Mientras escribo suena Subterraneans de David Bowie
Hola;
Espero que estés bien, muy bien o, al menos, mejor que desde mi última carta.
Están siendo semanas lluviosas y con poca luz solar, algo que a mí, personalmente, me encanta y me da bastante paz mental. Como enemigo del calor y siendo alguien que ante la llegada del mismo piensa que ha nacido en el país y clima equivocado, disfruto mucho de esta climatología inestable y caprichosa. La lluvia, aquí es algo a lo que cada vez estamos menos acostumbrados, llegando a parecer una situación excepcional. Me planteo que va a llegar un día en el que ver (y oír) llover será tan inusitado como ver caer la nieve, al menos por estas tierras.
Aún así, para los que somos de tierras secas y ásperas, la lluvia nunca ha sido algo cotidiano ni asumido. Es más, en mi pueblo había una tradición muy arraigada de bajar al patrón de la Ciudad (el Santísimo Cristo del Sepulcro, que me acojonaba bastante en mi niñez por ser, bueno, eso, la imagen de una persona muerta en una urna) desde la Ermita que hay en lo alto del cerro sobre el que descansa la ciudad en rogativa para que trajera lluvia. Lo bajan una semana antes de Domingo de Ramos y suele coincidir que ya sea cuando baja o durante su estancia en el pueblo, llueve. Aunque aquí juegue el sesgo de confirmación, no lo dudo y que marzo y abril son bastante inestables en cuanto a climatología, siempre me ha parecido muy curiosa esta tradición. La de clamar a dioses y santos un cambio en la climatología. Poner tus anhelos y esperanzas ahí.
Supongo que hay una relación con la incapacidad de controlar los elementos. De ahí que pidamos a Aquellos que habitan un cielo intangible el que interceda por nosotros.
Por cierto, En este cerro, llamado Cerro del Castillo, había, desde tiempos muy lejanos, un conjuratorio de tormentas en su punto más alto. O sea, que desde allí (un lugar donde ahora hay antenas de telefonía) se rezaba para atraer a la lluvia. Leí en un libro sobre la historia de Yecla datado en el siglo XIX que en ese conjuratorio murió un sacerdote atravesado por un rayo. Es una historia que me llamó bastante la atención. Parece una respuesta, violenta y con un punto casi cómico a la osadía de controlar lo incontrolable.
Me acaba de venir a la cabeza que, dentro de mi proyecto de escribir 365 microrelatos en 365 días* (otra de esas grandes ideas de bombero que tengo y que casi acaba con mi cordura) escribí uno sobre un pueblo en rogativa, así que he decidido compartirlo contigo aquí:
Los lugareños subieron en rogativa hasta el cerro de la vieja ermita, para que que el santo trajera lluvias a los sedientos campos. Y empezó a tronar, como si el cielo se rompiera en cientos de pedazos sobre ellos. Las lluvias se hicieron cada vez más intensas, arrasando todo a su paso. Los lugareño imploraron al santo que detuviera la tormenta. Pero la manta de agua cada vez era más densa y estruendosa. El techo de la ermita se vino abajo por el peso del agua y el santo se hizo añicos contra el suelo, ante el horror de los fieles. El pueblo comenzó a desaparecer bajo la venida torrencial.
En fin, está claro que vivimos en una época en la que cada vez hay menos mesura (esto es aplicable a todo) y parece que la respuesta de la naturaleza es proporcional a los agravios que se hacen contra ella. Parece que todos los días nos recuerde, como respuesta a nuestra soberbia explotadora, pues eso, que nunca podremos controlarla y dominarla.
En nuestra cúspide de desarrollo tecnológico e industrial aniquilador, la naturaleza sigue revolviéndose con violencia, como un animal herido y desesperado. No puedo dejar de pensar en que nos ve como el enemigo.
Está claro que lo somos y siempre lo hemos sido.
Pero mientras, viendo esta lluvia pausada y comedida, solo puedo pensar: bendita sea. |