fbpx Skip to main content
microrrelato

#119

By 29 abril, 2021junio 10th, 2021No Comments

El anciano estaba tumbado en la cama de su dormitorio. Le rodeaban algunos de sus seres queridos. El único sonido que flotaba en la habitación era el de los estertores que producía el consumido cuerpo del anciano. Ya no abría los ojos. Hizo un sutil gesto con la boca, con las comisuras blanquecinas y resecas. Le dieron un poco de agua con una pajita, pero apenas pudo sorber. Un fuerte ronquido inundó su cuerpo, que empezó a convulsionar. Ya hacía días que no oía nada, sumido en un suave letargo.

Despertó, despacio, como de un largo sueño, pero no sentía nada. Su cuerpo estaba entumecido, inundado por una calma cálida como una manta en invierno. No sabía si estaba muerto, pero todo indicaba que sí, que lo estaba. No podía ver nada, la negrura llenaba toda su existencia.

Se dio cuenta de que podía oír a sus seres queridos, llorando su pérdida, como ecos lejanos, que llegaba amortiguados y arenosos. Otras voces se mezclaron, más fuertes, más estridentes.

De repente sintió como una luz cegadora inundaba todo, como la calma desaparecía, también la calidez. De repente empezó a sentir frío.

Estaba convencido que ahora llegaría su juicio, el momento en el que se decidiría si entraba en el paraíso o sería condenado para toda la eternidad.

Unas inmensas manos lo agarraron y sintió que no podía respirar. Sintió un miedo incontrolable, una angustia indescriptible.

Luego vino un intenso dolor seco. Comenzó a llorar, también a respirar, vomitando mucosidad por su boca y fosas nasales.

–Enhorabuena, señora Smith–dijo el doctor–. Acaba de tener una niña preciosa.

Leave a Reply

2 × 3 =