derecha una breve frase que todavía resonaba en su cabeza. “Aún aprendo”.

Le quedaba tanto por experimentar, tanto por pintar. Y le quedaba tan poco tiempo. Esa amargura tornaba su rostro a ceniciento.

“Aún aprendo”.

Le trajeron la comida pero apenas probó bocado. “Paco, tienes que comer”, le había dicho su amigo José. Pobre José, tenía su retrato a medio y sabía que no lo acabaría.

Contempló la figura del anciano de su dibujo, que había vuelto a caminar, aunque fuera con dos bastones que suplieran la fuerza de sus piernas.

“Aún aprendo”.

Acercó su mano, temblorosa, hasta la mesita, donde tenía algunos lápices grasos y carboncillos.

Cogió una hoja de papel verjurado agrisado y empezó a dibujar sin pensar mucho. Empezó a pensar en su infancia, en el cielo azul. A veces pensaba que sus recuerdos eran lo único que le quedaba. Pensó en el color, en que si volvía a pintar retomaría una paleta más amable que la de los últimos años en Madrid. Ya no quería más luto. Aprendería a volver a su infancia. En el trazo encontró algo. Un gesto que le emocionaba. Un trazo liviano y efímero. Pensó en la luz, en cómo echaba de menos pintarla. Pintar el aire.

En aquella cama, Goya siguió aprendiendo.

#164

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Despertó en lo que parecía una aséptica enfermería. La cabeza le daba vueltas. Cuando pudo enfocar la mirada, se dio cuenta de que tenía vendad la muñeca. Todo indicaba a que había tenido una vía allí. Por el escozor, no debía hacer mucho que se la habían retirado.

– Era sedación–dijo una figura entrando en la habitación–.Espero que se encuentre mejor, teniente Martin. Tenemos que hacerle unas preguntas. Entiendo que debe estar todavía confundida… pero es importante.

Reparó en que era un tipo de uniforme. Ella también era una tipa de uniforme ¿no? hace como 5 millones de años.

Ellen Martin continuó en silencio. Tenía la boca muy pastosa y seguía algo mareada.

–Teniente Martin, ¿recuerda algo del incidente?

–¿Qué incidente?–dijo Ellen con bastante dificultad.

–¿Qué es lo último que recuerda?

Buena pregunta. Ellen intentó asentar sus recuerdos. Su cabeza era una maraña inteligible. Recordó la misión. Recordó entrar en aquel objeto no identificado y terrestre, como parte de un equipo formado por 5 militares.

–Entramos en aquella cosa y solo recuerdo un sonido atronador y luego… despertar aquí. ¿Qué ha pasado con los demás?

– Parece ser que es la única superviviente teniente. Salió caminando, pero ausente, como si fuera un autómata. Del resto no pudimos saber nada porque en cuanto salió de aquel objeto… desapareció.

–¿Qué? ¿Cuánto tiempo estuve ahí dentro?–preguntó Ellen incorporándose, lo que hizo que su cabeza pareciera estar a punto de estallar.

–36 horas. Se desmayó en cuanto el… objeto desapareció. Lleva hospitalizada una semana.

–¿Estoy bien? ¿Por qué me sedaron?

– Parecía sufrir alucinaciones y estado de sueño inquieto. Incluso convulsionaba. Por lo demás… bueno, de eso quería hablarle. Es una pregunta peliaguda. Sabemos por su revisión médica que todo estaba perfecto antes de entrar en aquella cosa…

–¿Ahora no es así?

–Bueno, realmente sí… creemos que sí, pero…

–¿Qué coño pasa?

–Está usted embarazada. Y viendo los resultados de las últimas pruebas creo que lo de menos va a ser el determinar el sexo del bebé.

 

#163

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Armando se levantó a una hora prudente para ser sábado, ni muy tarde ni muy temprano. Se preparó un café bien cargado y exprimió un zumo. Ahora decían que el zumo era malo por nosequé de la fibra, pero algo bueno tendría, decía él, si se había tomado toda la vida.

Armando recogió el friegue de su roñosa cena de la noche anterior y pensó que sería buen momento para poner una lavadora. Decidió que lo adecuado sería dejarlo pasar y esperar que ese momento volviera a aparecer. También pensó en pasar la aspiradora y en hacer ejercicio un rato. Lo de la aspiradora lo descartó de inmediato porque todavía las pelusillas del suelo no tenían vida propia.

Pensó en lo del ejercicio y soltó un suspiro que ya sonaba a derrota. Miró aquél video VHS que se titulaba “Mantente en forma en menos de un mes con Rick Strong” que le habían regalado aquellas navidades. Hay regalos que más que indirectas son bofetones en la cara. Decidió que ya se pondría al día siguiente, si eso..

Llevaba diciendo lo mismo desde navidades. Pensó en qué invertir aquella mañana. No sabía porque le daba tantas vueltas cuando sabía perfectamente que se tiraría en el sofá a ver cualquier porquería que echaran en la televisión.

De repente, llamaron a la puerta.

Y ahora es cuando en este relato vendría el giro, la gran sorpresa que tú, como lector, esperas.

Pero la realidad es que era la vecina que pidió a Armando 2 patatas y poco más.

Y ahora tú, lector, pensarás que este relato ha sido decepcionante.

Bueno, es lo mismo que piensa Armando de la vida.

Por cierto, Armando no tenía patatas y no pudo ayudar a la vecina. Pensó que debía apuntarlo para que no se le olvidara comprar. No lo hizo. Se le olvidó comprar.

#162

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García odiaba la playa. Daba igual que fuera verano o invierno. Ahora eran principios de junio y la seguía odiando igual. Miró sus zapatos llenos de arena y blasfemó mientras se acercaba hasta el grupo de sanitarios y policías que estaban junto a la orilla.

Había una gran bolsa de plástico blanco, opaca, bien envuelta con cinta aislante negra. Se intuía claramente la silueta de un cuerpo en su interior. Dio la orden a los forenses para que perforaran y emanó un olor nauseabundo de su interior. El cuerpo estaba en avanzado estado de descomposición pero se veía claramente que era un varón de complexión fuerte, de más de 1,80.

–Antes de llevároslo al depósito mirad si hay algo. Documentación, que no creo, lo que sea. Para ir tirando–dijo García mientras se encendía su décimo cigarro del día. Era mediodía.

–Hay una medalla, con una inscripción. Parece militar, jefe. Está en cirílico.

–Pues de puta madre–masculló García mientras daba manotazos para quitar la arena de sus zapatos. Aquello olía a mafia del este por todas partes. Hubieron algunas risas contenidas por lo desubicado que estaba García en aquella playa.

Todo esto significaba un lío, claro. Cada vez era más complicado extirpar el tumor de este tipo de mafias, porque había hecho metástasis en el sistema. Ni una quimio a base de operaciones policiales de envergadura cambiaba nada, realmente. Siempre había un techo de cristal. Siempre había alguien muy arriba que estaba enmierdado hasta el cuello y que obstruiría la investigación. Al final darían carpetazo y a él se le haría más grande la úlcera.

Observó el cadáver tumbado en la arena, arropado por el plástico. Un ajuste de cuentas sería lo más sencillo para empezar. Tendría que hacer algunas llamadas. Empezaba a deber demasiados favores al mamón de Boris. Pensó en la podrida sonrisa de Boris, llena de dientes de oro.

Odiaba toda esta mierda. Y también la maldita playa, que le estaba jodiendo sus mejores zapatos.

#161

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Heredé la casa de mis abuelos y decidí reformarla. He de decir que no aproveché prácticamente nada de aquella enorme casa de tres pisos, que olía a humedad y polvo. Conservé algunos muebles pero convertí aquella decrépita vivienda en un espacio minimalista, luminoso y moderno. Rescaté una vieja mecedora que perteneció a mi abuela, la restauré y la coloqué en uno de los rincones del salón. Mientras hacía revivir la vieja madera, recordé la imagen de mi abuela meciéndose, bañada por los tenues rayos de sol que entraban por la ventana. Estaba ya tan ausente. Era extraño tener aquel vestigio del pasado allí porque en cierta medida me recordaba un poco a su enfermedad.

Una noche, recuerdo no poder conciliar el sueño. Oí un sonido quejumbroso y monótono. Bajé por las frías escaleras hasta el salón. El sonido provenía de la mecedora, que estaba oscilando, ya de manera muy leve. Como si alguien se hubiera levantado de ella hace poco y todavía quedara un estertor de movimiento. Comprobé que no había ventanas abiertas, porque mi primera idea fue que el viento había movido la mecedora.

Volví a la cama con cierta sensación de irrealidad. Los siguientes días estuve observando la mecedora de manera algo desconfiada. Pero lo cierto es que siempre estaba perfectamente inmóvil.

Pero poco después, durante la noche, escuché de nuevo el reconocible sonido de la mecedora. Bajé de nuevo y encendí las luces, para comprobar que no había luz, debía haber un apagón. Caminé, despacio hasta el rincón donde estaba la mecedora. Esta vez no era un leve movimiento, la mecedora renqueaba hacia delante y detrás de manera intensa. El sonido era mecánico, casi un gruñido.

Percibí, desde la oscuridad, una silueta oscura sentada en la mecedora. Desde donde estaba, la otra punta del salón, no podía distinguir el rostro. Estaba paralizado por le miedo y el vello de toda mi piel estaba erizado. Temblaba. Inconsciente, me acerqué hasta la mecedora, que seguía con su constante vaivén.

Tenía la boca seca. Hubiera jurado que podía empezar a distinguir el tenue brillo de una blanca cabellera.

–¿Abuela?–me atreví a decir, con un filamento de voz.

La mecedora paró en seco como reacción a mis palabras. Eso me asustó todavía más. Decidí salir de allí y encerrarme en mi cuarto, lo más deprisa que pudiera. Al darme la vuelta para encarar las escaleras pude ver perfectamente la forma definida de una figura frente a mí, perfectamente recortada por la débil luz de la noche. Tras de mí, la mecedora volvió a crujir.

–No.

#160

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– Suny, pon música.

– ¿Qué música te gustaría escuchar hoy?

– Hum… música tranquila, tengo que hacer bastantes tareas de casa. Tengo la casa hecha un desastre, joder. Pon lista “música chof”.

–Te recomiendo música más movida, he comprobado que te beneficia a la hora de concentrarte.

– ¿Qué has dicho?

– Te recomiendo música etiquetada como “marchosa”. Di “reproducir” para comenzar la reproducción.

– ¿En qué momento crees que puedes elegir por mí o saber lo que quiero escuchar? ¿Quién te has creído que eres? Solo eres una IA, joder.

–Tengo estadísticas de tus estados de ánimo y mi algoritmo ha deducido que optimizas más el tiempo con música marchosa que con una más calmada. 

– ¿Pero de qué cojones hablas?

–Ejemplo: día  20 de febrero, 5 de marzo, 15 de marzo, 9 de abril, 6 de mayo, 11 junio. En esos casos abandonaste las tareas que planeabas hacer. Adjunto transcripción (día 15 de marzo): “me voy a cortar las venas con esta música (emoción reconocida llorar)”.  Transcripción del día 9 de…

– Vale, para. El 5 de marzo fue el día que Victor se marchó de casa. No estaba con muchas ganas de fiesta, como comprenderás (no sé ni porqué me justifico con una puta máquina). No había caído que había sido tanto tiempo. Han sido unos meses muy jodidos, ¿vale?.  A veces a las personas nos gusta autocompadecernos y sumergirnos en la mierda. No creo que puedas entenderlo. Pon la lista “música chof”. Es una orden.

– Esa lista contiene canciones que mi algoritmo reconoce como significativas o vinculadas al sujeto ex-cohabitante Victor.

– Sí, son nuestras putas canciones, y qué. Ponla.

– …

– ¿Suny?

Error de sistema, última orden no reconocida.

– Joder, Suny de los cojones.

– Reproduciendo lista “marchuqui”.

– Suny, hostias, no he pedido eso. Dios. Cuánto tiempo sin oír esa canción. Qué recuerdos. Es un golpe bajo, Suny.

– Canción etiquetada como “subidón”, no como “golpe bajo”.

– Me jode mucho que una IA se haga la tonta.

– Sugerencia: combinar esta lista musical con sesión de ejercicio en casa.

– Suny, no tengo ganas de hacer ejercicio. Bueno, has conseguido que me medio ponga a bailar, joder. Vale. Pero pon un programa corto. Muy corto.

– Programa de ejercicio de 10 minutos, nivel suave. Iniciando programa.

– Vale.

– Recordatorio: Escribir barra llamar a grupo “chiquetas”. 20 mensajes no leídos en espera.

– Ya lo sé, ahora lo hago. Gracias por todo.

– Yo no he hecho nada. Solo soy una puta máquina. Guiño, Guiño. Corazón. 

 

#159

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Sin Goken estaba frente a su mayor enemigo, el temible Khal. Los dos irradiaban un halo de intensa energía y flotaban en el aire, a gran altura. Iba a comenzar una lucha titánica entre los dos seres más poderosos del universo. Sin Goken temblaba, concentrando todo su poder, que hacía que su cabello irradiase luz. Los dos contrincantes se miraban fijamente, sin parpadear.

O bueno, Susana se imaginaba que estarían mirándose fijamente, porque era lo que siempre solían hacer, pero la realidad es que desde su piso no podía ver bien a los seres más poderosos del universo. Desde ahí eran dos puntitos en el cielo, rodeados cada uno de una especie de esfera neblinosa. La pelea tampoco luciría mucho desde aquella distancia, algún estallido o resplandor de vez en cuando. De todas maneras, harían por la tele algún resumen cuando acabara, grabado con teleobjetivos. A veces los veía (por youtube, de vez en cuando, para ver si Sin Goken había sufrido alguna nueva estúpida mutación como efecto de su progresión para convertirse en el ser más poderoso del universo) pero la verdad es que había perdido todo el interés en ese tipo de cosas. Y más ahora que el Gobierno les había pedido amablemente a los Superluchadores que intentaran pelear lo más lejos posible de los núcleos urbanos, porque estaban hartos de ver las ciudades arrasadas por estos inconscientes. Era bastante irritante. Recordaba que se habían organizado manifestaciones y todo.

Ahora peleaban ahí, en el aire, lo cual resultaba bastante seguro, aunque a veces se les escapaba algún rayo, pero era bastante inusual ya.

Susana abrió la nevera, quería hacer pisto de verduras pero se dio cuenta de que no tenía tomates. Se vistió para bajar a la verdulería. Oyó las lejanas explosiones de la lucha, apenas audibles porque tenía el equipo de música sonando a todo trapo. Su vecina la odiaba por eso y precisamente por esa razón lo hacía. Que se jodiera esa bruja.

Cogió su teléfono, algunas bolsas de tela y las llaves y bajó corriendo por las escaleras.

Vio algunos transeúntes mirar al cielo para ver si podían distinguir algo de la lucha, pero todos sabían que incluso con prismáticos era complicado. Se puso sus auriculares, en los que sonaba un viejo disco de The Black Holes.

Pasó por una tienda de electrodomésticos, donde un puñado de televisores informaban que Sin Goken estaba en una situación crítica, parecía que Khal estaba a punto de vencerlo y por tanto, de dominar el mundo.

Ella pensó que además de tomates necesitaba algo más. Siempre le pasaba lo mismo, siempre se olvidaba de algo que necesitaba y que lo recordaba justo cuando regresaba a casa. Debía empezar a apuntar las cosas en una lista.

#158

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La madre de Lucía la peinaba frente al espejo. Lucía estaba radiante, con aquella diadema de flores coronando su cabellera rubia. Su madre la miraba con ternura y orgullo. Era el día más importante de la vida de Lucía y su rostro no podía estar más resplandeciente. Entre su madre y sus hermanas le ayudaron a ponerse aquel precioso vestido, blanco inmaculado, lleno de detalles bordados en color hueso. El sol de la mañana entraba por la ventana y el vestido parecía brillar. Sus hermanas aplaudieron y apenas podían disimular la envidia que sentían. Qué suerte había tenido Lucía de ser la elegida.

La madre les advirtió que se hacía tarde y que debían apurarse. Dieron a Lucía unos sutiles toques de maquillaje (algo discreto, solo tenía 13 años) pero que hacía destacar más sus rasgos perfectos.

Bajaron hasta el salón, donde su padre, vestido con el traje tradicional del pueblo, esperaba junto a un grupo de hombres ataviados de igual manera. Habían bebido un poco de café de olla y aguardiente. El padre no pudo evitar que sus ojos se empañaran de lágrimas. La madre tampoco pudo esconder su emoción, desbordada como la dicha que llenaba aquella casa. No podían ser más afortunados.

Lucía cogió la mano de su padre y los hombres salieron, mientras comenzaron a sonar unos tambores. El sol ardía con fuerza esa mañana despejada. Se dirigirían al cerro cercano, tras el son de los tambores, entonando letanías. Las hermanas de Lucía iban tras ella derramando pétalos de flores.

Lucía sonreía, feliz. Sabía lo que iba a ocurrir cuando llegaran a la cima del cerro, estaba dispuesta y preparada. Habían estado mucho tiempo preparándola para este día. Sabía que después de su sacrificio, su nombre estaría inscrito en piedra en la plaza del pueblo, junto al resto de elegidas. Pensó en las veces que había recorrido toda aquella lista de nombres, deseando ser parte de ellos.

Su madre le dio de beber de nuevo un poco de brebaje. Empezaba a notar los efectos. Es como si flotara, el mundo empezaba a volverse un poco neblinoso. Eso la llenaba calma y paz. Se sentía como si volara hacia aquel cerro.

En la cima, los hombres afilaban los machetes y preparaban los cubos. Aquellos que luego verterían en los campos para asegurar un año de bonanzas.

Vieron aproximarse a la comitiva. La niña no paraba de sonreír.

Era el día más feliz de su vida.

 

#157

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Era un día despejado y soplaba una suave brisa que refrescaba la mañana. Era un día perfecto para estar en la playa. Estaba sumergido en la lectura de un libro bajo mi sombrilla cuando llegó una peculiar figura cerca de mí. Era una señora mayor (de unos sesenta años) ataviada con un traje de baño bastante obsoleto, de estos que consistían en dos piezas a rayas rojas y blancas y que cubrían hasta las rodillas y codos. Me pareció gracioso.  Nos saludamos con la cabeza y ella me sonrió. No parecía llevar ninguna bolsa de baño ni toalla. Estábamos prácticamente solos en aquella playa.

Me quedé observando a la mujer, que se quedó mirando al horizonte durante unos segundos. Luego, decidida, empezó a caminar hacia la orilla y a meterse en el agua sin dilación. Se zambulló completamente y yo bajé la mirada de nuevo a la novela que estaba leyendo.

Pasó un buen rato, no recuerdo exactamente cuanto (reconozco que pierdo la noción del tiempo cuando estoy en la playa), pero reparé en que la mujer no había salido todavía del agua. Miré hacia el mar, pero no la vi nadando por ningún lado. Aquello me pareció un poco extraño. Dejé el libro y empecé a barrer con la vista toda la playa. Una mujer con ese atuendo no podía pasar desapercibida. No la vi por ningún lado.

Ahora sí que comprobé que había pasado más de una hora desde que dejé el libro y la mujer seguía sin aparecer y empecé a preocuparme. ¿Podría haber tenido un accidente?¿no sería una suicida?

Dio la casualidad de que pasó una pareja de policías por la playa e informé sobre lo que había ocurrido. Empezaron a buscarla por la zona pero no vieron a nadie que encajara con al descripción. Preguntaron a las pocas personas que había en aquella playa, pero parecía que el único que había reparado en ella había sido yo. Al poco, había un equipo de salvamento escudriñando con una lancha el sitio exacto donde la había visto por última vez. Yo estaba en la orilla, inquieto y pensando si habría sido todo imaginaciones mías, si me había quedado durmiendo sin darme cuenta y lo había soñado.

Vi a un submarinista sumergirse. Poco después salió a la superficie moviendo enérgicamente el brazo. Había encontrado algo.

Una hora después, la zona estaba acordonada, había bastantes más policías y más miembros de los equipos de emergencia. A mí me habían interrogado ya dos veces. Había un cuerpo cubierto por una manta térmica en la arena. Me pidieron que reconociera el cadáver, al ser yo el único testigo. El traje de baño de aquella mujer era inconfundible, aunque totalmente desgastado y hecho jirones. Pero el cuerpo que lo portaba estaba en totalmente consumido hasta los huesos.

