Cocotte Minute
CARTA #35
LA IMAGINACIÓN OS HARÁ LIBRES
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Viernes, 23 de octubre de 2026

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Collage digital. Ilustración personal (2026).

Mientras escribo suena la canción Moons of Temper de Clark

Hola;

Espero que estés bien, muy bien o, al menos, mejor que desde mi última carta.

El otro día revisé una de mis películas de cabecera: Las aventuras del barón Munchausen, de Terry Gilliam. Está considerada una película maldita, pues tuvo un presupuesto desmadrado (justo el doble de lo previsto), la crítica la destrozó, no la vio casi nadie y estuvo a punto de arruinar a la productora Columbia.

Un desastre absoluto en términos financieros y de recepción. Pero, que quieres que te diga, a mí, me encanta.

Yo la alquilé en VHS a principios de los 90 en el videoclub (ya lo sé, ya empiezo con mis cosas de abuelo cebolleta, imagina la banda sonora de Cinema Paradiso sonando de fondo en este momento) y me enamoré de ella perdidamente.

Para mí, tenía todo lo que podía desear en una pantalla: aventuras en multitud de escenarios (¡incluso en la Luna!), personajes exagerados, acción, barcos voladores, monstruos marinos, dioses enfadados, diosas bellísimas, autómatas y un barón montado en una bola de cañón.

Por aquel entonces, yo no sabía quién era el director tras esa locura. Desconocía el papel de Terry Gilliam dentro del grupo Monty Python (a los que solo conocía por La vida de Brian y por los que siento devoción absoluta; son, sin duda, los Beatles de la comedia).

Otra película suya que vi en esa misma época fue El rey pescador, que también me gustó mucho, aunque no llegó al nivel de deslumbre de Munchausen. Ambas cintas —como la mayoría de la filmografía de Gilliam— giran en torno a un mismo tema: la imaginación como mecanismo de supervivencia.

En el resto de la obra de Gilliam, como en la imprescindible Brazil (posiblemente su mejor película: la historia de un hombre anodino atrapado en una estructura burocrática asfixiante que sueña con escapar), vemos este tema de manera recurrente. 

No me extraña que Gilliam se obsesionara con la historia de Don Quijote, que gravita exactamente sobre esa idea. Una adaptación de la obra de Cervantes que estuvo intentando rodar durante más de treinta años (el genial documental Lost in La Mancha, que narra la frustrante odisea de aquel rodaje cancelado con Johnny Depp, resulta disuasorio para cualquiera que quiera hacer cine). Al final consiguió terminarla. Y aunque no fue muy bien recibida por la crítica (a mí tampoco me entusiasmó), me hizo inmensamente feliz ver cómo lograba al fin culminar su ansiada película. Igual que me alegré de ver como Coppola terminaba su Megalópolis aunque fuera un desastre a todos los niveles. Al menos era otro artista comprometido con su arte hasta las últimas consecuencias. 

Porque, volviendo al bueno de Terry, la carrera de Gilliam, al igual que sus historias, es la de un loco estrellándose contra los muros de la realidad, buscando desesperadamente una vía de escape en forma de imaginación pura entre las grietas de un mundo monolítico. Todas las vicisitudes que ha sufrido lo han catalogado como «el director con peor suerte del mundo».

Pero lo que más me atrae de él es precisamente eso: su capacidad para seguir adelante a pesar de todo, persiguiendo su personal Santo Grial en forma de imágenes. Su encarnizada lucha por materializar aquello que habita en su cabeza.

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  Revisando su obra me doy cuenta de que algunos de mis autores favoritos son personas con una creatividad desbocada e incontrolable y a pesar de ello (o puede que por ello) muchos de sus proyectos no ha llegado a un final feliz, cuando no han sido directamente frustrados:

Alejandro Jodorowsky, que quería rodar la versión más desquiciada de Dune (germen de uno de los cómics con la imaginería más desbordante que he leído: El Incal).

Francis Ford Coppola, antes de la comentada Megalópolis, completamente fuera de control en Apocalypse Now, esa obra de arte que casi le cuesta la salud física y mental (hace poco vi Corazones en las tinieblas, el documental sobre su rodaje que está a la altura de la propia película y que muestra la locura absoluta que se vivió allí; El protagonista sufrió un infarto (con 37 años), Coppola adelgazó 38 kg, el rodaje de menos de 20 semanas se convirtió en más de un año, tifones, Marlon Brando con sobrepeso y sin saberse el guión, Dennis Hopper completamente ido por las drogas... como bien dijo el propio Coppola: «Mi película no es sobre Vietnam; es Vietnam»). Al menos esta sí funcionó en taquilla (y crítica), no como el caso de su última película o la aparatosa Corazonada, que casi lo llevó a la ruina una vez más. 

