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microrrelato

#93

By 3 abril, 2021junio 10th, 2021No Comments

Hacía un sol de justicia y recuerdo que el traje me estaba matando, no podía parar de sudar.

Estábamos en el elegante salón de uno de los mejores hoteles de Los Ángeles y costaba hacerse a la idea de que aquello era un funeral. Pero un enorme retrato de John Lawrence, el mítico productor discográfico, presidía el hall y era imposible dejar de mirarlo. Parecía que estaba como siempre, juzgándonos, condescendiente. John había producido los mejores discos de mi antigua banda. Y allí estábamos todos de nuevo, reunidos por primera vez desde hacía 25 años. No me hacía ninguna gracia, honestamente, estar en el mismo espacio y compartir el mismo aire que Mike Starr.

Me costaba mucho recordar que hacía 30 años habíamos sido los mejores amigos. Casi hermanos. Llevábamos 25 años sin hablarnos, sin estar juntos en la misma habitación, pero aunque estuviéramos a pocos centímetros de distancia, toda la montaña de declaraciones, demandas, toda la mierda que había salido de nuestra boca desde entonces, había supuesto una brecha insondable. El resto parecían intentar hacer como si nada pasara, fingiendo una casi cómica cordialidad.

La realidad es que tenía que haber fallecido John, que fue como un padre para nosotros, para que nos juntásemos de nuevo. Y ahí estábamos, siendo el centro de todas las miradas, simplemente por el morbo de ver de nuevo a ese gran grupo de rock juntos, aunque fuera en estas circunstancias. La verdad es que estaba siendo un día horrible y yo solo quería escuchar algunos de los consejos de John. La única persona a la que necesitaba en esos momentos iba en una caja de madera camino del cementerio de Palm Springs.

Solo rezaba para que el idiota de Mike no tuviera la brillante idea de dirigirse a mí, de intentar algo, para poder arañar algún titular, que sería lo más normal viniendo de un gusano como él. Me detuve un momento para analizarlo. Había envejecido durante estos 20 años, sin duda, pero el cabrón tenía buen aspecto. Mejor de lo que esperaba, si me basaba en los comentarios que había escuchado sobre sus adicciones.

Pero ocurrió. Me jode mucho tener razón algunas veces. Vi como Mike se aproximaba a mí, no sé con que mierda de intención. Transportaba esa sonrisa tan falsa, tan embaucadora y que tan bien conocía. Observé cómo lentamente levantaba su mano para estrechar la mía.

Mi parte racional intentó tomar las riendas de la situación. Tampoco pasaba nada por estrechar su mano, por fingir esa cordialidad que al resto se le estaba dando tan bien. Además, era el funeral de John, por el amor de Dios.

Y de repente, como una descarga eléctrica, me vino la imagen de él con Jane en la cama, aquella noche de hace 25 años.

Solo puedo decir que la próxima vez intentaré que salga mejor. Aún así, mentiría si dijera que no me dio un placer indescriptible destrozar su nariz con mi puño.

A John le hubiera hecho gracia también.

 

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