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microrrelato

#237

By 25 agosto, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

El agente Paul detuvo el coche patrulla en el oscuro callejón. Echó una rápida mirada al asiento del copiloto y volvió la vista al frente antes de decir “baja e inspecciona el perímetro”.

Su compañero bajó del vehículo, entre sonidos dispersos de pistones y engranajes. A Paul no le hacía ninguna gracia ser parte de aquel maldito programa piloto. ¿Robots policías? ¿Era una broma?

Ni siquiera tenían forma humana. Eran como perros mecánicos, pero ni siquiera. No tenían cara, no podías empatizar con esa especie de licuadora con patas.

Pero eran implacables, eso sí. Lo había podido comprobar. Rápidos, fuertes. Letales.

Paul recibió un mensaje en la consola del coche patrulla. “Limpio. OK” decía escuetamente. Todavía no habían integrado el sistema de voz. Esperaba que no lo hicieran. Sería… raro hablar con aquella cosa, ¿no? ¿Y de que cojones iban a hablar? ¿Del partido del otro día? Dios, era de locos.

Paul bajó del coche y abrió la destartalada puerta que el robot policía había prácticamente destrozado. Vio los cuerpos inconscientes en las escaleras y empezó a subir hasta el siguiente piso.

“Bueno, lo que sí tengo claro es que prefiero tenerlos de nuestra parte” pensó mientras esquivaba el cuerpo inconsciente de uno de los traficantes, con visibles quemaduras producidas por la cola de aquel trasto, que terminaba en una pistola taser.

Se estremeció al pensar en cuanto tiempo faltaría para que los malos empezaran a tener trastos similares. Eso, sin duda, iba a joderlo todo todavía más, como si ya no fuera lo suficientemente complicado.

A Paul no le hacía ninguna gracia todo esto.

 

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