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Revisando su obra me doy cuenta de que algunos de mis autores favoritos son personas con una creatividad desbocada e incontrolable y a pesar de ello (o puede que por ello) muchos de sus proyectos no ha llegado a un final feliz, cuando no han sido directamente frustrados:
Alejandro Jodorowsky, que quería rodar la versión más desquiciada de Dune (germen de uno de los cómics con la imaginería más desbordante que he leído: El Incal).
Francis Ford Coppola, antes de la comentada Megalópolis, completamente fuera de control en Apocalypse Now, esa obra de arte que casi le cuesta la salud física y mental (hace poco vi Corazones en las tinieblas, el documental sobre su rodaje que está a la altura de la propia película y que muestra la locura absoluta que se vivió allí; El protagonista sufrió un infarto (con 37 años), Coppola adelgazó 38 kg, el rodaje de menos de 20 semanas se convirtió en más de un año, tifones, Marlon Brando con sobrepeso y sin saberse el guión, Dennis Hopper completamente ido por las drogas... como bien dijo el propio Coppola: «Mi película no es sobre Vietnam; es Vietnam»). Al menos esta sí funcionó en taquilla (y crítica), no como el caso de su última película o la aparatosa Corazonada, que casi lo llevó a la ruina una vez más.
Ridley Scott en Blade Runner e incluso en su obra menor, Legend: grandes fracasos vapuleados en su día por la crítica que luego resultaron ser seminales, al menos en el caso de la primera. Aunque la realidad es que Scott no ha vuelto a rodar con semejante majestuosidad formal.
La dupla Jeunet y Caro, alcanzando su cúspide en La ciudad de los niños perdidos, una fábula steampunk preciosista (aunque Delicatessen sea mejor película, no me hace soñar tanto como esta). No fue el exitazo que pretendían, al menos no como lo fue Delicatessen y que propició el aumento de ambición en esta peli, pero es referencial e influyente hasta el día de hoy.
La intransigencia creativa de los hermanos Quay. Sus cortos alucinantes y extrañísimos, son obras de culto para un público muy reducido. Aún así han influenciado a multitud de artistas y cineastas. Kurt Cobain no paraba de citarlos como referencia.
Werner Herzog en Fitzcarraldo, intentando subir un barco real de 320 toneladas por una montaña para una sola escena. Herzog es otro ejemplo de autor llevándolo todo al límite.
Chris Ware, creando un cómic de casi 400 páginas (Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo) repleto de esquemas recortables reales de cartón integrados en el libro, tipografías imposibles hechas a mano y complejas transiciones temporales sin texto. No fue en absoluto un fracaso y es una de las piedras angulares del cómic moderno, pero es una obra complicadísima, críptica y puede llegar a ser inaccesible.
Alex Proyas con Dark City, esa rareza de ciencia ficción noir fusilada sin piedad por ciertas hermanas para cierta saga sobre píldoras azules y rojas, gafas de sol y abrigos de cuero. Otro absoluto fracaso de taquilla y público.
Así podría estar todo el día con otros tantos casos. Son ejemplos de visiones que se anteponen a cualquier limitación, obras imprevisibles, realizadas sin un molde, sin zonas seguras y sin indulgencias.
Más allá de la megalomanía de algunos de estos ejemplos, lo que me apasiona es el compromiso con una visión propia: el destilado de influencias ajenas al medio en el que se plasman, la exuberancia visual y esa plasticidad inspiradora donde la narrativa y la puesta en escena se funden en un mismo plano. El fondo alcanzado a través de la forma.
Pero es que además son ejemplos de obras realizadas a pesar de nuestra inherente necesidad de aprobación. Hacer algo siempre es valiente (lo más sencillo y seguro es no hacer nada), pero hacer algo que posiblemente genere rechazo y a pesar de ello no intentar ser complaciente, me parece una de las virtudes más loables de un artista.
La imaginación, la capacidad de crear, de concebir algo que no existe, es maravillosa. Y también peligrosa.
Porque la imaginación es un acto revolucionario.
Es posiblemente, el ámbito donde el ser humano puede ser más libre, sin cortapisas ni concesiones. Por eso las artes han sido históricamente perseguidas por el fascismo (salvo contadas excepciones oficiales o movimientos que confundían churras con merinas, como el Futurismo italiano). Siempre he identificado esta ideología con la muerte de la imaginación: su antítesis perfecta.
Si pienso en posturas antagónicas a la libertad e imaginación, irremediablemente concluyo en todo lo que tenga que ver con lo militar y bélico, con la autocracia, la uniformidad de pensamiento, el deber, el honor, la patria y un montón de palabras que me suenan totalmente vacías y llenas de moho. Son conceptos llenos de odio y, el odio, es otro enemigo de la imaginación.
Imaginar es, como te digo, un acto de amor y libertad, un prescindir de cualquier ley racional para alcanzar un fin.
En medios narrativos como el cine a menudo rechazamos (como espectadores y creadores) esta postura porque confundimos verosimilitud con realidad. Pero la realidad en cine no existe, ni siquiera en las películas del movimiento Dogma.
Lo importante es que la historia sea verosímil; que lo que ocurre en esos mundos, por muy extravagantes que sean, te llegue al corazón y te afecte.
Porque lo importante no es que sea real: lo importante es que sea verdad.
Y, qué quieres que te diga, no hay nada más verdadero y auténtico que aquello construido por la pura imaginación. |