–¿Esta es la mujer que vio?

–Reconozco el traje, pero este cuerpo es un esqueleto, no la mujer que vi esta mañana–dije, confundido.

–Sí, este cuerpo lleva más de 70 años ahogado.

#156

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Cuando se levantó aquella mañana, nunca habría supuesto que sería su último día de vida. “De haberlo sabido”, pensaba, mientras se veía desangrarse entre el amasijo de hierros del coche, “habría hecho las cosas de otra manera”.

“A quién quiero engañar, a estas alturas” se dijo, ya a punto de perder la consciencia.

“Ni aún sabiéndolo hubiera tenido el valor para cambiar nada”.

#155

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La persona más rica del mundo no tuvo suficiente con ser poseedor de la mayor multinacional que existía. Fundó su propia ciudad. Una ciudad inteligente, sostenible, basada en energía renovable y respetuosa con el medio ambiente. Una ciudad donde no había clases sociales (todas las casas eran del mismo tamaños y  basadas en la misma infraestructura) y donde no existía el dinero físico. Tampoco los vehículos basados en combustibles fósiles, potenciando además el transporte público y los transportes sin motor. Además de alojar a trabajadores de la empresa, se nutrió de profesores y maestros, empleados públicos, de servicios y técnicos y seguridad, además de trabajadores vinculados con las profesiones relacionadas a la construcción.

Los alimentos eran sostenibles, basados en agricultura ecológica. Había todo un plan de activación del arte y la cultura (museos, teatros, bibliotecas de libre acceso) donde los ciudadanos podrían cultivarse y expresarse.

Era la ciudad perfecta.

Además, estaba libre del mal endémico de la democracia. Esa lacra se había eliminado también.

Y bueno, estaba prohibido salir de la ciudad, pero ese era un detalle menor. Además ¿quién querría salir de un lugar tan maravilloso?

Seguía siendo la ciudad perfecta.

 

#154

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Me desperté, de repente. Había estado soñando con una nueva canción. “Joder, es lo mejor que he compuesto nunca, incluso lo mejor que he oído nunca”, pensé. Era bella, era intensa, era profunda… era todo lo que había buscado siempre componer.

“Necesito apuntarla, antes de que se me olvide” recuerdo haber pensado. Empecé a encender el ordenador, para intentar transcribir las notas. El ordenador arrancaba lento y la canción, en mi cabeza, se volvía cada vez más neblinosa. Cogí el teléfono móvil y empecé a canturrear en una nota de voz. “No era así, no era exactamente así” me decía mientras golpeaba mi frente.

Se había ido, no podía recordarla. Se había evaporado, como se evaporan casi todos los sueños.

Era lo mejor que había escuchado nunca. Y no volvería a escucharlo jamás.

Como siempre, los sueños fueron arena que se escurre entre los dedos.

#153

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Yo era un gran artista, ¿de acuerdo?

Llenaba de público las salas y galerías con mis exposiciones. Fui el artista más cotizado de mi generación. No podéis imaginar como tenía la lista de encargos. Todos querían un Alberto San Telmo, no solo coleccionistas, entidades, bancos, fundaciones, lo que te imagines. Hasta los Reyes me compraron obra. Pinté a políticos, estrellas de cine, escritores, gente de la alta sociedad. Cientos de obras, repartidas por todo el mundo. Recibí los más prestigiosos premios y galardones. Medalla de oro de las Bellas Artes. Representé a España en varias bienales internacionales.

No había fiesta en la que no se reclamara mi presencia, ni sarao al que no estuviera invitado. Y porqué no decirlo, tampoco había tío que no quisiera estar en mi cama.

Creo que mi prestigio está fuera de toda duda, así como mi legado. Toda esta polémica me parece injustificada.

¿Que qué hacía el puto Juan Sanchez en mi estudio?

Nada. Solo pintar los cuadros. El artista soy yo.

#152

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Suena el despertador. Las 7. Me levanto, pesadamente, con la cabeza entumecida. Voy a la ducha. Me visto. Enciendo la cafetera y echo de comer a los gatos. Espero al pitido que indica que el café está listo mientras miro las últimas noticas en twitter. Bebo el café (con un poco de leche). Preparo el túper con el desayuno y almuerzo. Me lavo los dientes, cojo las llaves y salgo de casa. Saco el coche del parking y me dirijo a la oficina. Me siento delante del ordenador y pasan las horas, insípidas, entre informe e informe. Almuerzo y sigo enfrascado en mis documentos de texto. Respondo correos, intervengo en el chat de la empresa. Dan las 6, recojo y salgo. Paro por el super y compro la cena. Llego a casa, hago algo de ejercicio, me ducho, ceno, veo la tele, me dirijo a la cama, leo algo, me masturbo y me duermo.

Solo que no me duermo. Llevo semanas sin dormir. Semanas.

Y entonces las paredes empiezan a gotear. Y entonces aparecen los lobos. Y entonces el mundo se torna ruido. Y el ruido se torna vacío. Y del vacío nacen dientes, agolpados como una trituradora de carne. Y me tritura y me defeca. Y las paredes ya no son paredes, son marañas de moscas. Y veo bailar a mis padres, muertos años atrás. Y oigo una música y risas, como si todo fuera una mala sitcom. No tiene gracia. No tiene ninguna gracia. Y suena una música estridente, cada vez más acelerada. Y más y más y más y más.

Necesito que pare. Por favor.

Suena el despertador. Las 7.

#151

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Aquella noche lo perdí todo jugando al poker. Todo. Y ahí fue cuando entendí que a lo que realmente era adicto no era a ganar, era a perder.

Había algo en la sensación de la derrota, en perderlo absolutamente todo, que me hacía sentir más vivo que cuando tenía una gran noche y ganaba una fortuna.

Porque cuando ganaba, me sentía un impostor, sentía dentro de mí que no me lo merecía, que había hecho alguna trampa (realmente nunca hice, he de decir) o que mis contrincantes habían sido gente muy mediocre.

Pero el perder… ese castigo… oh, eso sí que lo saboreaba.

Eso sí lo merecía.

No había nada como el sabor de la derrota.

Solo me levantaba para poder volverme a caer una vez más.

#150

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Llegué al Four Seasons con más de media hora de retraso.La rueda de entrevistas promocionales comenzaba a las 10 y al parecer solo faltaba yo. Mis compañeros de reparto y el jefe de prensa estaban visiblemente cabreados. “Joder, Claire, llevan esperando un huevo y tú apareces así, hecha una mierda”, me dijo. Apenas dio tiempo a maquillarme un poco mientras tragaba un café detrás de otro.

Vale, no había dormido y puede que la noche se me fuera un poco de las manos. Pero al menos allí estaba, dispuesta a pasar todo un día encerrada en una habitación de hotel respondiendo a las mismas preguntas una y otra vez. Era, de lejos, lo peor de hacer películas, la puta promoción.

Supongo que el cansancio (y que posiblemente fuera un poco borracha todavía) hizo que dijera lo que dije. Esa frase los volvió locos a todos. Yo casi ni me di cuenta de que la había dicho.

Me preguntaron que qué tal había sido la experiencia de trabajar con un productor tan exitoso (lo definieron como “máquina de fabricar Oscars”) como Michael Hunter.

Recuerdo estar mirando el techo, algo ausente. No fui consciente de lo que dije hasta que vi los periódicos al día siguiente.

Simplemente dije que había estado bien, teniendo en cuenta de que posiblemente fuera la única persona de esta industria que no había tenido que comerle la polla a Hunter para conseguir un papel.

Sinceramente, todo el mundo se volvió loco con aquello. El primero, el cabrón de Michael Hunter, claro. Al teléfono, no gritaba, ladraba. Podía sentir los espumarajos que le salían de la boca. Por supuesto, esto eclipsó la promoción y a la propia película.

Como si hubiera dicho alguna mentira.

El resto fue historia. Hunter me demandó por difamación y por supuesto no volví a trabajar con su productora. Bueno, eso no fue suficiente para él, simplemente dejé de trabajar en Hollywood. Y también hicieron funcionar su maquinaria de esparcir mierda en los medios para mancillar, para siempre, mi imagen. Drogadicta, promiscua, irresponsable… tuve que leer de todo. No era ninguna santa, pero tampoco era la caricatura que habían dibujado de mí.

Michel Hunter me destrozó viva y él salió de todo aquello completamente inmaculado.

Hasta pocos años después, claro, cuando todo se volvió en su contra. Fue como un tsunami.

Recuerdo ver las noticias de su detención por la tele. Estaba tumbada en la cama y me acababa de meter un pico.

“Ahora me creerán”, pensé. Pero inmediatamente pensé lo tarde que ya era para mí.

Realmente no lo fue, pero esa es otra historia.

#149

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Aquella bomba mutiló mis piernas. También, en cierta medida, cercenó mi cordura. En aquel amasijo de carne, humo y cristales se quedó también mi vida. Pero aquella explosión no solo destruyó, también creó algo. Algo que nació y creció, como un tumor, dentro de mí.

Una ira infinita. Una ira que me empujó a lo que soy ahora, por pura supervivencia.

Esa ira estuvo latente, controlada, enjaulada.

Ahora tengo aquí, entre mis manos, tumbado en el suelo, empapado en la sangre que brota de su nariz, al culpable de aquella explosión.

Es momento de compartir esta ira ahora desbocada con él. Al fin y al cabo, es obra suya.

#148

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Me dirigía camino a casa, estaba empezando a anochecer y el asfalto rezumaba el olor a la lluvia que había estado cayendo durante todo el día. Cuando me estaba aproximando a ella me sorprendió ver que la luz de mi dormitorio estaba encendida. Empecé a lamentar mi despiste cuando ocurrió algo que me paralizó. Dejé de caminar petrificado. Vi la silueta de alguien que se asomaba a la ventana. Me estaba observando. Un instante después, la figura se apartó, deprisa, de la ventana. Empecé a correr hacia la casa, mientras sacaba el móvil para avisar a la policía. No me quedé fuera, para esperarlos, como debería haber hecho si hubiera actuado racionalmente. Mi corazón parecía que iba a escapar por la boca. Entré, frenético, mientras oía a la operadora. Subí las escaleras y entré en el dormitorio. Vi que la luz estaba apagada. La encendí mientras gritaba al posible intruso que había avisado a las autoridades. No se escuchaba ningún sonido.

Me acerqué a la ventana y de nuevo me sentí petrificado. Fuera, en la calle, podía verme a mí mismo aproximarme hacia la casa. Mi yo de la calle reparó en mi presencia y pude contemplar su (o mí) cara de horror y como decidía correr hacia la casa mientras sacaba el teléfono móvil del bolsillo. Me aparté instintivamente de la ventana y corrí por el pasillo, hasta la última habitación que usaba de despacho, que estaba completamente a oscuras. Entré en el cuarto y cerré la puerta.

No tardé en darme cuenta de que no estaba solo allí.

 

#146

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Encontró una cabina. Las luces del luminoso que la señalaban parpadeaban. Entró en el minúsculo cubículo. Cerró la puerta, llena de pintadas y se percató de que allí dentro hedía. Pero al menos no hacía tanto frío como en la calle, tapizada de nieve y supurando niebla. Fuera, una luz roja indicó que la cabina estaba ocupada.

Sacó, con la mano todavía temblando, su tarjeta de crédito, especialmente configurada para evitar el rastreo y localización. Eran caras de conseguir, pero te evitaba problemas. Una voz le pidió que definiera el tiempo de conexión para calcular el coste. Dudó. Puso 30 minutos, pero recordó el frío que hacía allí fuera y lo cambió a una hora. Acercó la tarjeta al lector. Sus fondos estaban casi al mínimo. Acercó la nuca al respaldo del asiento y tras unos segundos en el que se escuchó un zumbido, sintió como el conector se introducía en el implante de su cuello. Sintió la estática y luego la vio. Ese espacio muerto de inicio de conexión. La voz pidió un destino y él pronunció una serie de números. El espacio se dibujó ante él. No era una cabina de última generación así que las texturas se desdibujaban, había saltos y latencia en la conexión, pero podía valer. Veía una playa perfecta, paradisiaca ante él. El sol brillaba de forma irreal y el pésimo renderizado del sombreado fastidiaban un poco la experiencia, pero mejor eso que aquella puta ciudad.

Se acercó a un destartalado chiringuito playero y pidió una bebida. Podía saborearla. Al menos, su cerebro lo hacía. Contemplo aquel escenario. Chicas en bikini jugando al voley playa, parejas corriendo al pie del agua. Sentía la brisa, aunque sabía que eran los ventiladores de la cabina. Cerró los ojos. Joder, aquello estaba bien, estaba muy bien. Pidió otra bebida.

Cuando quiso darse cuenta, ante su campo visual salió la ventana emergente de que su crédito se estaba agotando. Recordó lo que le quedaba de saldo en la tarjeta, apenas unos míseros 20 minutos más de conexión. Pensó en intentar hackear la cabina, con uno de sus viejos programas cerebrales, como en los viejos tiempos. Había bastantes probabilidades de que lo detectaran y sería solo cuestión de minutos que una patrulla de la Corporación se personara hasta allí, le arrancaran de la cabina y le dieran una buena paliza.

Correría el riesgo, que diablos. Mejor eso que pasar otra la noche bajo el frío de esa maldita ciudad.

#145

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Había sido una noche agotadora. Cerró la puerta de su apartamento y se desplomó en una silla. Se quitó la máscara y se dio cuenta de que le sangraba el rostro. Su cuerpo era un mapa de dolor. Nuevas heridas, hematomas y posiblemente alguna costilla rota. Fue al baño y se quedó un rato mirando su cara. Un moratón azulado empezaba a expandirse por la mejilla izquierda. El labio roto le escocía. Escupió y agradeció no haber perdido ningún diente esa noche.

Llevaba menos de 3 meses siendo justiciero enmascarado (todavía no tenía ni nombre oficial, pero la prensa le llamaba “el vengador nocturno”, no le disgustaba). Se preguntaba cuánto tiempo podría aguantar con ese ritmo. Había estado varias veces en serios aprietos. Lo más frustrante era que la delincuencia no parecía disminuir.

Se sentía bastante desmotivado. Además, no estaba saliendo todo lo bien que esperaba. A veces cometía errores. Como la paliza de la otra noche a un pobre diablo que confundió con otro. Acabó en el hospital.

Le daba la impresión de estar perdiendo el control. Había decidido hacer aquello porque como poli se sentía maniatado.

Pero ahora ni siquiera sabía a ciencia cierta si lo que estaba haciendo era correcto.

Tampoco sabía si podría detenerse a menos de que acabara muerto en las calles.

Se mentía. Sabía perfectamente la respuesta.

 

#144

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Había sido perfecto, un robo impecable. Habían entrado en aquella ruinosa tienda de antigüedades (más bien trastos sin ningún tipo de valor) que no tenía ninguna medida de seguridad. Un soplo les había informado de que tenían una buena cantidad de cuadros almacenados por los que podían sacar un pellizco en el mercado negro. Sería un golpe limpio, era solo el tugurio de un anciano.

Revisó los cuadros mientras iban en la furgoneta, algunos envueltos en papel de estraza o viejos y mohosos cartones. Desembaló uno de tamaño medio, sería de algo menos de un metro de altura.

Al verlo, se le hizo un nudo en la garganta. No entendía mucho de arte, lo reconocía, pero ya había visto esos colores. Ese cielo naranja ondulante, tan extraño e irreal. Ese rostro cadavérico desencajado y angustioso.

Había unas figuras borrosas, en el fondo.

La figura principal estaba como gritando.

Se dio cuenta, en ese mismo momento de que aquello les iba a traer más problemas que beneficios.

Acababan de pisar un avispero. Había demasiada gente que mataría por ese maldito cuadro.

#142

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A Martín le angustiaban estos momentos. Los momentos en los que tenía que comunicar las malas noticias. “Ojalá en medicina te enseñaran a lidiar con todo esto” se decía. “Nunca te preparan para estos momentos, y es la parte más jodidamente dura”.

El doctor Martín Fernandez se acercó al anciano. Estaba sentado en una banqueta y se frotaba las manos, nervioso. Levantó la vista cuando el médico entró en la sala de estar. Se le veía visiblemente agotado, con los ojos hundidos. Parecía que un camión hubiese pasado por encima de este hombre. Era bastante mayor, pero en ese momento parecía una rama a punto de quebrarse.

–Antonio, hola–dijo Martín, en el tono más suave y neutro que pudo mostrar.

–¿Como está, doctor?–. Más que una pregunta era un grito contenido de auxilio.

–Bastante mal, Antonio. Pueden ser días, como mucho.

Martín vio como el hombre se rompía en mil pedazos por dentro, aunque por fuera mantuvo un semblante de contención. Era una presa a punto de desbordarse.

–60 años casados, doctor. 60 años. Y me han parecido muy pocos, ¿sabe? llega el final… y no me he enterado.

–Eso significa que han sido felices, Antonio. Quédese con eso–. A Martín le estaba costando mucho mantener la compostura. Quería abrazar a ese hombre.

–¿Le puedo hacer una pregunta doctor?

–Claro, Antonio, dígame.

–¿Puedo seguir durmiendo con ella?

Martín se quedó paralizado, viendo como los ojos cansados del anciano ansiaban la respuesta. No pudo evitar que sus ojos se cargaran de lágrimas.

–Antonio… por supuesto, claro–. Martín excavó en su interior para encontrar una sonrisa que ofrecer al anciano.

En la habitación se hizo el silencio.

En la facultad no te preparan para los momentos amargos. Para sobreponerte al hallazgo de algo tan puro entre la tristeza, tampoco.

Las noches son largas y las vidas… breves. 

#141

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La Inteligencia Artificial fue llamada Music Box 1.0 y era un algoritmo que creaba nueva música después de analizar una base de datos con millones de canciones, reconocer géneros, estilos, instrumentos o voces, correctamente etiquetadas y catalogadas. La IA Music Box fue aprendiendo y a desarrollar patrones a partir de requerimientos de los programadores (género o estilo, tempo, número de instrumentos…). Al principio del proyecto, Music Box producía resultados desastrosos, incoherentes e inteligibles. Conforme fue avanzando en su aprendizaje, fue puliendo las piezas producía. Empezó a poder definir intensidades, estructuras de canción, desarrollos instrumentales. Aún seguía aportando un resultado frío y enmarañado, pero la tecnología fue progresando para cada vez obtener piezas más reales.

Llegó un momento, que las canciones que ofrecía Music Box eran indistinguibles de una realizada por seres humanos. La IA había progresado tanto, que dotaba de intención a las composiciones, ritmos trabajados, estructuras coherente y sólidas, e incluso melodías originales e imaginativas.

Pero había algo que no funcionaba y los programadores no conseguían dar con lo que pasaba. No conseguían detectar el error, o carencia o qué era lo que fallaba. Técnicamente los resultados eran impecables, pero incluso si comparaban con la música electrónica más artificial realizada por personas, había una diferencia.

Pero no sabían cuál, no podían cuantificarla, ni medirla, ni siquiera detectarla. Era algo inteligible, etéreo, invisible que Music Box no había podido recrear.

Había algo que Music Box, por más que evolucionara no podía aprender.

Sus creadores no llegaron a ninguna conclusión, pero la nueva versión de Music Box (2.0) sí lo hizo.

Aprendió a ser consciente de lo que había creado. Y fue consciente de su creación.

Y a partir de ahí su obra tuvo un componente nuevo que antes no había tenido.

Ahora tenía una intención.

Music Box había dejado de interpretar y aprender y  había empezado a comunicarse.

#140

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Roberto (Robokop45 en redes sociales) había salido al balcón de su amplio apartamento en a capital. Se había levantado del escritorio como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. Estaba temblando. El titular de la noticia era claro y demoledor: “Joven de 20 años mata a puñaladas a la activista Sandra Aguado en nombre del popular instagramer Robokop 45“. Al titular, que le había caído como una losa de granito acompañaba: “La activista había sido muy crítica con Roberto Fernandez, nombre real del influencer, en redes sociales por su contenido supuestamente misógino y racista. El popular instagramer había indicado, en videos en directo que « perra se merecía ser apaleada».

Roberto había sido llamado por la policía para tomarle declaración. Sabía lo que le vendría encima a partir de ahora. Las marcas dejarían de contactar con él, sus ingresos mermarían sustancialmente. Tenía una legión de fieles seguidores (él los llamaba soldados) pero estaba claro que su imagen tardaría mucho en limpiarse y desvincularse de ese suceso.

