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microrrelato

#230

By 18 agosto, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

El arqueólogo tocó la pared, como si estuviera intentando comprobar que era real. Se encontraba dentro de una gran cueva. Esta había sido encontrada por unos pastores, casi cubierta en su totalidad por la maleza desde hacía cientos de años. Estos alertaron a las autoridades locales, que pusieron en aviso a los expertos de la capital.

El arqueólogo no podía cerrar la boca debido a la sorpresa. A su cerebro le costaba procesar lo que estaba viendo. No eran solo pinturas rupestres, había también grabados en la piedra. Toda la cueva estaba cubierta de pinturas y grabados, en perfecto estado de conservación. Era, sin duda un hito sin precedentes.

Pudo ver las usuales representaciones de animales y caza, con una viveza de colores que jamás había visto en pinturas de este tipo.

Pero también había otras cosas.

Lo que parecían sin duda ¿naves? descendiendo del cielo. Pudo ver en algunos grabados cómo unos seres bajaban de estos artefactos y cómo eran adorados como divinidades. Había incluso lo que parecía un mapa con lo que, a falta de un estudio pormenorizado, parecía una carta de navegación. Su lámpara de gas no podía resaltar toda la inmensidad de información que había en esa gruta. Las figuras representadas eran totalmente diferenciables de las que claramente era n humanas. Parecían tener una gran altura y una mayor complexión.

–¡Va a pasar a la historia, señor Stephenson!–dijo su ayudante con evidente excitación. Su euforia duró poco.

Stephenson torció el gesto y su rostro reflejaba más preocupación que alegría. No, no iba a pasar a la historia por esto. Esa cueva no podía saltar a la luz pública.

Debía informar a sus compañeros, que lo habían mandado a él de avanzadilla para comprobar con qué tipo de hallazgo se habían topado. Habría que traer la mayor cantidad de dinamita posible.

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