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microrrelato

#332

By 28 noviembre, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Entramos en la casa. Se conservaba suspendida bajo una lámina de polvo. La luz, amarillenta se filtraba por una claraboya, descendiendo por una imponente escalera. La chica de la inmobiliaria comenzó a mostrarme el inmueble, sin demasiada energía. La casa, orgullosa en su tiempo, estaba cayéndose a pedazos. Ahora entendía el buen precio. El teléfono de la chica e la inmobiliaria sonó y me pidió disculpas por retirarse a hablar. Me dijo que explorara lo que quisiera. Subí por la escalera de barandilla de hierro forjado. La voz de la chica comenzó a apagarse. El piso de arriba permanecía en penumbra. Me adentré, iluminado por la linterna de mi teléfono, por un laberinto de habitaciones y pasillos, tropezando con muebles viejos, retratos fotográficos deslucidos que parecían seguirme con la mirada y santos que permanecían mudos en sus peanas. Entré en un dormitorio presidido por una enorme cama y sobre ella, un crucifijo amenazador.

Detrás de mí oí una voz.

–¿Bajará la señora a comer hoy?–escuché.

Me volví, creyendo que era una broma de la chica de la inmobiliaria. Pude oírla tenuemente seguir conversando a través del teléfono.Me giré y apunté con mi teléfono temblando en mis manos. Pude ver durante tan solo un instante, la silueta de lo que parecía una figura femenina. Juraría que llevaba una especie de uniforme. Pero fue tan rápido que no pude distinguir rostro alguno. Fue como un fotograma subliminal de una película. ¿Había escuchado la voz o había sido solo en mi cabeza? Una descarga de pánico recorrió mi espina dorsal.

Bajé a toda prisa y la chica me vio la cara desencajada. Y algo pálida. Me preguntó si me encontraba bien y respondí que sí, sin demasiada seguridad.

Me preguntó tras salir de nuevo al exterior si estaba interesado. Le dije que no. También le dije que podíamos empezar a ver inmuebles más convencionales.

Preferiblemente de nueva construcción.

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