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microrrelato

#313

By 9 noviembre, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Despertó con las primeras luces del día y se levantó de la cama, desorientado. Miró por la ventana y no reconoció las vistas. Observó la habitación y tampoco la reconoció. Intentó poner algo de orden en sus pensamientos. «¿Dónde estoy?» se preguntó intentando buscar algún punto de apoyo en su mente. Parecía estar en un hotel, pero no recordaba haber llegado allí. «¿Yo no estaba en San Miguel de Allende, en México. Pero ahora veía tejados nevados.

Fue al aseo para tomar un vaso de agua y volvió a la cama. Ahora empezaba a recordar que estaba en Oslo.

Sabía que tenía que parar aquello. Llevaba viajando por trabajo compulsivamente desde hacía meses, encadenando un proyecto tras otro. No quería (no podía) estar en casa. No podía enfrentarse a las cosas. A su vida, a ella. Sabía que en el fondo, lo que hacía era huir. Hacia adelante o hacia atrás. O hacia ningún lado.

Aceptaba todos los encargos que se le pusiesen por delante con tal de poder coger un avión e irse miles de kilómetros de casa. Pero aquello ya no era sostenible. Cada vez le costaba más saber dónde estaba, ni de dónde venía. Le costaba hasta recordar qué hacía allí. No recordaba lo que había cenado la noche anterior, ni con quién. Todas las caras eran iguales. También todos los hoteles.

¿Qué hora sería en Valencia? Podría llamarla. Decirle que iba a volver. Y que iban a hablar, esta vez en serio y con calma. Cogió el móvil y antes de empezar a marcar saltó una notificación de nuevo correo electrónico. Era de la agencia. Un posible nuevo proyecto para realizar el interiorismo de un nuevo restaurante en Nueva York. Se quedó un rato mirando la ventana y aquellos tejados nevados, inmaculados.

Respondió con un escueto «OK» y navegó para buscar vuelos a Nueva York desde Oslo. Cuando llegara la llamaría y después iría a casa y lo arreglaría todo. De verdad. Esta vez, sí. Palabra.

 

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