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microrrelato

#239

By 27 agosto, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Convertirse en el mejor cocinero del mundo no había sido sencillo. Años de sacrificio y trabajo constante. Recordaba aquellos días de incluso dormir en el suelo de la cocina de su pequeño restaurante.

Luego, sus platos empezaron a ser mundialmente conocidos. Tenían lo que luego se denominó “el toque Yves” y que se había convertido en el secreto de su éxito. Un secreto celosamente guardado. “¿Cuál es el ingrediente secreto de sus platos, ese que los hace tan especiales?” le preguntaban y él solo respondía con una enigmática sonrisa. “Como si pensarais que todos esos años de ensayos y pruebas hasta llegar con la esencia más pura van a ser revelados así sin más, idiotas” pensaba Yves Laurent. El camino del cocinero estaba trufado de éxitos, premios, reconocimientos. Portadas de revistas, documentales, libros analizando su obra. Aún así, su ingrediente secreto seguía siendo un misterio.

Y nunca lo revelaría. Jamás. Era su más codiciado tesoro. También sabía que nadie lo entendería, que la gente que ahora disfrutaba e incluso se emocionaba con sus reaccionaría vehementemente escandalizada.

No están preparados para ello, no entienden que esto trasciende cualquier convención, que la esencia más pura no entiende de reglas, ni normas establecidas. Lo que también sabía es que cuanto más éxito cosechaba, más complicado era elaborar el ingrediente secreto. Seguía siendo arduo y complejo llegar hasta él.

Yves bajó al sótano privado de su cocina, aquel al que solo él (bajo clave numérica) tenía acceso. Abrió una cámara frigorífica y extrajo de él, con sumo cuidado, un pequeño frasco con un contenido blanquecino y denso. Los ojos se empañaron de lágrimas. Era el resultado de una reducción durante horas y horas de una materia prima inigualable. Pensó que no le quedaban muchas raciones y que debía de llamar a aquella mujer que cada vez le cobraba más por conseguir el producto. “Más riesgo, más dinero” decía lacónica. Aún así, daba gracias todos los días por haberla conocido y que le hubiera revelado aquél sabor extático.

Nunca agradecería lo suficiente a esos niños el ser la clave de que su cocina hubiera transcendido a ese nivel de excelencia. Cerró la cámara frigorífica y salió del sótano con una sonrisa en los labios. Se sentía pleno de poder dar a esas pobres vidas un sentido, una trascendencia. Un significado. Incluso le daban un poco de envidia. ¿Qué mejor destino podría tener alguien que el ser parte del mejor sabor conocido por el hombre?

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