Ridley Scott en Blade Runner e incluso en su obra menor, Legend: grandes fracasos vapuleados en su día por la crítica que luego resultaron ser seminales, al menos en el caso de la primera. Aunque la realidad es que Scott no ha vuelto a rodar con semejante majestuosidad formal.

La dupla Jeunet y Caro, alcanzando su cúspide en La ciudad de los niños perdidos, una fábula steampunk preciosista (aunque Delicatessen sea mejor película, no me hace soñar tanto como esta). No fue el exitazo que pretendían, al menos no como lo fue Delicatessen y que propició el aumento de ambición en esta peli, pero es referencial e influyente hasta el día de hoy. 

La intransigencia creativa de los hermanos Quay. Sus cortos alucinantes y extrañísimos, son obras de culto para un público muy reducido. Aún así han influenciado a multitud de artistas y cineastas. Kurt Cobain no paraba de citarlos como referencia. 

Werner Herzog en Fitzcarraldo, intentando subir un barco real de 320 toneladas por una montaña para una sola escena. Herzog es otro ejemplo de autor llevándolo todo al límite. 

Chris Ware, creando un cómic de casi 400 páginas (Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo) repleto de esquemas recortables reales de cartón integrados en el libro, tipografías imposibles hechas a mano y complejas transiciones temporales sin texto. No fue en absoluto un fracaso y es una de las piedras angulares del cómic moderno, pero es una obra complicadísima, críptica y puede llegar a ser inaccesible.

Alex Proyas con Dark City, esa rareza de ciencia ficción noir fusilada sin piedad por ciertas hermanas para cierta saga sobre píldoras azules y rojas, gafas de sol y abrigos de cuero. Otro absoluto fracaso de taquilla y público. 

Así podría estar todo el día con otros tantos casos. Son ejemplos de visiones que se anteponen a cualquier limitación, obras imprevisibles, realizadas sin un molde, sin zonas seguras y sin indulgencias. 

Más allá de la megalomanía de algunos de estos ejemplos, lo que me apasiona es el compromiso con una visión propia: el destilado de influencias ajenas al medio en el que se plasman, la exuberancia visual y esa plasticidad inspiradora donde la narrativa y la puesta en escena se funden en un mismo plano. El fondo alcanzado a través de la forma.

Pero es que además son ejemplos de obras realizadas a pesar de nuestra inherente necesidad de aprobación. Hacer algo siempre es valiente (lo más sencillo y seguro es no hacer nada), pero hacer algo que posiblemente genere rechazo y a pesar de ello no intentar ser complaciente,  me parece una de las virtudes más loables de un artista. 

La imaginación, la capacidad de crear, de concebir algo que no existe, es maravillosa. Y también peligrosa.

Porque la imaginación es un acto revolucionario.

Es posiblemente, el ámbito donde el ser humano puede ser más libre, sin cortapisas ni concesiones. Por eso las artes han sido históricamente perseguidas por el fascismo (salvo contadas excepciones oficiales o movimientos que confundían churras con merinas, como el Futurismo italiano). Siempre he identificado esta ideología con la muerte de la imaginación: su antítesis perfecta.

Si pienso en posturas antagónicas a la libertad e imaginación, irremediablemente concluyo en todo lo que tenga que ver con lo militar y bélico, con la autocracia, la uniformidad de pensamiento, el deber, el honor, la patria y un montón de palabras que me suenan totalmente vacías y llenas de moho. Son conceptos llenos de odio y, el odio, es otro enemigo de la imaginación. 

Imaginar es, como te digo, un acto de amor y libertad, un prescindir de cualquier ley racional para alcanzar un fin.

En medios narrativos como el cine a menudo rechazamos (como espectadores y creadores) esta postura porque confundimos verosimilitud con realidad. Pero la realidad en cine no existe, ni siquiera en las películas del movimiento Dogma.

Lo importante es que la historia sea verosímil; que lo que ocurre en esos mundos, por muy extravagantes que sean, te llegue al corazón y te afecte.