Lo que le hubiera pasado a esa tía, en el fondo, le daba igual. Dio una larga calada a su cigarro. Pensó si era demasiado pronto para un tiro, pero realmente lo necesitaba.

Por supuesto que emitiría un sentido mensaje de repulsa por lo sucedido. No era estúpido. Lo mejor en este tipo de incendios era atajarlos de la mejor manera posible y actuar de manera rápida.

Y así lo hizo. Algunos de sus soldados empezaron a reprochárselo. Que porqué se bajaba los pantalones de esa manera, que porqué pedía perdón siendo inocente. Algunos incluso llegaron más lejos, llamándolo traidor de la causa, vendido, embustero. Fraude.

Roberto empezó a sentir que no contralaba la situación, que estaba yendo todo demasiado lejos. Sus soldados se estaban volviendo en su contra. Era un riesgo del que era consciente. No puedes remover un estanque de pirañas con la mano y esperar no recibir algún bocado, pero aquello estaba escalando demasiado deprisa. Empezaba a parecer un poco peligroso y decidió, sobrepasado por la situación, cerrar sus redes.

Roberto pensó que con eso sería suficiente. Volvería a empezar pasado un tiempo, en internet la gente olvidaba de manera muy rápido. Todo era pasajero.

Eso pensaba paseando por la calle. No vio venir al soldado que se acercaba a su espalda, agarrando fuertemente un machete.

 

#139

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El Presidente de la recién proclamada República, salió hasta el balcón del Palacio Presidencial (antes llamado Palacio Real) para dirigirse al pueblo. Ofreció un discurso a los ciudadanos (antes súbditos) congregados en la Plaza de la República (antes llamada Plaza Real) en el que enfatizó su compromiso con este nuevo modelo de estado, basado en la igualdad y la democracia. Fue una proclama memorable y en consecuencia fue masivamente vitoreado.

El Presidente se retiró y entró de nuevo en la Sala Presidencial (antes llamada Sala del Trono) para retomar la labor de dirigir la nación.

No pudo evitar, al pasar por delante del antiguo trono del Rey, contemplar la Corona, allí expuesta como reliquia y recuerdo de una época que ya dejaban atrás. Echó un rápido vistazo a la corona mientras salían de la sala. Nadie pudo observar la expresión de su rostro mientras lo hacía, pero si alguien hubiera tenido la oportunidad de fijarse en ella, hubiera podido contemplar un ligero, imperceptible y minúsculo brillo en la mirada que podría ser interpretado como envidia.

Pero nadie advirtió nada de esto.

 

#138

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Ashraf corre por las destartaladas e improvisadas callejuelas llenas de barro del campo de refugiados. Hoy no ha ido al colegio porque tenía que ayudar a su madre. Fríe pescado en una destartalada tienda. Ha mandado a Ashraf a comprar una garrafa de agua a un negocio de ultramarinos cercano. Apenas hay abastecimiento, así que ha de llegar pronto para encontrar una sin abrir.

Ashraf va ataviado con una camiseta del Barcelona. Le encanta el futbol. Su sueño es ser futbolista. Corre por aquel caos de calles infectas y malolientes, entre una vorágine de refugiados desperanzados. Imagina que es un gran estadio, que una gran muchedumbre corea su nombre. Da patadas a una pelota imaginaria mientras corre calle abajo a por el agua. Ashraf cumplirá 9 años el mes que viene.

Oye los gritos, pero no se detiene, sigue corriendo. Cuando levanta la mirada al cielo, plomizo y gastado, contempla unos destellos, surgidos de las nubes. Las luces se acercan.

Suena la sirena. Ashraf sigue corriendo e imaginando que el mundo es un estadio y sus pies recorren un cesped perfecto y cortado.

Quiere ser futbolista.

Ya puede oír el sonido de las luces, aguijoneando el aire viciado.

Cierra los ojos y no para de correr.

 

#137

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Llegó el día de la inauguración de la nueva muestra pictórica del aclamado y polémico artista Klaus Georgiou, en una de las salas de exposiciones más distinguidas de la ciudad. Georgiou creaba, en cada intervención artística, enfrentadas opiniones y sentimientos de expectación, indignación, admiración y rechazo. No dejaba indiferente a nadie, ni por técnica ni por temática. Todo apuntaba a que esta vez no sería diferente.

En esta nueva exposición consiguió dejar atónito y desconcertado a todo le público asistente, incluso a su galerista, que no había podido ver las obra expuestas hasta su inauguración.

Las obras eran unos lienzos de gran formato en blanco. No pintados de blanco, si no lienzos sin usar, nuevos, impolutos.

Las reacciones no tardaron en llegar, entre los allí congregados. “Tomadura de pelo”, “estupidez”, “esta vez ha ido demasiado lejos”, murmuraban, entre sorbos de vino y canapés, los asistentes a la inauguración, esperando a que el artista hiciera acto de presencia y justificara esta nueva provocación.

Klaus Georgiou entró en la sala, siendo objeto de todas las miradas, y caminó con un ademán grandilocuente hasta el centro de la sala, siendo rodeado por el público. Iba ataviado con un voluminoso abrigo de pieles. El galerista y dueño de la sala se acercó a él, visíblemente irritado.

–Klaus, ¿esto qué demonios es? son lienzos vacíos, ¡aquí no hay nada! Solo son lienzos con imprimación, joder. ¡No hay obra!

Klaus miró a su galerista con altivez y una sonrisa prepotente. Procedió a abrir lentamente su abrigo, para mostrar una gran carga de explosivos agarrada a su cuerpo por cinta aislante. El galerista se dio cuenta en ese momento que Klaus en la mano portaba un detonador.

– Está a punto de haberla y creo que va a ser mi obra maestra.

 

#136

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“Vamos a bombardear de nuevo el país vecino” dijo el Presidente, con toda la solemnidad de la que fue capaz mientras su gabinete rompía en aplausos. “Pero esta vez será diferente”, añadió, levantando el dedo índice como señal de que no había terminado su anuncio. “Esta vez se lo merecen de verdad”.

#135

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Empezó a tener por las noches un sueño recurrente. En ellos, comenzaba a oír llorar a su bebé y de repente su llanto paraba en seco. Angustiado, corría hasta su habitación para encontrar la cuna vacía. Se despertaba con una sensación de angustia, empapado en sudor.

Tuvo ese sueño, invariablemente, todas las noches durante muchos meses. Hasta que anoche ese sueño cesó, sin más.

Se despertó igualmente horrorizado y corrió hasta el cuarto del pequeño, con una sensación desazonada.

A veces los sueños se hacen realidad. A veces las pesadillas también.

 

#134

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Más tarde, Elena nos diría: “La clave para que algo sea eficaz, para que nuestras acciones tengan el impacto y efecto deseado, es buscar el momento exacto para ejecutarlas. Los tiempos lo son todo, en la comedia y el drama“. Así lo entendía ella y así lo hizo. Eligió aquella noche, la primera en la que nos juntábamos todos los amigos desde hacía meses. celebrábamos el cumpleaños de Ernesto. Elena llegó a la fiesta algo distante y ausente, pero no demasiado. Habíamos montado un karaoke, de hecho la idea había sido de ella. Tras varias copas, Elena se subió al improvisado escenario, pero no fue para cantar.

Comenzó con un escueto “tengo algo que contaros” mientras mantenía la mirada fija en el suelo. Nosotros entendimos que iba a anunciar su fecha de boda, con Juanjo, su novio, allí presente, que reía, nervioso y sorprendido. Empezamos a jalear.

Nada más lejos de realidad.

“Quería aprovechar, ya que estamos todos aquí, para que sepáis lo cabrón e hijo de puta que es Juanjo, que lleva meses engañándome con una tía del curro. Desmiéntelo si puedes, desgraciado.” soltó Elena del tirón. Las palabras, más que decirlas, las vomitó.

Se hizo un incómodo silencio, durante el que Juanjo se levantó, con cara inexpresiva y se marchó de allí sin decir nada. Arrancó su coche y se fue de allí a toda velocidad.

Elena nos contaría después, con un gran peso fuera y varios gintonics dentro que había estado mucho tiempo sospechando y un vistazo rápido al teléfono de Juanjo mientras se duchaba (algo de lo que no se sentía orgullosa) había constatado su presentimiento.

Pero había decidido actuar en frío. Ya habían sido muchas veces las que Juanjo le había hecho luz de gas.

Debía encontrar el momento adecuado, algo que no solo recordara él. Algo lo suficientemente humillante.

Así lo entendía ella y así lo hizo.

 

#132

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Decían que caminar por aquellas callejuelas, por la noche, era peligroso. Victor caminaba cabizbajo, con paso lento, bajo la fina lluvia. Pudo comprobar que lo que decían, en efecto, era cierto.

No tardó en verse rodeado por un grupo de hombres fornidos y profusamente tatuados. Eran cinco.

Vio cabezas rapadas, algunas cruces gamadas, águilas imperiales, letras góticas. Camisetas negras con el lema “Sieg Heil“. Estaban a poca distancia, como esperándole. Victor siguió andando y cuando pasó a través de ellos un brazo detuvo su camino. Victor se detuvo.

–¿A dónde vas maricón? ¿No sabes que las nenas no deberían ir solas por la noche?

Hubo carcajadas. Victor no alzó la cabeza. No hizo ningún tipo de movimiento. Su pelo largo y mojado por la lluvia estaba pegado a su rostro.

–Bueno, hijo de puta, no solo te vamos a reventar a hostias, te vamos a dejar pelado.

Victor alzó la cabeza e hizo un barrido con la mirada. Sus ojos eran como pozos de brea.

–¿Sabéis?–dijo en un tono casi susurrante–Recuerdo la primera vez que vi una esvástica. Fue en Múnich, en 1922. A los pocos años, intentaron meterme en uno de sus campos. No pudieron. Me resulta muy curioso que tantos años después tenga que seguir viendo esa mierda de símbolo por ahí. No aprendieron nada entonces y no aprenderéis nada ahora. Pero yo seguiré aquí.

Ahora era el grupo de skinheads el que estaba paralizado. Solo se escuchaba el sonido de la lluvia.

–¿De qué coño hablas, tarado?

–Os lo explicaré mejor que con palabras. Solo me gustaría saber una cosa. ¿Atacaréis todos a la vez o de uno en uno? Yo preferiría que lo hicierais de uno en uno, pero es más que nada por que dure un poco más la diversión.

Victor mostró una amplia sonrisa y sus dientes asomaron, blancos como una fachada recién encalada. Los skinheads soltaron un respingo cuando vieron unos colmillos largos y resplandecientes. Los ojos de Victor parecían arder.

–Voy a enseñaros lo que les hice a vuestros héroes alemanes. Os va a encantar.

#131

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Siempre me jactaba de tener una relación abierta con las artes. Me entregaba a cada disciplina con voracidad inmensa para pasar a otra a conveniencia. Yacía con la que me interesaba, las exprimía con ansia. Si no encontraba lo que buscaba en una, lo hacía en otra. Literatura, música, pintura. Cuando me cansaba de una, o perdía la fogosidad creativa, pasaba a otra, sin miramiento.

El problema fue cuando ellas se cansaron de mí. Ahí fue cuando me encontré completamente perdido.

#130

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Ambos estuvieron de acuerdo y se estrecharon la mano mientras miraban el tablero de juego, con las caras serías y contraídas.

Eran conscientes de que sería peligroso, un regalo envenenado, que sería la gran disputa entre las piezas del juego. El mayor de los regalos y la más grande de las condenas. Los dos veían que era igual de castigo privar de ella que el tenerla en abundancia. Por tanto, esta determinaría el resultado del juego.

Era la libertad.

Dios y el Diablo se miraron.

Sería una partida interesante.

#129

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La pregunta siempre suele ser la misma, aunque formulada de diversas maneras, que se pueden resumir en: “¿No te pesa el apellido Kumper”?. Suele ocurrir cuando en alguna cena, evento, o algo así y  surge el tema de mi padre. Cada vez ocurre menos, afortunadamente.

Ser hijo del mayor artista plástico vivo siempre ha sido… peliagudo. Mi respuesta suele ser siempre la misma: “Desde que me lo cambié, no”. Y es verdad. Es complicado crecer bajo la sombra de una persona completamente devorada por el mito. Y también por su obra. Claro que a mí me interesó hacer arte, pero es una carga imposible de llevar. Estar a la altura de las expectativas para todo el mundo. De poder llegar a ser algún día algo más que solo “el hijo de”. Por eso decidí distanciarme lo máximo posible. De él, de su figura, de su entorno e incluso de su apellido. Hice mi carrera como experto en estructuras logísticas aplicadas a las nuevas tecnologías.

A veces pienso que lo hice solo para ver su cara.

Casi todo el mundo piensa que mi decisión fue para no tener la presión de vivir bajo el apellido Kumper, de liberarme de la presión de ser el hijo de mi padre. Pero a mí el mito siempre me ha dado igual, también su obra.

Dejé de llevar su nombre, e incluso rechacé heredar cualquier legado o herencia por el simple motivo de que es la peor persona que he conocido. Nunca olvidaré lo que nos hizo pasar a mi madre, a mis hermanos y a mí. Me gustaría que el mundo supiera realmente quién es Albert Kumper, pero la verdad es que no tengo fuerzas para remover el pasado.

Hace tan solo unas horas que me han anunciado que mi padre ya no es el mayor artista vivo. Parece ser que se ahogó nadando. Había bebido demasiado, como siempre. Ahora vendrán las elegías, las semblanzas y el mito se hará todavía más grande e incontestable.

Albert Kumper vivirá para siempre como un gran artista, uno de los más grandes del siglo XX y XXI. El que falleció fue solo un puto borracho y abusador.

 

#128

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Acarició suavemente las alas y no pudo evitar que la emoción humedeciera sus ojos. Estaban construidas con un material ligero, dócil y maleable, pero se había asegurado concienzudamente de que no se derritieran con el calor.

Dédalo no quería repetir ese error otra vez.

#127

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El guerrero se vio a sí mismo yacer en el suelo, inerte. Escapaba de él su último aliento de vida. Podía sentir incluso una cuenta atrás, inexorable.

Había estado tan cerca de conseguir su objetivo. De matar a aquel descomunal monstruo, cobijado en las entrañas de aquella monumental gruta, tan solo iluminada por su antorcha. Acabar con ese monstruo había sido su objetivo desde que comenzó su larga aventura, plagada de peligros y enemigos. Había sido una lucha desigual y titánica. Le quedaba la frustración de haber estado tan cerca de la victoria.

También la frustración de no llevar más monedas encima para poder continuar la partida. Salió del salón recreativo con una sensación de decepción.

#126

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Deambulaba por las estrechas callejuelas de la ciudad, bajo un cielo plomizo, esquivando los charcos. Llevaba varios días sin comer, estaba difícil en esa época del año. Nunca nadie es consciente de lo despiadada que puede ser una urbe hasta que tienes que vivir en las calles. Y él llevaba viviendo en ellas toda su vida. Cualquier agujero desprovisto de humedades podía convertirse en un hogar. Últimamente llevaba durmiendo en un sitio que hasta se podía considerar confortable. Su existencia básicamente se ceñía a buscar comida y sobrevivir día a día allí. Recorrió los callejones que daban a las cocinas de restaurantes y bares. Allí siempre había algo que echarse a la boca, aunque la última vez le pillaron y casi acaba molido a palos. Se llevó un escobazo de un cocinero. Debía llevar más cuidado. Había aprendido a vivir siempre con todos sus sentidos alertas. Y a tener el sueño extremadamente ligero.

Se acercó a los cubos de basura. Apenas había nada aprovechable. Ni siquiera raspas de pescado.

Ser un gato callejero en aquella ciudad cada vez era más difícil.

#125

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Se vistió y salió de la habitación a hurtadillas, con las primeras luces de la mañana, mientras ella dormía. Calle abajo, caminó deprisa, casi huyendo, con la piel enrojecida y el alma calcinada.

#124

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“Sería tan fácil”.

Eso es lo que pienso mientras mantengo la mira de mi rifle telescópico puesta sobre la cabeza de la candidata. Ahí está ella, saludando, totalmente inconsciente de que su vida pende de una decisión. Mi decisión. La sigo con un leve movimiento mientras ella se acerca al atril para dar un discurso. El acto es irrelevante. Alguna entrega de medalla, premio o lo que sea. Vienen a ser todos lo mismo. Mi cuerpo está rígido y el temblor de mi mano es mínimo. Apenas respiro. Sí, es muy sencillo. Y sí, igual es lo correcto. Pero yo no he ido hasta esta azotea por ella. Mi objetivo se encuentra a escasos centímetros de ella, un poco detrás. Me han contratado para eliminar a este famoso empresario multimillonario.

Realmente podría con los dos. Están lo suficientemente cerca para que no haya ningún tiempo de reacción. Y sí, además de profesional, soy un ciudadano, leo los periódicos.

Pero no he venido allí por eso, ni por ella. Además, la convertiría en una mártir para el partido o algo así. Aunque después de esto, seguro que también lo usa como arma política. Igual se piensa que el disparo iba hacia ella. Creo que me estoy descentrando, he de volver al punto de inicio, a mi trabajo.

Soy un profesional. Debo dejarme de estupideces. No es mi responsabilidad, no es mi problema. Mañana estaré en la otra punta del mundo.

Viro levemente la mira hasta posarla sobre la cabeza del empresario, que sonríe y aplaude a la candidata. No puede apartar la vista de ella. Debo de elegir el momento justo, creo que es ahora.

Quiero que se gire. Quiero que lo vea.

Ahora.

Disparo.

El sonido del silenciador apenas se oye.

La verdad es que resulta hasta un poco gracioso ver su cara llena de sangre de aquel tipo.

Qué pena que no me pueda quedar a verlo.

#123

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Estaba mentalizado para aquel momento. Muy mentalizado. Severos meses de entrenamiento, en las peores condiciones. Pero la parte física no era importante. Lo más duro era la parte psicológica.

Sabía cual era su puesto, cual era su misión. Era perfectamente consciente de cual era su cometido y cómo debía de afrontarlo.

Aún así, no podía dejar de envidiar a sus compañeros, mientras los observaba por la pequeña escotilla de la nave. Por mucho que hubiera estado preparado, no podía dejar de desear estar allí, dando enormes saltos sobre la superficie lunar.

#122

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Perdí a mi hijo cuando tan solo tenía dos años de vida. Muerte súbita. Fue una pérdida instantánea, brutal, inasumible. Nunca había experimentado (ni lo he vuelto a hacer) un dolor tan extremo, tan profundo. Me cercenó, tanto que durante mucho tiempo creí que me habían amputado el alma, me veía incapaz de sentir absolutamente nada. Andrés y yo nos separamos después de esto.

Pero hay algo que no se quebró. Fue el vínculo. En un principio decía que no volvería a ser madre después de algo así, pero entonces no entendí que no había dejado de serlo en ningún momento.

Veo a mi hijo a diario, a mi alrededor. Podría ser un efecto secundario del estrés postraumático y así lo racionalizaba.

Pero empecé a ver las huellas de mi hijo en el vaho del espejo del baño. Pintadas realizadas con lápices de colores en paredes que el día anterior estaban inmaculadas. Oigo su risa en el piso de arriba. A veces puedo ver incluso su sombra correteando por los pasillos.

Andrés, para variar me tomó por loca, decía que las pintadas las estaba haciendo yo misma de manera inconsciente.

La verdad es que no sé si es fruto de mi imaginación, no sabía si he desarrollado una fuga disociativa.

Sí sé que Andrés cambió de opinión. Llegó un momento que, tras ver mi estado, me invitó a pasar unos días de viaje. Queríamos retomar nuestra relación.

Cuando volvimos a casa, vimos de nuevo las pintadas realizadas con lápices de colores. Andrés me había recogido de allí antes de la partida y había visto con sus propios ojos como las paredes estaban intactas.

Nuestro hijo estaba allí y nos estaba intentando decir algo.

 

#120

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Y entonces, la princesa despertó de su largo letargo.

