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microrrelato

#324

By 20 noviembre, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Cuan alargada era la sombra de la espada de mi padre. Es lo que pienso al contemplarla ahora y sentir su tacto frío en mi mano. Siempre estuve cobijado y escondido tras ella. Al principio por devoción, después por temor a su mano y lengua. Siempre sentí aquella mirada de decepción, vertida con un poso de amargura. Nunca fui el heredero que él hubiera querido. No era digno de estar a la altura de su sombra. Y mientras, sentía la mía lánguida y difusa. Mi padre murió, pero su sombra siguió impertérrita junto a mí, sólida como el granito. Negra como una pupila.

Heredé su espada y corona, pero no su temple. O al menos así lo sentí. Caminaba errático por los pasillos de palacio y la sombra de mi padre siempre iba dos pasos por delante de mí. A veces podía sentir de nuevo aquella mira de desaprobación, esa sutil negación que su cabeza hacía que era prácticamente imperceptible. Menos para mí.

Ahora, hundido por los años en el viejo trono, reflexiono sobre la sombra de mi padre. Tardé mucho en hacerla desaparecer. Lo hice intentando reinar con equidad y justicia. Enmendé muchos de sus errores. Cercené estúpidas luchas territoriales. Escuché a quienes él nunca escuchó e hice callar a los que hablaron demasiado cerca de su oído con vacuas e insaciables ansias de conquista y ambición.

Me he sentido amado por mi pueblo, cuando él solo infundió terror.  Y respetado por mis enemigos cuando él solo les inspiró recelo y odio. He visto la paz con mis ojos, algo que él nunca pudo saborear. Y lo hice sin terror y sin bravura. Tampoco sin rectitud.

Ya no pienso más en la sombra de mi padre. Ya no siento que le decepcionara como hijo por no ser como él. Solo siento que él sí me decepcionó como padre y como rey.

Y por eso se convirtió en tan solo una sombra.

 

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