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microrrelato

#194

By 13 julio, 2021noviembre 30th, 2021No Comments

Jacinto y Eusebio eran los dos únicos habitantes que quedaban del pueblo. Todos se habían marchado o habían muerto. La penúltima fue la mujer de Jacinto, Marcela.

Ahora solo quedaban ellos. Ambos podían ver las luces de la casa del otro, los separaban pocos metros. Ambos se odiaban profundamente, aunque apenas podían recordar porqué. El odio tiene la virtud de hincar sus raíces tan profundamente que trascienden el paso del tiempo y la memoria. Puedes odiar por tus ancestros las cosas que ellos odiaron. Este era el caso de ellos. Un odio familiar que se intrincaba en un pasado cada vez más lejano y difuso.

El pueblo ya no era más que una cáscara vacía, un fósil.

Ambos salían todas las mañanas y se veían en la distancia, lanzándose miradas desconfiadas y desafiantes.  A ambos le aterrorizaba morir antes que el otro, así que parecía que ese aferramiento a la vida dependía únicamente de que el otro no le sobreviviera.

Marcela le había pedido a Jacinto, en su lecho de muerte, que se reconciliaran. “Ya no va a quedar nadie más que vosotros dos, deberíais de dejar de hacer el tonto y haceros compañía”, decía ella, con apenas una brizna de voz colgando de los labios. Jacinto lloró su muerte por días. Eusebio pareció relajar el hostil semblante que le ofrecía a diario desde su casa. Había sido lo más parecido a un gesto de cordialidad que se había propiciado entre ambos.

Jacinto un día estuvo a punto de ir a hablar con él. La verdad era que no quería morir solo allí y cada vez se sentía más mustio. A veces le parecía que sus huesos estaban hechos de arena.

A mitad de camino frenó en seco y se dio la vuelta. Lo pensó mejor. No era morir solo lo que le daba miedo. No. Lo que le daba miedo era morir antes que él.

Y por supuesto que no pensaba darle esa satisfacción.

Se dirigió de nuevo a su casa. Volvería a casa de Eusebio, sí, pero esta vez con su escopeta.

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