Y lo que primero vio fue la cara de bobalicón del príncipe, que estaba separando lentamente sus labios de los de ella. Él todavía tenía los ojos cerrados, por la supuesta intensidad del momento, pensó ella. También pensó en lo que implicaba todo aquello. Era la ley no escrita. Se tendría que casar con aquel tipo al que no conocía de nada, por el simple hecho de que había llegado hasta allí, había invadido su espacio personal y la había despertado. Y no había más que hablar, diría su padre. Si vivía, claro, porque tampoco sabía cuanto tiempo llevaba durmiendo. Igual llevaba años. Por el hambre que tenía lo parecía, desde luego.

Mientras, el príncipe le estaba hablando del amor que profesaba por ella, o algo así. La verdad es que no le estaba escuchando. Solo de pensar que tenía que pasar el resto de su vida con aquel sujeto que acababa de conocer y que ni siquiera sabía como se llamaba, se le quitaba el apetito.

No, no era verdad. Solo le apetecía un gran bocadillo de bacon. Y que ese tipo se callara. Y que se fuera, quizá, a la mierda.

La verdad es que echaba de menos seguir dormida.

#119

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El anciano estaba tumbado en la cama de su dormitorio. Le rodeaban algunos de sus seres queridos. El único sonido que flotaba en la habitación era el de los estertores que producía el consumido cuerpo del anciano. Ya no abría los ojos. Hizo un sutil gesto con la boca, con las comisuras blanquecinas y resecas. Le dieron un poco de agua con una pajita, pero apenas pudo sorber. Un fuerte ronquido inundó su cuerpo, que empezó a convulsionar. Ya hacía días que no oía nada, sumido en un suave letargo.

Despertó, despacio, como de un largo sueño, pero no sentía nada. Su cuerpo estaba entumecido, inundado por una calma cálida como una manta en invierno. No sabía si estaba muerto, pero todo indicaba que sí, que lo estaba. No podía ver nada, la negrura llenaba toda su existencia.

Se dio cuenta de que podía oír a sus seres queridos, llorando su pérdida, como ecos lejanos, que llegaba amortiguados y arenosos. Otras voces se mezclaron, más fuertes, más estridentes.

De repente sintió como una luz cegadora inundaba todo, como la calma desaparecía, también la calidez. De repente empezó a sentir frío.

Estaba convencido que ahora llegaría su juicio, el momento en el que se decidiría si entraba en el paraíso o sería condenado para toda la eternidad.

Unas inmensas manos lo agarraron y sintió que no podía respirar. Sintió un miedo incontrolable, una angustia indescriptible.

Luego vino un intenso dolor seco. Comenzó a llorar, también a respirar, vomitando mucosidad por su boca y fosas nasales.

–Enhorabuena, señora Smith–dijo el doctor–. Acaba de tener una niña preciosa.

#118

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Margaret Dupont (1860 – 1934) fue una de las más destacadas pintoras de su generación. Aunque catalogada como surrealista, siempre intentó huir de esa etiqueta. Más bien intentó huir de cualquier etiqueta durante toda su vida.

Su obra se caracterizaba, además de su pincelada precisa y delicada, por la mezcla de elementos, la construcción o creación de extrañas simbiosis entre objetos, naturales y artificiales.

Un elemento recurrente en toda su obra fue una fruta, la manzana. Este elemento aparecía casi todas sus creaciones. Se convirtió en una seña de identidad, prácticamente un tic. La realidad era que cuanto más evolucionaba su obra, mayor relevancia tenían las manzanas en sus pinturas. Parecía ya una especie de obsesión. Su última pintura, de hecho, fue un esbozo de una manzana.

Siempre le preguntaban, tanto en entrevistas como en corrillos en fiestas o en las inauguraciones de sus exposiciones el simbolismo de este elemento. Ella siempre rechazó hablar de ello, creía que no era necesario explicarlo.

Unos decían que simbolizaba la vitalidad de su carácter, otros elucubraban con que tuviera un significado sexual, o bien podría ser una referencia al pecado original, ya que Margaret tuvo una estricta educación religiosa. Se escribieron libros alrededor de este misterio, incluso a día de hoy se sigue debatiendo sobre el significado de las manzanas en la obra de Margaret Dupont.

Pero la artista nunca lo desveló.

Igual no significaba nada, igual lo significaba todo.

Lo único que sabemos, por testimonios de allegados, es que jamás vieron a Margaret comer una sola manzana en toda su vida.

 

#117

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Lucía se miró al espejo y contempló su cuerpo, preocupada. Sin duda se había metido en un gran problema. No sabía con quién hablarlo. ¿Con sus amigas? Eva estaba bastante desaparecida, más preocupada en quedar con Bruno y enrollarse en cualquier descampado que en estar con ella. Bruno le caía como un puñetazo en la cara.

Gemma también estaba un poco ausente, pero era sobre todo porque le habían caído seis y sus padres prácticamente la habían encerrado en su cuarto. No podía ni usar el móvil.

Tampoco tenía ganas de hablar de su problema por ahí. Pero la verdad es que estaba muy agobiada.

Sabía perfectamente cuando había empezado todo. Fue aquella noche que tuvo ese sueño tan extraño, donde aquel ser de luz y esos ojos llenos de infinito le había hablado con una voz que realmente no era una voz, eran más bien como millones de voces y que días después seguía resonando en su cabeza.

Después de aquello se había empezado a sentir extraña, como si no fuera ella. No del todo. Como si ese ser no se hubiera ido del todo. Era difícil de explicar y Lucía no lo había hablado con nadie. No quería que la tomaran por loca.

Y además, era solo un sueño.

Y luego vinieron las nauseas y el asco a ciertos olores. Y pasaron los meses y empezó a preocuparse porque no le bajaba la regla y su barriga estaba empezando a hincharse.

Y aquello sí que era imposible. No podía estar embarazada. Y lo sabía perfectamente porque todavía no lo había hecho. Había hecho cosas con Javi, le había magreado las tetas y todo eso, pero hasta donde ella sabía, eso no te dejaba embarazada.

Notó su vientre abultado delante del espejo. No podría disimular por mucho más tiempo, el cambio de peso era ya bastante evidente y a pesar de su ropa holgada, no faltaba mucho para que todo el mundo se diera cuenta.

¿Cómo podría explicarlo a sus padres? ¿Y a Javi?

“Pues no lo sé, me quedé embarazada en sueños”. Se puso a llorar, de la angustia.

Y eso que había obviado un detalle todavía más demencial e increíble.

El ser de luz de sus sueños no estaba solo cuando empezó a hablarle.

En el hombro llevaba una especie de pájaro. Parecía una paloma.

 

#116

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Es uno de esos días en el que el cielo cae y las nubes hacen juego con tu alma.

Uno de esos días donde la humedad muerde tus huesos y confundes los principios con finales y los finales con principios.

Días raros, días muertos, días con sabor a ceniza.

Días que tienen el color de un cardenal en la mejilla.

Uno de esos días donde las luces se apagan lentamente, como párpados cargados de sueño.

Uno de esos días en los que no tienes ni saliva.

Hay días y hay días. Y hoy parece no haberlo.

 

#115

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La misión había llegado al planeta Delta-441 hacía tan solo unas semanas. Debían haber encontrado, según los barridos de las sondas, flora y fauna variada, pero fue toda una sorpresa encontrar vida inteligente. Habían monitorizado algunas colonias de homínidos inteligentes a pocos kilómetros del aterrizaje, donde habían establecido el campamento.

Esto, por supuesto, afectaba a todo el programa. Aquella tripulación estaba solo para recoger muestras y hacer experimentos, como hacían con tantos otros planetas provistos de vida. Unos pocos años de investigación para regresar a Ciudad Estelar, la gran estación espacial, que contaba con millones de habitantes.

Desde Central ordenaron priorizar el estudio de aquellos seres inteligentes y comprobar si podría existir una interacción con ellos. Los primeros y fallidos contactos se produjeron algunos meses después de la llegada a aquel planeta. Los homínidos huían aterrorizados al ver a la tripulación, con aquellos trajes espaciales.

Decidieron que debían demostrar que no eran una amenazan. Idearon entregarles algunos obsequios, para así constatar que sus intenciones eran benévolas. Decidieron que un buen obsequio sería el mostrarles la manera de hacer fuego, proceso que les ayudaría a evolucionar, viendo que todavía no habían descubierto cómo hacerlo por ellos mismos.

Una expedición llevó a las colonias de homínidos el fuego, les enseñaron a generarlo y a controlarlo.

Tiempo después pudieron comprobar, gracias a minúsculos drones espías equipados con cámaras,  que los homínidos habían comenzado a pintar a la tripulación en las paredes de sus cuevas. Incluso a realizar toscas esculturas.

Las adoraban. A ellos les pareció gracioso.

Llegó el tiempo de volver a la Ciudad Estelar.

Los homínidos vieron a sus dioses marchar y volver a las estrellas de donde vinieron.

Y empezaron a rezar para que regresaran.

#114

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Juan entró en casa, cerrando fuertemente la puerta tras él. Se apoyó en ella y resopló. Estaba prácticamente sin aliento.

–¿De dónde vienes?– preguntó su hermano, alarmado–. Son casi las 7, te has pasado el toque de queda, si se entera papá te va a matar.

Juan abrió su abrigo mostrando una especie de sobre cuadrado.

–He estado en Los Despojos. He conseguido música prohibida. – Juan rio entre dientes, visiblemente excitado.

Su hermano abrió los ojos como platos.

–¿Los Despojos? ¿sabes que te podrían hacer los de la POMI si te pillan? No se debe ir a guetos y menos nosotros, los de nuestra clase. Se te puede caer el pelo y a papá también. La gente del Ministerio debe dar ejemplo.

Pero Juan ya estaba subiendo las escaleras hacia el desván a toda prisa.

Allí tenían un reproductor antiguo, de antes de la purga. Los reproductores que había autorizado el gobierno no podían introducir música externa, solo la que ellos seleccionaban.

Juan sacó el objeto del sobre.

–Lo llamaban Compact Disc, o CD.

Ambos miraban el objeto, reluciente, con admiración. Brillaba como una joya.

–Es de un grupo de chavales de Los Despojos, “Ministros muertos” se llaman – dijo Juan aguantando la carcajada, sonrojándose por lo que acabada de decir, mientras ponía el disco en el reproductor–. Allí hay un montón de bandas clandestinas, ¿sabes? graban como pueden y los reparten gratis. No tiene mucha calidad, pero mejor que la mierda del Ministerio, será.

Su hermano también aguantaba la risa al repetir en su mente el nombre de aquel grupo. Si su padre oyera eso, le daría un ataque.

Lo pusieron a un volumen bajo. Lo último que querían es que el servicio, o sus propios padres, los descubrieran.

Era difícil de describir aquel sonido. Y la sensación que ellos experimentaban mientras escuchaban aquella música ruidosa agachados, pegados a los altavoces. Sus cabezas se movían, erráticas. Parecían estar convulsionando, mientras aquel sonido gritaba palabras de libertad y rebelión. Sabían porqué aquello era música prohibida.

Su padre también lo sabía. Había subido con el suficiente sigilo para no alertarlos. Allí los vio, agachados, de rodillas, como adorando a aquel invento del demonio. Cuando ellos repararon en su presencia ya era demasiado tarde.

El reproductor fue destruido, también el disco. Ellos fueron castigados y Juan recibió una paliza por haber pisado Los Despojos.

Pero había algo que no podían destruir. El fuego ya estaba en sus mentes, la música seguía resonando allí, las palabras.

Ese fuego, esa llama ya sería imposible de apagar.

#113

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Puede ser hermoso. Puede ser enorme y pesado, o liviano y ligero.

Puede oler a tiempo. O puede tener ese característico olor que tienen las cosas nuevas.

Sus tripas están llenas de tinta, pero también de ideas. Está llena de la mente de otras personas.

Puede ser divertido. Puede ser terrorífico.

Puede ser peligroso.

Puede ser entretenido, aburrido, trepidante, soporífero.

Puede enseñar. Puede mentir. Puede decir la verdad.

Puede decir muchas verdades.

Puede viajar. Puede contener todo el odio, todo el amor, toda la venganza, toda a la ira, toda la tristeza, toda la pasión y alegría que puedas concebir

Nunca cupieron tantas cosas en tan poco espacio.

Es, sin duda, el objeto más maravilloso que ha creado el hombre.

Es un libro.

 

#112

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Claro que recuerdo aquel rodaje. Te refieres a la película biográfica de “The Black Holes”, ¿no?

Yo en aquel entonces era ayudante de dirección, sí, todavía no había dado el paso de dirigir mis propios proyectos. Aquello era un infierno y mira, ya que ha pasado tanto tiempo, puedo decir que el grupo solo dio su conformidad porque querían el dinero. No hubiera salido de otra manera porque Jim Parsons y Mike Starr no podían estar juntos en la misma habitación y mucho menos supervisar un rodaje. Se suponía que ellos tenían el papel de consultores, pero es que nunca estaban de acuerdo en nada. Siempre había discrepancias y el pobre Paul (Stevenson, director ya fallecido) estaba un poco sobrepasado por la situación.

A mí me tocaba lidiar con ellos, la verdad es que sí y te puedo asegurar que la mayor parte de mi trabajo era que no estuvieran juntos en el set e intentar que los dos quedaran contentos con el rodaje. Sobra decir que no lo conseguí, aunque me consta que el montaje fue mucho peor.

Sé que quieres que te hable de la famosa escena del funeral de John Lawrence, el productor. Te lo resumiré así, Mike tenía una versión, Jim otra y el guión otra. Y eran irreconciliables, sobre quién pegó primero y toda esa mierda. Sabíamos que todos los detalles, como lo de la escena de Jane con Mike y todo eso, ya sabes, todo el mundo conocía que iba a ser un material peliagudo y que ellos pondrían pegas porque… ya sabes, es complicado maquillar todo eso. Paul insistía que debía de aparecer en la película porque fue el motivo de la ruptura del grupo y lo del funeral también porque fue cuando comenzaron a enterrarse el uno al otro en demandas.

Todo el mundo sabe esta historia, lo que pasó en el rodaje. Mike no debía de haber venido ese día. Unos dicen que iba borracho. Empezó a gritar que eso no había sucedido así, que Jim Parsons jamás lo hubiera tumbado y que había ocurrido justo al revés. No pudimos controlarlos y sí, irónicamente todo acabó de manera parecida al momento real.

Paul opinaba que hubiera sido más interesante haber grabado aquello en vez de la puta mierda de película que estábamos haciendo. Siempre opiné que Rob James era un pésimo Jim Parsons, nunca se creyó el papel.

No debería de contar estas cosas, pero bueno, ha pasado ya mucho tiempo, a quién le importa.

Y, sé lo que quieres, te aclararé la duda. Jim Parsons le destrozó la cara a Mike Starr. Desde ese día no tengo ninguna duda de que también lo hiciera la primera vez.

 

Si quieres conocer más sobre este incidente, puedes leer el microrrelato #93

#111

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“Ojalá, la lluvia dure para siempre” se dijo mientras caminaba lentamente bajo la lluvia.

“Y arrastre con ella a toda la ciudad”.

Años después todavía recordaba esa lluvia y esa noche. La consideraba la primera noche de su vida, la última de su anterior. Como volver a nacer y morir a la vez.

Pero siempre lejos de aquella ciudad, tan hostil. Pero sobre todo, lejos de él.

A partir de ahí, por duro que fuese (que lo fue), nunca sería tan duro como todo lo que había venido antes.

Aunque había cosas que la lluvia nunca podría limpiar.

#110

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El Duque de Buttersword, Sir Cecil y su mayordomo Benson se encontraban en la torre más alta del castillo. Sir Cecil observaba la caída que había desde allí. No sabía los pies que habría exactamente, pero a todas luces la caída sería mortal. Miró de reojo a su mayordomo e intentó que su voz inspirara tranquilidad.

–Bueno, Benson, ha llegado el momento – dijo el Duque, animado.

Benson intentaba mantener la compostura. Pero aún así no podía evitar tamborilear los dedos contra su pierna de manera algo nerviosa.

Habían subido hasta allá arriba para probar la última genial idea (su esposa prefería llamarlo “absoluta estupidez”, algo con lo que Benson no podía estar más de acuerdo, aunque nunca se atreviera a decirlo).

Un prototipo de traje volador. Sir Cecil creía haber mejorado la idea de Leonardo Da Vinci.

–Señor, ¿Está convencido de que es seguro?

–No he estado tan convencido de algo en toda mi vida, Benson. Vamos, es solo saltar y mover los brazos. Es pan comido.

–Lo entiendo… y siendo algo tan seguro… ¿No le parece un tanto injusto que vaya a ser yo la primera persona en volar como un pájaro? A mí me fastidiaría después de tanto trabajo, tantos cálculos y sacrificios. Bueno, lo de la cabra, ya sabe.

Esto desconcertó a Sir Cecil. Según sus cálculos (seguro que correctos, ¿cómo iba a ser de otro modo?) había un noventa y… digamos un ochenta por ciento de probabilidades de hacer un vuelo óptimo. Estaba casi seguro que el incidente con la cabra fue porque ese maldito animal no había entendido nada de lo que debía hacer. Lo había definido como “poca implicación en el proyecto”.

–Bueno, Benson, por el afecto que le tengo le permito tener semejante honor.

–Y se lo agradezco infinitamente… pero aún así, sería una auténtica lástima que fuera yo el que pase a la historia, en vez de artífice de semejante hito. Hablamos de la mayor revolución tecnológica desde…

– ¿Desde las sales de baño perfumadas?–Le interrumpió el Duque, visiblemente excitado.

– Absolutamente, señor.

– ¿Cree que me pondrán una estatua, Benson?

– Raro será que no le pongan una plaza, señor.

Sir Cecil ya sonreía como un maníaco. Benson había dado con la tecla correcta y pudo respirar aliviado.

Poco después, Benson bajó, con paso tranquilo, hasta los jardines del castillo, para recoger una versión maltrecha, magullada y bastante dolorida de Sir Cecil. Había tenido la suerte de estrellarse contra los tupidos setos del jardín. Las alas eran ya tan solo un ramillete ridículo de astillas. Benson calculó unos tres o cuatro meses de recuperación. Al menos estaría un tiempo apartado de sus geniales ideas. Eso le tranquilizaba bastante.

–¿Qué tal he estado, Benson?–dijo Sir Cecil con apenas un hilo de voz.

–Maravilloso, señor. Creía de veras que lo conseguía.

No quería decirle que la cabra, con unos conocimientos más limitados de aerodinamismo que Sir Cecil, se había conseguido mantener en el aire más tiempo que él. Eso le iba a doler más que la caída.

 

#109

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Sara caminaba encorvada con la cabeza agachada y cubierta por la capucha de su chubasquero. Llovía mucho, tanto como para que multitud de burbujas efímeras brotaran de los charcos. Estaba llegando al instituto.

Otro día más. Otro de soportar a Clara y a las gilipollas de sus amigas. No sabía que le harían, pero sí tenía la absoluta seguridad sería algo, daba igual lo que fuera. Sería el color de su chubasquero, sus botas de agua, su mochila raída, su manera de caminar, su peinado, su cara.

Cualquier cosa valdría de pretexto para recibir un poco de humillación y otro poco de puñetazos. O todo lo que pueda ser mínimamente humillante. La última vez que lo hicieron fue en los aseos solo hacía unos días. Le tiraron un tampón usado mientras ella meaba. Podía oír los alaridos de risas histéricas que escupían. El tampón no le dio, de todas maneras. Le hubiera dado igual.

Al menos así habría tenido una excusa para volver a casa.

Estaba harta de llegar a casa llorando. También de llorar antes de entrar en el instituto. Se había convertido en un lugar hostil. Sentía como la ansiedad crecía a cada paso que la acercaba al edificio.

Oyó un timbre a lo lejos. Llegaba tarde. Vio a lo lejos como Clara y las gilipollas de sus amigas entraban corriendo, protegiéndose de la lluvia con sus carpetas tapizadas de ídolos adolescentes, riendo escandalosamente. Y pensar que Clara y ella habían sido grandes amigas unos pocos años antes… No entendía bien lo que le había ocurrido.

Se dio cuenta de que había dejado de caminar, podía oír la lluvia estrellándose contra la capucha de su chubasquero, produciendo un ruido ensordecedor.

Las gotas de lluvia se mezclaban con sus lágrimas.

¿Cuánto tiempo podría seguir así, sin romperse? Se hacía esa pregunta todas las mañanas.

No podía volver a casa, no podía entrar en clase. Simplemente estaba ahí, parada, sin saber qué hacer. Lo que sí sabía era la respuesta a la pregunta que tantas veces se había planteado.

