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microrrelato

#216

By 4 agosto, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Julia estaba encerrada en su enorme caravana mientras su agente aporreaba la puerta. “Tienes que salir, joder” decía. Como si aquello pudiera ser posible. Estaba en pleno ataque de pánico y sintió que aquel lugar se encogía hasta estrangularla. Recordó gritar y poner la música a todo volumen mientras, fuera, todo el equipo esperaba a que ella dejara de paralizar el rodaje.

Pero no era ella la que estaba creando esa situación. Habían sido 115 tomas hasta que ese psicópata enfundado en papel de director la había destruido. Sin levantarse de su silla en la que apenas cabía, sin dejar de mirar por encima de sus gafas con esa mirada que no era una mirada, era un bisturí. Sabía que disfrutaba con ello, con torturarla. Desde que la habían contratado no había hecho otra cosa que menospreciarla. Para él, ella era solo una estúpida actriz de series adolescentes de canales para adolescentes creadas por cincuentones e interpretadas por treintañeros.

Él no era un director, era un torturador. Y ya la había vaciado por completo. Por ella, como si se iba al infierno toda aquella producción, empezando por el protagonista, que no había parado de comportarse como un auténtico imbécil con ella desde que comenzó el rodaje.

Se sentía completamente sola en esto. Su agente no hacía más que recordarle que era su gran oportunidad simplemente pensando en su porcentaje. Hasta su madre la había dejado en aquella madriguera de hienas. Estaba convencida de que saldría de aquel set de rodaje en una ambulancia.

O quizás no.

Se tomó su tiempo. Varias horas. Salió de la enorme caravana, que era más grande que el piso donde se había criado y se dirigió, lenta y algo insegura hasta el set. Se hizo silencio. Oyó como detrás del monitor el director resoplaba. Se podían sentir los reproches desde donde ella estaba. Vio cómo se levantaba y se dirigía a ella. Un séquito de ejecutivos caminaba junto a él. Sabía lo que vendría ahora. Los gritos, la humillación. Podía sentir las miradas, como francotiradores, de todo el equipo.

Cuando después intentó ordenar sus pensamientos, no supo entender bien lo que había pasado. Recordaba que el director había empezado a gritar pero no fue mucho tiempo porque un puño, concretamente el suyo, se estrelló contra su boca. El entrenamiento para esa puta película al final sí había servido para algo, le hubiera gustado decir. Lo recordaba todo como si le hubiera pasado a otra persona o si se lo hubieran contado. Recordó que la nariz de aquel gusano no paraba de sangrar.

Luego ya todo estaba un poco confuso, tuvieron que sujetarla entre 4 personas para que dejara de golpearlo. Entendió que allí terminaba su participación en aquella película.

Se hizo un silencio y de repente alguien empezó a aplaudir. Fue solo una persona. Un eléctrico, le dijeron luego. También lo despidieron.

Pero ese aplauso, solidario y valiente, supo mejor en ese momento que todos los cientos de vítores y halagos de una premiere.

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