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microrrelato

#207

By 26 julio, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Mercedes estaba sentada en su vieja silla de madera junto a la puerta de su casa, abierta de par en par. Hacía una noche bochornosa, el aire parecía estancado. Mercedes se apoyaba ya en un andador para desplazarse de manera torpe y lenta. Llevaba la cara llena de magulladuras debido a su última caída, hacía pocos días. Con lo que ella había sido, se decía, que no había parado ni un momento en toda su vida. Parecía que sus piernas, hastiadas, se habían declarado en huelga indefinida. Ahora necesitaba ayuda para todo. Y ya no tenía a su Paco, el pobre, siempre tan prudente. Hasta para morirse fue callado y discreto. La verdad es que le echaba de menos, aunque no es que fuera un gran conversador. Asentía en aquellas tertulias nocturnas aprovechando el frecor de las puertas abiertas de las cocheras, que paliaban un poco el calor estival. Ahora yo no queda nadie y dentro de poco tampoco quedaría ella. Y la calle quedaría vacía.

Un joven pasó con la música a gran volumen. Esta surgía de un pequeño altavoz que llevaba el adolescente en la mano. Era lánguido y torpón en sus movimientos. A Mercedes le pareció que aquella música no podía gustarle a nadie, pero quién era ella para decir nada. Paco nunca la sacó a bailar, pero le hubiera gustado que se lo propusiera.

El joven pasó por delante de ella y le dedicó una mirada de desdén. También un improperio. “Qué miras, vieja”, dijo. Mercedes no respondió. Qué pena no tener mejor las piernas, no para salir corriendo, si no para patearle bien las pelotas, como hizo aquella vez con el capataz de la fábrica donde había trabajado cuando bajó su mano hasta el trasero. Eso no lo hacía ni Paco.

Mercedes siguió aferrada a su andador, mirando la nada. Oyó una risotada y vio cómo el joven se alejaba junto a su estruendo. El joven mantuvo la mirada en ella mientras seguía caminando de esa manera tan descompasada. Supuso que deseaba una reacción por parte de ella. Pero Mercedes prefirió, por esta vez, callar. Y no lo miraba a él porque miraba la grieta que había en la acera, esa que siempre le decía a su hija que el ayuntamiento debía arreglar o habría una desgracia. Pues ahora estaba a punto de ocurrir. El joven se tropezó (es lo que tiene el caminar mirando hacia dónde no debes) y cayó de bruces, con tan mala suerte que no pudo apoyar bien las manos. Mercedes oyó el golpe seco de su nariz reventando y dejó de oír el altavoz, que se fragmentó en varios pedazos. Mercedes permaneció inmutable, pero esta vez la mirada desafiante la echaba ella.

El joven se levantó, fingiendo que no había pasado nada, a pesar de tener la cara llena de sangre. Siguió andando, pero ya sin banda sonora y con un poquito menos de altivez.

Mercedes rió para sus adentros. Paco se hubiera reído con esto. Lo echaba de menos.

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