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microrrelato

#77

By 18 marzo, 2021junio 10th, 2021No Comments

Llevaba varios años sin entrar en la casa de mi abuelo. Aquel viejo piso, ubicado en una céntrica calle de la ciudad, llevaba casi una década cerrado, cobijando polvo y recuerdos. Todas sus cosas seguían ahí, como una especie de museo de curiosidades. Mi padre y mis tíos no se habían desecho de nada desde su fallecimiento. Ahora que surgía un comprador, habían llegado las lógicas prisas por desalojar el inmueble. Mi padre me dio la llave para que fuera a buscar cosas que me pudieran interesar (sus libros, sobre todo) y ahí estaba yo, deambulando por ese pasillo estrecho entre la luz amarillenta y mortecina que se filtraba por las cortinas teñidas por el tiempo. Mi abuelo coleccionaba, más bien acumulaba, objetos de toda clase, sin valor. Mecheros, llaveros, monedas, vasos, estatuillas… nada excepcional.

Era una especie de principio de síndrome de Diógenes. Rebuscando entre los armarios, llenos de los recios y anodinos trajes de mi abuelo (era abogado), di con una caja de color azul turquesa, una especie de cofre. Mi abuelo lo tenía bien escondido en aquel armario. Estaba cerrado con llave y supuse que, a estas alturas, no le molestaría que lo forzara para abrirlo.

Se me hizo un nudo en la garganta cuando empecé a ver el contenido de aquel cofre. No era pornografía, era algo más sórdido. Revistas maquetadas de forma casera y clandestina que eran prácticamente manuales de tortura y prácticas sexuales bastante retorcidas. Las fotografías, con calidad de fotocopia, eran repulsivas y mostraban todo tipo de vejaciones. Había un montón de ellas allí. La revista se hacía llamar “Esclavo”. Estaba realmente sorprendido de que mi abuelo tuviera ese tipo de cosas. Lo visualicé como siempre, serio, elegante y muy correcto. No podía creer que ese hombre tan serio pudiera coleccionar esa basura tan extrema.

Lo que realmente me turbó fue encontrar algunas polaroids de lo que parecían retratos a mujeres, todas anotadas con una fecha. Todas parecían con rostros asustados y sus ojos parecían pedir auxilio. Había una docena de esos retratos. Y también más cosas.

Pendientes.

Sortijas.

Un coletero.

Un diente de oro.

Las fechas indicaban que esas fotografías se habían realizado entre los años 60 y 80.

Salí de la casa de mi abuelo y me llevé conmigo la caja, transportándola como si fuera una bomba.

Sin duda debía de tener una conversación bastante seria con mi padre y mis tíos. Y también con la policía.

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