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microrrelato

#364

By 30 diciembre, 2021No Comments

Había una vez un rey que languidecía de aburrimiento, recostado en el trono de su castillo. Las guerras habían cesado y se sentía ocioso. Ni la caza, ni el buen comer y beber le satisfacían. Tampoco la carnes prietas y rosadas de las doncellas. Jugaba desganado con su pequeño perro, al que tiraba una pelota de lana para que se la trajera de vuelta, jadeante. Volvió a lanzarla y el perrito salió tras ella.

“Hay un juglar rondando la ciudad, Majestad” le dijo en confidencia su fiel consejero. “Viaja de un sitio a otro contando historias”.

“Traedlo ante mí, pues”, ordenó el rey, cambiando el ánimo.

A la mañana siguiente, el juglar se encontraba ante el soberano y este le pidió que le contara alguna de sus historias.  El juglar aclaró su voz y empezó a narrar un cuento que maravilló al rey. Tanto, que brincaba de felicidad en su trono. “Cuéntame más”, dijo el monarca.

“Majestad, lo lamento pero he de seguir mi camino hacia el sur”, respondió el juglar.

“De ninguna manera, te quedarás aquí, preso en la torre más alta de mi castillo y cada noche bajarás para deleitarme con una nueva historia durante un año completo. Si cumples cada día con una historia diferente, quedarás libre para siempre. De no ser así, acabarás en la horca”.

Pocas opciones tenía el pobre juglar,  así que cada día fue llevado por los guardias desde la torre más alta hasta el salón del trono para contarle al Rey un cuento diferente. Al terminar, de nuevo era llevado a su prisión. Y así pasaron las estaciones hasta concluir el año pactado, hasta que el último día el juglar vio que ya no conocía más cuentos y su imaginación estaba seca como un pozo en el desierto. Podía notar ya el peso de la soga en su cuello. Pensó en escapar y se asomó por la pequeña ventana de la torre.  La altura en la que estaba significaba una muerte casi segura. Y abajo, pudo ver como le esperaban los perros salvajes del Rey y también un foso plagado de pirañas. Escapar parecía imposible. Aún así, debía intentarlo. Se descolgó por la ventana y empezó a descender lentamente. Las fuerzas le empezaron a abandonar.

–¿Y qué le pasó al juglar?–preguntó el rey, ansioso.

–Estaba a punto de contarlo, Majestad–respondió el juglar, sonriendo de manera pícara y descarada.

–¡Prosigue, pues, maldita sea!–bramó el Rey.

–Lo, que ocurrió, Majestad, es que no cayó porque nunca estuvo en esa torre, al igual que yo nunca he estado aquí.

El Rey quedó perplejo. Parpadeó para comprobar que no había nadie ante él en el salón del trono. Estaba solo.

–¿Quién me ha contado, entonces, todas estas historias durante un año?–preguntó en voz alta el rey, pero el salón no le devolvió ninguna respuesta.

De repente el perrito del Rey regresó con la pelota en la boca y la dejó a sus pies.

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