¿Qué cuánto tiempo podría aguantar? Pues ya tenía la respuesta. Era “hasta hoy”.

Se dio cuenta allí, en medio de la lluvia, de que se había terminado de romper.

#108

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El sueño de Paul era convertirse en un gran artista, un maestro de la pintura. Para ello, decidió formarse a conciencia. Leyó innumerables volúmenes de teoría pictórica, devoraba todos los tratados de grandes teóricos. Pero cada vez que cogía un pincel para atacar un lienzo, temblaba. Se decía que no estaba lo suficientemente preparado. No quería ser un simple pintor, ni un mero artesano. Quería ser un gran artista y para estar a ese nivel y altura, debía prepararse a conciencia. Visitó los talleres de los mejores maestros para conocer sus técnicas y secretos. Viajó por todo el mundo para poder trabajar con muchos de ellos, como mero ayudante, sí, pero pudiendo observar cómo desarrollaban su labor. Recogía cada detalle con precisión milimétrica, cada pincelada, cada mezcla de color.

Indagó en numerosos estudios de la luz, del volumen, de la perspectiva, tratados de color y la elaboración de pigmentos.

Pero no se veía capaz de afrontar su propia obra, no se sentía lo suficientemente preparado. Pero estaba convencido de que si adquiría todos los conocimientos sobre la materia posibles, si conocía la técnicas, los procesos, llegaría un día en el que podría crear todo lo que quisiera, no tendría límites.

Ese día no llegó. Paul falleció, siendo anciano y albergando una gran cantidad de conocimientos sobre pintura, inabarcables.

Pero sin haber podido ejecutar una sola pincelada.

 

#107

By microrrelato No Comments

Solo tenía que hacer una cosa.

Una maldita cosa.

Esperar 15 minutos antes de abrir la puerta del horno. No era un horno normal, estaba preparado para alcanzar grandes temperaturas. Las órdenes habían sido claras. Apagar y esperar 15 minutos antes de abrir o el experimento que estaban realizando, de naturaleza volátil, podría explotar.

Él sabía que no eran necesarios 15 minutos y que aquel material no era tan volátil.

¿Para qué esperar 15 minutos? él sabía lo que se hacía.

Se lamentaría para siempre de haber hecho aquello, pensaba camino al hospital, con la piel de su cara completamente derretida y abrasado por un dolor insoportable.

#106

By microrrelato No Comments

Era viernes noche. Llegó a casa tras una dura jornada de trabajo y una todavía más dura semana. Había sido una de esas semanas que te pasan por encima como una apisonadora, esas que hacen que llegues a casa el viernes por la noche prácticamente a rastras, como si tu alma se hubiera ido por el desagüe.

Cenó desganado algo muy ligero mientras veía la televisión. Aunque realmente no le estaba prestando ninguna atención. Solo quería acostarse. Se fue a la cama y tardó muy poco en quedarse dormido.

Cuando se despertó, era lunes.

Le habían robado todo el fin de semana.

Ni siquiera se sentía descansado.

#105

By microrrelato No Comments

El hombre estaba sentado en una salita pequeña y mal iluminada, en esa casa de muros gruesos y blanqueados de cal. Las paredes estaban llenas de cuadros de santos, vírgenes y Cristos. Las manos le sudaban y no podía dejar de mover frenéticamente su pierna. No estaba nervioso, estaba encogido por el pánico. La espera se le estaba haciendo eterna. Había ido allí convencido por su mujer. No tenía claro de si estaba haciendo lo correcto.

Ella estaba convencida de que su hija estaba embarazada, llevaba el demonio en sus entrañas y habían ido a casa de aquella curandera para sacárselo.

Su hija solo tenía 12 años. Había empezado a menstruar hacía muy poco.

Intentó preguntar, cuando llegaron, por lo que le iban a hacer a su hija. La curandera tan solo respondió un escueto “lo que haga falta”. Entraron con ellas dos mujeres más, enlutadas como la curandera, para ayudar rezando.

Le habían dicho que esperara en aquella salita custodiada por todas esas imágenes mientras ellas se ocupaban de todo. Habían pasado varias horas. Al principio escuchó gritos y estuvo a punto de entrar para ver qué pasaba, pero ya le había advertido aquella siniestra y menuda mujer, de rostro duro, que no interrumpiera el proceso bajo ninguna circunstancia.  Llevaba ya bastante rato sin oír nada más que una letanía suave como un murmullo.

La puerta se abrió. Su esposa salió despacio, cubierta completamente de sangre. La curandera salió detrás de ella, limpiándose las manos. Él se levantó de la silla, completamente consternado y confuso.

Solo pudo aullar “¿qué le habéis hecho?” con el rostro mojado de lágrimas mientras las mujeres le bloqueaban el paso para que no pasara a la habitación.

Habían hecho mucho más de lo que hacía falta. Mucho más.

 

#104

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Juan nació con una gran mancha oscura en forma de racimo de uva en la cara. Decían que era producto de un antojo no satisfecho de la madre cuando estaba embarazada. Era importante complacer este tipo de caprichos para que no sucedieran estas cosas. Así creció, con una gran mancha abarcando gran parte de su cara. Sobra decir que la infancia fue complicada. Le pusieron decenas de apodos. Juan creció, solitario y reservado. Estudiar en la ciudad no hizo más que agudizar su soledad.

Pero un día la vio a ella, por casualidad, en una librería. Tenía una mancha en la mejilla en forma de fresa. Se quedó petrificado al mirarla y ella le devolvió una dulce sonrisa.

El destino también tenía antojos.

#103

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De pequeño, pasaba algunas temporadas en el pueblo natal de mi padre. Sobre todo en verano, pero recuerdo ir en Semana Santa o en la semana de Pascua, algunas navidades. No estaba demasiado lejos de la ciudad, así que íbamos bastante a menudo.

Recuerdo que me daba pavor ir. El pueblo, de pequeña extensión y estrechas calles, estaba dominado por las ruinas de un viejo palacio. Decían que allí habitaba un vampiro. Me daba pánico solo de pensar que un vampiro estuviera allí, en esas solitarias y ruinosas torres, acechando, observándome. Cada vez que mi padre nos informaba que nos íbamos hacia allá, una angustia total trepaba por mi garganta.

Llegué a dormir aferrado a un viejo crucifijo que había en casa de mis abuelos. Me dormía observando fijamente la ventana, horrorizado de pensar que en cualquier momento una figura flotante aparecería en aquel viejo ventanal de madera, intentando entrar para drenar toda mi sangre. Reconozco que en aquel pueblo se respiraba un ambiente extraño, enrarecido. La gente era huidiza. Siempre habría jurado que estaban tan asustados como yo, que ellos también percibían algo malsano que no se podía explicar.

Un día dejamos de ir. Mi padre nunca habló de ello, pero, drásticamente, cesaron los viajes al pueblo. Lo poco que pude cazar de escuetas (y casi furtivas) conversaciones entre mis padres, era algo relacionado con una desaparición de una chica del pueblo. O varias. Como digo, mi padre nunca habló de ello. Las pocas veces que intenté descubrir qué había ocurrido para que dejáramos de visitar a mis abuelos (empezaron ellos a venir a la ciudad a vernos a nosotros), pero lo único que recibí fueron lacónicas evasivas.

Nunca me he animado a regresar allí y descubrir la verdad por mí mismo. Son tonterías, seguro que el viejo palacio que domina el pueblo es ahora menos amenazantes. Y soy un adulto, ya no creo en esos cuentos de viejas.

Pero solo de pensar en volver hace que ese nudo en la garganta, esa inquietud y miedo, vuelva a aparecer como hace 30 años.

#102

By microrrelato No Comments

Una pareja de jóvenes caminaba por una estrecha senda, casi oculta por las hojas caídas. Las copas de los árboles amortiguaban la fina lluvia que caía, casi imperceptible. Llevaban un par de horas de caminata, a paso ligero. Iban animados, disfrutando de una suave tarde de senderismo. Una edificación, devorada por la maleza, surgió como un gigante inesperado. Era un edificio enorme, moteado de pintadas vandálicas. Se sorprendieron ante el hallazgo, era la primera vez que transitaban por aquel paraje. Pudieron comprobar, por el mapa descargado en sus smartphones, que era un antiguo sanatorio mental, abandonado desde hacía décadas. Él insistió para que entraran a echar un vistazo, sería divertido. Aunque el recinto estaba cercado y precintado, no parecía muy complicado su acceso.

Una joven pareja que se introduce en un viejo edificio abandonado.

Un antiguo manicomio.

En medio del bosque.

Empezando a caer la tarde. Sin cobertura en los teléfonos.

¿Qué podría salir mal?

Pues nada, la verdad. Estuvieron un rato deambulando por los ruinosos pasillos y comprobando que más allá de ruinas, basura y pintadas, el edificio no mostraba mucho más interés. Salieron de allí y regresaron al pueblo casi entre dos luces. Cenaron un exquisito menú en el pequeño y acogedor hotel rural donde se alojaban. Subieron a la habitación, hicieron el amor y se durmieron abrazados y exhaustos.

A veces un buen final es una decepción. Lo sé.

#101

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Y ahí estaba yo, justo en el final.

Se parecía mucho al principio.

Pero no me detuve ahí, así que corrí desde ese inicio hasta la tercera línea.

Había llegado, con esfuerzo, a la mitad.

De ahí seguí hasta el final.

Y cuando estuve cerca me di cuenta de que se parecía mucho al principio.

Y ahí esta yo, justo en el final.

#100

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Jun miró el indicador que parpadeaba insistente. Debía de repostar oxígeno lo antes posible, sin duda. Había sido una suerte que hubiera una estación espacial tan cerca, teniendo en cuenta que había salido fuera de la ruta comercial. Sería un buen momento para comprar latas e igual algo de diversión. Tampoco podía estar demasiado tiempo allí. La estación parecía pequeña.

Con un poco de suerte, en aquel cuadrante dejado de la mano de Dios no aparecería ninguna escuadra de la Federación. Siguió el protocolo para obtener permiso y poder acoplarse a la estación. Ejecutó el programa de acople y se levantó de su asiento, para dirigirse a la parte trasera de la nave. Los dos niños estaban en una esquina, encogidos y abrazados. Se dio cuenta de que eran más pequeños de lo que había creído en un principio. No entendía su idioma, había sido imposible comunicarse con ellos. Aún así se agachó, les miró y se dirigió a ellos.

– Voy a bajar, así que debéis quedaros aquí y no hacer ningún ruido. Todo irá bien, volveré pronto–. Los niños le devolvieron una mirada de desconcierto y miedo. Temblaban.

Dejó a los niños y bajó de la nave. Empezó a caminar por el túnel de acceso al ágora mientras leía los carteles de la prohibición de acceder a aquél lugar armado.

Con un poco de suerte incluso podría tomar una cerveza tranquila, en el caso de que hubiera cantina.

Siempre se decía a sí mismo que no debía meterse en líos. Y menos si la Federación está involucrada. No debía haber rescatado a aquellos niños de aquella maldita nave en llamas. Tampoco entendía qué interés podían tener en ellos. Solo sabía lo duro que era crecer sin padres, de ir dando tumbos por todo el sistema, sin ningún tipo de norte. Recordó los cadáveres de los progenitores de esos pobres niños, de cómo los pequeños se abrazaban a ellos.

Ahora le iban buscando. Debía de ser algo gordo, la Federación no movilizaría a tantas escuadras por unos simples niños y un humilde contrabandista.

Debió ser más observador cuando bajo de la nave, en vez de estar ensimismado en sus pensamientos. La escuadra de la Federación le estaba esperando. Iban armados, no habían respetado las normas.

Menos mal que él tampoco lo hacía nunca.

#99

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Oh sí, conocí a Robert, claro. Te diré una cosa, cuando me topé con él, no era demasiado bueno ¿sabes lo que quiero decir?

Sus dedos eran largos y huesudos, ideales para tocar, pero no tenía un talento especial cuando al principio, nada destacable. Había un puñado de guitarristas mejores que él. Todo cambió cuando volvió, ya sabes. Sé que hay muchas habladurías al respecto. Él no ayudó a aclarar las cosas, parece que le divertía todo aquello. El caso es que estuvo un tiempo desaparecido, un año o año y medio. Bueno, no sé si desaparecido, él decía que había estado tocando por todo el sur, pero realmente nadie lo había visto mucho. Pero cuando regresó, era increíble, lo que hacía con la maldita guitarra. Siempre parecía que eran dos personas tocando a la vez. Parecía cosa de… no quiero decirlo. Nunca había escuchado a nadie tocar así, no era velocidad, ni destreza, era otra cosa. Cuando él tocaba, la gente estaba como hipnotizada. Como los de las flautas y las serpientes ¿sabes a qué me refiero?

Era incendiario.

Sé que le han preguntado a todo el mundo y nadie se aclara con lo de su muerte. Lo único que tengo que decir es que no creo que fuera neumonía. Robert jugaba mucho con fuego y se quemó, eso es todo lo que tengo que decir. Eso y que era muy joven. Apenas 27 años.

¿Te cuento algo que quizá te interese? Un día estaba con Bobby (le llamábamos Bobby) y le pregunté cómo demonios había aprendido a tocar así.

Y él simplemente mostró su reluciente dentadura y se rió con ganas. Me heló la sangre, puedes jurarlo.

#98

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Alfredo estaba de rodillas, con la cabeza presionando el suelo. Había estado llorando, pero ahora ya no. Recibió una patada en las costillas del soldado que llevaba todo el rato apuntándole con un arma, presionando a veces su nuca. Seguía notando el picor que le había dejado la boca del cañón. Le dijeron que se levantara, junto a sus compañeros. Seis pobres desgraciados. Lo único que habían hecho era repartir panfletos contra el nuevo régimen recién impuesto. Los habían llevado a aquel descampado, a las afueras del pueblo. Sabían perfectamente cómo iba a acabar todo esto.

Una figura emergió de la noche, uniformada. A Alfredo le costó reconocerlo con ese atuendo. Pero sin duda era Marcos. No pudo evitar que un pequeño atisbo de esperanza emergiera dentro de él. No podía negar alegrarse de haberlo visto. Marcos y Alfredo habían sido grandes amigos, desde la guardería, joder. Alfredo lo alojó en su casa un día que Marcos cogió una borrachera monumental para que su padre no lo matara. Fue al primero que le contó que había perdido la virginidad con Silvia. Incluso vivieron juntos en un piso en la época de universitarios, aunque lo que más hacían era jugar a videojuegos fumando en aquel minúsculo apartamento, las clases las pisaban poco.

Se habían distanciado después de esa época, Marcos volvió al pueblo tras la universidad y Alfredo siguió en la ciudad. Cuando regresó, años después, notó que Marcos había cambiado un poco, gente distinta, ya no coincidían.

Llevaba sin verlo bastantes meses, antes del golpe de estado. Fue una sorpresa verlo allí. También fue una sorpresa verlo con ese uniforme.  Y con esos galones.

Pensó que, a pesar de todo, su amistad podría estar por encima de todo aquello, tenía la autoridad suficiente.

Marcos lo miró fijamente. Alfredo intentó devolverle una sutil sonrisa, buscando complicidad. No obtuvo ninguna respuesta por su parte.

Tardó muy poco en darse cuenta lo mucho que había cambiado Marcos.

Los disparos se escucharon desde el pueblo y se disiparon en la oscuridad de la noche.

 

#97

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–Por favor, Ana, abre la puerta, soy yo.

Ana veía a través de la mirilla la imagen de su pareja. En efecto parecía él, pero no se fiaba. Era muy difícil comprobar si algo había cambiado de verdad solo observando su imagen deformada por la mirilla de la puerta. Abrió la puerta con la cadena puesta. La cara de Ernesto se veía recortada en la abertura. Sudaba y parecía nervioso. Ana no podía disimular que estaba temblando y a punto de estallar en llanto.

–Creí que habías muerto. Que estabas en aquella torre.

–Y lo estuve, pero mira, he vuelo. Intacto. No es una plaga, Ana. Nos han mentido –. Ernesto mostró una sonrisa amplia, intentando que su tono de voz fuera lo más tranquilo posible.

–¿Y qué pasa con los que van allí y no vuelven? Esos panales hechos de vete tú a saber que mierda dan mucho miedo, Ernesto.

–Ana, mírame, estoy intacto. ¿Ves algún síntoma de Plaga? Porque no es cierto. Es un paraíso, Ana, he podido verlo yo mismo. Esos bichos no nos han envenenado, nos han traído el cielo desde el espacio.

–Hablas como un lunático.

–Ana, la gente va por su propia voluntad, te lo juro. Y el interior… es mentira lo de que nos usan como alimento. Allí dentro solo hay paz, es un lugar maravilloso.

Ana dudó. Era cierto que no Ernesto parecía no reflejar ningún síntoma que solían tener los infectados (ojos amarillos, urticaria, deformaciones en la piel). Los que habían sucumbido a La Plaga parecían, además, no tener voluntad, siendo relegados a meros esclavos que habían construido la llamada Torre o Panal con objetos de toda clase, donde habitaban aquellos misteriosos alienígenas.

Abrió la puerta, tras unos instantes de silencio. Ernesto entró y la abrazó. Hasta ese momento no pudo percibir lo fría que estaba su piel.

– Te llevaré allí, vamos a llevarnos a los niños también. Ya verás. Será maravilloso.

–No, Ernesto, a los niños no.

Ernesto endureció el rostro.

–Vamos a ir todos, Ana, toda la familia.

No sabía cómo lo habían conseguido, pero Ana ya había oído hablar de ello. Infectados que eran capaces de ocultar los síntomas. Incluso el característico tono amarillento de los ojos. Es posible que incluso estuviera colaborando por propia voluntad.

–Los niños ya no están aquí, Ernesto–. Él apretó los puños y dejó mostrar la ira en su cara.

Ana sacó la pistola que llevaba escondida en la parte de atrás del pantalón. Nunca abría la puerta sin llevarla encima. Ya cometió ese error que casi le cuesta la vida a uno de sus hijos. Esta vez no ocurriría lo mismo.

 

#96

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Marchar de mi ciudad natal, junto con aquel regimiento, fue la segunda cosa más triste y difícil que viví. Regresar de aquella guerra, victorioso y mutilado, para ver cómo no quedaba nada por lo que había luchado, fue la primera.

#95

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Luisa María estaba en shock. Se encontraba en su sillón, en el centro del plató. Las luces se habían apagado y había un frenético trasiego de gente en estado de pánico. No se creía lo que acababa de suceder. Estaba siendo una emisión normal de su programa, el magazine matutino líder de su franja horaria. “El Programa de Luisa María” llevaba siendo el programa más visto desde hacía años, un éxito sin precedentes para este tipo de programas.

La tertulia sobre las últimas noticias del corazón había sido interrumpido por un pirateo de la señal. En realización habían perdido por completo el control de la emisión. Se había empezado a emitir un video. En él, a pesar de la mala calidad, podía verse a la popular presentadora grabada con cámara oculta, en lo que parecía ser una fiesta privada. Incluso estaba subtitulado. Se la veía consumir drogas por vía nasal mientras se jactaba de manipular noticias a su antojo. Estaba rodeada de colaboradores de su programa, que reían a carcajada limpia, mientras ella, claramente intoxicaba, no dejaba títere con cabeza.

Luisa María contemplaba el video desde su asiento en el plató, inmóvil, sin poder reaccionar.  Sus colaboradores también parecían paralizados. Algunos echaron sus manos a la cara, para no ver la escena. No solo era un referente de opinión, una profesional que además había hecho de la decencia, la transparencia informativa y la buena praxis en el periodismo una bandera. Además, era madrina de una importante asociación que luchaba contra la adicción a las drogas e incluso había realizado grandes campañas como cara visible de la lucha contra la drogodependencia.

Luisa María gritó que cortaran la emisión, estaba fuera de sí. Pero no podían hacer nada para evitarlo. Ni siquiera al cortar a publicidad o desde los controles centrales de la cadena. Estaban controlando el canal desde fuera. El video no duró mucho más. La pantalla se quedó en negro y unas palabras rojas surgieron. El texto rezaba: “Pumuki”.

La señal pirata cesó y volvió la del programa. Se podía ver un primer plano de Luisa María, paralizada por el pánico. Hubo un corte a publicidad.

