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Mientras escribo suena la canción Son de Kodomo
Hola;
Espero que estés bien, muy bien o, al menos, mejor que desde mi última carta.
Espero, también, que hayas tenido el mejor verano posible. En mi caso, ha sido extraño: vacaciones breves y con la sensación de no haber descansado nada. Aún así, destaco que he derribado tabiques (como relaja eso, joder), me he emocionado con el eclipse de sol y he disfrutado de momentos de calidad en una casa rural atravesada por un río. No sé que opinas tú, pero tengo la sensación de que las vacaciones nunca son suficientes, aunque intento equilibrar la necesidad de estar ocioso y la ansiedad que eso me produce.
A la ansiedad de venir de una temporada de trabajo muy intensa, se le añade el pavor ante un calor hostil, la situación geopolítica y la sensación de pisar un mundo que cada vez emite la vibración de un polvorín gigante. En estas condiciones, relajarse es complicado. Hacerlo parece implicar, por necesidad, disociarse y desconectar de la realidad.
Son tiempos raros.
Tiempos en los que permanecer improductivo se ha convertido en una postura ideológica. Y esto me lleva a una conclusión inevitable: por mucho que algunos no quieran reconocerlo, todo es política.
Una vez, Ignatius dijo en el añorado programa "La Vida Moderna" que estábamos en un punto en el que jugar al FIFA en la Play era una postura moral. Es más o menos lo que vengo a decir. Como todo es política, lo que realmente define nuestro posicionamiento son nuestras acciones en la esfera social y privada, y no tanto nuestras creencias ideológicas. Incluso las más aparentemente irrelevantes o superfluas. Porque en ultima instancia, nada lo es del todo. A veces, la identificación de ideología y comportamiento concuerdan; otras, la mayoría, nos hacen vivir en una contradicción constante. De hecho, asumo la contradicción como el estado natural del ser humano.
Lo difícil, (y siempre lo ha sido), es poder ser consecuente con un sistema ético y moral y aplicarlo aunque este se interpongan a tus intereses personales. Esa es la clave de todo.
Está claro que cada uno tenemos la balanza calibrada de manera distinta. Y medir la del otro en base a la nuestra siempre es peligros y se cae en el riesgo de comenzar a repartir carnets de cosas. También soy consciente de que, en el mundo en el que vivimos, el margen de maniobra es más limitado del que creemos. No sé que opinarás tú, pero para mí, pocas palabras hay más devaluadas, tergiversadas y vilipendiadas que "libertad".
En la política profesional, sobre esto de las contradicciones, da la sensación de que se entrenan para convivir con ellas y dormir a pierna suelta.
A mí, a veces, las mías no me dejan pegar ojo.
Esa divergencia entre lo que se supone que somos y lo que hacemos es lo que nos lleva al eterno debate sobre la separación entre el arte y el artista.
Si todo es política, el arte no puede ser ajeno a ello. El arte siempre ha sido un vehículo para comunicar ideas. A veces lo hace de manera evidente —propaganda, que busca convencer y ofrecer respuestas—; otras, de la manera más interesante: sin ofrecer respuestas, sino planteando preguntas, dilemas y afrontando contradicciones sin guiar al receptor.
Que no se confunda esto con la equidistancia (otra postura política, aunque los que la practican no lo crean, que consiste en distanciarse de algo para desentenderse del mismo, lo cual me parece bastante cobarde).
Como apostilla a todo esto, decir que los que ponen el grito en el cielo pidiendo obras sin carga política, son los que suelen comerse sin rechistar las que están impregnadas de propaganda hasta el tuétano. La cultura norteamericana ha sido experta en eso durante décadas. |