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microrrelato

#201

By 20 julio, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Si existía un infierno, se parecía mucho a aquello. Aquellas montañas de color rojizo, picoteadas de minas extraían el mineral que, destilado, servía de combustible a las naves de toda la galaxia. La clave de aquel negocio era que nadie más allá de los altos cargos de la Corporación tuviera las coordenadas de aquel planeta. Todo el proceso estaba robotizado, para mayor seguridad incluido el transporte hasta las destilerías de la Corporación. Excepto la extracción del mineral, realizada por los nativos de aquellas montañas. Era un proceso complejo, delicado y sobre todo, volátil. No podían dejar que errores en los autómatas hicieran volar toda aquella zona.

Los embajadores de la Corporación observaban las minas y a los nativos, de piel aceitunada y cabellos rojizos. Estaban allí para asegurar que cumplían con los plazos y con el acuerdo. Aunque llamar acuerdo a esa situación desigual y esclavista era cuanto menos un eufemismo.

Pero ellos no estaban allí para empatizar con los nativos ni para discutir las decisiones de la Corporación. Solo tenían que asegurarse de que esas piedras de color verdoso seguían saliendo con total fluidez. Toda la economía dependía de ello.

No oyeron venir al grupo de nativos por detrás. Tampoco les dio tiempo a desenfundar sus armas. Ni a activar el protocolo de emergencia para avisar a los centinelas autómatas que estaban en la nave consular.

Apenas pudieron reaccionar. Desde el suelo, el embajador contempló al grupo de nativos, salpicados con su sangre. Entendía muy poco del idioma de aquellos salvajes, pero las últimas palabras que resonaron en su cabeza antes de que todo se volviera negro eran claras:

“Las piedras sagradas vuelven a ser nuestras”.

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