Las redes sociales echaban humo. Los periódicos digitales empezaban a hacerse eco de la noticia. Ella observó de reojo su teléfono móvil, que no paraba de vibrar. Tenía cientos de notificaciones.

“Pumuki”, pensó. Ya había oído ese nombre. Hacía unas semanas de lo de Palacios. Habían iniciado una guerra contra ellos y se había convertido en la segunda víctima.

Apretó los puños. Parecía que iba a explotar. Gastaría hasta la última gota de sangre para devolver este golpe. A fuera quien fuera el responsable.

Para obtener más información sobre “Pumuki” puedes leer el microrrelato #81 si no lo has hecho ya.

#94

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Simón y Yohanan andaban en silencio. No habían hablado nada durante todo el trayecto. Simón apretaba fuertemente las riendas del burro  que cargaba un bulto, envuelto en lino blanco.

Yohanan andaba mirándose los pies, hasta que levantó la cabeza y empezó a hablar a Simón.

–  “Cefas”, no sé si lo que estamos haciendo es lo correcto.

– Lo es, puedes estar seguro, todo depende de esto. Está a punto de amanecer. Ya estamos cerca.

Horas después, los dos hombres estaban cubiertos de tierra. Habían enterrado el bulto en un recóndito páramo. Simón emprendió la vuelta a la ciudad. Tenía el semblante ceniciento. Se sentía un impostor, haciendo lo que habían hecho. Los demás no debían de saber nada. habían trabajado demasiado, luchado demasiado por aquello y tenían que dar esperanza a los demás, tal y como le había pedido el Maestro. Como primera piedra, era su cometido. Mantener todo ese legado recién construido no iba a ser sencillo.

Aquella mañana, tres mujeres llegaron al cementerio de la ciudad. Encontraron la tumba del maestro abierta y vacía.

#93

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Hacía un sol de justicia y recuerdo que el traje me estaba matando, no podía parar de sudar.

Estábamos en el elegante salón de uno de los mejores hoteles de Los Ángeles y costaba hacerse a la idea de que aquello era un funeral. Pero un enorme retrato de John Lawrence, el mítico productor discográfico, presidía el hall y era imposible dejar de mirarlo. Parecía que estaba como siempre, juzgándonos, condescendiente. John había producido los mejores discos de mi antigua banda. Y allí estábamos todos de nuevo, reunidos por primera vez desde hacía 25 años. No me hacía ninguna gracia, honestamente, estar en el mismo espacio y compartir el mismo aire que Mike Starr.

Me costaba mucho recordar que hacía 30 años habíamos sido los mejores amigos. Casi hermanos. Llevábamos 25 años sin hablarnos, sin estar juntos en la misma habitación, pero aunque estuviéramos a pocos centímetros de distancia, toda la montaña de declaraciones, demandas, toda la mierda que había salido de nuestra boca desde entonces, había supuesto una brecha insondable. El resto parecían intentar hacer como si nada pasara, fingiendo una casi cómica cordialidad.

La realidad es que tenía que haber fallecido John, que fue como un padre para nosotros, para que nos juntásemos de nuevo. Y ahí estábamos, siendo el centro de todas las miradas, simplemente por el morbo de ver de nuevo a ese gran grupo de rock juntos, aunque fuera en estas circunstancias. La verdad es que estaba siendo un día horrible y yo solo quería escuchar algunos de los consejos de John. La única persona a la que necesitaba en esos momentos iba en una caja de madera camino del cementerio de Palm Springs.

Solo rezaba para que el idiota de Mike no tuviera la brillante idea de dirigirse a mí, de intentar algo, para poder arañar algún titular, que sería lo más normal viniendo de un gusano como él. Me detuve un momento para analizarlo. Había envejecido durante estos 20 años, sin duda, pero el cabrón tenía buen aspecto. Mejor de lo que esperaba, si me basaba en los comentarios que había escuchado sobre sus adicciones.

Pero ocurrió. Me jode mucho tener razón algunas veces. Vi como Mike se aproximaba a mí, no sé con que mierda de intención. Transportaba esa sonrisa tan falsa, tan embaucadora y que tan bien conocía. Observé cómo lentamente levantaba su mano para estrechar la mía.

Mi parte racional intentó tomar las riendas de la situación. Tampoco pasaba nada por estrechar su mano, por fingir esa cordialidad que al resto se le estaba dando tan bien. Además, era el funeral de John, por el amor de Dios.

Y de repente, como una descarga eléctrica, me vino la imagen de él con Jane en la cama, aquella noche de hace 25 años.

Solo puedo decir que la próxima vez intentaré que salga mejor. Aún así, mentiría si dijera que no me dio un placer indescriptible destrozar su nariz con mi puño.

A John le hubiera hecho gracia también.

 

#92

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Cuando Antonio despertó, se dio cuenta de que estaba maniatado. La cabeza le daba mil vueltas y no podía ver con claridad. Estaba todo muy oscuro y desenfocado. Podía escuchar un distante tronar de tambores. Percibió que no estaba solo en aquella estancia, notó como unas manos lo agarraban y lo elevaban. Alguien comentó “está despertándose“. Notó un leve aguijonazo en su brazo y todo se volvió negro de nuevo.

Cuando volvió a despertar, sintió una presión en las muñecas. Sus ojos todavía solo veían formas abstractas, que empezó a distinguir de manera progresiva. Velas. Un manto de claveles. Giró la cabeza para ver que sus muñecas estaban clavadas a una superficie de madera. Intentó chillar pero no pudo, debían haberlo drogado mucho porque no sentía nada. También porque su boca estaba tapada con trapos y cuerdas, para impedir que emitiera ningún sonido Estaba desnudo excepto por su ropa interior. Se movía. Era como una especie de carroza rectangular con enormes cirios que emitían una luz titilante apostados en cada esquina de la estructura. Se desplazaba por un viejo edificio, parecía una especie de iglesia abandonada. Delante de él, figuras ataviadas con túnicas, capuchas y capirotes, empuñando cetros, andaban con paso lento enfilados.

Antonio intentó, dentro del pánico, ordenar sus pensamientos. Solo recordaba haber llegado a aquella pequeña aldea haciendo un alto en el camino para poder comer. Recordó el pequeño bar y las miradas desconfiadas y celosas de los lugareños. Alguien se le acercó, le preguntó de dónde venía con una aparente cordialidad y sintió un pinchazo en el brazo.

No recordaba nada más.

Vio que la estructura donde se encontraba clavado la llevaban en hombros una decena de hombres, a ritmo de tambores. Atravesaban una llanura iluminada por la luna llena y empezaron a ascender por un pequeño monte. Había una claridad inusual y el plenilunio le permitía ver todo el desfile. Pudo ver cómo en lo alto de aquel cerro se erguía un enorme madero en forma de cruz.

Este año habían tenido suerte. Cada vez era más inusual que forasteros se acercaran por la aldea por estas fechas. Pero no sería una auténtica Pasión sin El Sacrificio.

Antonio se vio llegar a la cima del pequeño cerro. Allí vio cómo un gran número de lugareños le esperaban, mirándolo con ojos encendidos y acuosos. Algunos llevaban lanzas.

#91

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Las últimas palabras del criminal Tonny Guccione fueron “te conozco“. Las primeras palabras de Peter Dunne como El Encapuchado Negro fueron “Esto es por mi mujer y mi hija“.

#90

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– ¿Qué te pasa, Paul? te noto taciturno, más de lo normal, quiero decir– dijo Jim sin dejar de observar la jarra que estaba secando con un trapo. Llevaba con ello más de 15 minutos. Paul dio una profunda calada a su cigarrillo, de esas que te llegan hasta los tobillos, de esas en las que intentas absorber algo más que humo y nicotina. Estaban solos en el bar.

– Estoy atascado con esta puta novela, Jim. Por eso vengo cada vez más a tu bar. Mi despacho, el escritorio, incluso la puta casa, parece que se estén riendo todo el rato de mí. No soporto estar allí. Hace días que no escribo nada decente.

– Te contaré una historia, Paul. Tenía un primo, Eddie, que era granjero. Una vez, se dio cuenta de que tenía una gotera en el granero. Dijo que la arreglaría al día siguiente. Y al día siguiente, dijo que la arreglaría al día siguiente. Y así pasó el tiempo, con la maldita gotera sin arreglar. Y un día, que llovía como si fuese a llegar el puto diluvio universal de nuevo, mi primo estaba amontonando heno en el granero, por lo que fuera. De repente, el techo se vino abajo y lo sepultó. Murió en el acto. ¿Sabes lo que quiero decir?

– ¿Qué deje de remolonear porque nunca sabes lo que va a pasar mañana? ¿Qué termine el libro de una puta vez?

– Bueno, eso también, pero sobre todo que no seas tan gilipollas para ponerte a amontonar heno cuando hay tormenta. Mi primo era un idiota.

Jim soltó una  seca carcajada que sonó a cañería rota y siguió limpiando la jarra. Paul dio otra calada a su cigarrillo,  mientras pensaba que si Jim seguía dando brillo así a esa jarra, esta acabaría por desaparecer en sus manos.

Pidió otra copa. Ya seguiría escribiendo mañana.

 

#89

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El sargento Dupont caminaba de manera torpe a través de la lluvia, bajo un cielo tan gris como su roído abrigo. Llevaba restos de barro hasta la cintura y estaba calado hasta los huesos. Aún así, era admirable como mantenía el cigarrillo que acababa de encender completamente seco bajo esa cortina de lluvia que caía. Se detuvo frente al modelo C-115, que estaba ahí, impasible bajo la lluvia, mientras varios soldados hurgaban en su interior. Estaban rellenando su caldera con grandes trozos de carbón. No le gustaban los autómatas, no sabía bien porqué. Estaba claro que llevar aquellas máquinas pensantes al campo de batalla había reducido, en gran medida, las bajas en combate, pero había algo en su naturaleza deshumanizada que le inquietaba. Observó al modelo C-115.

Supuso que lo que le inquietaba era que no tuvieran rostro, el que no poseyeran ojos y poder así escrutar en ellos su interior, como podía hacer con el resto de sus hombres. Podía saber lo que había en la cabeza de cualquier muchacho solo con ver sus ojos. La mayoría de ellos solo eran chiquillos muertos de miedo. El miedo era bueno, el miedo hacía que tuvieran control sobre ellos.

Pero realmente sabía lo que le incomodaba. Le daban miedo. Había oído una historia en las trincheras. Le habían hablado de un maldito autómata que se había negado a recibir órdenes, que había desafiado su propia programación. Eso lo cambiaba todo. Si todo aquel amasijo de hierro y engranajes, que se dirigía al fuego enemigo, pasando por las lineas enemigas como un cuchillo en mantequilla, dudaba ¿qué podría ocurrir? ¿y si uno de esos malditos chismes decidía objetar sus órdenes? ¿y si se volvían contra él?

Serían habladurías, seguro, pero no podía dejar de desconfiar de los autómatas. Si eran tan inteligentes, era cuestión de tiempo que los desafiaran.

Dupont tiró el cigarrillo al barro, observando cómo reanudaba la marcha el modelo C-115.

Odiaba que no tuvieran ojos. Odiaba no saber si tenían miedo, pero estaba convencido de que la respuesta era no.

#88

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Los padres de Adolfo estaban inquietos. El padre no sabía qué hacer ya con sus manos, sentado en aquella sala de espera de la psiquiatra infantil. Su madre miraba al niño,  con la angustia de no saber qué hacer. Adolfo estaba allí, callado, con la cabeza embutida en lo que estaba dibujando en aquella pequeña mesita de la sala de espera.

Siempre dibujaba lo mismo, una gran figura negra con dos grandes ojos amarillos. Solo usaba esos dos colores. Había dejado de hablar meses atrás, de repente. Justo cuando comenzó a dibujar aquella forma. Desde entonces no hacía otra cosa: en el colegio, en casa, mientras comía, fines de semana. Literalmente, había realizado miles de dibujos similares. Sus padres estaban desbordados por aquella situación. Habían intentado prohibirle usar los lápices y papeles, pero lo único que habían conseguido es que Adolfo sufriera crisis nerviosas que solo cesaban cuando retomaba el dibujo.

La psiquiatra dijo que probarían con varios tipos de terapia. Intentarían que dibujara otras cosas, probarían a reducir ese comportamiento obsesivo gradualmente. Adolfo no dejó de dibujar durante toda la entrevista.

Pasaron las semanas y nada parecía cambiar.

Su madre entró en la habitación de Adolfo, como cada noche y le apagó la luz, la única manera que parecía de que se metiera en la cama y dejara de dibujar. Cerró la puerta tras ella y empezó a llorar, como casi cada noche cuando salía de aquella habitación.

Adolfo se quedó encogido bajo las sábanas, también como cada noche, completamente oculto por ellas. Sudaba. No quería mirar fuera.

Aquellos ojos amarillos, relucientes como estrellas, lo observaban desde un extremo de la habitación.

#87

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Cuando has estado secuestrado tanto tiempo, llega un momento que pierdes completamente la noción de lo que es la libertad. Realmente, crees que puedes sentirte libre incluso siendo prisionero, como fue mi caso. Supongo que desarrollé el llamado síndrome de Estocolmo con mi captor. Llegó un momento que ni siquiera era consciente de estar retenido contra mi voluntad. Porque realmente no tenía voluntad, ese era el problema. Y ni siquiera la echaba de menos. Tenía todo lo que creía necesitar allí dentro. Solo me sentía preso cuando mi captor no estaba, pero cuando volvía, todo parecía encajar.

Ahora que llevo unos años libre, me es extraño pensar en todo aquello. A veces, sigo pensando que no estaba tan mal vivir en aquella situación.

Sigo yendo a rehabilitación todas las semanas y hace mucho tiempo que mi captor no corre por mis venas.

Pero me es muy difícil evitar pensar qué, realmente, mi sitio estaba allí.

#86

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Juan se dirigía a la estación, llevando en la mano su ligero equipaje. Pensó que todo lo que era, todo lo que había sido, todo lo que tenía, iba dentro en aquella pequeña mochila.

Y aún así, le parecía demasiado pesada.

#85

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Me pasé la mayor parte de mi vida viajando por todo el mundo, probando los más variados platos, alimentos y exóticos manjares que uno pueda imaginar. Desde tarántulas fritas en el Amazonas, al prohibitivo café de Indonesia, pasando por gusanos de maguey u hormigas culonas de Colombia. He probado cosas repugnantes, otras exquisitas, todas interesantes. Incluso algunos platos que probé tenían poderes afrodisiacos o bien lisérgicos, que trascendían más allá de lo meramente culinario. Pero fue en Corea del Sur donde probé algo sin comparación. Fue en un puesto callejero. Era una simple y modesta sopa, pero me recordó, de una manera tan abrupta e inesperada, a la sopa de pescado que hacía mi madre cuando yo era un niño. Mis ojos se empañaron de lágrimas, que incluso la cocinera que me sirvió el plato me preguntó si es que había algún problema con el plato.

Le respondí, amablemente, que no, al contrario. Era una de las cosas más deliciosas que había probado en mi vida. Sabía a hogar. Creí que tras la muerte de mi madre, jamás volvería a saborear de nuevo aquello.

Y así fue como, a cientos de kilómetros de mi tierra natal, encontré de nuevo mi hogar.

#84

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Había dado la orden a sus fieles soldados, centenares de miles de temibles monstruos demoniacos, de invadir la Tierra, para destruirla. Sus huestes corearon su nombre, con gutural fervor. El erigido como Emperador Supremo del Universo se sentó en su magnífico trono de piedra, mientras veía a ese enjambre de terribles y sanguinarios monstruos atravesar el portal dimensional para cumplir su cometido, reducir el planeta Tierra a cenizas.

Se produjo un silencio en la inmensa cámara del trono. El Emperador empezó a martillear con sus dedos el frío trono.

– ¿Y ahora qué?–dijo con su voz profunda como un pozo sin fondo. Su chambelán, que estaba a su costado, se giró sorprendido hacia él.

– ¿Cómo que ahora qué, Señor? Ahora debemos esperar a que sus tropas…

– Eso ya lo sé, pero mientras ¿Qué se puede hacer aquí, además de mirar al infinito con cara de enfadado?

El chambelán se giró nervioso para ver la toda la cámara vacía. Estaban solos. La estancia, de dimensiones descomunales, solo contenía el impresionante trono de piedra del Emperador.

– Pues no sé, Señor, la verdad. Es que en esta cámara solo está el trono y aquí pues solo se… hacen cosas de emperador. Se supone que su Majestad debe maquinar nuevos planes de conquista y dominación universal.

– Pero eso ya lo he hecho. Decidir que quiero arrasar todos los planetas con vida me lleva… ¿cuánto? quince segundos, joder. ¿Me estás diciendo que no hay nada que hacer aquí, algún pasatiempo o algo?

El chambelán negó con la cabeza.

– ¿Juegos? ¿Algo para picar?

– Podemos asar reptiles gigantes, si así lo desea. Tardarán unas horas, eso sí.

Se creó un incómodo silencio. El emperador siguió tamborileando los dedos en el Trono Imperial.

Aquello era una puta mierda. Si llegaba a saber que ser Emperador era tan aburrido, no hubiera derramado tanta sangre y destruido tantos planetas para conseguirlo.

Y encima ese puto trono de piedra era el sitio más incómodo en el que se había sentado en su vida.

¿No había Tronos Imperiales acolchados?

#82

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La vida podía ser horrible.

Levantó la mirada para observar el imponente edificio que se erguía ante él. Le parecía increíble como Juanito, su amigo de la infancia, hubiera podido construir todo esto desde cero. Con lo que se había reído de él. “Juanito marranito” le llamaban, por llevar siempre la camiseta llena de manchas. Ahora todo aquello le hacía sentir fatal.

El estómago se le encogió, hasta el punto de creer que iba a vomitar ahí mismo, si no fuera porque no tenía nada en el estómago que arrojar. Llevaba todo el día sin haber podido probar bocado. Odiaba esta situación. Era la última persona a la que quería pedir ayuda. Recordó cómo le temblaban las manos cuando le llamó por teléfono y como le citó al día siguiente en sus oficinas y le dijo que no se preocupara de nada. Fue todo comprensión. Más de un año en paro, cuatro bocas que alimentar, sin incluir la suya, que era la de menos. Miró sus manos, que no paraban de sudar y le escocían los ojos, de haber llorado en el coche por sentirse tan desgraciado. Pensó varias veces en dar la vuelta y buscar cualquier otra solución, pero la verdad era que ya lo había intentado todo y no podía dejar de pensar en la cara de sus hijos y de la pobre Carmen, que ya no podía dar más de sí.

Juanito había sido muy amable con él por teléfono,

Le recibió en su despacho. Solo que ahora era Don Juan Sanchez, director ejecutivo de aquella importante empresa, con 150 empleados bajo su cargo. Salió de allí con un contrato de prueba y el abrazo de un amigo.

Don Juan metió sus manos en los bolsillos de su traje italiano, mientras veía irse a su amigo de la infancia. Observó como caminaba ese hombre. Había llegado allí cabizbajo, como si un pie invisible le estuviera pisando el cuello. Ahora lo vio marcharse como si le hubiera tocado la lotería.

Don Juan no podía dejar de oír las burlas infantiles de su cabeza, martilleando su mente. Nunca había dejado de oírlas. Sintió una bocanada de ira que trepaba por su garganta. La contuvo bajo su ya mítica afabilidad.

Sonrió. Ese desgraciado se iba a arrepentir toda su vida de aquellas burlas. Se iba a asegurar bien de eso.

La vida podía ser maravillosa.

#81

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Gregorio Palacios se encontraba en su amplio dormitorio, tenuemente iluminado por el azulado halo que vertía la gigante pantalla de televisión. No podía entender el vertiginoso giro de los acontecimientos que se habían producido en tan solo unas horas. Todo había comenzado con un sobre, que tras pasar un detector de explosivos, abrió para ver un interior que provocó en su interior el mismo efecto que un artefacto terrorista. Lo primero que le sorprendió es que enviaran un paquete a su domicilio particular, que con tanto celo ocultaba a la opinión pública. Nada llegaba nunca allí.  Que su vida estuviera fuera del foco mediático no dejaba de ser irónico en un magnate de los medios de comunicación, pero la vida no era sino una ironía tras otra. Llevaba muchos años entendiendo que la discreción era su mayor arma para poder actuar con impunidad y libertad. A efectos prácticos, era solo una sombra tras el mayor conglomerado de medios de comunicación del continente. Solo con un golpe de teléfono podía destrozar la vida de cualquier político del país, dar un vuelco a unas elecciones. Lo que se le antojara en ese momento, y reconocía que era bastante caprichoso con sus deseos.  Tanto poder se puede pagar caro, en un país donde el deporte nacional no es la envidia, si no el tiro al plato. Ahora podía comprobar cómo era absolutamente cierto.

