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microrrelato

#358

By 24 diciembre, 2021No Comments

Si cierro los ojos, puedo verlo, pero sobre todo, olerlo.

En la casa hace un calor sofocante, a pesar del gélido frio invernal que reina esta noche. La cocina bulle de actividad. Todo un trasiego de gente entrando y saliendo, como un baile improvisado, algo caótico. Algo se rompe, pero no tiene importancia. Resuenan los tacones que solo resuenan en las noches especiales. Tertulias y comandas se funden entre los vapores de cazuelas, que burbujean lentamente. El horno, que emite una luz amarillenta, macera un asado de piel crujiente mullido entre patatas del color del oro viejo. Cada vez que este se abre, exhala una bocanada de paraíso. Se escucha el tintineo de las copas y cubiertos siendo agolpados en la larga mesa. El mantel de hilo blanco, bordado por mi hermana, desprende un leve olor a cerrado. Los comensales van llegando a cuentagotas. Hay risas, también algún leve reproche. Una montaña de abrigos y bufandas se van formando en el dormitorio de mi madre. El humo del tabaco empezaba a cubrir de fino telo y aroma dulzón el salón. Los niños corretean por el estrecho pasillo de suelo de madera oscura, inventando mundos construidos con cojines y juguetes. El televisor empieza a emitir el discurso del monarca. El sonido llega lejano e insípido, como sus palabras. Suena el teléfono, cargado de felicitaciones a distancia, todas llenas de emoción, algunas con un poso amargo, otras melancólico. La algarabía se va mezclando con vino espumoso bien frío.  Una cálida luz los arropa y los mece. Parece no existir nada más allá de ese hogar. Pero fuera, las luces de otras casas picotean la noche fría, tejiendo un archipiélago de hogares. Algunos felices. Otros, aprendería después, no tanto.

Este lo es, lo fue.

Y desde aquí, desde el ahora, les envidio.

Sí. Si cierro los ojos puedo verlo.

Pero sobre todo, olerlo.

Me alejo de estos recuerdos. Temo perderme en ellos.

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