Porque lo importante no es que sea real: lo importante es que sea verdad.

Y, qué quieres que te diga, no hay nada más verdadero y auténtico que aquello construido por la pura imaginación.

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EL AUTOBOMBO

Bueno, pues tras un parón de unos meses necesarios para tomar oxígeno y recuperar la ilusión por seguir trabajando en ello, me hace feliz comentarte que VUELVE LAZARETTO ISLAND. Ya está disponible una nueva historieta de esta serie. Voy a seguir publicando regularmente (idílicamente cada semana, como mucho cada dos) una nueva tanda de aventuras, desventuras y desvaríos de estos personajes algo desquiciados. 

Por tanto, ya puedes leer la nueva historieta publicada de la serie. 

Está volviendo a ser muy divertido realizar estos tebeos y para ello he tenido que recuperar el foco principal de esta movida, pasarlo bien haciéndolo. Créeme si te digo que es un norte que se pierde con mucha facilidad.

Además, te recuerdo que las páginas de Lazaretto Island siguen publicándose en papel en la revista Amaníaco, cuyo nuevo número estará al caer. Puedes encargar la revista en tu librería de confianza o comprarla on-line. 

Espero que disfrutes de esta nueva temporada, yo por mi parte intentaré dar el máximo de mí para que sea así. 

Lazaretto Island tercera temporada
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UN PELI

Hoy te voy a recomendar una película que precisamente es diametralmente diferente a lo que te estaba comentando antes de aparatosas producciones de ambición desmedida que bailan con el desastre (cuando no caen en él directamente). Aunque defienda este tipo de producciones (las que tiene alma, claro) te vengo a recomendar una película, como te digo, opuesta a todo esto, casi una antítesis. 

Vimos el otro día Perfect Days, una película que no me apetecía nada ver (tampoco es que supiera nada sobre ella) y ya se me habían acabado todas las excusas para no hacerlo, así que accedí, porque a mi pareja (hola) le habían hablado muy bien de ella. A pesar del sueño que llevaba esa noche, la vimos y nos gustó mucho. 

Una película austera y muy sencilla de un hombre corriente que vive en Tokyo cuyo trabajo es limpiar urinarios públicos. Observar su jornada, a priori anodina, es una experiencia totalmente relajante.

La película sigue el precepto de vivir el presente siendo consciente de la belleza de las pequeñas cosas. Esto se representa muy bien con el concepto japonés de Komorebi, una palabra que describe el juego de luces y sombras que se forma cuando los rayos del sol se filtran a través de las hojas de los árboles movidas por el viento. También está presente el concepto de Ikigai:  Aunque se traduce como la «razón de vivir» o propósito de ser, se practica a través de la atención plena en las pequeñas tareas del día a día, aquí y ahora.

Curiosamente es una película muy japonesa dirigida por un occidental (el director alemán Win Wenders, ni más ni menos, que de películas contemplativas sabe un rato). Una peli que si fuera occidental, sería el retrato de un perdedor, un hombre solitario que limpia aseos públicos y cuya afición es leer libros de segunda mano y hacer fotografías a árboles. 

Aquí, sin embargo es un ejemplo de como vivir la vida con paz interior, centrados en el aquí y ahora y buscando la belleza en cualquier rincón, sin mayor objetivo que ser consciente del momento. Ojalá ser un poquito más así, la verdad. 

Además, nos dio bastante morriña de deambular por las calles de Tokyo. Podíamos oler hasta los aromas de comida callejera. 

Una pequeña joya que puedes ver en Filmin.

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UNA CANCIÓN

Shygirl es una joven artista británica que está a punto de sacar un nuevo disco. Este adelanto de Lucky me ha gustado mucho, con unas brillantes melodías vocales que te hacen levitar.

Pop sofisticado, sugerente y algo inquietante. Tiene otro adelanto radicalmente distinto, más agresivo con base breakbeat, pero esta canción me entra mejor ahora mismo, quizá porque tiene un toque más acogedor que en otoño me viene muy bien. 

Y con esto me despido hasta la próxima carta. 

Gracias por leer y recuerda que si quieres comentarme algo, puedes hacerlo por redes sociales, por correo electrónico o en los comentarios de las publicaciones de Cocotte Minute, ya sea para comentar algo de mis proyectos o para realizarme tú alguna recomendación que deba tener en cuenta. Será genial poder leerte. 

Cuídate mucho.

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