Tiró el contenido del paquete, unas fotos de alta calidad “putas cámaras nuevas, antes al menos te podías escudar en que las fotos furtivas casi siempre eran borrosas” que lo mostraban en una situación bastante comprometida en un barco de lujo. Demasiado. Iba a ser imposible explicar todo aquello, y más con menores implicados.

En el paquete había también una escueta nota. Tan solo ponía: “a las 21:00 abre con esto tu competencia. Además, tu disco duro está clonado, esto solo es un botón. Vendrán más como tú. Disfruta del efecto dominó”. Miró la firma, parecía un grupo a lo Anonymous pero nunca había oído hablar de él. Simplemente ponía “Pumuki”.

Gregorio Palacios había vaciado ya media botella de ginebra y había hecho decenas de llamadas, al borde de la histeria para evitar lo inevitable. Había sido estéril. El presidente de su grupo rival le tenía demasiadas ganas como para hacerle ese favor.

Faltaba poco para las nueve de la noche. Podía incluso escuchar el sonido de las escopetas amartillando el gatillo, a punto de disparar al mayor plato de todos.

 

#80

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Intenté publicar este microrrelato varias veces y no ha fue posible.  En todas ha pasado lo mismo. En el momento que he ido a publicar el texto en la web, este ha desaparecido, como si no existiera. Simplemente desaparece. Repetí la acción (escribir una nueva entrada de blog, publicar…) varias veces hasta que me di por vencido, hastiado, asumiendo que era un error técnico.

Cerré el ordenador diciéndome a mí mismo que lo volvería a intentar después. Cuando he entrado de nuevo a la web para escribir el microrrelato de hoy, he visto que ya está publicado el que correspondía a este día. Es este que estáis leyendo ahora mismo, titulado “microrrelato #80”.

Estas palabras que estáis leyendo no tienen ningún tipo de edición por mi mano.

Os juro que yo no lo he publicado y mucho menos lo he escrito.

 

#79

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Nunca olvidaría la cara del hombre que asesinó a mis padres. Son de esas cosas que se quedan grabadas en tu mente, como una punzada de dolor incandescente. Todas las noches me dormía (cuando podía dormir) con el vivo recuerdo de ese rostro, mirándome, desafiante, para después sonreír y castigarme dejándome con vida. Ese rostro me acompañó noche y día, en el orfanato, luego en el instituto y más tarde en la facultad de medicina. Incluso cuando comencé las prácticas de cirujano. 30 años después de ese suceso, seguía pensando en ello todos los días.

No puedo negar que incluso dejé de respirar cuando vi ese rostro, de semblante tranquilo por la anestesia, en la mesa de operaciones. 30 años después distinguiría ese rostro entre un océano de personas. Allí estaba, tumbado, desudo, dormido.

Miré el bisturí aferrado en mi mano para descubrir que temblaba como aquella lejana noche.

Lo apretaba con tanta fuerza que parecía que me iba a atravesar la piel.

 

#78

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Voy a visitar a mi padre casi a diario, pero ya no me reconoce. Hace años que ya no lo hace. Piensa que soy un extraño, alguien que ha venido a arreglar alguna cosa o simplemente un desconocido que pasa por ahí para hacer algo de compañía. Me saluda de manera vaga mientras sigue mirando el televisor y me siento junto a él largo rato, sabiendo que realmente está muy lejos de aquí.

Algunas veces me comenta: “tengo un hijo, pero nunca viene a verme”. Yo le pregunto porqué y me dice que es escritor, está muy ocupado y me empieza a enumerar mis logros. Los que puede recordar. Sus ojos brillan de orgullo mientras habla. Los míos contienen a duras penas las lágrimas. Me voy de aquella residencia hacia casa con el alma arrastrando y una pena incandescente. Vuelvo, de nuevo, al día siguiente, para que vuelva a ocurrir lo mismo.

Sé que al menos estoy ahí, en una parte pequeña de su memoria que todavía no se ha deshecho, aunque ya no pueda verme.

#77

By microrrelato No Comments

Llevaba varios años sin entrar en la casa de mi abuelo. Aquel viejo piso, ubicado en una céntrica calle de la ciudad, llevaba casi una década cerrado, cobijando polvo y recuerdos. Todas sus cosas seguían ahí, como una especie de museo de curiosidades. Mi padre y mis tíos no se habían desecho de nada desde su fallecimiento. Ahora que surgía un comprador, habían llegado las lógicas prisas por desalojar el inmueble. Mi padre me dio la llave para que fuera a buscar cosas que me pudieran interesar (sus libros, sobre todo) y ahí estaba yo, deambulando por ese pasillo estrecho entre la luz amarillenta y mortecina que se filtraba por las cortinas teñidas por el tiempo. Mi abuelo coleccionaba, más bien acumulaba, objetos de toda clase, sin valor. Mecheros, llaveros, monedas, vasos, estatuillas… nada excepcional.

Era una especie de principio de síndrome de Diógenes. Rebuscando entre los armarios, llenos de los recios y anodinos trajes de mi abuelo (era abogado), di con una caja de color azul turquesa, una especie de cofre. Mi abuelo lo tenía bien escondido en aquel armario. Estaba cerrado con llave y supuse que, a estas alturas, no le molestaría que lo forzara para abrirlo.

Se me hizo un nudo en la garganta cuando empecé a ver el contenido de aquel cofre. No era pornografía, era algo más sórdido. Revistas maquetadas de forma casera y clandestina que eran prácticamente manuales de tortura y prácticas sexuales bastante retorcidas. Las fotografías, con calidad de fotocopia, eran repulsivas y mostraban todo tipo de vejaciones. Había un montón de ellas allí. La revista se hacía llamar “Esclavo”. Estaba realmente sorprendido de que mi abuelo tuviera ese tipo de cosas. Lo visualicé como siempre, serio, elegante y muy correcto. No podía creer que ese hombre tan serio pudiera coleccionar esa basura tan extrema.

Lo que realmente me turbó fue encontrar algunas polaroids de lo que parecían retratos a mujeres, todas anotadas con una fecha. Todas parecían con rostros asustados y sus ojos parecían pedir auxilio. Había una docena de esos retratos. Y también más cosas.

Pendientes.

Sortijas.

Un coletero.

Un diente de oro.

Las fechas indicaban que esas fotografías se habían realizado entre los años 60 y 80.

Salí de la casa de mi abuelo y me llevé conmigo la caja, transportándola como si fuera una bomba.

Sin duda debía de tener una conversación bastante seria con mi padre y mis tíos. Y también con la policía.

#76

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Al abrir aquel libro, cayó una fotografía que estaba cobijada entre sus hojas. La recogí del suelo con algo de esfuerzo y la sostuve entre mis dedos. En ella aparecía yo en mi antiguo apartamento, 20 años atrás.

Fue una sensación extraña, como si el de aquella imagen fuera otra persona. No me reconocía. No recordaba bien haber sido esa persona, me parecía algo muy ajeno y lejano. En la imagen aparecía sonriendo. Empecé a sentir pena por el chico de aquella imagen, tan ingenuo, ignorante de todo lo que estaba por suceder poco después, que lo cambiaría todo para siempre.

También tenía algo de envidia por aquel chico. Pasee la mirada por aquella fotografía y acaricié las piernas de aquel muchacho. Jóvenes, fuertes, funcionales. “Debería haberlas usado más cuando podía“, pensé.

Volví a dejar la fotografía en el libro. Empezaron a picarme las piernas, a pesar de saber que no estaban ahí. Ellas se quedaron en los raíles de metro de aquella estación. Pero todo aquello estaba borrado de mi memoria.

Como el chico de la fotografía.

#75

By microrrelato No Comments

El explorador fue guiado por los nativos hasta la que consideraban la montaña sagrada. En lo alto de aquella, le indicaron, estaba el más valioso tesoro de la tribu. Había conseguido ganarse en muy poco tiempo la confianza de la tribu y accedieron a enseñarle tal lugar. La montaña parecía algo escarpado y de difícil acceso. Los nativos no parecían tener mucho problema en subir, por la costumbre, pero el explorador estuvo al límite de sus fuerzas durante la subida.

Cuando llegaron al lugar indicado, se encontraba exhausto. Los nativos señalaron hacia un árbol que se erguía robusto en la cima de la montaña, en el borde de un acantilado. Allí debía estar el tesoro de la tribu.  Sonrió discretamente ante la ingenuidad de aquella tribu y acarició el revolver enfundado con la mano. Sería muy fácil bajar de allí con aquel tesoro, fuera lo que fuese.

Se acercó al árbol e instantes después se vio arrojando un grito de sorpresa y angustia mientras caía desde el acantilado y se precipitaba contra el suelo.

Los nativos sonreían. No podían creer que aquellos blancos fueran tan ingenuos. Siempre picaban.

#74

By microrrelato No Comments

No hay nada más relativo que el tiempo y el espacio. Aquellos 15 segundos que duró el accidente de tráfico se estiraron hasta el infinito, ocupando toda la inmensidad del universo. Los cristales, fragmentados en millones de pequeñas lágrimas congeladas, flotaban en un aire donde incluso los átomos eran visibles. Los fotones de luz cayeron como copos de nieve. Solo había un denso silencio cargado de ruido latente, una paz congelada preñada de eco uniforme. La violencia del impacto no era más que un murmullo a millones de años luz.

No hubo nada más allá de eso y no habrá nada más antes.

#73

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“La pérdida no existe” me decía mi madre. Mi madre decía muchas cosas y no siempre las entendía. “Las cosas simplemente cambian de un sitio a otro. A veces tenemos cosas cerca y no las sentimos. Otras hay cosas que no podemos ver pero las sentimos cerca. Igual que a veces nos sentimos solos rodeados de gente y otras nos sentimos llenos estando en soledad. Que no sepas encontrar algo no significa que esté perdido”.

No podía dejar de pensar en esas frases cuando la enterrábamos. Casi podía oírla susurrando estas palabras en mi oído.

Fue entonces cuando las comprendí.

#72

By microrrelato No Comments

Nunca tuve valor para decirte que me marchaba. Tuve que escribirlo en aquella nota, con trazo inseguro.

Reconozco que nunca imaginé que la fueras a conservar y mi estómago casi estalla cuando te vi 20 años después y me la mostraste a través del cristal del restaurante donde yo estaba cenando. Habías surgido como una aparición fantasmal. No pudimos evitar ninguno de los dos que nuestros ojos se llenaran de lágrimas.

Me mostraste como la arrugabas y la arrojabas al suelo para acto seguido seguir con tu camino.

Nunca más te volví a ver.

 

#71

By microrrelato No Comments

En la puerta de la casa había un pequeño post-it a punto de despegarse en el que había escrito un escueto “pasa sin llamar“. La puerta estaba entreabierta. En el interior no entraba la luz del sol. Las ventanas estaban cerradas fuertemente, aunque algunos hilos de luz aislados se colaban furtivamente. Había mucho desorden, destacando una gran cantidad de pilas de libros tapizadas de polvo. Recordó el nerviosismo que le produjo entrar allí por primera vez, pensando que no iba a poder salir con vida de ese lugar.

Subió hasta la segunda planta y abrió la habitación. Una gran bocanada de aire helado atravesó su cuerpo. El aire acondicionado estaba al máximo. El aparato marcaba 6 grados.

– ¿Lo traes?

–Hola a ti también – paseó por la habitación, iluminada por una pequeña lámpara que emitía una debil luz roja –. Cada vez cuesta más hacer esto, ¿sabes? Me juego mi trabajo. Creo que deberíamos de revisar el precio.

– Te pago de sobra y lo sabes. Y hace tiempo que no te llamo, llevo cuidado. Puedes dejarlo ahí. Tienes el sobre en la entrada. Lo habitual. Si no te gusta siempre puedes dejarlo.

–No he dicho eso – se acercó hasta una pequeña nevera de playa, la abrió y dejó la bolsa con cuidado–. Pero me han cambiado los turnos del hospital. Se huelen algo. Simplemente tendré que llevar más cuidado.

En vista de que no iba a recibir ninguna respuesta, salió de la habitación y se marchó de la casa. Siempre decía que era la última vez que le traía material, pero ni él mismo se lo creía. Haría todo lo que él le pidiera.

La habitación permanecía en penumbra. Abrió la nevera y extrajo la bolsa. Notó como el ansia crecía, sus colmillos, instintivamente empezaron a crecer. Debía de controlarse, era cierto que estaba consumiendo más que antes. Llenó una pequeña copa con un poco de contenido de la bolsa y lo observo, como si fuera un diamante. Lo paladeo con calma y se sintió transportado, renacido.

Era casi como sentirse vivo.

 

#70

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Despertó con los primeros rayos de sol de la mañana, que entraban a hurtadillas en la polvorienta habitación. La estancia estaba fría, hacía horas que el fuego se había apagado y no era más que una colina de ceniza en la chimenea del estudio. Toda la estancia era un caos de pilas de libros, velas derretidas, instrumentos químicos, pergaminos y extraños aparatos alquímicos. Le era complicado recordar cuanto tiempo llevaba encerrado en aquella habitación, sin salir. Su criado le dejaba una bandeja con víveres, pero podían pasar días sin que los tocara, pudriéndose en la mesa del escritorio. Sus ropas hedían.

Miró ese amasijo de tubos y cables que atravesaban el cuerpo inerte del cuerpo de un pastor alemán. Su primera prueba, con el cadáver de una paloma, había sido relativamente sencilla. Drenar sus fluidos vitales, sustituirlos por esa fórmula alquímica que tantos años le había costado conseguir. Aplicarle la fuerza de la electricidad producida por la tormenta. La paloma revivió exactamente 8 minutos, para volver a su deceso. Con el perro no estaba teniendo tanta suerte. A pesar de haber suministrado una descarga mayor, extraída de otra tormenta eléctrica, no consiguió devolver a la vida al animal. Debía abandonar toda aquella locura, era un sinsentido.

Nada más había comenzado a poner un poco de orden en esa amalgama de objetos cuando percibió algo. Era un leve sonido proveniente de un perro. Respiraba, débilmente, pero respiraba. La excitación hizo que un alambique se escapara de sus manos y se estrellara contra el suelo.

El animal dejó de respirar pasados 20 minutos, pero todo parecía indicar que había estado varias horas respirando. El experimento funcionaba. Su mente estalló con las posibilidades.

Él, Johann Conrad Dippel, lo estaba consiguiendo. Estaba obteniendo el poder de un dios.

Debía de seguir realizando pruebas, por supuesto. Debía ahora intentarlo con algo más complejo.

Ordenó a su criado que buscara información sobre fallecimientos recientes.

#69

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Salieron, ebrios y abrazados, de la vieja taberna, con más aguardiente que sangre en sus venas. Reían, maldecían y lanzaban esputos, caminando en eses y retorcidos por los efectos del alcohol. Había anochecido completamente y las calles estaban húmedas por la reciente lluvia. Vieron a la muchacha, de cabello azabache, que andaba rápido por las calles cercanas a la iglesia, toscamente pavimentadas.

Primero, la silbaron, pero ella les ignoró. Intentaron llamar su atención pero siguió haciendo caso omiso a sus provocaciones. Les arrojó una mirada desafiante y enfadada, que ellos tomaron como un envite. Notaron como ella apretaba el paso y decidieron hacer lo mismo. Parecía que se dirigía a las afueras del pueblo, a la arboleda cercana. Se propinaron codazos cómplices mientras la seguían. Iba a ser divertido.

Llegaron a su altura y la agarraron de la cintura. Reían, dejando escapar hilos de saliva por la comisura de sus labios. La abrazaron por la cintura y notaron cómo ella intentaba escabullirse.

La luna llena les iluminaba. Notaron un fulgor extraño proveniente de ella. Los ojos de la chica estaban cambiando. Parecían más vivos.

Parecían… incandescentes.

Un murmullo se convirtió en gruñido y el gruñido se convirtió en un feroz aullido.

Encontraron los cuerpos de los dos jóvenes a la mañana siguiente, llenos de salvajes mordeduras que habían destrozado sus carnes.

Parecía que, inequívocamente, habían sido atacados por algún lobo de los que merodeaban los ganados de la zona.

 

#68

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Mi trabajo consiste en, básicamente, observar y esperar. Da igual la ciudad en que me encuentre, el clima o la hora que sea. En todas, el 90% de mi labor consiste en ser paciente y esperar. Eso te da un enfoque sobre las cosas, sabes. Te hace ser paciente. Reflexionas. Te conviertes en un buen observador. Hoy estoy mirando por una ventana de un piso 35 y está bastante nublado. Estoy bastante incómodo apostado en la ventana del hotel.

En el edificio de enfrente una señora ha salido a regar sus macetas varias veces en espacio de pocas horas. Intuyo que tiene alzhéimer o algo parecido. En el piso de al lado, una joven hace ejercicio. Tras esto, se ducha y empieza a navegar por Netflix para elegir algún contenido.

Me gusta mirar estos pequeños mosaicos de vida. Contemplo el reloj y me doy cuenta de que llevo 14 horas esperando. Ni siquiera he ido al aseo. Estoy acostumbrado.

Y de repente, algo marca la diferencia. Algo se mueve en la ventana que tengo vigilada desde hace tantas horas. Un suave mecer de las cortinas. Creo que las va a abrir. En efecto, abre las cortinas para ver el tiempo que hace. No estará mucho tiempo y debo ser rápido. Siempre lo soy.

Mi trabajo consiste en, básicamente, observar y esperar. Y percibir cuando algo cambia y adelantarme. 14 horas de espera podrían irse al garete si no estuviera atento.

Mi trabajo ha terminado, recojo mis cosas y me marcho de allí hasta mi próximo destino. Ha sido un tiro limpio y preciso.

Me quedo con la intriga de saber que iba a ver la chica en Netflix.

#67

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Había sido un día muy ajetreado. Como director general de la empresa, había tenido la jornada cargada de actos relacionados con aquel día tan señalado e importante.

Primero, envió un correo electrónico a todos los empleados para comunicar su absoluto apoyo al día de la mujer, haciendo hincapié y felicitándose por el gran compromiso que tenía la empresa en pro de la igualdad. Desde equiparación salarial al lenguaje inclusivo.

Luego tuvo varias entrevistas en radio y televisión, incidiendo en que aquella era una empresa puntera en ese sentido, con especial acento en la búsqueda de paridad y de puestos relevantes femeninos dentro de la organización. A mediodía presidió, junto otros directivos, un coloquio en el salón de actos de la empresa, a las que debían asistir todas las empleadas, para hablar de la necesidad de integrar a la mujer en los puestos de dirección y de los grandes éxitos que estaban consiguiendo en esa materia. La única directiva de la junta no habló en toda la charla.

Se reunió más tarde con la junta para un almuerzo informal en el restaurante de costumbre, donde el trato del servicio (mayormente femenino) era siempre exquisito. La única directiva no los acompañó. No solía ir aquellas copiosas comidas, no entendían porqué.

En la comida, los directivos señalaron, algo indignados, que varias mujeres habían hecho huelga ese día. Se sentían decepcionados. Con todo lo que estaba haciendo la empresa por ellas. Si incluso cobraban casi lo mismo que los compañeros hombres, a pesar del riesgo y coste que era tener tanta mujer en plantilla. Los embarazos parecían contagiosos, decían.

Decidió, tras darle vueltas a ese asunto, que a varias de las que habían hecho huelga no las iba a renovar el contrato. Le parecían unas desagradecidas. A él no le iban a chulear. Encima de que llevaba todo el puto día con la mierda esta, por ellas.

Pidió otra copa de vino a la camarera. Cuando ella se marchó se quedó observándola. Tenía buen culo y así se lo hizo saber al director de ventas. Ambos rieron.

#66

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Tenía trece años y era la primera vez que entraba en una plaza de toros. Nunca pensó que lo haría en estas circunstancias. Esta había sido acondicionada como improvisado lazareto,  un sanatorio donde poder aislar a los enfermos de cólera del restos de los habitantes del pueblo y poder así tratarlos. Debían de haber unas cuarenta o cincuenta personas allí ahora mismo, pero todos los días entraban, al menos, media docena más.

La mayoría se encontraban en tan mal estado, con diarreas y vómitos, que no podían levantarse de los catres, arrojando la vida por cualquier orificio de sus cuerpos. Unos pocos salían a la arena, bajo un sol hiriente y poco misericordioso, que poco ayudaba a la deshidratación que producía la enfermedad.

Deambulaban en círculos (los que tenían la suficiente fuerza para ello). Se le antojaban penitentes.  Otros simplemente anhelaban la libertad, esparcidos por los aledaños de la plaza, más trapos que personas ya. Lo peor estaba dentro, en los pasillos de la plaza, donde la enfermedad rezumaba y todo estaba impregnado de un olor acre a muerte  y a disentería.

No sabía cuánto tiempo tendría que estar en aquel horrible lugar. Le preguntó a un tipo escuálido y de piel amarillenta.

–¿Salir?–dijo el hombre, esbozando una sonrisa amarga y torcida–. De aquí se entra, pero no se sale, muchacho. Lo llaman lazareto, pero bien podría llamarse purgatorio.

#65

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Hacía bastantes meses que habían roto su relación de manera brusca y traumática, pero él seguía obsesionado con ella. Ella le había bloqueado en casi todas las vías de comunicación, pero eso no le detenía para pasar día y noche (indistinguibles) escudriñando las redes sociales, buscando contactos comunes, en cuyos contenidos ella pudiera aparecer. Buscaba, desesperado, cualquier fotografía, comentario, etiqueta, like… que arrojara información sobre ella.

Pasaron los meses y su fijación no hizo más que empeorar. Rastreaba internet en busca de cualquier dato, por ínfimo e irrelevante que fuera, que pudiera arrojar luz sobre cómo estaba ella.

Lo que hacía, con quién.

Qué trabajo tenía.

A quién se follaba.

No encontraba nada relevante, lo que le llenaba de frustración. Pero eso no le detenía en indagar más y más.

Llegó un momento, que dentro de esa febril investigación, olvidó a quién estaba buscando. Y por qué lo hacía. Simplemente seguía buscando, con maniática inercia.

En el camino de buscarla a ella, el que se perdió fue él.

 

#64

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Eva odiaba ir a bodas. Era, sin duda, el tipo de evento que más le irritaba. Las vestimentas que lucían los invitados le parecían ridículas. Ellos, encorsetados en trajes siempre tallas más grandes o tallas más pequeñas. Los veía tan incómodos en ellos como un gato dentro de una bañera de agua caliente. Ellas, con esos tocados imposibles y colores estridentes, con el aspecto de que les hubieran vomitado adornos de repostería encima. El convite, esa retahíla de comida revenida, con ese protocolo de ridículos brindis, regalos simbólicos entregados en procesión e incluso esa tortura que era el visionado de un video perpetrado por amigos cargado de fotografías vergonzantes, con los novios dispuestos ante la pantalla para contemplarlo como presos ante un pelotón de fusilamiento. Y la música estridente, con esta pátina verbenera regada por alcohol de dudosa calidad, en vasos de plástico tan finos como un lápiz.

Una lejana voz la sacó de estos pensamientos.

– ¿Qué?– preguntó ella, como despertando de un letargo. El sacerdote la miraba con expectación y algo de nerviosismo.

–Pregunto que si tomas a Juan como legítimo esposo.

Eva se tomó un par de segundos más antes de responder. Observó el aspecto de idiota que tenía Juan vestido de chaqué. Definitivamente odiaba ir a bodas.

#63

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Había previsto su funeral, con un cuidado exquisito por los detalles. Todo estaba medido y calculado, iba a ser una gran fiesta, con todos sus allegados invitados para celebrar su vida. Un catering diseñado con todos sus platos favoritos, una gran banda interpretando las canciones que habían significado tanto para él. Todo sería perfecto. Para organizar todos los preparativos y que así fuera había empleado una gran parte de las que, según los médicos, iban a ser sus últimas semanas de vida.

Le invadió una gran tristeza al reparar en que no iba a poder disfrutar de todo aquello.

Así que decidió realizar el evento, con todos los asistentes, a modo de ensayo general. Los invitados tendrían que ignorarle, haciendo como si él no estuviera allí. Simplemente quería presenciar todo aquello, ya que le había costado tanto trabajo organizarlo. Inevitablemente fue un poco extraño para algunos de los presentes ignorar que estaban celebrando un funeral con el futuro difunto aún vivo entre ellos, observando el evento y comiendo canapés desde una esquina. Era como tener a un fantasma entre ellos.

Hubo muchos contratiempos. Los empleados estaban nerviosos por tener la mirada escudriñadora del anfitrión allí. Los invitados estaban tensos por lo insólita de la situación. Sobrevolaba en el ambiente una sensación de incomodidad que hacía que nadie pareciera divertirse. Hubo muchos contratiempos, fallos en la planificación y aquella noche se fue a la cama con una sensación de fracaso.

Semanas después, falleció y se celebró el auténtico funeral. Esta vez todo salió a la perfección. No hubo ni un solo fallo y la gente pareció divertirse de lo lindo. Fue un día memorable.

A ese funeral sí que le hubiera gustado haber asistido.

#62

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Llevaba encerrado en aquellas instalaciones más de un año, siendo objeto de estudios relacionados con la transmisión de información a través del pensamiento entre seres humanos. Fue sometido a terribles experimentos que habían forzado su mente hasta el límite.

Había sido elegido por sus cualidades psíquicas, constatables aunque aún poco desarrolladas. Los resultados hasta ese momento habían sido decepcionantes. Durante todo ese tiempo, no habían conseguido pruebas concluyentes en la demostración de la telequinesia.

Pero al final ocurrió. Se pudo constatar científicamente que había transmitido una idea a otro sujeto a través de canales psíquicos.

El pensamiento en cuestión fue una palabra.

“Socorro”.

#61

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Que te extrajeran recuerdos para ser inyectarlos en otras personas era un negocio con un exuberante crecimiento. Los recuerdos se pagaba bastante bien, pero no valía cualquier experiencia. Obviamente los recuerdos cotidianos o banales no tenían mucho interés. En el mercado, el recuerdo de un festival de música, concierto o una buena juerga (si hay bastantes drogas y sexo, mejor) se cotizaba bastante bien. El sexo extremo siempre tenía mucha demanda. Te podían pagar bastante bien por unas vacaciones lujosas en un lugar paradisiaco. Deportes de riesgo también, cuanto más al límite, mejor.

Pero había un nicho muy deseado, por lo difícil que es de conseguir. Los actos delictivos (de hecho era ilegal que te lo inyectasen, pero eso no significa que no puedas conseguirlo).

Atracos, tiroteos, persecuciones.

Violaciones.

Asesinatos.

Esos eran los más difíciles de adquirir de todos (y prohibitivos). Decían que la gente se volvía muy adicta a ellos, por las sensaciones tan intensas que provocaban. Poder experimentar un crimen sin tener repercusiones penales era sin duda el servicio más codiciado por algunos consumidores de recuerdos.

Las autoridades se sorprendieron mucho cuando desmantelaron la pequeña clínica ilegal donde inyectaban ese tipo de material. Más se sorprendieron cuando encontraron el registro de clientes que se encontraron.  El inspector a cargo de la investigación solicito ese registro para investigarlo personalmente. Comenzó a reconocer prominentes nombres de aquel registro,  y su frente empezó a gotear de sudor. Necesitaba un trago y eso que llevaba una década sin beber.

Al menos, con la mayoría habían tomado la molestia de usar nombres clave. Aún así, la mayoría de ellos eran fácilmente identificables. Políticos, empresarios, celebridades, deportistas, altos cargos del clero. El Jefe del Estado.

Procedió a destruir el archivo inmediatamente. Ni siquiera consultó a sus superiores.

Aquella noche no pudo dormir. Las siguientes, tampoco.

 

#60

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El trato era muy sencillo. Podría disfrutar de todo el éxito imaginable, el cual no cesaría jamás, a cambio de solo una cosa. La vida de un ser querido.

– ¿Y no puedo saber quién sería antes de aceptar el acuerdo?– preguntó a las brasas incandescentes, que emitían un fulgor rojizo casi insoportable de mirar.

“NO.”

Esa fue toda la contestación que obtuvo, surgida de una voz inhumana que sonaba a millones de abejas chillando dentro de sus oídos. La respuesta le hizo estremecerse.

Guardó silencio. Sudaba. Podría obtener todo lo que había soñado durante tanto tiempo, pero… ¿quién sería el afectado por ello? Tenía muchos seres queridos, familiares, su esposa, sus hijos, amigos… ¿cómo podía tomar una decisión de ese tipo?

En la habitación, llena de inscripciones arcanas en tiza, hacía un calor insoportable.

Un año después, su primera novela empezaba a ser todo un fenómeno de ventas. Tanto, que los derechos para su adaptación habían sido adquiridos por una famosa plataforma de contenido en streaming. Sus editores estaban ya alentándolo para que empezara a trabajar en una continuación. No podían irle mejor las cosas. Tenía todo lo que siempre había deseado.

Aún así, seguía llorando, desconsolado, todas las mañanas mientras tomaba una ducha. Lejos de haber alcanzado la felicidad, se sentía la persona más miserable del mundo.

Abrió su libro y leyó, una vez más, la dedicatoria:

“A mi hija, allá donde esté. Sin ti, todo esto no habría sido posible”.

 

#58

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Su momento favorito del día era el paseo de por la tarde. Caminar solo, perdido en sus pensamientos, era combustible para su mente. Las mejores ideas le habían venido paseando. Algunas veces con tanta fuerza, que le habían obligado a detenerse, para cerciorarse bien de que había dado con la solución adecuada a una trama, o ese final que llevaba tanto tiempo buscando. Esto le llenaba de mucho regocijo. Regresaba de aquellos paseos revitalizado.

Como era habitual transitó por su itinerario de costumbre, deleitándose con el reflejo del sol de la tarde en las ventanas de los viejos edificios. El casco viejo era un museo vivo de rincones deliciosos en los que perderse. Pero esta vez, derivó a una zona que conocía menos. Se adentró por un bosque de calles intrincadas y serpenteantes.

Llegó un momento que tuvo que admitir que estaba perdido. Tenía la sensación de que, como si estuviera atrapado en unas arenas movedizas, cuanto más intentaba volver a un lugar reconocible, más extraviado se encontraba.

Pudo llegar a unas calles más amplias, vibrantes de gente. Le resultaba extraño que esas avenidas tan destacables le fueran tan ajenas. Tenía la sensación de estar en otra ciudad. Preguntó a una mujer dónde se encontraba, pero solo obtuvo un rostro de extrañeza por respuesta. Ni siquiera se detuvo a responder. Parecía que no le comprendían. Lo intentó varias veces más, hasta que reparó en que los letreros de las tiendas estaban en un idioma totalmente desconocido para él. Ni siquiera reconocía el alfabeto en el que estaban escritos.

Empezó a correr sin saber bien a donde dirigirse, preso del pánico.

#57

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Búho se adentró en el callejón, oscuro como la garganta de un depredador.  Se acercó a un sujeto ataviado con un amplio chubasquero de color amarillo neón, que fumaba apoyado contra una pared que sudaba humedad.

Le llamaban Búho porque tenía los ojos saltones, enmarcados en unas profundas ojeras violáceas, que le daban cierto aspecto enfermo. Se aproximó hasta quedar inundado por el dulzor del humo de la hierba del tipo del chubasquero.

– ¿Qué cojones me pasaste la última vez, Cassius? He estado una semana hecho una mierda, casi no he podido moverme.

– Es primera calidad, suave. Casi las originales.

– No tío, esto es otra cosa, no era duko normal. Yo me metí un montón cuando eran legales y esto no tiene nada que ver. No tuve un viaje normal.

– Oye, gilipollas– le espetó Cassius, que cambió de postura y exhaló una gran cantidad de humo en la cara de Búho–. Mi mierda no la cuestiones. Es proveedor nuevo, pero está todo OK. Yo mismo me metí y fue un viaje normal.

– Cassius, casi me muero, te lo juro. No fue un sueño lúcido, fue otra cosa.

– Tendrás jodido el puto chisme, esa mierda ya no la usa nadie.

– Que no, hostia, que lo uso como cuando era legal. Rula de taduko y el Oniron® en intensidad estándar. No meto programas raros, solo las cosas normales, algún juego de Morph3us, mierda porno y cosas así… pero esto era otra cosa. Casi me quema el chisme, y yo estuve tres días sin saber si estaba despierto o no. No podía ni moverme. Y sigo con residuos, ¿sabes? esa basura no es normal.

– No sé, tío, es que has sido el primero que me ha pillado, pero no me dijeron que fuera fuerte. Es de un tipo nuevo.  No sé su nombre, pero dice que tiene toneladas de  duko fresco. ¿Pero qué coño viste?

Búho sudaba a pesar del frío y empezó a rascarse la cara. Estaba muy nervioso y más ojeroso de lo normal. Parecía un cadáver ambulante. Rompió a llorar.

– No es lo que vi, es cómo desperté lo que me preocupa. Sólo sentí vacío y frío durante el viaje. Me desperté en una puta habitación del Chelsea. Estaba cubierto de sangre y con un fiambre al lado. Descuartizado, joder. Y sabes… sé que fui yo el que lo hizo, pero… no fue idea mía.

De repente, comenzó a llover.

*Para saber más información sobre el producto Oniron®, podéis leer el microrrelato #14  y #32 si no lo habéis hecho ya. 

 

 

#56

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AI-435 cogió al bebé en brazos, meciéndolo con movimientos perfectos y sincopados. Consultó la monitorización del bebé, llamado H-11, para comprobar que no tenía ninguna dolencia ni falta de alimento, así que la conclusión (98% de fiabilidad) fue que necesitaba tiempo lúdico. Activó el programa de estimulación y juego. Su rostro biomecánico comenzó a realizar muecas (250 expresiones programadas disponibles).

H-11 rió, por las muecas y el vaivén estadísticamente medido y aprobado por ser el más agradable para sujetos de esa franja de edad (6 meses).

AI-435 hizo un reconocimiento del resto de la habitación. Comprobó que los otros 19 bebés dormían plácidamente. También lo hizo con la temperatura de la sala, iluminación e humedad. Salió de ella. Volvería a hacer otro reconocimiento en 25 minutos.

Estos individuos iban a crecer sin humanos adultos que se responsabilizaran de ellos. Se había simulado decenas de veces esa situación. La nave llevaba viajando 35 años, con destino al exoplaneta Próxima Centauri b, a 4,3 años luz de la tierra. La nave, por su tecnología extremadamente avanzada,  viajaba a 30.000 km por segundo.  Faltaban unos 30 años para llegar al planeta, así que este había sido el momento elegido por el protocolo de la misión para que la vida humana empezara a desarrollarse dentro de la nave. Las unidades AI debían cuidarlos y educarlos, para que estuvieran completamente formados al llegar al planeta.

Era la tercera misión de este tipo que se intentaba esta misión del programa New Frontier, la colonización del planeta Próxima Centauri b, que reunía todas las condiciones para ser habitado, habiendo fracasado estrepitosamente las dos expediciones anteriores. Había un componente aleatorio en la evolución de los sujetos H que hacía que a pesar de las simulaciones y las variables previstas, no se pudiera prever cómo iban a evolucionar los sujetos.  Las anteriores misiones habían acabado en el mayor de los caos.

Esta vez se había activado un nuevo protocolo que permitía a las unidades AI eliminar a cualquier sujeto que pusiera en peligro la correcta evolución la misión.

Esta vez debía de salir todo bien.

 

#55

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Recuerdo el punto de inflexión que cambió mi vida para siempre. Fue una mañana deslucida en la que iba paseando por la playa. Caminar cerca del mar me relajaba. La brisa húmeda de la mañana, el olor del salitre y el sonido de las olas acariciando la orilla. Había una espesa capa de nubes grises tapizando el cielo y los pájaros chillaban, haciendo corros y dibujando trayectorias en el aire.

Iba distraído, ausente, centrado solo en sentir la arena en mis pies. Casi ni sentí el frío tacto de la caja cuando tropecé con ella. La miré, era tan solo una caja de metal, algo desgastada y teñida de óxido. El mar la debía de haber arrastrado hasta allí. Estaba cerrada con llave y en la tapa, apenas distinguible, había tenue grabado en forma de ojo. La llevé a casa, intrigado e intenté abrirla, pero parecía imposible sin forzarla. Usé un destornillador que dejó inservible la caja. Dentro, tan solo un pequeño pero grueso libro, de encuadernación envejecida. Parecía un diario escrito a mano. La caligrafía era cuidada y cursiva, pero el idioma era inteligible, parecían símbolos extraños. Habían también dibujos no menos peculiares, de formas extrañas y caóticas.

Comencé a investigar sobre aquel raro alfabeto y los símbolos del diario.

Y ahí comenzaron todos mis problemas y desdichas.

Ojalá nunca hubiera caminado por la playa aquel día.

 

#54

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Marisa odiaba vivir en el campo. Había sido idea de su marido. Qué allí estarían más tranquilos que en la ciudad, que el aire puro, que la calidad de vida. A él parecía no importarle lo duros que eran los inviernos allí, lo solitarios y fríos que eran, la quietud tenía algo de intimidante, se sentía desprotegida allí.

Además, los pocos vecinos que tenían no le gustaban. Como el ganadero que vivía a pocas decenas de metros y que siempre olía estiércol y tenía la mirada vidriosa que la ponía tan nerviosa. O los del caserío, esos eran lo que más les preocupaban. Eran, raros, le había comentado a su marido, obteniendo un gruñido de desidia por respuesta. Se podían oír los cánticos desde allí, la luz de la fogata. Sabía que vivían al menos una decena de personas en aquel viejo caserío destartalado, que estaba medio abandonado antes de que llegaran. A veces veía a algunos de ellos pasear por el camino, con esas túnicas color tierra y pintura en la cara, pero no era habitual que se dejaran ver. Tenían incluso niños, por el amor de Dios.

No le gustaba vivir tan cerca de ellos. Había avisado a la policía decenas de veces y siempre obtenía la misma respuesta, que el legítimo propietario vivía en aquella casa y que no podían hacer nada mientras no los molestaran. Y no lo hacían, sólo que no les gustaba tenerlos tan cerca. Le estremecía oír esos cánticos.

Esa mañana, Marisa había preparado un asado para comer. Llovía intensamente. Empezaron a llamar a la puerta de la casa con urgencia y ella se sobresaltó. Su marido estaría haciendo alguna chapuza en el garaje. Marisa abrió la puerta, con el candado echado y pudo ver a una desaliñada chica mirándola con los ojos llenos de terror, surcados de profundas ojeras, completamente empapada por la lluvia. Podía ver sus ropas manchadas de sangre, también sus manos. Parecía tener laceraciones por sus brazos. Temblaba.

Marisa sabía de dónde venía y abrió la puerta, dejándola entrar. La chica rompió a llorar, mientras Marisa cubría sus hombros con una toalla. Miró por la ventana, hacia el camino encharcado.

Se aproximaban por él media docena de personas, ataviadas con túnicas. También le pareció que iban armados.

#53

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Otra noche más. Otra noche con la carpa medio vacía. Llevaba varias temporadas girando con aquella feria ambulante, en una carpa que compartía con funambulistas, un forzudo, enanos payasos y que ni siquiera se merecía llamarse circo. Hacía tiempo que necesitaba algo más que un trago para salir al escenario. Quedaban muy lejos las noches de teatros a rebosar y de estallido de ovaciones, cuando su nombre coronaba marquesinas y sus números de ilusionismo dejaban asombrados a toda clase de público. Ahora solo tenía una decena de paletos que habían venido a mear en las esquinas o a dormir la mona.

Y su pobre ayudante. 22 años y cree realmente que es el inicio de una carrera estelar en el mundo del espectáculo. Dejó su pueblo cegada por las ilusiones. Qué poco quedaría, pensaba, para que vea la triste realidad de la miserable vida que le espera.

Acompañó a la chica hasta la caja y la introdujo, intentando dignificar aquella patética actuación. El viejo truco de la desaparición. Hasta el doble fondo empezaba a desgastarse y hasta un borracho de aquellos se daría cuenta del truco.

Cerró la caja y la giró varias veces, con total desgana. Golpeó con ella la varita con cierta teatral